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LXXVIII aniversario de Antonio Machado. (Ya estábamos reconciliados)

Tenemos en Gijón un colegio público que lleva el nombre del famoso escritor, poeta, dramaturgo y catedrático de instituto, sevillano de nacimiento y castellano de adopción, de cuya muerte en el exilio en Colliure se cumplen hoy setenta y ocho años. En la llamada Transición (con «T» mayúscula y con mucho incienso) lo convirtieron en un símbolo extraño. Tan extraño como la «reconciliación» que vinieron a imponernos, y que ha reverdecido últimamente, violenta y devastadora, en nombre de una no menos extraña «memoria histórica» que persigue borrar —aún más— la memoria del siglo XX.

En la etapa final de la llamada Transición, otro sevillano, un tal Alfonso Guerra (¿se acuerdan?) se presentó como especialista en Antonio Machado y en Mahler. Luego resultó que de ninguno de los dos sabía gran cosa. El mahleriano español por excelencia fue el recientemente fallecido José Luis Pérez de Arteaga, y a Antonio Machado lo teníamos hasta en la sopa desde mucho antes del ascenso del PSOE (r). Mas tanto nos vinieron a decir que se trataba de un poeta mal visto en el franquismo, que se había orillado su obra, etcétera, que nos hicieron dudar de nuestros propios recuerdos: ¿acaso no habíamos aprendido poemas de Antonio Machado en la escuela? ¿No venían, pues, en nuestros libros de texto de la época de Franco?

Antonio Machado y sus versos nunca dejaron de ser populares, y fueron especialmente queridos por buena parte de los falangistas del régimen anterior. Sus libros siguieron publicándose. Y hasta la oficial Televisión Española le dedicó programas. Arriba insertamos uno emitido por primera vez el 10 de julio de 1973. Recuerden, Francisco Franco murió —en el poder, y en la cama— el 20 de noviembre de 1975.

—Pero aquello era ya el tardofranquismo. Se habían suavizado mucho.

¿De veras? ¿Qué me dice de este otro programa? Se estrenó en TVE el 17 de mayo de 1967…

La verdad es que estábamos perfectamente reconciliados, antes de que el juanismo, la democracia y la neoizquierda vinieran a des-reconciliarnos.

De paso, arrojaron al olvido a Manuel Machado, hermano de Antonio y (a decir incluso de escritores y críticos adscritos a la izquierda, como Andrés Trapiello) mejor poeta que él. Mas, así como Antonio anduvo próximo a la izquierda (pero puso tierra por medio con el criminal Frente Popular), Manuel se adscribió sin dudarlo al bando nacional durante la Guerra de España, y al régimen nacido de ésta. Lo cual, para quienes desde hace tiempo manejan eso de la «memoria histórica», lo convirtió en recuerdo a borrar.

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Feliz Navidad

Mañana no se publicará VOLUNTAD
Hace hoy diez años, en la vigilia de Navidad de 2006 emprendió su camino este cuaderno de bitácora que homenajea al desaparecido diario VOLUNTAD.

Deseamos feliz Navidad a nuestros lectores con la última página de VOLUNTAD del 24 de diciembre de 1974, última Nochebuena que acompañaría a los gijoneses. Que el Niño Dios les colme de bendiciones.

Pulse sobre la imagen para leer esta última página. Sí, es 1974. Franco todavía vivía y gobernaba... Lean, lean y sorpréndanse.

Pulse sobre la imagen para leer esta última página. Sí, es 1974. Franco todavía vivía y gobernaba, VOLUNTAD era un periódico del Movimiento… Lean, lean y sorpréndanse.

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Que tenga cuidado el Café Central, no vayan a aplicarle la Ley de Memoria Histórica

Pues sí. El Café Central, de Gijón, ha tenido la buena idea de poner una placa en memoria del ilustre periodista Juan Ramón Pérez Las Clotas (1923-2012), en la mesa donde éste solía sentarse.

Mas ahora que se recrudece la persecución de toda clase de símbolos y recuerdos, por mor de una «Ley de Memoria Histórica» promulgada por el PSOE, mantenida por el PP y enarbolada por IU+Podemos etc., este homenaje se ve imprudente.

Porque el homenajeado, además de su entera vida profesional consagrada a la Prensa del Movimiento (antes, de F.E.T. y de las J.O.N.S.) hasta su extinción, fue también, hasta poco antes de su muerte, patrono de la Fundación Nacional Francisco Franco, en cuya revista escribía con cierta frecuencia. Un falangista de Franco, don Juan Ramón.

Lo cual quizá resulte sorprendente para los jóvenes y los desmemoriados (éstos en franco aumento, que es lo que persigue esa misma «Ley de Memoria Histórica»), a tenor de noticias como ésta de La Nueva España:

Juan Ramón, lejos de toda corriente

Una placa recuerda, en el cuarto aniversario de su muerte, a Pérez Las Clotas en su café preferido
Garrucho, con la caricatura del periodista, y Víctor Manuel Pérez, sobrino de Las Clotas, sentados en el rincón habitual del Café Central que ocupaba el homenajeado.

Garrucho, con la caricatura del periodista, y Víctor Manuel Pérez, sobrino de Las Clotas, sentados en el rincón habitual del Café Central que ocupaba el homenajeado.

F. G. «En esta mesa del Café Central mantuvo animadas tertulias el gran periodista gijonés Juan Ramón Pérez las Clotas», reza en la placa estrenada ayer para recordar, en el establecimiento hostelero al que acudió durante años, al gacetillero ilustre, director que fue de este periódico, cuando se cumplen cuatro años justos de su fallecimiento.

En un rincón del local próximo a la escalera, donde Juan Ramón se sentaba cada día «para evitar las corrientes» de la puerta giratoria del café, bajo un espejo, en torno a una mesa rectangular de mármol y al acomodo de un sillón rojo de dos plazas, los amigos del maestro de periodistas glosaron ayer su figura. Y él como si estuviera allí, pues una caricatura del personaje facilitada por LA NUEVA ESPAÑA de Gijón y una fotografía de sus años postreros que ilustró uno de los últimos reportajes sobre su azarosa vida en el diario de su ciudad, gobiernan el esquinazo en el que Clotas hizo también magisterio del ejercicio de la conversación animada, amena, y en ocasiones socarrona.

Alfonso Peláez, contertulio del que fuera decano de los periodistas gijoneses, recordó, en un breve parlamento, al personaje. «Yo me babo hablando de Juanra. Fue un padre y un gran amigo para todos nosotros, un gijonés ilustre, un buen hombre y un gran periodista». A cierta distancia asentía Ramón Artime «Garrucho», amigo fiel de Clotas desde tiempos inmemoriales, a quien una impertinente afonía impidió tomar la palabra, pero no emocionarse hasta casi bordear las lágrimas.

El cura Alberto Torga se refirió, por su parte, a un hombre ingenioso y culto de «memoria prodigiosa a quien nunca oí hablar mal de nadie. Como mucho se quejaba de los pelmazos…». Y así todos los compañeros de la tertulia del Hotel Asturias, congregados en torno al rectángulo de mármol: Luis Antuña, Genaro Palacio, José Carlos San Martín, Nacho Torres, Nacho Menéndez, Gabino Vigil, Tino Muñoz, José Antonio Samaniego, Eugenio Santamaría…

El propietario del local, Javier Argüelles, explicó que «el de la placa era su rincón preferido, aunque si estaba ocupado se sentaba en otra mesa, siempre donde no hubiera corriente. Ni en los últimos años, cuando ya estaba muy malín, le escuché quejarse de su enfermedad. Venía con Canellada y con Bardales, al vermú, también con Garrucho y le encantaba que le preparáramos un dry martini, cuando aparecía por Gijón Arturo Fernández». Y no desdeñaba la menestra que cocinaba la mujer de la casa, Esther Calles. «En esta casa guardamos a Juan Ramón un respeto reverencial. Este sencillo detalle», concluyó el hostelero, «no es más que una sincera muestra de agradecimiento».

Ante lo que hemos recordado más arriba, ¿cómo es posible que en la tertulia de Pérez Las Clotas estuvieran figurones de la peor clerigalla gijonesa, alineados con la izquierda oligárquica y con la extrema izquierda teológica, así como seglares «cristianos comprometidos» (es decir, excristianos), también antifranquistas sobrevenidos? Notorios pelmazos varios de ellos, por cierto.

Es posible. Dejaremos para otro día, quizá sine die, la respuesta. Porque es mejor recordar lo bueno, cuando lo hay. Y en Juan Ramón Pérez Las Clotas lo había.

Y que no les pase nada a los beneméritos responsables del Café Central.

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Hablemos de pescado: aquella plaza que Gijón perdió

Hablábamos de carne hace unos días. Como ahora andamos en plena Cuaresma, toca hablar de pescado. Aunque hoy domingo sea día en que los cristianos no hacen ayuno ni abstinencia. También es San Valentín, y lo de hoy va un poco de enamoramientos. De amores perdidos.

Nos ha sorprendido gratamente el bilbaíno Correo ex Español de Benavente para Gijón. Hoy tiene un artículo gijonés de verdad. Bastante correcto, además: rara avis. Por un momento nos ha recordado a cuando era de verdad El Comercio.

Aquella maravillosa plaza del pescado

elcomercio14febrero2016

Ocho mujeres reviven para EL COMERCIO los 61 años de la pescadería, hasta su cierre en 1991 para reconvertirla en edificio administrativo
Veinticinco años después del cierre, las vendedoras supervivientes rememoran sus décadas de esplendor. «Era todo precioso, no sé cómo la pudieron cerrar», critica Ángeles ‘la Tarabica’

ADRIÁN AUSÍN

Luisa Álvarez Lete, ‘la de Nadie’, lleva la plaza del pescado en la sangre. En la suya, en la de su madre y en la de su abuela. En estas tres generaciones se sustancia la historia del precioso edificio gijonés proyectado por Miguel García de la Cruz en 1928, abierto en marzo de 1930, tras una inversión de 509.985 pesetas, y cerrado en el primer trimestre de 1991 por «una mamarrachada» del alcalde, como a ella le gusta decir. Luisa ‘la de Nadie’ nació en la calle Atocha y heredó al instante el mote paterno, cumpliendo la norma del barrio alto («’salimos que no falta nadie’, dijo el patrón de un pesquero y entonces llegó mi padre. Se habían olvidado de él»). Su abuela, Elvira, fue vendedora ambulante por el Campo Valdés y el Muro y estrenó la pescadería municipal aquel flamante 13 de marzo de 1930. Su madre, Maruja, heredó el puesto. Y ella, Luisa, la sucedió a los 23 años, cuando ésta murió repentinamente mientras hablaban por teléfono. Ocurrió en 1961. «No tenía experiencia y lloré lo que quise». «No llores fía que buen oficio es el que mantiene a su amo», le decía Asunción Montero, su vecina laboral. Con el tiempo, sería ‘La de Nadie’ quien la reprendiese a ella por tener «coses de neña». Pero siempre con familiaridad, «en un ambiente extraordinario».

De sus treinta años en la plaza del pescado, Luisa lo recuerda todo. La distribución, con las marisqueras en un lateral y las vendedoras de pescado en el centro (126 puestos), mientras la planta baja era ocupada por carnicerías y fruterías, además de acoger subastas de marisco. El sonido de la campana de la rula del Muelle que escuchan desde casa por las tardes. «Sentíesles tocar y cuando bajabes ya estaban entrando los barcos», recuerda. (Por la tarde eran los de altura, que llegaban por parejas; a primera hora los de bajura y por la noche los del abareque, de sardina grande). El ambientazo que reinó siempre en la plaza. Entre las vendedoras. Con el público. Con visitantes ilustres como Garci, Sabina o Arturo Fernández. Y el declive final, cuando el Ayuntamiento empezó a no renovar licencias hasta que quedaron unas pocas -Luisa, Dora, Veli, Chelo, la Tara…- y acabaron por ser indemnizadas. «Echáronnos a todas para quitar al pobre lo poco que tiene», lamenta. Luisa tenía aún edad laboral y se instaló rápidamente con pescadería propia en Nuevo Gijón, pero no abandonó nunca su Cimadevilla natal, la del 99% de las inquilinas de la plaza del pescado. Hoy, a sus 77 años, ya viuda (su marido trabajó en Tabacalera) tiene a su única hija en Burgos y la casa llena de recuerdos. Sin embargo, busca entre sus fotografías y no aparece ninguna de aquel gran mercado cerrado ahora hace 25 años para reconvertirlo en edificio de oficinas.

Ángeles Sánchez ‘la Tarabica’
«Había mucho cachondeo y también un poco de pelusilla»

Si nunca tuvo pelos en la lengua a los 84 años, menos. Ángeles Sánchez, ‘la Tarabica’, ‘la Tara’ conoció como nadie los tiempos de esplendor de la plaza del pescado, donde regentó un floreciente puesto que vendía marisco «a los mejores restaurantes de Gijón» (Zamorana, Justo, Vitorón, Casa Marcelo…) e incluso a un tal Joaquín Sabina que un buen día se paró ante su mostrador y preguntó si aquellas cigalas estaban reservadas. Cuando ‘La Tara’ le dijo que no, él no dudó: «Ponme la caja». Y se llevó para Madrid cinco kilos de ‘material’ de lo que hoy se conoce tristemente como Antigua Pescadería.

Aquél fue el esplendor. Pero antes fueron los duros inicios. ‘La Tara’ las pasó canutas en la infancia, cuando «los evacuaos», y empezó a trabajar de niña en una conservera, donde robaba trozos de bonito que constituían su alumerzo diario. Luego vendió por la calle, primero con la caja en la cabeza con la que iba hasta La Calzada, luego con carrito. Ya casada, suministraba a la plaza las capturas de su marido, Manuel Batalla, quien salía a faenar con la embarcación ‘Geles’. Sin embargo, un buen día se dio cuenta de que el negocio no era para ella. «Me pagaben les andariques a 20 y les vendíen a 40. Y me dije: ‘A mí no me putea ni dios’». Había una señora que se jubilaba y ‘La Tara’ consiguió un puesto. Arrancó tímida, con lo que pescaba su marido. Luego empezó a acudir a las subastas en la planta baja y fue ganando en presencia, especializada ya en marisco, hasta convertirse en una de las grandes referencias del mercado. «Los negocios ye ‘ésta’ (espeta señalándose la lengua)» y a eso pocas podían ganar a esta mujer de rompe y rasga que presume hasta de haber tenido teléfono en su puesto. Con el negocio en auge, ‘La Tara’ compró un Renault 4, sacó el carné y expandió sus ‘tentáculos’ a Avilés, Candás, Luanco, Bañugues… donde adquiría el marisco que le faltaba, abrió un almacén en la calle del Rosario, donde despachaba los domingos… Y ganó dinero, casó a sus dos hijos…

Hoy, en el salón de su casa, contempla la única foto que conserva de aquella plaza del pescado y queda abrumada por la nostalgia: «’Tara’, ¡qué guapa estabes!», se autoelogia. Y añade al instante: «¡Y qué mala hostia tenía!». «Parecía una marquesa, no una marisquera. Era muy coqueta; no guapa, pero sí muy curiosa», dice risueña. A sus 84 años, conserva la energía intacta, aunque su salud está bastante quebrada. Dos operaciones de riñón, la cadera, la ciática… Y la muerte de su marido («mi calvín», al que lanza un beso al aire al instante) en 2012. «Fue lo peor que me pasó en la vida. En cuatro años me han caído veinte encima. Conocilu con 14. Era tan suave y yo, ya ves… Pero nunca nos faltamos al respeto».

‘La Tara’ fue de las últimas en abandonar aquel barco. Empezaron a ser cada vez menos. El Ayuntamiento no permitía renovar las licencias y la cosa comenzó a languidecer hasta su cierre en 1991. «Era todo precioso. No sé cómo cerraron esa plaza. Echonos Areces, ¡ese h… de la gran p…!», retruena tras rememorar aquel intenso ambiente matinal de lunes a sábado. «Había mucho cachondeo y también un poco de pelusilla». Como su ‘calvín’ «era celosu», ‘La Tarabica’ no acudía a los festejos cuando las pescaderas se iban los domingos de parranda. Para ella, la fiesta era aquel puesto floreciente.

Asunción Álvarez Loché, ‘La Guapita’
«Fueron los treinta años más felices de mi vida»

Si en Cimadevilla nadie se queda sin mote, el de Asunción Álvarez Loché fue ganado a pulso. Uno, por guapa. Y otro, por presumida. Asun tiene los 95 cumplidos y apenas sale de casa, en su barrio alto querido. Pero la visita de EL COMERCIO, a media mañana, sin cita previa, no la pilla desprevenida. Abre la puerta perfectamente peinada y maquillada, como una efigie. Primero rehúsa amablemente hablar por cuestión de edad. Luego, añade dos datos: «Mi puesto era el número 66. Fueron los treinta años más felices de mi vida». Y se despide.

Eladia Santurio, ‘la de Valienta’
«Cuando nacieron les neñes empecé a ayudar a mi suegra»

«Empecé cuando nacieron les neñes (gemelas imprevistas). Mi marido ganaba poco, mi suegra estaba en la plaza y me metió a ayudarla. Enseguida vio que valía y pude tener un puesto propio». A sus 94 años, Eladia Santurio irradia bondad. Ella vendía «pescado bueno» (pixín, merluza, salmonetes, lenguado…) y lo hacía en un ambiente sano.

«Estábamos muy unidas, trabajábamos mucho, pero era muy rentable. Cuando lo cerraron para hacer oficinas me llevé un disgusto muy grande». Pese a tener poca escuela, Eladia se manejaba con soltura con la báscula con gran agilidad mental para hacer las cuentas sobre la marcha. No olvida tampoco las esperas en la rula por la entrada de los barcos («a veces hasta las tres de la mañana») y los cientos de kilos de pixín que peló para Las Quintanas. Todo mereció la pena. «Hacía la vida por ellas (dice mirando a una de sus hijas, con la que vive) y pude llevar a las dos al Santo Ángel pagando (cuenta dolida cómo entonces quienes no pagaban no podían llevar uniforme)».

Eladia trabajó en la plaza hasta cumplir la edad de jubilación. Desde 1950 hasta 1986, aproximadamente. Luego regaló los bártulos a una compañera y asistió al triste desenlace del mercado. «Nos fastidiaron las pescaderías. Abrieron muchas de repente y eso, unido a la decisión del Ayuntamiento, fue el fin». Hace dos años, Eladia sufrió un ictus. En Cabueñes no paraban de preguntar qué pastillas tomaba. Pero las hijas no paraban de replicar que ninguna. Hoy, a los 94, sale a la peluquería, no perdona el vino en la comida y queda de cuando en cuando con ‘La Guapita’, quien solo sale, precisa, «si está guapa, guapa». ¿No tiene mote más que el nombre materno? Parece un milagro, pero no. Ahora bien, la hija hace una aclaración: «A mi abuelo lo llamaban ‘el Titi’».

Avelina Artime, ‘Veli la del Pálido’
«Al principio no tenía puestos asignados ni horarios»

Según le contaba Natalia Cuesta, ‘la del Moscalu’ a su hija, Veli, la plaza no tenía puestos asignados en sus inicios, ni tampoco horarios. Las mujeres los ocupaban según llegaban a diario y allí estaban mañana y tarde de lunes a domingo. Natalia ‘la del Moscalu’ (1924-1997) fue de las que empezó vendiendo por la calle con una caja de ‘menudo’ (parrocha, sardina, bocarte) sobre su cabeza que se envolvía al cliente en papel de periódico. Luego tuvo puesto en la plaza y ahí empezó su hija tras unos inicios laborales en una librería y una imprenta. Veli ‘la del Pálido’ vivió los últimos años del mercado y pese a ser los del declive los recuerda con gran cariño. «Aquello era lo mejor. No había sitio como aquél. Siempre había algún pique, alguna cosa, pero lo normal. No lo tenían que haber quitado nunca».

Los buenos recuerdos no son incompatibles con los horarios leoninos, pues Veli rememora tardes y noches de compra en la rula cuando llegaban los barcos para estar luego en la plaza, entre las 6 y las 8, para colocar la mercancía. Cuando cerró la plaza ella se alió con Dora e inmediatamente abrió una pescadería en la calle Melquíades Álvarez, a apenas unos metros de distancia, adonde se llevó su clientela. Allí estuvo hasta su jubilación hace cinco años. A sus 68, si aguza la memoria, aún resuenan en su mente aquellas frases: «Ven mocina, ven a comprar algo, mira lo guapo que lo tengo…». «Se vendía mucho», insiste. «Si lo cerraron no fue porque no se vendiera. Fue por lo que fuera».

Teodora de Blas, Dora ‘la del Chita’
«Lo mejor de Gijón ye lo que quiten. Una plaza como ésa…»

Tiene 84 años, la memoria lúcida y el reproche a flor de piel: «Lo mejor de Gijón ye lo que quiten porque una plaza como ésa no la hay en ningún lado». Teodora de Blas, ‘Dora la del Chita’, nació en Boo de Aller en 1931, mataron a su padre en la guerra y fue acogida por unas tías en Cimadevilla que «exportaban» pescado. Tenía 12 ó 13 años cuando se inició en aquel ambiente marinero del barrio de pescadores. Compraban pescado en la rula, lo llevaban a una bodega a La Soledad y a las seis de la mañana llegaba Santiago con su carro de caballos para transportarlo hasta el tren, desde donde se distribuía hacia Sama, La Felguera, Mieres… Una socia de una de sus tías tenía puesto en la plaza y Dora empezó a llevar baldes de pescado para vender, amparada por ella, sin puesto fijo. Así germinaron casi 50 años de actividad que acabaron en marzo de 1991 con el cierre definitivo.

En ese largo período vendió todo tipo de pescado, peló cientos de kilos de raya y riñón y se lo pasó de lo lindo. «Había de todo, pero lo pasábamos como dios», sentencia. Hasta tal punto que cuando abrió la pescadería con Veli en Melquíades Álvarez y le llegó la hora de la jubilación lo hizo a regañadientes. «Fue por ésta (dice señalando a la hija). Yo por gusto iba a vender otra vez», sentencia a sus 84 años. «Mira que en una ciudad como Gijón no haya una pescadería municipal…».

Ana María García ‘la Polesa’
«Empecé cubriendo las vacaciones de mi prima»

Ana María García empezó en la plaza tras 12 años en Alemania de donde se trajo un marido gallego (César el taxista), dos hijos y unos ahorros. Corría 1976 y a sus 45 años, tras limpiar en un par de casas, se estableció primero cubriendo vacaciones de su prima Chelo ‘la Mulata’ y luego sola, en el puesto vecino al de Eladia, quien le cortaba el bonito y le regalaría a su jubilación numerosos útiles. De todas habla maravillas. «De la hospitalidad de Eladia, de mi prima Chelo, de Asunción ‘la Guapita’, que me cogía a veces lo que no vendía…». ‘La Polesa’, a punto de cumplir 85, asocia el declive a la apertura de pescaderías por todo Gijón y aunque asevera que «debía seguir abierta», muestra dudas sobre su rentabilidad en estos tiempos.

Consuelo García, ‘Chelo La Mulata’
«Arturo Fernández venía mucho y hablaba con todas»

Chelo ‘la Mulata’ se acuerda del balneario de Las Carolinas, de un hospital en San Bernardo y de Arturo Fernández repartiendo juego en la plaza. «Cuando entraba ya estaba todo revuelto. Venía mucho, era muy popular y hablaba con todas». A sus casi 89 años, que cumple en abril, Chelo ‘la Mulata’ (por su madre) o ‘la Piguacha’ (por su padre) conserva una mirada pícara, una gran simpatía y muchos recuerdos. Desde la fábrica de conservas Vigil, en La Soledad, donde trabajó ocho años; a la Laboral, donde limpió; o su inicio «vendiendo pescado con la cajina (en la cabeza) por Ezcurdia». Se introdujo en la plaza arrimada a Nieves ‘la de Celsa’ y logró un puesto en 1960. Su hermano tenía lancha y si la pesca era escasa acudía a la rula a por bacalada, chicharro, parrocha, sardina…

Chelo siempre vendió menudo y así lo hizo hasta el final cuando recibió una indemnización de un millón de pesetas por los derechos acumulados. Pero aún no le daba para la jubilación. Y continuó en la propia plaza, en el soportal, a cubierto. «Los conocidos seguían viniendo a comprarme e incluso tenía una gaviota que me cuidaba el pescado cuando iba a tomar el cafetín. Lo dejaba tapado con un plástico y al volver le daba una propina», asegura. Pero aquello no era en absoluto legal y ‘La Mulata’ recibió la visita de Marichu, la secretaria del alcalde, diciéndole que la querían ver. «Consuelo, no puede estar ahí». «Les expliqué que me faltaban unos meses para la jubilación y di mi palabra de dejarlo tras ese tiempo». Así fue.

No olvida Chelo aquellos tiempos cuando los barcos salían al abareque y ya de noche ‘despescaban’ las sardinas de la red en la rampa de la rula, aquellos tiempos de la plaza en los que «vendíes lo que queríes. Te lo quitaben de las manos».

Todo ello es historia viva de Gijón, una ciudad marinera que, por extraño que parezca, desde hace 25 años carece de pescadería municipal.

Efectivamente. La Pescadería Municipal, la plaza del pescado, cayó víctima de la megalomanía, los antojos y los oscuros manejos del Alcaldón socialista, excomunista, actual senador socialista (tras un negro período en que fue el Fabra de esta provincia, con su propio Aeropuerto de Castellón: El Musel ampliado) y todavía candidato socialista a concejal en las listas electorales del PSOE, en puesto discreto: Vicente Alberto Álvarez Areces, alias Tini. Para quien, como se puede leer arriba, las pescaderas sólo tienen malas palabras. Con razón. Gijón (villa, no ciudad) pierde todo lo bueno. A cambio tiene un ayuntamiento hipertrofiado y carísimo, un miniestado bananero.

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CCIV aniversario de Jovellanos. El Ayuntamiento democrático debe quitarle la calle

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Tal día como hoy hace doscientos cuatro años, el 27 de noviembre de 1811, moría en Puerto de Vega —huyendo de Napoleón, de los afrancesados y de las falsas Cortes de Cádiz— don Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez. Como es sabido, había nacido en nuestra villa el día de Reyes de 1744. Se le considera, con justicia, nuestro mayor benefactor y el hijo más ilustre que dio Gijón en el siglo XVIII.

Ahora bien: dada su probada (aunque a menudo ocultada) condición de reaccionario feroz, enemigo jurado de la Revolución, de la Enciclopedia, de la forma republicana de gobierno, de la soberanía nacional, de la democracia, de la libertad de religión, expresión y pensamiento, y hasta del entonces proyecto de Constitución, procede que el Ayuntamiento democrático de Gijón le quite su nombre a la calle que tiene dedicada.

Y a la plaza.

Y al Antiguo Instituto. Y al nuevo.

Y al Colegio Jovellanos, situado precisamente en la Calle de la Merced.

Y al teatro.

Y al Centro de Seguridad Marítima.

Y ni se sabe a cuántas cosas más.

Y fuera su estatua de la Plaza del Seis de Agosto.

Memoria histórica, señores. Memoria histórica. ¡Con la cantidad de nombres democráticos que pueden ponerse en lugar del de Jovellanos! Veamos: José Manuel Palacio Álvarez, Vicente Alberto Álvarez Areces, Paz Fernández Felgueroso, Francisco Álvarez-Cascos Fernández, Rodrigo Rato Figaredo, LetiZia Ortiz Rocasolano, León Trotsky…

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Genocidio. La afición predilecta del Hijo Predilecto de Gijón y sus colegas

En el Ayuntamiento de Gijón, ¿leerán la prensa? Si lo hacen, probablemente sí lean El Mundo. Para quienes aún no se hayan enterado, este diario es el paradigma de lo políticamente correcto: económicamente de derechas, culturalmente de izquierdas. A pesar de ello, hoy aparecen en el mismo algunas perlas (obvias) sobre cierto difunto Hijo Predilecto de Gijón por gracia de Carmen Moriyón (Foro-FAC) y de su excolega Pili Fernández Pardo (PP).

FUSILAMIENTOS

Carrillo fue el ‘facilitador’ de Paracuellos

Acabada la guerra, se exhumaron los cadáveres de los fusilados en Paracuellos. EFE

Acabada la guerra, se exhumaron los cadáveres de los fusilados en Paracuellos. EFE

JULIUS RUIZ

La fecha es un 6 de noviembre de 1936. Viernes por la tarde en Madrid. El secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), Santiago Carrillo Solares, y su estrecho aliado político, José Cazorla Maure, entran en el despacho del presidente del Consejo de Ministros, Francisco Largo Caballero, en el Palacio de Buenavista. Es un día clave en la vida de Carrillo, abundante ya en tales momentos trascendentales pese a su juventud. A sus 21 años, cuenta entre sus logros el haber fusionado con éxito las juventudes socialistas y las comunistas en abril de 1936 para crear las JSU, una organización que, en vísperas de la guerra, declaraba tener nada menos que 140.000 afiliados. Aunque Carrillo se encontraba en París el 18 de julio de 1936, pasó el primer mes de la contienda española combatiendo en el País Vasco porque no le fue posible regresar a Madrid hasta más tarde.

Él mismo admitiría tiempo después que no era de natural guerrero. Por su miopía, cuando le tocaba hacer guardia, en “las noches en que llovía -que fueron muchas- no daba abasto” limpiándose las gafas. “Y de hecho, no estaba en buenas condiciones para ver si se acercaba una patrulla adversa”. Su puesto como máximo dirigente de las JSU se vería finalmente confirmado a su vuelta a la capital en septiembre, momento que aprovechó para rodearse de sus compinches de preguerra. Entre ellos, el chófer y músico José Cazorla y, sobre todo, Segundo Serrano Poncela, antiguo estudiante de Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Madrid. “Yo he sido —escribió éste con cierta añoranza tras romper relaciones con Carrillo en 1939— su amigo más sincero, más sacrificado (…) el único amigo leal que ha tenido en toda su vida”.

Horas antes, ese mismo día 6 de noviembre, Carrillo, Cazorla y Serrano Poncela habían ingresado en el Partido Comunista de España (PCE). A través de miembros de su nuevo partido en el gobierno fue precisamente como Carrillo y Cazorla se habían enterado de que Largo Caballero estaba a punto de dejar Madrid en manos de una Junta de Defensa. Al entrar en las dependencias del presidente del Gobierno, vieron que el personal estaba haciendo las maletas para el viaje a Valencia. “¿Quién les ha dicho a ustedes que el Gobierno se marcha?”, les preguntó un irritado Largo Caballero. Pero aquellos jóvenes apoyados por el PCE no se dejaron intimidar: querían tener cargos en la Junta y así se lo hicieron saber al presidente. Y no se puede decir que salieran de allí defraudados: Carrillo fue nombrado consejero de Orden Público, y Cazorla, segundo suyo en la consejería.

En un momento en el que las tropas franquistas se aproximaban rápidamente a la capital, el problema más apremiante para aquel nuevo consejero era qué hacer con los aproximadamente 10.000 presos políticos recluidos en las cárceles madrileñas. Muchos antifascistas de todo signo estaban convencidos de que aquellos “fascistas” se preparaban para apuñalar por la espalda a la República. Menos de un mes antes, Julio Álvarez del Vayo, el ministro socialista de Estado, había dicho a los británicos que “el Gobierno manejaba informaciones fidedignas de que la “Quinta Columna” de los insurgentes, ayudada por unos tres mil o cuatro mil fascistas, (…) irrumpiría al asalto en Madrid en el momento preestablecido, y de que todos los presos eran reclutas potenciales de dicha columna”. Aunque algunos historiadores han especulado con la idea de que la respuesta de Carrillo viniera determinada por la intervención de agentes del NKVD, como Aleksandr Mijáilovich Orlov y Iósif Grigulévich, lo cierto es que no hubo que buscar tan lejos una solución al “problema”. El criminal Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) llevaba liderando la batalla contra la imaginaria Quinta Columna en Madrid desde el verano y terminó siendo responsable de muchas de las más de 8.000 ejecuciones que tuvieron lugar en la capital en 1936. Desde finales de octubre, aquel tribunal revolucionario del Frente Popular llevaba “evacuados” 190 presos militares y civiles hacia la prisión de Chinchilla por orden de la Dirección General de Seguridad. En realidad, “evacuación” era una palabra en clave para referirse a una orden de asesinato: todos esos reclusos eran ejecutados extrajudicialmente en localidades de las afueras de Madrid.

Carrillo se enteró de que el CPIP (con el consentimiento tácito de Ángel Galarza, ministro de Gobernación) estaba preparando una “evacuación” desde la Modelo, la mayor prisión de la capital con unos 5.400 reclusos. Esa misma noche del 6 al 7 de noviembre, la operación pasó a ser responsabilidad del Consejo de la Dirección General de Seguridad, recién creado por el propio Carrillo. Estaba integrado por figuras que habían sido clave en sacas anteriores del CPIP, como el anarquista y (de profesión) pintor decorador Manuel Rascón, y el panadero socialista Félix Vega Sáez. Además, estaba presidido por Serrano Poncela. “Yo —recordaría más tarde este viejo amigo de Carrillo— me dedicaba a dar cintarazos a la Quinta Columna. (…) Carrillo sabía que, en esa hora incierta o histórica, de todo el entourage que le colmaba de incienso, no había nadie capaz él de sacrificar por él su vida y aun su honor más que yo”.

El significado de ese sacrificio de su honor quedó brutalmente evidenciado en la primera jornada completa de existencia de la Junta de Defensa. Los retrasos en la selección de los destinados a morir en las primeras sacas del 7 de noviembre por la mañana hicieron que los “evacuados” iniciales no salieran de la Modelo (la prisión más cercana a la línea del frente), sino de los penales de Porlier y San Antón. El lugar de las ejecuciones fue el arroyo de San José, en Paracuellos de Jarama, un pueblo a unos 20 kilómetros al noreste de Madrid fácilmente accesible. Se les sumarían esa tarde más de 500 presos de la Modelo. Entre los asesinados de ese día estaba Rafael Toni Sterling, de sólo 18 años y vicetesorero de su organización local de la juventud católica, quien supuestamente había abierto en su momento “fuego contra el pueblo” desde un edificio que no existía. “A mi hijo se le detiene (…) única y exclusivamente por ser católico y pido justicia”, escribió su angustiado padre en una carta que terminó entregada a Carrillo. No hay constancia de que el dirigente de las JSU respondiera.

El acuerdo de Carrillo con el CPIP se explicitó en una reunión de la CNT-FAI el 8 de noviembre por la mañana. Un representante anarquista de la Junta de Defensa —cuya identidad sigue sin estar aclarada— anunció que se estaba eliminando de inmediato a “fascistas y elementos peligrosos”, aunque “cubriendo la responsabilidad”. En el mismo momento en que se pronunciaban aquellas palabras, otros 400 presos de la Modelo eran transportados hacia Paracuellos. Nunca llegaron. Su convoy tuvo que ser desviado hacia la confiscada hacienda del Soto de Aldovea, en Torrejón de Ardoz, porque los enterradores de Paracuellos no habían terminado de inhumar a las víctimas del día anterior. Así que fueron fusilados en el cauce seco de un canal de regadío, conocido localmente como caz.

Aunque se suponía que las masacres debían llevarse a cabo “cubriendo la responsabilidad”, pronto comenzaron a circular noticias sobre lo que estaba sucediendo en Paracuellos y Torrejón de Ardoz. El anarquista Melchor Rodríguez García, conocido por su rechazo al uso de la violencia con fines revolucionarios, unió fuerzas con el presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez, y con diplomáticos extranjeros como el cónsul de Noruega, Félix Schlayer, con el objetivo de poner fin a las matanzas. Schlayer transmitió a Carrillo el 7 de noviembre por la tarde su temor por la desprotección de los presos; el nuevo consejero de Orden Público le replicó airado que no corrían peligro alguno.

Un altercado con el amigo

Como estalinista comprometido, Carrillo no tenía fama de humanitario. La cuestión de las sacas lo había llevado incluso a tener un “altercado personal” con Melchor Rodríguez. No había razón alguna, pues, para que los subordinados de Carrillo no le informaran de lo que sucedía en Paracuellos, y tampoco hay indicio alguno de que lo mantuvieran al margen: de hecho, a Carrillo y a Serrano Poncela se los veía departir a menudo en el despacho del uno o del otro. En realidad, la estrecha amistad que los unía permitió que el primero pudiera confiar al segundo la continuación del trabajo sucio de exterminar a la Quinta Columna mientras él se ocupaba de otros menesteres, entre los que se incluían discursos en mítines, reuniones y emisiones radiofónicas, en los que llamaba a la población a la resistencia. “La Quinta Columna -explicó Carrillo a los oyentes de Unión Radio el 12 de noviembre- está camino de ser aplastada”. Carrillo era una de las estrellas de la Junta de Defensa, que dio al joven dirigente comunista “un voto de confianza” el 11 de noviembre; dos días después, la propia Junta emitió un mendaz comunicado de prensa en el que afirmaba que “(ni) los presos son víctimas de malos tratos ni menos deben temer por su vida”.

Sin embargo, para entonces, las sacas masivas habían quedado temporalmente suspendidas, pero no porque Carrillo dudara de la moralidad de los asesinatos, sino porque había recibido una orden de Melchor Rodríguez, el entonces recién nombrado “inspector general del Cuerpo de Prisiones”, de que pusiera fin a todas las “evacuaciones” el 9 de noviembre. Rodríguez no debía aquel cargo a la intervención de ningún ministro destacado del Gobierno en Valencia, sino a su amistad con Mariano Sánchez-Roca, subsecretario de Justicia.

P — Dice usted que Carrillo fue el facilitador y se ocupó de la logística de los asesinatos, pero que no fue el cerebro. ¿Quién fue entonces el cerebro de las matanzas? ¿Por qué sostiene que no fueron los soviéticos Aleksandr Orlov y Iósif Grigulévich, junto con Pedro Fernández Checa, los inductores de las matanzas?

R — El cerebro fue el Comité Provincial de Investigación Pública (la checa de Fomento, CPIP), establecida por las organizaciones del Frente Popular en agosto de 1936 para eliminar a la Quinta Columna. El error de muchos historiadores es fijar el comienzo de las matanzas el 7 de noviembre, con la salida del Gobierno a Valencia, la creación de la Junta de Defensa de Miaja/Carrillo, y las primeras sacas a Paracuellos. Como mi libro demuestra, las matanzas empiezan la noche del 28-29 de octubre con una saca del CPIP de la cárcel de Ventas. Hasta el 7 de noviembre, el CPIP mató a 190 fascistas con el modus operandi de Paracuellos. Es más, los dirigentes de esas sacas (el anarquista Rascón y el socialista Félix Vega entre ellos) entraron en el Consejo de la Dirección General de Seguridad que organizó las matanzas bajo el liderazgo de Serrano Poncela, íntimo de Carrillo. Es evidente que el CPIP estaba organizando una saca masiva de la cárcel Modelo el 6 de noviembre, y tenía un orden de «evacuación» a Valencia firmada por el subdirector general de seguridad (y no Carrillo o sus compinches), pero sin nombres (es decir, un cheque en blanco). Por razones logísticas no pudieron efectuar la saca antes de la salida del Gobierno. Con el director general de seguridad (Manuel Muñoz) y el ministro de Gobernación (Ángel Galarza) fuera de Madrid, el CPIP necesitaba el consentimiento de Carrillo la noche del 6-7 noviembre. Carrillo adoptó la solución radical del CPIP como suya, y la presentó a la Junta de Defensa, donde fue aprobada. Que Carrillo no era el cerebro sino el facilitador se puede ver también en el hecho de que Mariano Sánchez Roca, subsecretario de Justicia en Valencia y amigo del Ángel rojo Melchor Rodríguez, pudo frenar las matanzas con el nombramiento de Rodríguez como inspector general de prisiones el 9 de noviembre. Es decir, Carrillo respeta la autoridad del Gobierno; no podía rechazar una orden dada por un ministro. Juan García Oliver, ministro de Justicia, intervino cinco días después y echó a Rodríguez; las sacas volvieron y sólo terminaron con el regreso de Rodríguez en diciembre. El papel clave de los soviéticos sólo es demostrado en las memorias de Koltsov de finales de los 50. No son muy fiables, y no hay ningún documento soviético en los últimos 25 años apoyando la cuenta de Koltsov. Historiadores como Viñas y Preston citan jactancias de Grigulévich y otros para especular sobre la autoría rusa. Pero los comunistas (españoles y rusos) se jactaban de eliminar la Quinta Columna en noviembre de 1936, y es probado que la Brigada Especial controlada por Grigulévich en Madrid, que mató a mucha gente, fue activa desde diciembre de 1936, semanas después del comienzo de las matanzas.

De todos modos, el nombramiento de Rodríguez colocó a Carrillo ante una difícil tesitura: no sentía simpatía alguna por aquel anarquista, pero estaba obligado a obedecer en virtud de las directrices políticas del PC vigentes, que ordenaban la subordinación de la Junta de Defensa al Gobierno de la República. Haciendo gala de una disciplina bolchevique, Carrillo aceptó la autoridad de Rodríguez. El Ángel rojo consiguió así detener las masacres en el momento en que las tropas rebeldes más cerca estaban de la cárcel Modelo.

Por desgracia para Rodríguez (y, sobre todo, para la población reclusa de Madrid), Sánchez-Roca había actuado sin contar con la aprobación de su superior, Juan García Oliver, que no tenía reparo alguno en usar el terror para eliminar la amenaza “fascista”. De hecho, cuando el ministro nacionalista vasco Manuel de Irujo sacó a colación el tema de Paracuellos en una sesión del Consejo de Ministros, García Oliver zanjó la cuestión con un contundente “hay que hacer la guerra civil”. Apoyada por ministros clave como Ángel Galarza, esa áspera declaración de “guerra total” sería la que terminaría imponiéndose. Ni la Junta de Defensa de Madrid ni el Gobierno republicano estaban preparados para acabar con las “evacuaciones” en masa de presos. Todo lo contrario: el ministro de Justicia destituyó a Rodríguez aprovechando una visita a Madrid el 12 de noviembre. La suspensión de las sacas y su pronta reanudación dejan bien a las claras que Carrillo fue un facilitador —que no el cerebro— de las masacres. Se ocupó de la logística de los asesinatos en masa (la provisión de los medios de transporte y de los verdugos, por ejemplo), así como de brindar cobertura política a los perpetradores. Pero está claro también que nunca habría desobedecido la autoridad del Gobierno republicano: si Largo Caballero le hubiera ordenado que protegiera a los presos de Madrid, lo de Paracuellos no habría sucedido.

En vez de eso, la intervención de García Oliver fue interpretada por Carrillo como una señal de que las truculentas actividades de la Dirección General de Seguridad contaban con la aprobación del Gobierno, y las sacas se reanudaron el 18 de noviembre. Para entonces, la Modelo había sido ya clausurada definitivamente y sus reclusos llevados a otras cárceles de la ciudad. Entre el 18 de noviembre y el 4 de diciembre, más de un millar de personas fueron transportadas hasta Paracuellos desde las prisiones de Ventas, Porlier y San Antón, y fusiladas allí. Las órdenes llevaban la firma de Serrano Poncela, pero en los propios círculos comunistas no cabía duda de quién se merecía el aplauso por aquello. “Santiago Carrillo, con su acción enérgica y decidida —se afirmaba en un informe interno del partido—, cortó la cabeza a la Quinta Columna, inutilizando su peligrosa acción contra la República, impidiendo con este destacado servicio a la Patria que Franco pudiera tomar Madrid por la espalda”.

2.500 ‘fascistas’ muertos

De todos modos, la creciente presión internacional acabó por obligar a Largo Caballero a llamar de nuevo a Melchor Rodríguez, y Carrillo volvió a aceptar la prohibición de las “evacuaciones” masivas a partir del 5 de diciembre, decretada por el dirigente anarquista. En torno a 2.500 fascistas militares y civiles habían muerto ya para entonces. Pero Carrillo se había erigido en héroe de los comunistas. Cuando Manuel de Irujo, tras ser nombrado ministro de Justicia del Gobierno de Juan Negrín, declaró en mayo de 1937 su intención de investigar las actividades de Carrillo durante el mes de noviembre anterior, los camaradas de partido de éste se pusieron de acuerdo para liquidar aquella propuesta. Al final, a pesar de que la República terminó perdiendo la guerra, no se puede decir que ésta le fuera mal al líder de las Juventudes Socialistas Unificadas. En la primavera de 1937, Carrillo ya era miembro suplente del Politburó del PCE. Y, tras abandonar la Junta de Defensa en diciembre de 1936, se centró en sus responsabilidades como secretario general de las JSU, donde logró fomentar un culto a la personalidad en torno a sí mismo entre los jóvenes comunistas.

Cuando Carrillo ascendió a la cima de la disputada jerarquía del PCE al término de la Guerra Civil, pocos hubieran imaginado que el fantasma de Paracuellos lo perseguiría el resto de su vida. Pero su reinvención como político demócrata, consumada ya en la década de los 70, movió inevitablemente a sus numerosos oponentes políticos a usar Paracuellos como arma arrojadiza contra él. Sus poco convincentes y contradictorios desmentidos no hicieron más que envalentonar a sus enemigos. Como Albert Speer, ministro de Armamento de Hitler durante la II Guerra Mundial —en los juicios de Núremberg de 1946 admitió cierta culpabilidad general por los crímenes nazis, pero siempre negó haber tenido conocimiento alguno del Holocausto mientras éste se estaba produciendo—, Carrillo reconoció que en nombre de la República se habían cometido crímenes, pero añadió que no podía aceptar responsabilidad alguna por lo de Paracuellos. Carrillo no podía sentir arrepentimiento por aquella atrocidad porque, en su corazón, siempre estuvo convencido de que estaba justificada. En su “testamento político”, escrito justo antes de su muerte en septiembre de 2012, a los 97 años, afirmó con toda franqueza que la “guerra es la guerra. (…) Es eso, o la derrota de la República y la ola subsiguiente contra el pueblo republicano (…). Al iniciarse la batalla, todas las fuerzas republicanas coincidían en lo mismo, aun considerando que podía haber víctimas inocentes. Era lo que en la guerra de este siglo los militares han llamado daños colaterales”. La Quinta Columna había recibido, pues, su merecido.

A pesar del uso de cierta terminología hoy corriente y que conduce a error (por ejemplo, bando «franquista» o «rebelde» en lugar de bando nacional, o «Gobierno de la República» para referirse al del Frente Popular, que había conculcado la legalidad republicana, muerta ésta en abril de 1936), la  obra del hispanista escocés Julius Ruiz El Terror Rojo (Espasa, 2012) va a ser en Gijón obligado regalo de Reyes. ¿Quién le compra uno a Moriyón?

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Y felicidades a las Pilares.

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