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1º de abril, Día de la Victoria. Recuerdos gijoneses de hace 78 y 70 años

El periódico VOLUNTAD del 1 de abril de 1947 anunciaba los actos organizados para ese día en Gijón

No queríamos dejar pasar este LXXVIII aniversario del final de la Guerra de España sin una aportación de la hemeroteca de VOLUNTAD a eso que ahora llaman, tan mal, «memoria histórica». Hace setenta años se conmemoraba aquel estallido de la paz ocurrido ocho años antes. Aún se conmemoraría treinta años más.

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Sic transit gloria mundi.

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LXXV aniversario de Miguel Hernández. ¡Ay España de mi vida, / ay España de mi muerte!

Homenaje a Vicente Aleixandre, 1935. Miguel Hernández es el primero de pie, por la izquierda. A continuación, Juan Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, Rafael Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda, Leopoldo Panero. Sentados: Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Sentado en el suelo, Gerardo Diego. Nótese el número de poetas falangistas, además de otros que un año después también apoyarían el Alzamiento Nacional

Medios y redes sociales nos han bombardeado hoy con el recuerdo de Miguel Hernández, muerto hace setenta y cinco años. Un recuerdo casi siempre deficiente: ora desmemoriado, ora selectivo, ora falsificado.

Porque el poeta de Orihuela, el mejor con gran diferencia de los poetas «rojos», es también el menos recordado fuera de ocasiones como la de este martes. El menos leído, al margen de algún poema suelto. El más incómodo para la culture izquierdista oficial. Una nota disonante en la orquesta roja, que lo convierte en inadecuado para los bombos mutuos que desde hace un siglo han encumbrado a la «intelectualidad» bolchevizante.

Miguel Hernández Gilabert militó unos (pocos, se afilió en el verano de 1936) años en el Partido Comunista. Es verdad. Hizo la guerra como comisario político en el Ejército rojo. Es verdad. Pero no se dedicó a los saqueos, torturas y asesinatos de retaguardia, a diferencia del ripioso y panfletario Rafael Alberti y la mujer de éste. Con quienes tuvo un famoso incidente en plena guerra, que se saldó con Miguel Hernández agredido por María Teresa León. Que el poeta aguantó impávido: el que fuera cabrero era también un caballero.

Tras la derrota, Miguel Hernández no huyó. Su pena de muerte fue conmutada. El que iba a ser su suegro (en la posguerra contrajo matrimonio canónico con la madre de sus hijos, Josefina Manresa) había sido asesinado por los rojos poco después de iniciada la guerra. Su tuberculosis lo mató, en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante, tal día como hoy de 1942.

En todo momento se interesaron por él e intentaron protegerlo amigos y admiradores tan importantes entonces como José María de Cossío, Rafael Sánchez Mazas, Mercedes Fórmica y su marido Eduardo Llosent Marañón, Carlos Sentís… Falangistas todos ellos. Más otros del campo católico (Miguel Hernández había sido católico devotísimo, y su breve desviación a la izquierda vino condicionada por la influencia del «cristianismo» progresista, muy minoritario entonces pero ya existente: la «democracia cristiana», culpable de tantos males de España y de la Iglesia). En 1939 habían obtenido incluso su libertad, aunque luego fuera juzgado y condenado. El régimen fue trasladándolo de prisión, y hasta a algún sanatorio, con el fin de que su salud mejorara. Murió cristianamente, y sus restos compartieron cementerio durante algún tiempo con los de José Antonio Primo de Rivera. Tras las anuales exequias por éste, Mercedes Fórmica y otros mandos destacados de la Sección Femenina iban a rezar el Rosario ante la tumba de Miguel Hernández.

Su enemistad con quienes permanecerían en los círculos de poder del Partido Comunista en los años posteriores; el testimonio de su honradez, que por sí misma afeaba el comportamiento de los demás y lo convertía en incómodo para ellos, con toda probabilidad le habrían condenado a un destino peor de haber optado por el exilio en la Unión Soviética o en cualquier otro lugar donde los comunistas ejercerían después poder (en plena posguerra mundial, los sicarios de Carrillo asesinaban impunemente a otros frentepopulistas españoles en el sur de Francia, por citar sólo un ejemplo).

Miguel Hernández fue un patriota sincero y apasionado. Un «españolista» radical, como se dice ahora. Durante la guerra, la propaganda roja intentó utilizar también la pulsión patriótica. Pero no resultaba creíble: el Frente Popular mantuvo y extremó incluso la prohibición republicana del grito, subversivo, de ¡Viva España! En Miguel Hernández, en cambio, era perfectamente creíble. Tanto, que aún hoy el poder de estos versos suyos nos conmueve. Incluso cuando, en su confusión, llamaba a la juventud al bando equivocado:

Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte…
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.

Si cada boca de España
de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de España,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus músculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse España quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.

Si el Cid volviera a clavar
aquellos huesos que aún hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
en entrelazados laureles:
al mirar lo que de España
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,
los moros, los portugueses,
que han grabado en nuestro cielo
constelaciones crueles
de crímenes empapados
en una sangre inocente,
subiera en su airado potro
y en su cólera celeste
a derribar trimotores
como quien derriba mieses.

Bajo una zarpa de lluvia,
y un racimo de relente,
y un ejército de sol,
campan los cuerpos rebeldes
de los españoles dignos
que al yugo no se someten,
y la claridad los sigue
y los robles los refieren.
Entre graves camilleros
hay heridos que se mueren
con el rostro rodeado
de tan diáfanos ponientes,
que son auroras sembradas
alrededor de sus sienes.
Parecen plata dormida
y oro en reposo parecen.

Llegaron a las trincheras
y dijeron firmemente:
¡Aquí echaremos raíces
antes que nadie nos eche!
Y la muerte se sintió
orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda,
de tanta hermosura ausente.

Juventud solar de España:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echa las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reduce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja,
la juventud siempre vence,
y la salvación de España
de su juventud depende.

La muerte junto al fusil,
antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay España de mi vida,
ay España de mi muerte!

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LXXVIII aniversario de Antonio Machado. (Ya estábamos reconciliados)

Tenemos en Gijón un colegio público que lleva el nombre del famoso escritor, poeta, dramaturgo y catedrático de instituto, sevillano de nacimiento y castellano de adopción, de cuya muerte en el exilio en Colliure se cumplen hoy setenta y ocho años. En la llamada Transición (con «T» mayúscula y con mucho incienso) lo convirtieron en un símbolo extraño. Tan extraño como la «reconciliación» que vinieron a imponernos, y que ha reverdecido últimamente, violenta y devastadora, en nombre de una no menos extraña «memoria histórica» que persigue borrar —aún más— la memoria del siglo XX.

En la etapa final de la llamada Transición, otro sevillano, un tal Alfonso Guerra (¿se acuerdan?) se presentó como especialista en Antonio Machado y en Mahler. Luego resultó que de ninguno de los dos sabía gran cosa. El mahleriano español por excelencia fue el recientemente fallecido José Luis Pérez de Arteaga, y a Antonio Machado lo teníamos hasta en la sopa desde mucho antes del ascenso del PSOE (r). Mas tanto nos vinieron a decir que se trataba de un poeta mal visto en el franquismo, que se había orillado su obra, etcétera, que nos hicieron dudar de nuestros propios recuerdos: ¿acaso no habíamos aprendido poemas de Antonio Machado en la escuela? ¿No venían, pues, en nuestros libros de texto de la época de Franco?

Antonio Machado y sus versos nunca dejaron de ser populares, y fueron especialmente queridos por buena parte de los falangistas del régimen anterior. Sus libros siguieron publicándose. Y hasta la oficial Televisión Española le dedicó programas. Arriba insertamos uno emitido por primera vez el 10 de julio de 1973. Recuerden, Francisco Franco murió —en el poder, y en la cama— el 20 de noviembre de 1975.

—Pero aquello era ya el tardofranquismo. Se habían suavizado mucho.

¿De veras? ¿Qué me dice de este otro programa? Se estrenó en TVE el 17 de mayo de 1967…

La verdad es que estábamos perfectamente reconciliados, antes de que el juanismo, la democracia y la neoizquierda vinieran a des-reconciliarnos.

De paso, arrojaron al olvido a Manuel Machado, hermano de Antonio y (a decir incluso de escritores y críticos adscritos a la izquierda, como Andrés Trapiello) mejor poeta que él. Mas, así como Antonio anduvo próximo a la izquierda (pero puso tierra por medio con el criminal Frente Popular), Manuel se adscribió sin dudarlo al bando nacional durante la Guerra de España, y al régimen nacido de ésta. Lo cual, para quienes desde hace tiempo manejan eso de la «memoria histórica», lo convirtió en recuerdo a borrar.

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Feliz Navidad

Mañana no se publicará VOLUNTAD
Hace hoy diez años, en la vigilia de Navidad de 2006 emprendió su camino este cuaderno de bitácora que homenajea al desaparecido diario VOLUNTAD.

Deseamos feliz Navidad a nuestros lectores con la última página de VOLUNTAD del 24 de diciembre de 1974, última Nochebuena que acompañaría a los gijoneses. Que el Niño Dios les colme de bendiciones.

Pulse sobre la imagen para leer esta última página. Sí, es 1974. Franco todavía vivía y gobernaba... Lean, lean y sorpréndanse.

Pulse sobre la imagen para leer esta última página. Sí, es 1974. Franco todavía vivía y gobernaba, VOLUNTAD era un periódico del Movimiento… Lean, lean y sorpréndanse.

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Que tenga cuidado el Café Central, no vayan a aplicarle la Ley de Memoria Histórica

Pues sí. El Café Central, de Gijón, ha tenido la buena idea de poner una placa en memoria del ilustre periodista Juan Ramón Pérez Las Clotas (1923-2012), en la mesa donde éste solía sentarse.

Mas ahora que se recrudece la persecución de toda clase de símbolos y recuerdos, por mor de una «Ley de Memoria Histórica» promulgada por el PSOE, mantenida por el PP y enarbolada por IU+Podemos etc., este homenaje se ve imprudente.

Porque el homenajeado, además de su entera vida profesional consagrada a la Prensa del Movimiento (antes, de F.E.T. y de las J.O.N.S.) hasta su extinción, fue también, hasta poco antes de su muerte, patrono de la Fundación Nacional Francisco Franco, en cuya revista escribía con cierta frecuencia. Un falangista de Franco, don Juan Ramón.

Lo cual quizá resulte sorprendente para los jóvenes y los desmemoriados (éstos en franco aumento, que es lo que persigue esa misma «Ley de Memoria Histórica»), a tenor de noticias como ésta de La Nueva España:

Juan Ramón, lejos de toda corriente

Una placa recuerda, en el cuarto aniversario de su muerte, a Pérez Las Clotas en su café preferido
Garrucho, con la caricatura del periodista, y Víctor Manuel Pérez, sobrino de Las Clotas, sentados en el rincón habitual del Café Central que ocupaba el homenajeado.

Garrucho, con la caricatura del periodista, y Víctor Manuel Pérez, sobrino de Las Clotas, sentados en el rincón habitual del Café Central que ocupaba el homenajeado.

F. G. «En esta mesa del Café Central mantuvo animadas tertulias el gran periodista gijonés Juan Ramón Pérez las Clotas», reza en la placa estrenada ayer para recordar, en el establecimiento hostelero al que acudió durante años, al gacetillero ilustre, director que fue de este periódico, cuando se cumplen cuatro años justos de su fallecimiento.

En un rincón del local próximo a la escalera, donde Juan Ramón se sentaba cada día «para evitar las corrientes» de la puerta giratoria del café, bajo un espejo, en torno a una mesa rectangular de mármol y al acomodo de un sillón rojo de dos plazas, los amigos del maestro de periodistas glosaron ayer su figura. Y él como si estuviera allí, pues una caricatura del personaje facilitada por LA NUEVA ESPAÑA de Gijón y una fotografía de sus años postreros que ilustró uno de los últimos reportajes sobre su azarosa vida en el diario de su ciudad, gobiernan el esquinazo en el que Clotas hizo también magisterio del ejercicio de la conversación animada, amena, y en ocasiones socarrona.

Alfonso Peláez, contertulio del que fuera decano de los periodistas gijoneses, recordó, en un breve parlamento, al personaje. «Yo me babo hablando de Juanra. Fue un padre y un gran amigo para todos nosotros, un gijonés ilustre, un buen hombre y un gran periodista». A cierta distancia asentía Ramón Artime «Garrucho», amigo fiel de Clotas desde tiempos inmemoriales, a quien una impertinente afonía impidió tomar la palabra, pero no emocionarse hasta casi bordear las lágrimas.

El cura Alberto Torga se refirió, por su parte, a un hombre ingenioso y culto de «memoria prodigiosa a quien nunca oí hablar mal de nadie. Como mucho se quejaba de los pelmazos…». Y así todos los compañeros de la tertulia del Hotel Asturias, congregados en torno al rectángulo de mármol: Luis Antuña, Genaro Palacio, José Carlos San Martín, Nacho Torres, Nacho Menéndez, Gabino Vigil, Tino Muñoz, José Antonio Samaniego, Eugenio Santamaría…

El propietario del local, Javier Argüelles, explicó que «el de la placa era su rincón preferido, aunque si estaba ocupado se sentaba en otra mesa, siempre donde no hubiera corriente. Ni en los últimos años, cuando ya estaba muy malín, le escuché quejarse de su enfermedad. Venía con Canellada y con Bardales, al vermú, también con Garrucho y le encantaba que le preparáramos un dry martini, cuando aparecía por Gijón Arturo Fernández». Y no desdeñaba la menestra que cocinaba la mujer de la casa, Esther Calles. «En esta casa guardamos a Juan Ramón un respeto reverencial. Este sencillo detalle», concluyó el hostelero, «no es más que una sincera muestra de agradecimiento».

Ante lo que hemos recordado más arriba, ¿cómo es posible que en la tertulia de Pérez Las Clotas estuvieran figurones de la peor clerigalla gijonesa, alineados con la izquierda oligárquica y con la extrema izquierda teológica, así como seglares «cristianos comprometidos» (es decir, excristianos), también antifranquistas sobrevenidos? Notorios pelmazos varios de ellos, por cierto.

Es posible. Dejaremos para otro día, quizá sine die, la respuesta. Porque es mejor recordar lo bueno, cuando lo hay. Y en Juan Ramón Pérez Las Clotas lo había.

Y que no les pase nada a los beneméritos responsables del Café Central.

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Hablemos de pescado: aquella plaza que Gijón perdió

Hablábamos de carne hace unos días. Como ahora andamos en plena Cuaresma, toca hablar de pescado. Aunque hoy domingo sea día en que los cristianos no hacen ayuno ni abstinencia. También es San Valentín, y lo de hoy va un poco de enamoramientos. De amores perdidos.

Nos ha sorprendido gratamente el bilbaíno Correo ex Español de Benavente para Gijón. Hoy tiene un artículo gijonés de verdad. Bastante correcto, además: rara avis. Por un momento nos ha recordado a cuando era de verdad El Comercio.

Aquella maravillosa plaza del pescado

elcomercio14febrero2016

Ocho mujeres reviven para EL COMERCIO los 61 años de la pescadería, hasta su cierre en 1991 para reconvertirla en edificio administrativo
Veinticinco años después del cierre, las vendedoras supervivientes rememoran sus décadas de esplendor. «Era todo precioso, no sé cómo la pudieron cerrar», critica Ángeles ‘la Tarabica’

ADRIÁN AUSÍN

Luisa Álvarez Lete, ‘la de Nadie’, lleva la plaza del pescado en la sangre. En la suya, en la de su madre y en la de su abuela. En estas tres generaciones se sustancia la historia del precioso edificio gijonés proyectado por Miguel García de la Cruz en 1928, abierto en marzo de 1930, tras una inversión de 509.985 pesetas, y cerrado en el primer trimestre de 1991 por «una mamarrachada» del alcalde, como a ella le gusta decir. Luisa ‘la de Nadie’ nació en la calle Atocha y heredó al instante el mote paterno, cumpliendo la norma del barrio alto («’salimos que no falta nadie’, dijo el patrón de un pesquero y entonces llegó mi padre. Se habían olvidado de él»). Su abuela, Elvira, fue vendedora ambulante por el Campo Valdés y el Muro y estrenó la pescadería municipal aquel flamante 13 de marzo de 1930. Su madre, Maruja, heredó el puesto. Y ella, Luisa, la sucedió a los 23 años, cuando ésta murió repentinamente mientras hablaban por teléfono. Ocurrió en 1961. «No tenía experiencia y lloré lo que quise». «No llores fía que buen oficio es el que mantiene a su amo», le decía Asunción Montero, su vecina laboral. Con el tiempo, sería ‘La de Nadie’ quien la reprendiese a ella por tener «coses de neña». Pero siempre con familiaridad, «en un ambiente extraordinario».

De sus treinta años en la plaza del pescado, Luisa lo recuerda todo. La distribución, con las marisqueras en un lateral y las vendedoras de pescado en el centro (126 puestos), mientras la planta baja era ocupada por carnicerías y fruterías, además de acoger subastas de marisco. El sonido de la campana de la rula del Muelle que escuchan desde casa por las tardes. «Sentíesles tocar y cuando bajabes ya estaban entrando los barcos», recuerda. (Por la tarde eran los de altura, que llegaban por parejas; a primera hora los de bajura y por la noche los del abareque, de sardina grande). El ambientazo que reinó siempre en la plaza. Entre las vendedoras. Con el público. Con visitantes ilustres como Garci, Sabina o Arturo Fernández. Y el declive final, cuando el Ayuntamiento empezó a no renovar licencias hasta que quedaron unas pocas -Luisa, Dora, Veli, Chelo, la Tara…- y acabaron por ser indemnizadas. «Echáronnos a todas para quitar al pobre lo poco que tiene», lamenta. Luisa tenía aún edad laboral y se instaló rápidamente con pescadería propia en Nuevo Gijón, pero no abandonó nunca su Cimadevilla natal, la del 99% de las inquilinas de la plaza del pescado. Hoy, a sus 77 años, ya viuda (su marido trabajó en Tabacalera) tiene a su única hija en Burgos y la casa llena de recuerdos. Sin embargo, busca entre sus fotografías y no aparece ninguna de aquel gran mercado cerrado ahora hace 25 años para reconvertirlo en edificio de oficinas.

Ángeles Sánchez ‘la Tarabica’
«Había mucho cachondeo y también un poco de pelusilla»

Si nunca tuvo pelos en la lengua a los 84 años, menos. Ángeles Sánchez, ‘la Tarabica’, ‘la Tara’ conoció como nadie los tiempos de esplendor de la plaza del pescado, donde regentó un floreciente puesto que vendía marisco «a los mejores restaurantes de Gijón» (Zamorana, Justo, Vitorón, Casa Marcelo…) e incluso a un tal Joaquín Sabina que un buen día se paró ante su mostrador y preguntó si aquellas cigalas estaban reservadas. Cuando ‘La Tara’ le dijo que no, él no dudó: «Ponme la caja». Y se llevó para Madrid cinco kilos de ‘material’ de lo que hoy se conoce tristemente como Antigua Pescadería.

Aquél fue el esplendor. Pero antes fueron los duros inicios. ‘La Tara’ las pasó canutas en la infancia, cuando «los evacuaos», y empezó a trabajar de niña en una conservera, donde robaba trozos de bonito que constituían su alumerzo diario. Luego vendió por la calle, primero con la caja en la cabeza con la que iba hasta La Calzada, luego con carrito. Ya casada, suministraba a la plaza las capturas de su marido, Manuel Batalla, quien salía a faenar con la embarcación ‘Geles’. Sin embargo, un buen día se dio cuenta de que el negocio no era para ella. «Me pagaben les andariques a 20 y les vendíen a 40. Y me dije: ‘A mí no me putea ni dios’». Había una señora que se jubilaba y ‘La Tara’ consiguió un puesto. Arrancó tímida, con lo que pescaba su marido. Luego empezó a acudir a las subastas en la planta baja y fue ganando en presencia, especializada ya en marisco, hasta convertirse en una de las grandes referencias del mercado. «Los negocios ye ‘ésta’ (espeta señalándose la lengua)» y a eso pocas podían ganar a esta mujer de rompe y rasga que presume hasta de haber tenido teléfono en su puesto. Con el negocio en auge, ‘La Tara’ compró un Renault 4, sacó el carné y expandió sus ‘tentáculos’ a Avilés, Candás, Luanco, Bañugues… donde adquiría el marisco que le faltaba, abrió un almacén en la calle del Rosario, donde despachaba los domingos… Y ganó dinero, casó a sus dos hijos…

Hoy, en el salón de su casa, contempla la única foto que conserva de aquella plaza del pescado y queda abrumada por la nostalgia: «’Tara’, ¡qué guapa estabes!», se autoelogia. Y añade al instante: «¡Y qué mala hostia tenía!». «Parecía una marquesa, no una marisquera. Era muy coqueta; no guapa, pero sí muy curiosa», dice risueña. A sus 84 años, conserva la energía intacta, aunque su salud está bastante quebrada. Dos operaciones de riñón, la cadera, la ciática… Y la muerte de su marido («mi calvín», al que lanza un beso al aire al instante) en 2012. «Fue lo peor que me pasó en la vida. En cuatro años me han caído veinte encima. Conocilu con 14. Era tan suave y yo, ya ves… Pero nunca nos faltamos al respeto».

‘La Tara’ fue de las últimas en abandonar aquel barco. Empezaron a ser cada vez menos. El Ayuntamiento no permitía renovar las licencias y la cosa comenzó a languidecer hasta su cierre en 1991. «Era todo precioso. No sé cómo cerraron esa plaza. Echonos Areces, ¡ese h… de la gran p…!», retruena tras rememorar aquel intenso ambiente matinal de lunes a sábado. «Había mucho cachondeo y también un poco de pelusilla». Como su ‘calvín’ «era celosu», ‘La Tarabica’ no acudía a los festejos cuando las pescaderas se iban los domingos de parranda. Para ella, la fiesta era aquel puesto floreciente.

Asunción Álvarez Loché, ‘La Guapita’
«Fueron los treinta años más felices de mi vida»

Si en Cimadevilla nadie se queda sin mote, el de Asunción Álvarez Loché fue ganado a pulso. Uno, por guapa. Y otro, por presumida. Asun tiene los 95 cumplidos y apenas sale de casa, en su barrio alto querido. Pero la visita de EL COMERCIO, a media mañana, sin cita previa, no la pilla desprevenida. Abre la puerta perfectamente peinada y maquillada, como una efigie. Primero rehúsa amablemente hablar por cuestión de edad. Luego, añade dos datos: «Mi puesto era el número 66. Fueron los treinta años más felices de mi vida». Y se despide.

Eladia Santurio, ‘la de Valienta’
«Cuando nacieron les neñes empecé a ayudar a mi suegra»

«Empecé cuando nacieron les neñes (gemelas imprevistas). Mi marido ganaba poco, mi suegra estaba en la plaza y me metió a ayudarla. Enseguida vio que valía y pude tener un puesto propio». A sus 94 años, Eladia Santurio irradia bondad. Ella vendía «pescado bueno» (pixín, merluza, salmonetes, lenguado…) y lo hacía en un ambiente sano.

«Estábamos muy unidas, trabajábamos mucho, pero era muy rentable. Cuando lo cerraron para hacer oficinas me llevé un disgusto muy grande». Pese a tener poca escuela, Eladia se manejaba con soltura con la báscula con gran agilidad mental para hacer las cuentas sobre la marcha. No olvida tampoco las esperas en la rula por la entrada de los barcos («a veces hasta las tres de la mañana») y los cientos de kilos de pixín que peló para Las Quintanas. Todo mereció la pena. «Hacía la vida por ellas (dice mirando a una de sus hijas, con la que vive) y pude llevar a las dos al Santo Ángel pagando (cuenta dolida cómo entonces quienes no pagaban no podían llevar uniforme)».

Eladia trabajó en la plaza hasta cumplir la edad de jubilación. Desde 1950 hasta 1986, aproximadamente. Luego regaló los bártulos a una compañera y asistió al triste desenlace del mercado. «Nos fastidiaron las pescaderías. Abrieron muchas de repente y eso, unido a la decisión del Ayuntamiento, fue el fin». Hace dos años, Eladia sufrió un ictus. En Cabueñes no paraban de preguntar qué pastillas tomaba. Pero las hijas no paraban de replicar que ninguna. Hoy, a los 94, sale a la peluquería, no perdona el vino en la comida y queda de cuando en cuando con ‘La Guapita’, quien solo sale, precisa, «si está guapa, guapa». ¿No tiene mote más que el nombre materno? Parece un milagro, pero no. Ahora bien, la hija hace una aclaración: «A mi abuelo lo llamaban ‘el Titi’».

Avelina Artime, ‘Veli la del Pálido’
«Al principio no tenía puestos asignados ni horarios»

Según le contaba Natalia Cuesta, ‘la del Moscalu’ a su hija, Veli, la plaza no tenía puestos asignados en sus inicios, ni tampoco horarios. Las mujeres los ocupaban según llegaban a diario y allí estaban mañana y tarde de lunes a domingo. Natalia ‘la del Moscalu’ (1924-1997) fue de las que empezó vendiendo por la calle con una caja de ‘menudo’ (parrocha, sardina, bocarte) sobre su cabeza que se envolvía al cliente en papel de periódico. Luego tuvo puesto en la plaza y ahí empezó su hija tras unos inicios laborales en una librería y una imprenta. Veli ‘la del Pálido’ vivió los últimos años del mercado y pese a ser los del declive los recuerda con gran cariño. «Aquello era lo mejor. No había sitio como aquél. Siempre había algún pique, alguna cosa, pero lo normal. No lo tenían que haber quitado nunca».

Los buenos recuerdos no son incompatibles con los horarios leoninos, pues Veli rememora tardes y noches de compra en la rula cuando llegaban los barcos para estar luego en la plaza, entre las 6 y las 8, para colocar la mercancía. Cuando cerró la plaza ella se alió con Dora e inmediatamente abrió una pescadería en la calle Melquíades Álvarez, a apenas unos metros de distancia, adonde se llevó su clientela. Allí estuvo hasta su jubilación hace cinco años. A sus 68, si aguza la memoria, aún resuenan en su mente aquellas frases: «Ven mocina, ven a comprar algo, mira lo guapo que lo tengo…». «Se vendía mucho», insiste. «Si lo cerraron no fue porque no se vendiera. Fue por lo que fuera».

Teodora de Blas, Dora ‘la del Chita’
«Lo mejor de Gijón ye lo que quiten. Una plaza como ésa…»

Tiene 84 años, la memoria lúcida y el reproche a flor de piel: «Lo mejor de Gijón ye lo que quiten porque una plaza como ésa no la hay en ningún lado». Teodora de Blas, ‘Dora la del Chita’, nació en Boo de Aller en 1931, mataron a su padre en la guerra y fue acogida por unas tías en Cimadevilla que «exportaban» pescado. Tenía 12 ó 13 años cuando se inició en aquel ambiente marinero del barrio de pescadores. Compraban pescado en la rula, lo llevaban a una bodega a La Soledad y a las seis de la mañana llegaba Santiago con su carro de caballos para transportarlo hasta el tren, desde donde se distribuía hacia Sama, La Felguera, Mieres… Una socia de una de sus tías tenía puesto en la plaza y Dora empezó a llevar baldes de pescado para vender, amparada por ella, sin puesto fijo. Así germinaron casi 50 años de actividad que acabaron en marzo de 1991 con el cierre definitivo.

En ese largo período vendió todo tipo de pescado, peló cientos de kilos de raya y riñón y se lo pasó de lo lindo. «Había de todo, pero lo pasábamos como dios», sentencia. Hasta tal punto que cuando abrió la pescadería con Veli en Melquíades Álvarez y le llegó la hora de la jubilación lo hizo a regañadientes. «Fue por ésta (dice señalando a la hija). Yo por gusto iba a vender otra vez», sentencia a sus 84 años. «Mira que en una ciudad como Gijón no haya una pescadería municipal…».

Ana María García ‘la Polesa’
«Empecé cubriendo las vacaciones de mi prima»

Ana María García empezó en la plaza tras 12 años en Alemania de donde se trajo un marido gallego (César el taxista), dos hijos y unos ahorros. Corría 1976 y a sus 45 años, tras limpiar en un par de casas, se estableció primero cubriendo vacaciones de su prima Chelo ‘la Mulata’ y luego sola, en el puesto vecino al de Eladia, quien le cortaba el bonito y le regalaría a su jubilación numerosos útiles. De todas habla maravillas. «De la hospitalidad de Eladia, de mi prima Chelo, de Asunción ‘la Guapita’, que me cogía a veces lo que no vendía…». ‘La Polesa’, a punto de cumplir 85, asocia el declive a la apertura de pescaderías por todo Gijón y aunque asevera que «debía seguir abierta», muestra dudas sobre su rentabilidad en estos tiempos.

Consuelo García, ‘Chelo La Mulata’
«Arturo Fernández venía mucho y hablaba con todas»

Chelo ‘la Mulata’ se acuerda del balneario de Las Carolinas, de un hospital en San Bernardo y de Arturo Fernández repartiendo juego en la plaza. «Cuando entraba ya estaba todo revuelto. Venía mucho, era muy popular y hablaba con todas». A sus casi 89 años, que cumple en abril, Chelo ‘la Mulata’ (por su madre) o ‘la Piguacha’ (por su padre) conserva una mirada pícara, una gran simpatía y muchos recuerdos. Desde la fábrica de conservas Vigil, en La Soledad, donde trabajó ocho años; a la Laboral, donde limpió; o su inicio «vendiendo pescado con la cajina (en la cabeza) por Ezcurdia». Se introdujo en la plaza arrimada a Nieves ‘la de Celsa’ y logró un puesto en 1960. Su hermano tenía lancha y si la pesca era escasa acudía a la rula a por bacalada, chicharro, parrocha, sardina…

Chelo siempre vendió menudo y así lo hizo hasta el final cuando recibió una indemnización de un millón de pesetas por los derechos acumulados. Pero aún no le daba para la jubilación. Y continuó en la propia plaza, en el soportal, a cubierto. «Los conocidos seguían viniendo a comprarme e incluso tenía una gaviota que me cuidaba el pescado cuando iba a tomar el cafetín. Lo dejaba tapado con un plástico y al volver le daba una propina», asegura. Pero aquello no era en absoluto legal y ‘La Mulata’ recibió la visita de Marichu, la secretaria del alcalde, diciéndole que la querían ver. «Consuelo, no puede estar ahí». «Les expliqué que me faltaban unos meses para la jubilación y di mi palabra de dejarlo tras ese tiempo». Así fue.

No olvida Chelo aquellos tiempos cuando los barcos salían al abareque y ya de noche ‘despescaban’ las sardinas de la red en la rampa de la rula, aquellos tiempos de la plaza en los que «vendíes lo que queríes. Te lo quitaben de las manos».

Todo ello es historia viva de Gijón, una ciudad marinera que, por extraño que parezca, desde hace 25 años carece de pescadería municipal.

Efectivamente. La Pescadería Municipal, la plaza del pescado, cayó víctima de la megalomanía, los antojos y los oscuros manejos del Alcaldón socialista, excomunista, actual senador socialista (tras un negro período en que fue el Fabra de esta provincia, con su propio Aeropuerto de Castellón: El Musel ampliado) y todavía candidato socialista a concejal en las listas electorales del PSOE, en puesto discreto: Vicente Alberto Álvarez Areces, alias Tini. Para quien, como se puede leer arriba, las pescaderas sólo tienen malas palabras. Con razón. Gijón (villa, no ciudad) pierde todo lo bueno. A cambio tiene un ayuntamiento hipertrofiado y carísimo, un miniestado bananero.

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CCIV aniversario de Jovellanos. El Ayuntamiento democrático debe quitarle la calle

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Tal día como hoy hace doscientos cuatro años, el 27 de noviembre de 1811, moría en Puerto de Vega —huyendo de Napoleón, de los afrancesados y de las falsas Cortes de Cádiz— don Gaspar Melchor de Jovellanos y Ramírez. Como es sabido, había nacido en nuestra villa el día de Reyes de 1744. Se le considera, con justicia, nuestro mayor benefactor y el hijo más ilustre que dio Gijón en el siglo XVIII.

Ahora bien: dada su probada (aunque a menudo ocultada) condición de reaccionario feroz, enemigo jurado de la Revolución, de la Enciclopedia, de la forma republicana de gobierno, de la soberanía nacional, de la democracia, de la libertad de religión, expresión y pensamiento, y hasta del entonces proyecto de Constitución, procede que el Ayuntamiento democrático de Gijón le quite su nombre a la calle que tiene dedicada.

Y a la plaza.

Y al Antiguo Instituto. Y al nuevo.

Y al Colegio Jovellanos, situado precisamente en la Calle de la Merced.

Y al teatro.

Y al Centro de Seguridad Marítima.

Y ni se sabe a cuántas cosas más.

Y fuera su estatua de la Plaza del Seis de Agosto.

Memoria histórica, señores. Memoria histórica. ¡Con la cantidad de nombres democráticos que pueden ponerse en lugar del de Jovellanos! Veamos: José Manuel Palacio Álvarez, Vicente Alberto Álvarez Areces, Paz Fernández Felgueroso, Francisco Álvarez-Cascos Fernández, Rodrigo Rato Figaredo, LetiZia Ortiz Rocasolano, León Trotsky…

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