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La continuidad y el progreso de la enseñanza, rotos en la Transición

Gijón. Grupo Escolar El Arenal, el primer Colegio Los Campos

Anteayer aparecía un artículo en el periódico mallorquín Última Hora, que hemos creído útil reproducir, a pesar de ciertos errores que más abajo acotamos, por su aplicabilidad al caso asturiano (y, por extensión, al del resto de España).

Más continuidades que rupturas de la práctica educativa republicana en la primera etapa del Franquismo en Mallorca

La tesis doctoral de Gabriel Barceló Bauzà, defendida recientemente en la Universitat de les Illes Balears (UIB), ha analizado la práctica escolar desarrollada por los maestros una vez terminada la Guerra Civil en el caso concreto de Mallorca, en los años cuarenta del pasado siglo.

Como principales resultados de la tesis, el investigador indica que hay más continuidades que rupturas en la forma de enseñar en las aulas de algunos maestros de la época, algo que contrasta con que en el ámbito político se quiso romper drásticamente con todos los pilares que sustentaron la obra educativa republicana, heredera de la renovación pedagógica instaurada en España desde finales del siglo XIX.

Si bien teóricamente se defienden el tradicionalismo y el catolicismo como ejes centrales, cuando se va al detalle de cómo enseñaban los maestros, se ve que una parte de ellos siguieron aplicando metodologías de enseñanza propias de renovadores como Francisco Giner de los Ríos, Andrés Manjón o Ferrer Guardia.

Este punto rebate la visión tradicional, muy homogénea y estereotipada de la escuela franquista.

No se puede olvidar, según el investigador, que muchos de los maestros que ejercieron en los años cuarenta eran los mismos que antes de la guerra. Maestros que habían sido depurados, pero que también eran herederos de una cultura escolar anterior y, sobre todo, depositarios de unos conocimientos y recursos metodológicos.

El trabajo ha sido dirigido por los doctores Bernat Sureda y Francesca Comas, del Departamento de Pedagogía y Didácticas Específicas, usando la metodología propia del método histórico adaptado al campo de la historia de la educación, junto con aportaciones de otras ciencias sociales como la etnografía, o la sociología.

El redactor de la noticia no se libra de esa visión que él llama tradicional y estereotipada de la historia de la pedagogía. Mezcla como precedentes renovadores a Giner de los Ríos, al anarquista Ferrer Guardia y a Andrés Manjón, sin señalar que éste era sacerdote y fundador de las Escuelas del Ave María. De Giner de los Ríos, o más propiamente de la Institución Libre de Enseñanza, cabe decir mucho en relación con la pervivencia de las ideas y prácticas de ésta en el franquismo. Podría decirse, por ejemplo, que buena parte de lo mejor de ellas, y aun de lo no tan bueno, sobrevivió, liberada de la carga del sectarismo religioso y de otros errores de importancia. Ningún «progresista» de hogaño se atrevería a suscribir la supresión de la enseñanza del latín, que la Institución Libre de Enseñanza propugnaba y puso en práctica en su Instituto Escuela, por ejemplo. Podrían citarse también ejemplos como el esfuerzo de la Sección Femenina por mantener la Residencia de Señoritas fundada por la misma Institución Libre de Enseñanza. Pero éste excede el asunto de esta entrada, dedicada más bien a la enseñanza primaria y a la media.

La escuela pública de la posguerra, con sus carencias, fue en conjunto ejemplar, con maestros entregados a su trabajo y a sus alumnos. Ninguna mujer que haya pasado por sus aulas dejará de recordar especialmente a aquellas maestras entregadas, cultas y refinadas en su mayoría. Escuelas que preparaban para la vida, para el hogar; que trataban de fomentar el buen gusto y se ocupaban también de la formación religiosa y cívica de los niños. Todo lo contrario, doloroso es decirlo, de las actuales.

Esa continuidad fundamental recibió en 1970 un golpe del que no volvió a recobrarse: la Ley General de Educación, la famosa Ley Villar Palasí. Las leyes posteriores han sido tan malas que ahora se mira con nostalgia a aquel engendro tercermundista de la UNESCO. Con el que se inventaron cosas como la E.G.B. y el B.U.P., y que se impuso como ley «progresista» amparada por la entonces recién nacida Conferencia Episcopal, contra el criterio de los funcionarios del Ministerio de Educación.

Desde 1982, año de la llegada al poder del PSOE, la enseñanza quedó en caída libre. El malhadado Estado de las Autonomías redondeó el desastre. Treinta y cinco años después tienta decir que la educación es deseducación, y que nos ha llevado a una situación que quizá podamos llamar salvajismo tecnológico.

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Destruir para construir… ¿Es construir?

Los seguidores de Voluntad conocen nuestra preocupación por el deterioro urbanístico de Gijón (y de Candás y de Villaviciosa). Un proceso que lleva décadas produciéndose y que vuelve a acelerarse. La desaparición de los edificios bellos, representativos o simplemente interesantes y su sustitución por horrores anónimos y cosmopolitas. La destrucción de los paisajes de la villa y sus alrededores. La supresión de rincones con historia y encanto y su sustitución por calles feas y sin alma.

Recuperamos un artículo publicado hace un mes en Cosas de Arquitectos. Revista digital de Arquitectura, por Juan Ignacio Vallet. Él se refiere al caso de la ciudad portuaria argentina de Rosario. Cámbiese por Gijón y se verá que su aplicabilidad, mutatis mutandis, es evidente.

Destruir para construir… ¿es construir?

Como estudiante de arquitectura tengo la cualidad de mirar un poco más en detalle el paisaje urbano mientras recorro la ciudad y además aprendí con el tiempo que muchas veces lo mejor se encuentra mirando al cielo y no solamente hacia adelante.

En ese ejercicio diario e inconsciente que realizo noté con gran tristeza en estos últimos años cómo la especulación inmobiliaria destruyó innumerables inmuebles de principios de siglo de un valor arquitectónico incalculable.

Destruir para construir…

Vale aclarar que estas líneas no tienen como finalidad atacar la evolución lógica que se da en todas las grandes ciudades con respecto a la construcción de edificios, reconociendo que hoy por hoy la demanda exige albergar en pequeños lotes una cantidad mayor de personas que la que era necesaria hace un siglo.

Rosario es una ciudad que ha evolucionado en muchos aspectos los cuales entiendo aceleraron este proceso de modernización y de estructuración en la forma en que se encara el problema de la vivienda.

La enorme oferta de universidades e institutos hicieron que se convierta en un polo de atracción de jóvenes no sólo de las ciudades o pueblos cercanos sino también de provincias limítrofes, que vienen a formarse como profesionales y cuya estadía no implica los 5 o 6 años que normalmente demanda una carrera universitaria sino que luego de recibidos deciden instalarse definitivamente en Rosario. Sumado a esto está la presencia del puerto, el más importante del país, el cual ha generado que las empresas más importantes en el rubro cerealero tengan sus oficinas en la ciudad demandando personal capacitado el cual se instala en la ciudad de forma temporal en algunos casos y en forma definitiva en muchos otros. Es innegable que todas están circunstancias y muchas otras hacen que el modo en que se va configurando una ciudad tenga que cambiar y adaptarse a los nuevos requerimientos.

… ¿es construir?

Ahora bien, este progreso implica que muchas viviendas de un alto valor patrimonial sean destruidas. Y al referirme de valor patrimonial no hablo únicamente de la vivienda en sí y su forma de construcción, distribución interna, su ornamentación, etc. Hablo de aquellas cosas tan o más importantes que lo material que no se ven a simple vista. Al destruirse una vivienda construida en el 1900 se pierden años de recuerdos, momentos, rituales familiares, sabores, olores, sonidos, silencios, costumbres, risas, llantos. Esas viviendas fueron protagonistas de las grandes inmigraciones que poblaron este país desde toda Europa y claramente volver a empezar de cero en estas tierras fue una tarea muy dura y para nada fácil. Dejar tu tierra, abandonar tus raíces y embarcarte a otro continente en un largo viaje en el cual en los pequeños bolsos solo entraban unas pocas prendas pero muchos miedos e incertidumbres.

En pos de la modernización hemos cambiado viviendas de grandes puertas de madera o hierro —tras de las cuales había un trabajo artesanal y representaban muchas de ellas obras de arte en sí— las cuales invitaban a descubrirlas, por edificios de ingresos ínfimos, con cámaras de vigilancia y rejas; cambiamos grandes habitaciones compartidas por hermanos los cuales a fuerza de la imaginación creaban infinidad de mundos de fantasía para jugar, por habitaciones semejantes a una caja de zapatos donde escasea la imaginación y la única manera de divertirse o pasar el tiempo es a través de un televisor y una PlayStation; cambiamos una abuela amasando una pasta con salsa casera, una rica torta, un café batido con amor, una comida reunidos en familia, por el delivery más cercano, comiendo solo o reunidos hipnotizados por la televisión; cambiamos juntarnos en el gran patio familiar de las viviendas chorizo a tomar mates y conversar de la vida, por sentarnos frente a una pc o un Smartphone a chatear.

En el pasado las viviendas eran grandes, vivían varias familias, ocupaban una importante superficie de la manzana pero contrariamente a lo que se piensa sus habitantes eran unidos, solidarios, compañeros, se ayudaban, se apoyaban, conocían a sus vecinos. Hoy por hoy los departamentos son muchos más pequeños lo cual no implica cercanía sino todo lo contrario, cada hijo está en su pieza encerrado con la pc o el celular, escasea el dialogo y predomina la televisión, desconocemos a nuestros vecinos, desconfiamos de todos, no nos importa ayudar.

Quizás sea una visión anticuada pero es doloroso pasar por una vivienda antigua demolida y verla así, con sus ambientes desmembrados, vestigios de paredes revestidas de viejos azulejos, paredes destruidas. Es una herida desgarrada en esa manzana que la comprende, una herida que por más que se intente cerrar con un nuevo edificio de varios pisos nunca va a terminar de cicatrizar, porque hay risas que ya no se oyen, hay olores que ya no invaden la manzana, hay sonidos que no están y esto es obvio porque ya los dueños de esas risas, esos olores y esos sonidos no están entre nosotros físicamente… Pero viven en la memoria, en el corazón y en el alma de quienes los conocieron.

Mi nombre es Juan Ignacio Vallet, tengo 37 años, soy casado con 2 hijos y soy estudiante de la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la Universidad Nacional de Rosario donde restan 8 materias para recibirme. Siempre me interesó escribir artículos de Arquitectura y poder tener la posibilidad de que alguien los publicara.

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La devastación urbana de Gijón sigue su curso

Esquina de la Calle de Santa Doradía con la de Dindurra

Hace ya algún tiempo que está colocado el cartel de «próxima construcción» en las antiguas viviendas situadas en la esquina de las calles de Santa Doradía y de Dindurra, colindantes con el bello edificio del Garaje Asturias, con el que forman un conjunto armonioso.

Las viviendas de la primera planta, habitadas hasta no hace tantos años, eran amplias y civilizadas, como tantas otras que han ido desapareciendo en nuestra villa. Cada una con su propio acceso a la calle. Los bajos albergaron un acreditado horno de panadería, entre otros negocios.

El edificio es digno, de los últimos representantes en el centro de Gijón de una forma de vida y de habitación mucho menos antinatural que la actualmente corriente. Es, además, casi el único que deja pasar la luz a unas calles singularmente deprimidas y oscurecidas por las feas moles levantadas a partir de la década de 1970.

Dicen que la constructora Fercavia S.A. es rara avis que trata bien a los inquilinos de renta antigua y a los que se ven obligados a vender sus viejas moradas. Benditos sean por ello. Pero lamentamos, porque amamos Gijón, que se reanime la construcción. Un parón o moratoria de cincuenta o cien años para levantar nuevos edificios sería la mejor noticia para nuestra triste y hasta repulsiva geografía urbana de hoy.

Que desaparezcan los pocos testimonios de lo que fue, nos entristece aún más. Se terminará pensando que Gijón fue siempre este cruce entre Benidorm y Marrakech que nos han ido imponiendo en los últimos cuarenta o cincuenta años. Se terminará olvidando que esta antigua capital de la Costa Verde fue una hermosa urbe.

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LXXVIII aniversario de Antonio Machado. (Ya estábamos reconciliados)

Tenemos en Gijón un colegio público que lleva el nombre del famoso escritor, poeta, dramaturgo y catedrático de instituto, sevillano de nacimiento y castellano de adopción, de cuya muerte en el exilio en Colliure se cumplen hoy setenta y ocho años. En la llamada Transición (con «T» mayúscula y con mucho incienso) lo convirtieron en un símbolo extraño. Tan extraño como la «reconciliación» que vinieron a imponernos, y que ha reverdecido últimamente, violenta y devastadora, en nombre de una no menos extraña «memoria histórica» que persigue borrar —aún más— la memoria del siglo XX.

En la etapa final de la llamada Transición, otro sevillano, un tal Alfonso Guerra (¿se acuerdan?) se presentó como especialista en Antonio Machado y en Mahler. Luego resultó que de ninguno de los dos sabía gran cosa. El mahleriano español por excelencia fue el recientemente fallecido José Luis Pérez de Arteaga, y a Antonio Machado lo teníamos hasta en la sopa desde mucho antes del ascenso del PSOE (r). Mas tanto nos vinieron a decir que se trataba de un poeta mal visto en el franquismo, que se había orillado su obra, etcétera, que nos hicieron dudar de nuestros propios recuerdos: ¿acaso no habíamos aprendido poemas de Antonio Machado en la escuela? ¿No venían, pues, en nuestros libros de texto de la época de Franco?

Antonio Machado y sus versos nunca dejaron de ser populares, y fueron especialmente queridos por buena parte de los falangistas del régimen anterior. Sus libros siguieron publicándose. Y hasta la oficial Televisión Española le dedicó programas. Arriba insertamos uno emitido por primera vez el 10 de julio de 1973. Recuerden, Francisco Franco murió —en el poder, y en la cama— el 20 de noviembre de 1975.

—Pero aquello era ya el tardofranquismo. Se habían suavizado mucho.

¿De veras? ¿Qué me dice de este otro programa? Se estrenó en TVE el 17 de mayo de 1967…

La verdad es que estábamos perfectamente reconciliados, antes de que el juanismo, la democracia y la neoizquierda vinieran a des-reconciliarnos.

De paso, arrojaron al olvido a Manuel Machado, hermano de Antonio y (a decir incluso de escritores y críticos adscritos a la izquierda, como Andrés Trapiello) mejor poeta que él. Mas, así como Antonio anduvo próximo a la izquierda (pero puso tierra por medio con el criminal Frente Popular), Manuel se adscribió sin dudarlo al bando nacional durante la Guerra de España, y al régimen nacido de ésta. Lo cual, para quienes desde hace tiempo manejan eso de la «memoria histórica», lo convirtió en recuerdo a borrar.

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Los peces rojos. (Cuánto más guapo era Gijón)

Los peces rojos (1955)
Anoche estuvimos viendo otra vez «Los peces rojos», película dirigida en 1955 por el gran José Antonio Nieves Conde (1915-2006), el de las memorables «Balarrasa» (1950) y «Surcos» (1951). Con guión del no menos grande Carlos Blanco Hernández (1917-2013), gijonés. Decorados del luarqués Gil Parrondo, gran elenco de actores… De cuando en España aún había industria cinematográfica y se hacía cine de verdad. Antes de los Premios Goya, vamos.

Entre los actores, alguna novel gijonesa. Si quieren seguir esa historia, la contaba hace algo más de cuatro años el cuaderno de bitácora Gijón en el Recuerdo (clic sobre el título para acceder a la entrada). Lástima que llamen «La Voluntad» al diario VOLUNTAD, cuya cabecera nunca llevó artículo determinado. Diario que tuvo, por cierto, mucho que ver con el rodaje en Gijón (además de en Madrid y Extremadura) de «Los peces rojos».

VOLUNTAD 22 de febrero de 1955

Diario VOLUNTAD. Gijón, 22 de febrero de 1955

Viendo la película, fue inevitable volver sobre nuestro recuerdo melancólico: además de ¡cuánto mejor era el cine de antes!, fue sobre todo ¡cuánto más guapo era Gijón!

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Hórreos y paneras, en peligro. (Aquí peligra todo)

Hórreos y paneras derribados por la ZALIA en San Andrés de los Tacones en 2009 (foto Luis Sevilla, El Comercio)

Hórreos y paneras derribados por la ZALIA en San Andrés de los Tacones en 2009 (foto Luis Sevilla, El Comercio)

La voracidad recaudatoria de los ayuntamientos democráticos ha extendido a hórreos y paneras el Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI). Ello a pesar de que el derecho consuetudinario asturiano, y el sentido común que tan bien queda reflejado en él, los considera bienes muebles. Esta medida viene a sumarse a una normativa enloquecida y enloquecedora y pone a nuestros hórreos en serio peligro de desaparición, como hace unos días destacaba hasta El Confidencial madrileño.

Ese peligro es grave en Gijón, y parecido puede decirse de los concejos limítrofes. Izquierda Unida de Gijón (olvidando angelicalmente su complicidad en la destrucción masiva de hórreos en el municipio) ha sorprendido con una propuesta bastante sensata: la de dejar exentos de IBI a hórreos y paneras de más de cien años. Extrañamente pacata, sin embargo, viniendo de un partido político tan dado a estridencias. Todos los hórreos y paneras deben quedar exentos de IBI.

¿Queda algo nuestro, de lo poco que nos han dejado, que no peligre bajo este régimen voraz, desvergonzado y torpe de Foro + Podemos + PP + PSOE + C’s + IU etc.?

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Aquel Gijón que perdimos. Justificada nostalgia en el Año Nuevo

Calle Jovellanos, década de 1850. En primer plano, a la izquierda, el Antiguo Instituto; a continuación, el primer Teatro Jovellanos. Al fondo, la calle de los Moros

Calle Jovellanos, década de 1850. En primer plano, a la izquierda, el Antiguo Instituto; a continuación, el primer Teatro Jovellanos. Al fondo, la calle de los Moros

Primera entrada del año 2017 en este cuaderno de bitácora. Pero ya saben nuestros seguidores que Voluntad se actualiza diariamente (excepto los lunes) en su cuenta de Twitter.

El año nuevo hace buena excusa para volver la vista al pasado. Algo que en Gijón sólo puede hacerse con nostalgia. Si pensamos en la historia de la villa, en su urbanismo, su paisaje y sus edificios, el sentido de pérdida irreparable se impone.

Ahora que se discuten mil y un usos improcedentes para el edificio de la antigua Escuela de Comercio (por no hablar, que ya se habla demasiado y sin sentido, del Convento de las Madres Agustinas Recoletas de Cimadevilla, la añorada fábrica de tabaco), vamos a posar los ojos en la manzana anterior. El antiguo Instituto Jovellanos, segundo edificio que ocupara el Instituto de Náutica y Mineralogía fundado por don Gaspar (el primero fue destrozado para convertirlo en un chigre con hostal, por obra de cierto comunista con la activa complicidad del consistorio socialista). Bello y proporcionado edificio de una planta, la posterior adición de la segunda no lo afearía ni desfiguraría, al contrario de los recrecidos que se estilan desde que se impusieron los ayuntamientos «democráticos» en las últimas décadas del siglo XX.

A su derecha, el Teatro Jovellanos. El original. (El actual del Paseo de Begoña nació, como es sabido, llamándose Teatro Dindurra). Un bello edificio, casi copia a escala del Teatro Real de Madrid, levantado entre las décadas de 1840 y 1850. Obra del arquitecto Andrés Coello. Que pasó hasta al imaginario popular de los concejos limítrofes: en alusión a la enorme lámpara de araña que pendía de su techo, decíase aquello de «¿Viste l’araña?» «¡Vi l’arañón!» «¿Dónde lu viste?» «¡Vilu’n Xixón!» (porque a Gijón lo llamaban Xixón los campesinos de otras partes del centro de Asturias; nunca los gijoneses). El primero de España que tuvo iluminación eléctrica.

Pero llegó la cachonda Segunda República y enajenó el edificio, que fue derribado para levantar en su solar otro (bastante digno, pero muy inferior) destinado al Banco de España; donde hoy se aloja la Biblioteca Pública Jovellanos.

El fondo de la imagen, ya en la calle de los Moros, muestra edificios extraordinariamente interesantes, de los que ni traza queda. Despiertan la curiosidad, y hasta cierta fascinación, por los detalles que pueden distinguirse. ¡Qué Gijón tuvimos, qué Gijón pudimos tener! Pero nos han dejado esta pesadilla urbanística, entre Benidorm y Marrakech. Y empeorando.

Cualquier tiempo pasado parece verdaderamente mejor.

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