Hablemos de pescado: aquella plaza que Gijón perdió

Hablábamos de carne hace unos días. Como ahora andamos en plena Cuaresma, toca hablar de pescado. Aunque hoy domingo sea día en que los cristianos no hacen ayuno ni abstinencia. También es San Valentín, y lo de hoy va un poco de enamoramientos. De amores perdidos.

Nos ha sorprendido gratamente el bilbaíno Correo ex Español de Benavente para Gijón. Hoy tiene un artículo gijonés de verdad. Bastante correcto, además: rara avis. Por un momento nos ha recordado a cuando era de verdad El Comercio.

Aquella maravillosa plaza del pescado

elcomercio14febrero2016

Ocho mujeres reviven para EL COMERCIO los 61 años de la pescadería, hasta su cierre en 1991 para reconvertirla en edificio administrativo
Veinticinco años después del cierre, las vendedoras supervivientes rememoran sus décadas de esplendor. «Era todo precioso, no sé cómo la pudieron cerrar», critica Ángeles ‘la Tarabica’

ADRIÁN AUSÍN

Luisa Álvarez Lete, ‘la de Nadie’, lleva la plaza del pescado en la sangre. En la suya, en la de su madre y en la de su abuela. En estas tres generaciones se sustancia la historia del precioso edificio gijonés proyectado por Miguel García de la Cruz en 1928, abierto en marzo de 1930, tras una inversión de 509.985 pesetas, y cerrado en el primer trimestre de 1991 por «una mamarrachada» del alcalde, como a ella le gusta decir. Luisa ‘la de Nadie’ nació en la calle Atocha y heredó al instante el mote paterno, cumpliendo la norma del barrio alto («’salimos que no falta nadie’, dijo el patrón de un pesquero y entonces llegó mi padre. Se habían olvidado de él»). Su abuela, Elvira, fue vendedora ambulante por el Campo Valdés y el Muro y estrenó la pescadería municipal aquel flamante 13 de marzo de 1930. Su madre, Maruja, heredó el puesto. Y ella, Luisa, la sucedió a los 23 años, cuando ésta murió repentinamente mientras hablaban por teléfono. Ocurrió en 1961. «No tenía experiencia y lloré lo que quise». «No llores fía que buen oficio es el que mantiene a su amo», le decía Asunción Montero, su vecina laboral. Con el tiempo, sería ‘La de Nadie’ quien la reprendiese a ella por tener «coses de neña». Pero siempre con familiaridad, «en un ambiente extraordinario».

De sus treinta años en la plaza del pescado, Luisa lo recuerda todo. La distribución, con las marisqueras en un lateral y las vendedoras de pescado en el centro (126 puestos), mientras la planta baja era ocupada por carnicerías y fruterías, además de acoger subastas de marisco. El sonido de la campana de la rula del Muelle que escuchan desde casa por las tardes. «Sentíesles tocar y cuando bajabes ya estaban entrando los barcos», recuerda. (Por la tarde eran los de altura, que llegaban por parejas; a primera hora los de bajura y por la noche los del abareque, de sardina grande). El ambientazo que reinó siempre en la plaza. Entre las vendedoras. Con el público. Con visitantes ilustres como Garci, Sabina o Arturo Fernández. Y el declive final, cuando el Ayuntamiento empezó a no renovar licencias hasta que quedaron unas pocas -Luisa, Dora, Veli, Chelo, la Tara…- y acabaron por ser indemnizadas. «Echáronnos a todas para quitar al pobre lo poco que tiene», lamenta. Luisa tenía aún edad laboral y se instaló rápidamente con pescadería propia en Nuevo Gijón, pero no abandonó nunca su Cimadevilla natal, la del 99% de las inquilinas de la plaza del pescado. Hoy, a sus 77 años, ya viuda (su marido trabajó en Tabacalera) tiene a su única hija en Burgos y la casa llena de recuerdos. Sin embargo, busca entre sus fotografías y no aparece ninguna de aquel gran mercado cerrado ahora hace 25 años para reconvertirlo en edificio de oficinas.

Ángeles Sánchez ‘la Tarabica’
«Había mucho cachondeo y también un poco de pelusilla»

Si nunca tuvo pelos en la lengua a los 84 años, menos. Ángeles Sánchez, ‘la Tarabica’, ‘la Tara’ conoció como nadie los tiempos de esplendor de la plaza del pescado, donde regentó un floreciente puesto que vendía marisco «a los mejores restaurantes de Gijón» (Zamorana, Justo, Vitorón, Casa Marcelo…) e incluso a un tal Joaquín Sabina que un buen día se paró ante su mostrador y preguntó si aquellas cigalas estaban reservadas. Cuando ‘La Tara’ le dijo que no, él no dudó: «Ponme la caja». Y se llevó para Madrid cinco kilos de ‘material’ de lo que hoy se conoce tristemente como Antigua Pescadería.

Aquél fue el esplendor. Pero antes fueron los duros inicios. ‘La Tara’ las pasó canutas en la infancia, cuando «los evacuaos», y empezó a trabajar de niña en una conservera, donde robaba trozos de bonito que constituían su alumerzo diario. Luego vendió por la calle, primero con la caja en la cabeza con la que iba hasta La Calzada, luego con carrito. Ya casada, suministraba a la plaza las capturas de su marido, Manuel Batalla, quien salía a faenar con la embarcación ‘Geles’. Sin embargo, un buen día se dio cuenta de que el negocio no era para ella. «Me pagaben les andariques a 20 y les vendíen a 40. Y me dije: ‘A mí no me putea ni dios’». Había una señora que se jubilaba y ‘La Tara’ consiguió un puesto. Arrancó tímida, con lo que pescaba su marido. Luego empezó a acudir a las subastas en la planta baja y fue ganando en presencia, especializada ya en marisco, hasta convertirse en una de las grandes referencias del mercado. «Los negocios ye ‘ésta’ (espeta señalándose la lengua)» y a eso pocas podían ganar a esta mujer de rompe y rasga que presume hasta de haber tenido teléfono en su puesto. Con el negocio en auge, ‘La Tara’ compró un Renault 4, sacó el carné y expandió sus ‘tentáculos’ a Avilés, Candás, Luanco, Bañugues… donde adquiría el marisco que le faltaba, abrió un almacén en la calle del Rosario, donde despachaba los domingos… Y ganó dinero, casó a sus dos hijos…

Hoy, en el salón de su casa, contempla la única foto que conserva de aquella plaza del pescado y queda abrumada por la nostalgia: «’Tara’, ¡qué guapa estabes!», se autoelogia. Y añade al instante: «¡Y qué mala hostia tenía!». «Parecía una marquesa, no una marisquera. Era muy coqueta; no guapa, pero sí muy curiosa», dice risueña. A sus 84 años, conserva la energía intacta, aunque su salud está bastante quebrada. Dos operaciones de riñón, la cadera, la ciática… Y la muerte de su marido («mi calvín», al que lanza un beso al aire al instante) en 2012. «Fue lo peor que me pasó en la vida. En cuatro años me han caído veinte encima. Conocilu con 14. Era tan suave y yo, ya ves… Pero nunca nos faltamos al respeto».

‘La Tara’ fue de las últimas en abandonar aquel barco. Empezaron a ser cada vez menos. El Ayuntamiento no permitía renovar las licencias y la cosa comenzó a languidecer hasta su cierre en 1991. «Era todo precioso. No sé cómo cerraron esa plaza. Echonos Areces, ¡ese h… de la gran p…!», retruena tras rememorar aquel intenso ambiente matinal de lunes a sábado. «Había mucho cachondeo y también un poco de pelusilla». Como su ‘calvín’ «era celosu», ‘La Tarabica’ no acudía a los festejos cuando las pescaderas se iban los domingos de parranda. Para ella, la fiesta era aquel puesto floreciente.

Asunción Álvarez Loché, ‘La Guapita’
«Fueron los treinta años más felices de mi vida»

Si en Cimadevilla nadie se queda sin mote, el de Asunción Álvarez Loché fue ganado a pulso. Uno, por guapa. Y otro, por presumida. Asun tiene los 95 cumplidos y apenas sale de casa, en su barrio alto querido. Pero la visita de EL COMERCIO, a media mañana, sin cita previa, no la pilla desprevenida. Abre la puerta perfectamente peinada y maquillada, como una efigie. Primero rehúsa amablemente hablar por cuestión de edad. Luego, añade dos datos: «Mi puesto era el número 66. Fueron los treinta años más felices de mi vida». Y se despide.

Eladia Santurio, ‘la de Valienta’
«Cuando nacieron les neñes empecé a ayudar a mi suegra»

«Empecé cuando nacieron les neñes (gemelas imprevistas). Mi marido ganaba poco, mi suegra estaba en la plaza y me metió a ayudarla. Enseguida vio que valía y pude tener un puesto propio». A sus 94 años, Eladia Santurio irradia bondad. Ella vendía «pescado bueno» (pixín, merluza, salmonetes, lenguado…) y lo hacía en un ambiente sano.

«Estábamos muy unidas, trabajábamos mucho, pero era muy rentable. Cuando lo cerraron para hacer oficinas me llevé un disgusto muy grande». Pese a tener poca escuela, Eladia se manejaba con soltura con la báscula con gran agilidad mental para hacer las cuentas sobre la marcha. No olvida tampoco las esperas en la rula por la entrada de los barcos («a veces hasta las tres de la mañana») y los cientos de kilos de pixín que peló para Las Quintanas. Todo mereció la pena. «Hacía la vida por ellas (dice mirando a una de sus hijas, con la que vive) y pude llevar a las dos al Santo Ángel pagando (cuenta dolida cómo entonces quienes no pagaban no podían llevar uniforme)».

Eladia trabajó en la plaza hasta cumplir la edad de jubilación. Desde 1950 hasta 1986, aproximadamente. Luego regaló los bártulos a una compañera y asistió al triste desenlace del mercado. «Nos fastidiaron las pescaderías. Abrieron muchas de repente y eso, unido a la decisión del Ayuntamiento, fue el fin». Hace dos años, Eladia sufrió un ictus. En Cabueñes no paraban de preguntar qué pastillas tomaba. Pero las hijas no paraban de replicar que ninguna. Hoy, a los 94, sale a la peluquería, no perdona el vino en la comida y queda de cuando en cuando con ‘La Guapita’, quien solo sale, precisa, «si está guapa, guapa». ¿No tiene mote más que el nombre materno? Parece un milagro, pero no. Ahora bien, la hija hace una aclaración: «A mi abuelo lo llamaban ‘el Titi’».

Avelina Artime, ‘Veli la del Pálido’
«Al principio no tenía puestos asignados ni horarios»

Según le contaba Natalia Cuesta, ‘la del Moscalu’ a su hija, Veli, la plaza no tenía puestos asignados en sus inicios, ni tampoco horarios. Las mujeres los ocupaban según llegaban a diario y allí estaban mañana y tarde de lunes a domingo. Natalia ‘la del Moscalu’ (1924-1997) fue de las que empezó vendiendo por la calle con una caja de ‘menudo’ (parrocha, sardina, bocarte) sobre su cabeza que se envolvía al cliente en papel de periódico. Luego tuvo puesto en la plaza y ahí empezó su hija tras unos inicios laborales en una librería y una imprenta. Veli ‘la del Pálido’ vivió los últimos años del mercado y pese a ser los del declive los recuerda con gran cariño. «Aquello era lo mejor. No había sitio como aquél. Siempre había algún pique, alguna cosa, pero lo normal. No lo tenían que haber quitado nunca».

Los buenos recuerdos no son incompatibles con los horarios leoninos, pues Veli rememora tardes y noches de compra en la rula cuando llegaban los barcos para estar luego en la plaza, entre las 6 y las 8, para colocar la mercancía. Cuando cerró la plaza ella se alió con Dora e inmediatamente abrió una pescadería en la calle Melquíades Álvarez, a apenas unos metros de distancia, adonde se llevó su clientela. Allí estuvo hasta su jubilación hace cinco años. A sus 68, si aguza la memoria, aún resuenan en su mente aquellas frases: «Ven mocina, ven a comprar algo, mira lo guapo que lo tengo…». «Se vendía mucho», insiste. «Si lo cerraron no fue porque no se vendiera. Fue por lo que fuera».

Teodora de Blas, Dora ‘la del Chita’
«Lo mejor de Gijón ye lo que quiten. Una plaza como ésa…»

Tiene 84 años, la memoria lúcida y el reproche a flor de piel: «Lo mejor de Gijón ye lo que quiten porque una plaza como ésa no la hay en ningún lado». Teodora de Blas, ‘Dora la del Chita’, nació en Boo de Aller en 1931, mataron a su padre en la guerra y fue acogida por unas tías en Cimadevilla que «exportaban» pescado. Tenía 12 ó 13 años cuando se inició en aquel ambiente marinero del barrio de pescadores. Compraban pescado en la rula, lo llevaban a una bodega a La Soledad y a las seis de la mañana llegaba Santiago con su carro de caballos para transportarlo hasta el tren, desde donde se distribuía hacia Sama, La Felguera, Mieres… Una socia de una de sus tías tenía puesto en la plaza y Dora empezó a llevar baldes de pescado para vender, amparada por ella, sin puesto fijo. Así germinaron casi 50 años de actividad que acabaron en marzo de 1991 con el cierre definitivo.

En ese largo período vendió todo tipo de pescado, peló cientos de kilos de raya y riñón y se lo pasó de lo lindo. «Había de todo, pero lo pasábamos como dios», sentencia. Hasta tal punto que cuando abrió la pescadería con Veli en Melquíades Álvarez y le llegó la hora de la jubilación lo hizo a regañadientes. «Fue por ésta (dice señalando a la hija). Yo por gusto iba a vender otra vez», sentencia a sus 84 años. «Mira que en una ciudad como Gijón no haya una pescadería municipal…».

Ana María García ‘la Polesa’
«Empecé cubriendo las vacaciones de mi prima»

Ana María García empezó en la plaza tras 12 años en Alemania de donde se trajo un marido gallego (César el taxista), dos hijos y unos ahorros. Corría 1976 y a sus 45 años, tras limpiar en un par de casas, se estableció primero cubriendo vacaciones de su prima Chelo ‘la Mulata’ y luego sola, en el puesto vecino al de Eladia, quien le cortaba el bonito y le regalaría a su jubilación numerosos útiles. De todas habla maravillas. «De la hospitalidad de Eladia, de mi prima Chelo, de Asunción ‘la Guapita’, que me cogía a veces lo que no vendía…». ‘La Polesa’, a punto de cumplir 85, asocia el declive a la apertura de pescaderías por todo Gijón y aunque asevera que «debía seguir abierta», muestra dudas sobre su rentabilidad en estos tiempos.

Consuelo García, ‘Chelo La Mulata’
«Arturo Fernández venía mucho y hablaba con todas»

Chelo ‘la Mulata’ se acuerda del balneario de Las Carolinas, de un hospital en San Bernardo y de Arturo Fernández repartiendo juego en la plaza. «Cuando entraba ya estaba todo revuelto. Venía mucho, era muy popular y hablaba con todas». A sus casi 89 años, que cumple en abril, Chelo ‘la Mulata’ (por su madre) o ‘la Piguacha’ (por su padre) conserva una mirada pícara, una gran simpatía y muchos recuerdos. Desde la fábrica de conservas Vigil, en La Soledad, donde trabajó ocho años; a la Laboral, donde limpió; o su inicio «vendiendo pescado con la cajina (en la cabeza) por Ezcurdia». Se introdujo en la plaza arrimada a Nieves ‘la de Celsa’ y logró un puesto en 1960. Su hermano tenía lancha y si la pesca era escasa acudía a la rula a por bacalada, chicharro, parrocha, sardina…

Chelo siempre vendió menudo y así lo hizo hasta el final cuando recibió una indemnización de un millón de pesetas por los derechos acumulados. Pero aún no le daba para la jubilación. Y continuó en la propia plaza, en el soportal, a cubierto. «Los conocidos seguían viniendo a comprarme e incluso tenía una gaviota que me cuidaba el pescado cuando iba a tomar el cafetín. Lo dejaba tapado con un plástico y al volver le daba una propina», asegura. Pero aquello no era en absoluto legal y ‘La Mulata’ recibió la visita de Marichu, la secretaria del alcalde, diciéndole que la querían ver. «Consuelo, no puede estar ahí». «Les expliqué que me faltaban unos meses para la jubilación y di mi palabra de dejarlo tras ese tiempo». Así fue.

No olvida Chelo aquellos tiempos cuando los barcos salían al abareque y ya de noche ‘despescaban’ las sardinas de la red en la rampa de la rula, aquellos tiempos de la plaza en los que «vendíes lo que queríes. Te lo quitaben de las manos».

Todo ello es historia viva de Gijón, una ciudad marinera que, por extraño que parezca, desde hace 25 años carece de pescadería municipal.

Efectivamente. La Pescadería Municipal, la plaza del pescado, cayó víctima de la megalomanía, los antojos y los oscuros manejos del Alcaldón socialista, excomunista, actual senador socialista (tras un negro período en que fue el Fabra de esta provincia, con su propio Aeropuerto de Castellón: El Musel ampliado) y todavía candidato socialista a concejal en las listas electorales del PSOE, en puesto discreto: Vicente Alberto Álvarez Areces, alias Tini. Para quien, como se puede leer arriba, las pescaderas sólo tienen malas palabras. Con razón. Gijón (villa, no ciudad) pierde todo lo bueno. A cambio tiene un ayuntamiento hipertrofiado y carísimo, un miniestado bananero.

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Archivado bajo 02.- Gijón, 09.- Medios, Justicia social, Medio ambiente, Política local

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