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Ruido en domingo: la intolerable tolerancia gijonesa (Día del Libro o día de la aspirina)

El primer domingo después de Pascua, el Domingo in albis, cae este año en la fiesta del mártir San Jorge, el Matadragones, y en el Día del Libro. Ya saben: el 23 de abril fue enterrado Miguel de Cervantes y murieron el Inca Garcilaso de la Vega y William Shakespeare (éste, según el calendario juliano: que Inglaterra siempre fue un país bastante atrasado). Fatídico año aquél de 1616. Aunque no tanto como éste de 2017, en el que el Ministerio de Educación del PP, con la aquiescencia de sus adláteres y su supuesta oposición, ha eliminado definitivamente al autor del Quijote y a otros muchos de las enseñanzas no ya obligatorias, sino incluso optativas del Bachillerato. El Nuevo Orden Mundial (N.O.M.) quiere asegurarse de la subnormalidad de las nuevas generaciones.

¿Qué tiene todo esto que ver con el ruido? Bastante. Empezando por la imposibilidad de concentrarse en la lectura. Con la violación del descanso dominical, también. Y con lo incompleto de las ordenanzas municipales, como a continuación veremos.

Gijón. Avenida de los Héroes del Simancas, por mal nombre Pablo Iglesias (el del PSOE). Una de las más ruidosas de la villa. Los domingos y festivos suponen una cierta tregua para los vecinos, muy bienvenida.

Local que últimamente ocupaba la Sidrería Parrilla «La Xuanina», que cerró sin previo aviso hace unos meses. Obras. (¿Con licencia municipal?). Trabajando en domingo, lo cual ya es suficientemente grave y muestra en qué decadencia estamos sumidos. Trabajando con maquinaria extremadamente ruidosa.

Consultada la Ordenanza municipal del ruido del Ayuntamiento de Gijón, resulta que las limitaciones a estas actividades son horarias (se prohíben entre las 22:00 y las 08:00) pero no se hace mención de domingos y festivos.

O sea: se permite la violación del descanso dominical propio y ajeno. Porque no hay manera de descansar con ese ruido. La contaminación acústica, con su secuela de dolores de cabeza, es dueña hasta del domingo.

Ni leer a gusto se puede así. Y, Señor, ya no nos queda ni el Calmante Vitaminado Pérez Giménez, otra víctima de la democracia

Destacamos hoy este atropello en concreto. Pero en Gijón son constantes, en todos sus barrios. La tranquilidad y el descanso, necesarios en la vida civilizada e imprescindibles para la salud, han sido proscritos.

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Babayu del mes

Recuperamos una iniciativa de hace cinco años, porque recién estrenado este mes de diciembre La Nueva España y el Club Prensa Asturiana de Gijón nos han proporcionado un candidato idóneo. Vean, vean el título y la ilustración de una noticia de hace dos días:

«El franquismo veía en otras culturas un peligro para la nación», afirma Inaciu Galán

El escritor repasa las dificultades de la lengua asturiana en la época de Franco

J.M.R. 02.12.2016 | 04:00
Inaciu Galán, ayer, antes de comenzar su ponencia. ENOL TEIJIDO

Inaciu Galán, ayer, antes de comenzar su ponencia. ENOL TEIJIDO

«El franquismo supuso un importante freno al desarrollo del asturiano». Así de contundente se mostró ayer el…

Les babayaes son de grueso calibre. (Lo es también, por cierto, la de La Nueva España al esperar que alguien pague una suscripción electrónica para leerlas). Los viejos seguidores de Voluntad quizá recuerden la entrada que dedicamos en 2009 a Oro negro, obra de José León Delestal que recibió el primer premio del Certamen de Teatro Asturiano convocado por VOLUNTAD (diario de F.E.T. y de las J.O.N.S.) en 1940. Sólo un año después de terminada la guerra. Estrenada ese mismo año por la Compañía Asturiana de Comedias, en Pola de Siero y en Gijón. Obra en bable, naturalmente. Lo que ingenuamente llamábamos bable, antes de que en la década de 1980, ya convertido en «bablúa» a imitación del euskera batúa, empezase a mutar en llingua asturiana. Poco más hay que añadir a aquella entrada de hace siete años. Recomendamos su relectura.

Treinta años tiene el rapaz de la foto, Ignacio «Inaciu» Galán, «escritor» y «periodista». Vividor, en realidad, del tetu de la «llingua», su única actividad conocida, que es negocio para muchos y pretende serlo aún más. A costa de los caudales públicos, por supuesto. De ahí la lucha por la «oficialidá», en la que se ha destacado nuestro candidato a babayu del mes.

—Oiga, ponga por lo menos babayu’l mes.

—De acuerdo. Por esta vez seamos llingüísticamente correutos.

Y mientras tanto, la pregunta inevitable. El Generalísimo Franco murió hace cuarenta y un años. ¿Cuándo dejarán de echar a su régimen la culpa de todo, incluso de los males inventados? Si la comparación —cosas de la «memoria histórica»— es con la Segunda República, quizá convenga recordar que fue la Constitución de ésta la primera —la primera en la historia de España— que proclamó lengua oficial al español o castellano. Lengua oficial en solitario, sin mención de ninguna otra. Quizá convenga también recordar que en Asturias el Frente Popular —el Frente Popular de los rojos, que se cargó la República ya en febrero de 1936, aunque ahora insistan en llamarlos «republicanos»— estaba formado por partidos centralistas y jacobinos. Quizá convenga también recordar que la práctica totalidad de los cultivadores de la literatura en bable, con muy pocas excepciones, se alinearon con el bando nacional. Y que los rojos mataron a alguno de ellos.

El que escribe tiene delante Tarronazos y Caxigalines, libro de Gabino Muñiz García-Robés Manín de la Llosa publicado en 1953. Uno de los muchísimos aparecidos bajo «el franquismu totalitariu y centralista». Entre sus páginas, un recorte de VOLUNTAD de 1957: «4 de marzo, fecha señera. Hace veintitrés años que se unieron Falange Española y las J.O.N.S.».

¡Qué persecución tan insoportable sufría el «asturiano»!

Sí. Va a haber que adjudicarle a Inaciu Galán el «babayu del mes».

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In memoriam Lucinda González Caso

El ParvulitoHace hoy un mes, el 4 de octubre de 2016, fallecía en Somió doña Lucinda González Caso. Ese nombre dirá poco a la mayoría de los gijoneses. Si ponemos que falleció la Señorita Luci, algo dirá a unos cuantos más.

La Señorita Luci. Aunque casada y con dos hijas (una de ellas muerta en accidente hace bastantes años), así era conocida por los niños a los que eficacísimamente enseñaba esta maestra en una única habitación alquilada de un piso de la calle del Coronel Pinilla (hoy del Profesor Miguel Ángel González Muñiz), enfrente del que habitaba con su familia. Un par de horas por la mañana (sábados incluidos) y otro par por la tarde bastaban para aprender con ella mucho más que en los colegios de esta villa. Bueno, también mandaba unos pocos deberes, de esos ahora demonizados por asociaciones sectarias que pretenden representar a «madres y padres de alumnas/os».

Afectuosa y recta, con esa autoridad de las maestras de antes (que no necesitaban ser «profesoras» ni licenciadas en no se sabe qué), dejó buen recuerdo en cuantos recibieron su enseñanza, a pesar de que no dudaba en castigar de rodillas o en dar un par de bofetones cuando era conveniente.

Copias, dictados, dibujos, cuentas y problemas, memorización… Métodos tradicionales, probados por muchos años de éxito, hacían que quienes pasaban de sus clases a otras aulas llevasen una enorme ventaja sobre sus nuevos compañeros en lengua española, matemáticas, geografía y otras materias. Hasta en la religión iba bien encaminada: cuando apareció el Catecismo Escolar de la Conferencia Episcopal vaticanosegundista, la Señorita Luci torcía el gesto ante aquel libro heterodoxo y mantenía el Catecismo de la Doctrina Cristiana (Texto nacional).

Aquello empezó a hacerse difícil con la nefasta Ley General de Educación de 1970, la Ley Villar Palasí que señaló el principio del fin de la enseñanza de calidad en España e impuso la escolarización obligatoria, entre otras medidas tercermundistas.

La Señorita Luci aguantó cuanto pudo, beneficiando con su trabajo a muchos niños gijoneses. De orígenes familiares en la Marina, hasta hace pocos años vivía con su marido, José Arturo Rodríguez Castro, y en frecuente relación con sus hermanos; todos fallecieron en breve espacio de tiempo y últimamente doña Lucinda habitaba en la Residencia Plaza Real de Somió. Nos dejó a los noventa y dos años de edad. La sobrevive su hija Isabel, casada y con un hijo.

Requiescat in pace.

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Preservar la Fe en Gijón y comarca (II): para prácticos, perezosos, neófitos y niños

Edición gijonesa del Catecismo del Padre Astete

Edición gijonesa del Catecismo del Padre Astete

Recomendábamos anteayer el Catecismo Mayor de San Pío X. Aprovechamos este Domingo II después de Pascua para sugerir otra opción mucho más breve: el Catecismo de la Doctrina Cristiana, por el Padre Gaspar Astete, de la Compañía de Jesús. Con el que aprendieron millones de católicos de todo el mundo hispano desde el siglo XVI hasta el XX.

Se trata de un compendio extraordinario tanto por su brevedad y concisión como por lo completo que resulta. Lo esencial de la Fe católica está perfectamente resumido en este catecismo. Respondía a un criterio pedagógico de probada eficacia: se memoriza, incluso antes de comprender completamente el significado de todas sus preguntas y respuestas. Para cuando es necesario comprenderlas, se recuerda. Con el Catecismo del Padre Astete en la memoria se puede mantener la Fe y la ortodoxia y rebatir cumplidamente a los Bergoglios, Ratzingers o Gómez Cuestas de turno. Un católico así formado no se deja engañar, si no quiere.

A título de anécdota, podemos considerar un poco asturiano a este catecismo. No ya por sus ediciones locales, como la que ilustra esta entrada. El Padre Gaspar Astete, jesuita (nada que ver con los actuales arrupitas-nicolasitas) nació en 1537 en Coca de Alba, Reino de León. Las adiciones posteriores a su catecismo fueron obra, sobre todo, de Gabriel Menéndez de Luarca; y también de Benito Sanz y Forés que, aunque valenciano de Gandía, fue Obispo de Oviedo y gran protector del Santuario de Covadonga.

Como siempre quedan fieles, el Catecismo del Padre Astete sigue imprimiéndose. Además pueden encontrarse ediciones en línea, como en este enlace.

Gozó también de gran popularidad el similar Catecismo del Padre Jerónimo Martínez de Ripalda, contemporáneo de Astete y jesuita como él. De los sucesores, o más bien catecismos populares ampliados, resultaba aceptable el Catecismo de la Doctrina Cristiana, Texto Nacional, de Primer, Segundo y Tercer Grado. Publicados por el Secretariado Catequístico Nacional a partir de la década de 1950, fueron utilizados hasta al menos la de 1980 por parte de los sacerdotes y religiosos que intentaban conservar la Fe en la marea del posconcilio. En cambio el llamado Catecismo Escolar, reforma del Nacional perpetrada por la Conferencia Episcopal Española poco después de ser creada ésta a fines de la década de 1960, además de cursilerías sin fin contiene herejías graves. Los posteriores textos escolares, dicen que de Religión, aprobados por la citada Conferencia Episcopal son sencillamente aberrantes.

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Para preservar la Fe en Gijón y comarca

El último gran catecismo emanado de Roma. El posterior, llamado para mayor escarnio «Catecismo de la Iglesia Católica», no es tal.

El último gran catecismo emanado de Roma. El posterior, llamado para mayor escarnio «Catecismo de la Iglesia Católica», no es tal.

Con los medios y los mentideros comentando hoy cosas «nuevas» que vienen del Vaticano (donde, si queda algún católico, está escondido), queremos aportar unos sencillos consejos útiles para preservar la Fe en Gijón, que valen también para Villaviciosa y Carreño:

Evite rigurosamente las parroquias. Están todas okupadas.

Lo mismo cabe decir de todos los colegios «católicos» de la región.

Si en la liturgia usan cualquier cosa que no sea latín (aparte del Kyrie eleison, que es griego), no es católica.

Si el sacerdote no lleva sotana o el religioso no lleva hábito, son ful seguro. (También pueden ser ful aun llevándolo, pero aquí cabe la duda).

Los «mensajes», «apariciones» y «revelaciones privadas» que se reciben en los alrededores de la villa son más ful que el Vaticano II. Que ya es decir.

Prestar atención a la información «religiosa» de los medios locales (con la excepción de Voluntad, naturalmente) es peor todavía. Todo parecido con la verdad es pura coincidencia, no deseada.

A los difuntos se los vela en casa, no en los llamados tanatorios. Sus restos no se incineran jamás.

Si se empeña en leer la Sagrada Escritura (lo que los cursis llaman la Biblia), debe ser una traducción de la Vulgata latina de San Jerónimo. La versión Torres Amat/Scio de San Miguel es buena y muy fácil de encontrar. Las que dicen ser traducciones «de los textos originales» (no hablemos ya de las de «lenguaje actualizado» o de las «ecuménicas», más falsas que Judas) son, aparte de una estafa, generalmente protestantizantes o ateizantes (que viene a ser lo mismo). Los seglares sin instrucción específica deberían limitarse al Nuevo Testamento, excluyendo el Apocalipsis de San Juan.

Ninguna doctrina, devoción, liturgia o práctica posterior a 1962 es buena (en liturgia, mejor si se usan los libros anteriores a 1951). Las de antes, de San Pedro a Pío XII, son siempre coherentes: Dios es inmutable y la doctrina de su Iglesia, también.

La única regla segura: lo que siempre se hizo y siempre se creyó. Lo que creían y practicaban nuestros abuelos venerables. Lo demás, sin excepción, viene del Príncipe de Este Mundo. Los que recuerden su catecismo ya saben quién es éste.

 

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Osorgoglio: Osoro Sí Puede

Pulse sobre las imágenes para ampliarlas y leer cómodamente

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Nunca le agradeceremos bastante que se haya ido.

Y eso que no profesamos ningún afecto tampoco a su sucesor al frente de la archidiócesis de Oviedo, de lo cual dan fe nuestras entradas anteriores. Pero al lado de Carlos Osoro Sierra, Fray Jesús sale beneficiado. Véanse nuestra página Diócesis, introdúzcase «Osoro» en el motor de búsqueda de la barra lateral, consúltese Voluntad en Twitter.

Osoro cambia y se rebaja cuanto haga falta para halagar al poder, sea éste civil, eclesiástico o mediático. Al poder en ciernes, o a lo que él percibe como tal, también. En Oviedo cortejó a Rabino de Lorenzo, sin desdeñar al PSOE ni sujetar a los afectos a IU. En Valencia fue del brazo del PP, pero sin hacer ascos al pancatalanismo antivalenciano. En Madrid se deshace en elogios a la impar Carmena, eleva a los altares a la impía Cristina Cifuentes (PP), hace guiños y carantoñas al lobby aberrosexualista y se abre del todo a Podemos. Sin dejar de aburrir con sus insulsas charletas (quisiera imitar el estilo chanta de Bergoglio, pero es demasiado soso) a las asociaciones de empresarios. Allí donde huela a poder, irá Osorgoglio con su huidiza sonrisa de solterona. Si hubiera seguido en Oviedo, no les quepa duda de que habría querido venir a Gijón a la inauguración de la calle de José Manuel Palacio, y cultivaría la amistad de la Carmena-Cifuentes de Gijón/Xixón

A la afición de ciertos eclesiásticos por apuntarse a la extrema izquierda, por halagarla y «comprenderla», ha dedicado un reciente artículo José Miguel Gambra, quien —además de Jefe Delegado de la muy católica Comunión Tradicionalista— es profesor de la Universidad Complutense de Madrid, por lo que ha sido testigo privilegiado de la creación y diseño de Podemos y conoce bien a sus promotores. Lo reproducimos a continuación. Por nuestra parte hemos destacado un párrafo en negrita.

Errores del anticomunismo católico

Todo a la vez: negros nubarrones por oriente, vientos racheados desde occidente, relámpagos meridionales, truenos septentrionales y, bajo los pies, espasmos geológicos. Nos hemos acostumbrado a vivir agobiados bajo la amenaza del separatismo interior, de los musulmanes, del nuevo orden mundial y del bolchevismo recientemente renacido. Cada día uno de ellos atrae nuestra preocupación y los otros pasan a segundo plano. Pero no por eso desaparece su amenaza.

El comunismo, como ya denunció Pio XI, emplea el engaño como táctica (Divini Redemptoris, § 58). Podemos se ha aupado hasta alcanzar un puesto importante entre los partidos contendientes en las próximas elecciones. Lo ha hecho engañando a sus electores, entre los cuales no han faltado católicos. Con engaño ha formado unas listas de candidatos adecuados a sus fines. A pesar de su previsible descenso en votos, puede formar parte del gobierno por medio de alianzas, ahora o en otra consulta posterior. Y con engaño, su decidido designio revolucionario puede absorber de hecho la línea de actuación de otros partidos ideológicamente muy débiles.

«Procurad, venerables hermanos, con sumo cuidado que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso, y no se puede admitir que colaboren con el comunismo, en terreno alguno» (§ 60). La mejor manera que se me ocurre de seguir esta sabia recomendación de Pio XI es recurrir de nuevo a Kolnai y citar algunos de sus textos sobre las actitudes desencaminadas que los cristianos han adoptado ante el comunismo.

Busque usted en Internet lo que se dice de Aurelio Kolnai. Hallará datos sobre sus investigaciones fenómenológicas y sobre sus críticas al nacionalsocialismo, pero nada o bien poco sobre el libro Errores del anticomunismo. Que las izquierdas lo callen va de suyo; que los demócratas liberales lo hagan se explica por aquella conspiración del silencio en todo lo que se refiere al comunismo, que ya denunciaba por Pío XI, (§18). Pero, los medios eclesiales ¿por qué lo silencian también? Kolnai hablaba para todos los que coincidían en ser anticomunistas. Veía en el marxismo una amenaza inmediata que merecía una atención primordial por parte de todos. Pero su punto de vista era el de aquellos tiempos felices en que las enseñanzas de la Iglesia se mantenían desde los tiempos apostólicos con una coherencia, incluso externa, que no dejaba lugar a las dudas que hoy ponen a prueba la fe de todo católico. Tenía muy presente las repetidas condenas de las formas de adaptar el catolicismo a las corrientes filosóficas, políticas y sociales que los pontífices del XIX y primera parte del XX lanzaron para preservar de contaminaciones mundanas la doctrina eterna de la Iglesia. Su crítica de las tres primeras formas inadecuadas de enfrentarse al comunismo por parte de los cristianos afectaba por entonces a tres desviaciones del catolicismo fácilmente reconocibles. Hoy, por desgracia, se reconocen de manera igualmente fácil como tres «sensibilidades» gustosamente acogidas y mimadas por las autoridades eclesiásticas.

El primero de esos errores es el de los «cristianos demócratas, laicistas, apolíticos o progresistas» (121). Vienen a decir lo siguiente: «los fines políticos, sociales y económicos del comunismo, como tales, son indiferentes o incluso laudables en parte. Sólo se le ha de combatir en cuanto se aferra al prejuicio antirreligioso y sobre todo anticatólico. Si los jefes comunistas renunciaran a la persecución de la Iglesia y al ideal de un ateísmo obligatorio, podría lograrse fácilmente la inteligencia con ellos. ¿No ha dicho el Señor: “dad al César lo que es del César”? ¿no hay que obedecer tanto más este mandato cuanto que se trata de un “César” preocupado por aliviar la suerte de los pobres y por poner de relieve la dignidad del trabajador? … Dios y su Iglesia, lejos de estar ligados a un orden social caduco están llenos de simpatías hacia las justas aspiraciones de las clases trabajadoras … La desconfianza con que nos miran los protagonistas de estas aspiraciones reposa sobre malentendidos debidos a extravíos accidentales de los que ciertos individuos o medios eclesiásticos reaccionarios … se han mostrado culpables en el pasado» (118-119).

A estos cristianos progresistas Kolnai les recuerda que «el César marxista se define por su concepción monoteísta: es decir su función de ser adorado, en una entrega absoluta y sin reserva, como única divinidad, que se confunde por lo demás, con la humanidad y la sociedad organizada, ídolo único de una teocracia total y del todo terreno» (121). Pero además asimila el error de esos cristianos al pietismo que, queriendo «hacer vivir al hombre en las nubes, sacrificando las cosas terrenas a una tibia nivelación y reduciendo la moral y la política a un estado de indiferencia, es frecuentemente debido al error sectario que tiende a rebajar al catolicismo al nivel de una necesidad particular de los católicos; a una confesión más, o sea un grupo entregado un conjunto de prejuicios tradicionales que exigen ser respetados como cualquier otro interés de grupo. De aquí el doble error … de quienes pretenden que, desde el punto de vista de la religión, sólo la religión cuenta, o que los católicos no deben mezclarse sino en aquello que los católicos atañe» (122-123).

El segundo error recuerda la actitud del catolicismo social y anticipa en cierto modo la teología de la liberación. Sus partidarios arguyen que «el comunismo en sí, es profunda e incurablemente anticristiano; pero al compartirlo, guardémonos de despertar la impresión de que combatiríamos forzosamente todo “comunismo” (en cuanto doctrina social y política), incluso un “ comunismo cristiano” si lo hubiera. Porque entonces combatiríamos al comunismo no en cristiano, sino en reaccionario, o en cualquier caso, como “políticos” o servidores de prejuicios económicos, más que como defensores de la fe religiosa».

Según Kolnai quienes así argumentan se engaña sobre la naturaleza del comunismo, que no es como ellos creen «una cosa buena o indiferente, a la que, de un modo secundario y por desgracia … se mezclase un perverso elemento de irreligión. Al contrario, es una cosa absolutamente mala en sí, sin que haga falta considerar su actitud explícita con relación a Dios y su culto, a la fe y a la Iglesia; y es una cosa tan sumamente mala en sí, porque su motivo central  es el ateísmo y el anticristianismo tomado en toda su amplitud. Todo el que procura rebajar la talla de este enemigo a una medida de irreligión y anticlericalismo técnico, por así decirlo, falsea la cuestión desde el principio y rodea al objeto en lugar de penetrar en él» (127).

La tercera actitud errónea surge del enfoque individualista, o personalista, que sostuvo Maritain cuando se encandiló con la democracia americana y se convirtió en adalid del anticomunismo. Sus defensores argumentan lo siguiente: «el comunismo es un materialismo llevado al límite. Reduce al hombre al estado de máquina … Pero el hombre nunca estará enteramente satisfecho con la sola prosperidad material … Intentemos ante todo, devolverle la conciencia de que tiene un alma, despertar en él sentido de la individualidad … Presentemos, ante los ojos del hombre prisionero del imperio comunista, la imagen del hombre occidental, libre mientras él es esclavo» (130).

Kolnai no puede evitar chotearse de espiritualismo del capitalista que emite semejantes críticas: «los burgueses, transpirando idealismo e insultando al comunismo, son un espectáculo demasiado regocijante para no provocar la sátira». Pero luego, precisa cuidadosamente su crítica de esta versión del anticomunismo: «sin duda es justo y necesario atacar el materialismo y el maquinismo comunista, pero a condición de que no se crea con eso haberlo hecho todo», pues resulta «peligroso combatir al comunismo principalmente en nombre del individualismo, o para emplear un término más solemne, más pretencioso y más de moda, del personalismo. … En el plano histórico, es el propio individualismo quien ha provocado, a través de la concepción de una voluntad del pueblo unitaria y masiva, el comunismo; quien ha abierto el camino de la omnipotencia estatal … El individualismo ha decretado que el hombre es la medida de todo». Ahora bien, «la entidad real que se precia de representar a la humanidad colectiva organizada, a la humanidad integrada en un sujeto propio dotado de una conciencia y de una voluntad única y claramente definida, no es otra cosa que el partido comunista» (133-136).

A la vista de cierta simpatías que la más alta jerarquía eclesiástica ha manifestado recientemente hacia la teología de la liberación e incluso hacia líderes y gobernantes comunistas, sin excluir al propio Pablo Iglesias, cabe esperar cualquier cosa de las jerarquías subordinadas de la moderna sociedad eclesial, si repiten la indiscreción de dar una recomendación de voto a los católicos. Todo es posible, salvo, desde luego, la solución que todas estas actitudes pseudo-católicas llaman reaccionaria.

Este desolador panorama empuja de la manera más natural a que los católicos abandonen el combate. Semejante abominación era desconocida y probablemente inimaginable para Kolnai. Sin embargo el ya detectó una última tentación pseudo-religiosa cuyo atractivo no deja indiferente incluso al tradicionalismo. Es la tentación de las «élites de los espíritus cultivados», que «se mueven en un plano infinitamente superior» al de las otras posturas pretendidamente católicas. «¿Vale la pena combatir al comunismo —dicen sus defensores— para salvar la civilización contemporánea? ¿Acaso no expresa el comunismo su esencia mejor que cualquier otro régimen? ¿No será el azote que necesita el mundo degradado, y religioso, insensible a los valores, esclavo del confort material, de las apariencias de la cantidad y de la máquina? ¿No es acaso la plaga que merece este mundo? El tipo de vida norteamericano, cuyo único rival poderoso es actualmente el comunismo, ¿acaso no es un enemigo tan importante como el comunismo, aunque más insidioso, más disimulado, más tentador para la mayoría de los hombres y, por lo mismo, más eficaz y peligroso a la larga?».

Kolnai no podía prever el nuevo orden mundial que representa el grado superlativo de depravación, de esclavitud de corrupción a que puede llevar el espíritu americano tan lúcidamente descrito por Juan Manuel de Prada en Dinero, demogresca y otros podemonios. Sin embargo, siguen siendo válidas las objeciones de Kolnai a las élites apocalípticas. En primer lugar recuerda que no podemos despreciar el principio cristiano del mal menor (principio que, dicho sea de paso, sólo es aplicable cuando no hay otro remedio posible y que es, por ello mismo, inoperante en el sistema electoral fundado en encuestas que dan a conocer lo previsible, no lo posible). «No somos Dios —señala Kolnai— ni siquiera bienaventurados, sino hombres in statu viae, que, aunque seamos libres para huir del pecado, siempre estamos sometidos al imperio del mal … En cuanto a los que insinúan que el régimen progresista industrialista de la democracia occidental, comparado con el régimen comunista, no representa siquiera ni el mal menor, estamos tentados a aconsejarles una documentación, ampliada después por la experiencia personal en un mundo en el que no se atrevería apenas a comunicar sus pensamientos íntimos a su mujer, por miedo a que el portero —o alguno de sus propios hijos— pudiese escuchar tras la puerta; en que no se atreverían asistir al culto —suponiendo que esto fuese físicamente posible— por temor a perder, con toda probabilidad, su pedazo de pan en este mundo, aprenderían muy pronto a apreciar el anticristianismo insidioso, el totalitarismo disfrazado, la libertad desvalorizar de este mundo occidental del que están descontentos, y con razón, a pesar de todo».

Pero además y sobre todo les recuerda que es un error «querer abarcar con la mirada el conjunto de la historia futura, lo cual conduce fácilmente a la decisión de no hacer nada» (162). «El hombre es un agente que realmente actúa en la historia, pero no es su dueño; llamado a prestar su concurso a las operaciones de la providencia, no es su autor, ni siquiera, ordinariamente, el intérprete esclarecido. No le está concedido tampoco edificar, conscientemente y a propósito, para un mundo distinto del suyo: para un mundo del porvenir que rompiese la continuidad con su propia sociedad y que hubiera de construirse sobre sus ruinas. Cualesquiera que sean los vicios de que podemos acusar con justicia a nuestra civilización, no tenemos el derecho de desempeñar con ella el papel de ejecutores de la cólera de Dios, ni —lo que viene a ser lo mismo— anticipar con delectación su destrucción por considerarla inevitable» (162-163).

*****

«Sin duda alguna, la subversión cósmica [que supone el comunismo] está llamada a un fracaso cierto. Pero la réplica victoriosa de Dios se hará por “causas segundas”: bien a través de reacciones humanas, mediando fuerzas humanas imprevisibles hoy día; bien por el contrario, utilizando las ahora conocidas, que operarán despreciando los consejos que acabamos de citar…  El imperio infernal, instituido sobre esta tierra no alcanzará sus últimos objetivos; pero es porque su misma invencibilidad será un día truncada por aquellos que no sólo negarán sus fines últimos sino que además experimentarán el placer de combatirlos» (33-34).

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Genocidio. La afición predilecta del Hijo Predilecto de Gijón y sus colegas

En el Ayuntamiento de Gijón, ¿leerán la prensa? Si lo hacen, probablemente sí lean El Mundo. Para quienes aún no se hayan enterado, este diario es el paradigma de lo políticamente correcto: económicamente de derechas, culturalmente de izquierdas. A pesar de ello, hoy aparecen en el mismo algunas perlas (obvias) sobre cierto difunto Hijo Predilecto de Gijón por gracia de Carmen Moriyón (Foro-FAC) y de su excolega Pili Fernández Pardo (PP).

FUSILAMIENTOS

Carrillo fue el ‘facilitador’ de Paracuellos

Acabada la guerra, se exhumaron los cadáveres de los fusilados en Paracuellos. EFE

Acabada la guerra, se exhumaron los cadáveres de los fusilados en Paracuellos. EFE

JULIUS RUIZ

La fecha es un 6 de noviembre de 1936. Viernes por la tarde en Madrid. El secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), Santiago Carrillo Solares, y su estrecho aliado político, José Cazorla Maure, entran en el despacho del presidente del Consejo de Ministros, Francisco Largo Caballero, en el Palacio de Buenavista. Es un día clave en la vida de Carrillo, abundante ya en tales momentos trascendentales pese a su juventud. A sus 21 años, cuenta entre sus logros el haber fusionado con éxito las juventudes socialistas y las comunistas en abril de 1936 para crear las JSU, una organización que, en vísperas de la guerra, declaraba tener nada menos que 140.000 afiliados. Aunque Carrillo se encontraba en París el 18 de julio de 1936, pasó el primer mes de la contienda española combatiendo en el País Vasco porque no le fue posible regresar a Madrid hasta más tarde.

Él mismo admitiría tiempo después que no era de natural guerrero. Por su miopía, cuando le tocaba hacer guardia, en “las noches en que llovía -que fueron muchas- no daba abasto” limpiándose las gafas. “Y de hecho, no estaba en buenas condiciones para ver si se acercaba una patrulla adversa”. Su puesto como máximo dirigente de las JSU se vería finalmente confirmado a su vuelta a la capital en septiembre, momento que aprovechó para rodearse de sus compinches de preguerra. Entre ellos, el chófer y músico José Cazorla y, sobre todo, Segundo Serrano Poncela, antiguo estudiante de Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Madrid. “Yo he sido —escribió éste con cierta añoranza tras romper relaciones con Carrillo en 1939— su amigo más sincero, más sacrificado (…) el único amigo leal que ha tenido en toda su vida”.

Horas antes, ese mismo día 6 de noviembre, Carrillo, Cazorla y Serrano Poncela habían ingresado en el Partido Comunista de España (PCE). A través de miembros de su nuevo partido en el gobierno fue precisamente como Carrillo y Cazorla se habían enterado de que Largo Caballero estaba a punto de dejar Madrid en manos de una Junta de Defensa. Al entrar en las dependencias del presidente del Gobierno, vieron que el personal estaba haciendo las maletas para el viaje a Valencia. “¿Quién les ha dicho a ustedes que el Gobierno se marcha?”, les preguntó un irritado Largo Caballero. Pero aquellos jóvenes apoyados por el PCE no se dejaron intimidar: querían tener cargos en la Junta y así se lo hicieron saber al presidente. Y no se puede decir que salieran de allí defraudados: Carrillo fue nombrado consejero de Orden Público, y Cazorla, segundo suyo en la consejería.

En un momento en el que las tropas franquistas se aproximaban rápidamente a la capital, el problema más apremiante para aquel nuevo consejero era qué hacer con los aproximadamente 10.000 presos políticos recluidos en las cárceles madrileñas. Muchos antifascistas de todo signo estaban convencidos de que aquellos “fascistas” se preparaban para apuñalar por la espalda a la República. Menos de un mes antes, Julio Álvarez del Vayo, el ministro socialista de Estado, había dicho a los británicos que “el Gobierno manejaba informaciones fidedignas de que la “Quinta Columna” de los insurgentes, ayudada por unos tres mil o cuatro mil fascistas, (…) irrumpiría al asalto en Madrid en el momento preestablecido, y de que todos los presos eran reclutas potenciales de dicha columna”. Aunque algunos historiadores han especulado con la idea de que la respuesta de Carrillo viniera determinada por la intervención de agentes del NKVD, como Aleksandr Mijáilovich Orlov y Iósif Grigulévich, lo cierto es que no hubo que buscar tan lejos una solución al “problema”. El criminal Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) llevaba liderando la batalla contra la imaginaria Quinta Columna en Madrid desde el verano y terminó siendo responsable de muchas de las más de 8.000 ejecuciones que tuvieron lugar en la capital en 1936. Desde finales de octubre, aquel tribunal revolucionario del Frente Popular llevaba “evacuados” 190 presos militares y civiles hacia la prisión de Chinchilla por orden de la Dirección General de Seguridad. En realidad, “evacuación” era una palabra en clave para referirse a una orden de asesinato: todos esos reclusos eran ejecutados extrajudicialmente en localidades de las afueras de Madrid.

Carrillo se enteró de que el CPIP (con el consentimiento tácito de Ángel Galarza, ministro de Gobernación) estaba preparando una “evacuación” desde la Modelo, la mayor prisión de la capital con unos 5.400 reclusos. Esa misma noche del 6 al 7 de noviembre, la operación pasó a ser responsabilidad del Consejo de la Dirección General de Seguridad, recién creado por el propio Carrillo. Estaba integrado por figuras que habían sido clave en sacas anteriores del CPIP, como el anarquista y (de profesión) pintor decorador Manuel Rascón, y el panadero socialista Félix Vega Sáez. Además, estaba presidido por Serrano Poncela. “Yo —recordaría más tarde este viejo amigo de Carrillo— me dedicaba a dar cintarazos a la Quinta Columna. (…) Carrillo sabía que, en esa hora incierta o histórica, de todo el entourage que le colmaba de incienso, no había nadie capaz él de sacrificar por él su vida y aun su honor más que yo”.

El significado de ese sacrificio de su honor quedó brutalmente evidenciado en la primera jornada completa de existencia de la Junta de Defensa. Los retrasos en la selección de los destinados a morir en las primeras sacas del 7 de noviembre por la mañana hicieron que los “evacuados” iniciales no salieran de la Modelo (la prisión más cercana a la línea del frente), sino de los penales de Porlier y San Antón. El lugar de las ejecuciones fue el arroyo de San José, en Paracuellos de Jarama, un pueblo a unos 20 kilómetros al noreste de Madrid fácilmente accesible. Se les sumarían esa tarde más de 500 presos de la Modelo. Entre los asesinados de ese día estaba Rafael Toni Sterling, de sólo 18 años y vicetesorero de su organización local de la juventud católica, quien supuestamente había abierto en su momento “fuego contra el pueblo” desde un edificio que no existía. “A mi hijo se le detiene (…) única y exclusivamente por ser católico y pido justicia”, escribió su angustiado padre en una carta que terminó entregada a Carrillo. No hay constancia de que el dirigente de las JSU respondiera.

El acuerdo de Carrillo con el CPIP se explicitó en una reunión de la CNT-FAI el 8 de noviembre por la mañana. Un representante anarquista de la Junta de Defensa —cuya identidad sigue sin estar aclarada— anunció que se estaba eliminando de inmediato a “fascistas y elementos peligrosos”, aunque “cubriendo la responsabilidad”. En el mismo momento en que se pronunciaban aquellas palabras, otros 400 presos de la Modelo eran transportados hacia Paracuellos. Nunca llegaron. Su convoy tuvo que ser desviado hacia la confiscada hacienda del Soto de Aldovea, en Torrejón de Ardoz, porque los enterradores de Paracuellos no habían terminado de inhumar a las víctimas del día anterior. Así que fueron fusilados en el cauce seco de un canal de regadío, conocido localmente como caz.

Aunque se suponía que las masacres debían llevarse a cabo “cubriendo la responsabilidad”, pronto comenzaron a circular noticias sobre lo que estaba sucediendo en Paracuellos y Torrejón de Ardoz. El anarquista Melchor Rodríguez García, conocido por su rechazo al uso de la violencia con fines revolucionarios, unió fuerzas con el presidente del Tribunal Supremo, Mariano Gómez, y con diplomáticos extranjeros como el cónsul de Noruega, Félix Schlayer, con el objetivo de poner fin a las matanzas. Schlayer transmitió a Carrillo el 7 de noviembre por la tarde su temor por la desprotección de los presos; el nuevo consejero de Orden Público le replicó airado que no corrían peligro alguno.

Un altercado con el amigo

Como estalinista comprometido, Carrillo no tenía fama de humanitario. La cuestión de las sacas lo había llevado incluso a tener un “altercado personal” con Melchor Rodríguez. No había razón alguna, pues, para que los subordinados de Carrillo no le informaran de lo que sucedía en Paracuellos, y tampoco hay indicio alguno de que lo mantuvieran al margen: de hecho, a Carrillo y a Serrano Poncela se los veía departir a menudo en el despacho del uno o del otro. En realidad, la estrecha amistad que los unía permitió que el primero pudiera confiar al segundo la continuación del trabajo sucio de exterminar a la Quinta Columna mientras él se ocupaba de otros menesteres, entre los que se incluían discursos en mítines, reuniones y emisiones radiofónicas, en los que llamaba a la población a la resistencia. “La Quinta Columna -explicó Carrillo a los oyentes de Unión Radio el 12 de noviembre- está camino de ser aplastada”. Carrillo era una de las estrellas de la Junta de Defensa, que dio al joven dirigente comunista “un voto de confianza” el 11 de noviembre; dos días después, la propia Junta emitió un mendaz comunicado de prensa en el que afirmaba que “(ni) los presos son víctimas de malos tratos ni menos deben temer por su vida”.

Sin embargo, para entonces, las sacas masivas habían quedado temporalmente suspendidas, pero no porque Carrillo dudara de la moralidad de los asesinatos, sino porque había recibido una orden de Melchor Rodríguez, el entonces recién nombrado “inspector general del Cuerpo de Prisiones”, de que pusiera fin a todas las “evacuaciones” el 9 de noviembre. Rodríguez no debía aquel cargo a la intervención de ningún ministro destacado del Gobierno en Valencia, sino a su amistad con Mariano Sánchez-Roca, subsecretario de Justicia.

P — Dice usted que Carrillo fue el facilitador y se ocupó de la logística de los asesinatos, pero que no fue el cerebro. ¿Quién fue entonces el cerebro de las matanzas? ¿Por qué sostiene que no fueron los soviéticos Aleksandr Orlov y Iósif Grigulévich, junto con Pedro Fernández Checa, los inductores de las matanzas?

R — El cerebro fue el Comité Provincial de Investigación Pública (la checa de Fomento, CPIP), establecida por las organizaciones del Frente Popular en agosto de 1936 para eliminar a la Quinta Columna. El error de muchos historiadores es fijar el comienzo de las matanzas el 7 de noviembre, con la salida del Gobierno a Valencia, la creación de la Junta de Defensa de Miaja/Carrillo, y las primeras sacas a Paracuellos. Como mi libro demuestra, las matanzas empiezan la noche del 28-29 de octubre con una saca del CPIP de la cárcel de Ventas. Hasta el 7 de noviembre, el CPIP mató a 190 fascistas con el modus operandi de Paracuellos. Es más, los dirigentes de esas sacas (el anarquista Rascón y el socialista Félix Vega entre ellos) entraron en el Consejo de la Dirección General de Seguridad que organizó las matanzas bajo el liderazgo de Serrano Poncela, íntimo de Carrillo. Es evidente que el CPIP estaba organizando una saca masiva de la cárcel Modelo el 6 de noviembre, y tenía un orden de «evacuación» a Valencia firmada por el subdirector general de seguridad (y no Carrillo o sus compinches), pero sin nombres (es decir, un cheque en blanco). Por razones logísticas no pudieron efectuar la saca antes de la salida del Gobierno. Con el director general de seguridad (Manuel Muñoz) y el ministro de Gobernación (Ángel Galarza) fuera de Madrid, el CPIP necesitaba el consentimiento de Carrillo la noche del 6-7 noviembre. Carrillo adoptó la solución radical del CPIP como suya, y la presentó a la Junta de Defensa, donde fue aprobada. Que Carrillo no era el cerebro sino el facilitador se puede ver también en el hecho de que Mariano Sánchez Roca, subsecretario de Justicia en Valencia y amigo del Ángel rojo Melchor Rodríguez, pudo frenar las matanzas con el nombramiento de Rodríguez como inspector general de prisiones el 9 de noviembre. Es decir, Carrillo respeta la autoridad del Gobierno; no podía rechazar una orden dada por un ministro. Juan García Oliver, ministro de Justicia, intervino cinco días después y echó a Rodríguez; las sacas volvieron y sólo terminaron con el regreso de Rodríguez en diciembre. El papel clave de los soviéticos sólo es demostrado en las memorias de Koltsov de finales de los 50. No son muy fiables, y no hay ningún documento soviético en los últimos 25 años apoyando la cuenta de Koltsov. Historiadores como Viñas y Preston citan jactancias de Grigulévich y otros para especular sobre la autoría rusa. Pero los comunistas (españoles y rusos) se jactaban de eliminar la Quinta Columna en noviembre de 1936, y es probado que la Brigada Especial controlada por Grigulévich en Madrid, que mató a mucha gente, fue activa desde diciembre de 1936, semanas después del comienzo de las matanzas.

De todos modos, el nombramiento de Rodríguez colocó a Carrillo ante una difícil tesitura: no sentía simpatía alguna por aquel anarquista, pero estaba obligado a obedecer en virtud de las directrices políticas del PC vigentes, que ordenaban la subordinación de la Junta de Defensa al Gobierno de la República. Haciendo gala de una disciplina bolchevique, Carrillo aceptó la autoridad de Rodríguez. El Ángel rojo consiguió así detener las masacres en el momento en que las tropas rebeldes más cerca estaban de la cárcel Modelo.

Por desgracia para Rodríguez (y, sobre todo, para la población reclusa de Madrid), Sánchez-Roca había actuado sin contar con la aprobación de su superior, Juan García Oliver, que no tenía reparo alguno en usar el terror para eliminar la amenaza “fascista”. De hecho, cuando el ministro nacionalista vasco Manuel de Irujo sacó a colación el tema de Paracuellos en una sesión del Consejo de Ministros, García Oliver zanjó la cuestión con un contundente “hay que hacer la guerra civil”. Apoyada por ministros clave como Ángel Galarza, esa áspera declaración de “guerra total” sería la que terminaría imponiéndose. Ni la Junta de Defensa de Madrid ni el Gobierno republicano estaban preparados para acabar con las “evacuaciones” en masa de presos. Todo lo contrario: el ministro de Justicia destituyó a Rodríguez aprovechando una visita a Madrid el 12 de noviembre. La suspensión de las sacas y su pronta reanudación dejan bien a las claras que Carrillo fue un facilitador —que no el cerebro— de las masacres. Se ocupó de la logística de los asesinatos en masa (la provisión de los medios de transporte y de los verdugos, por ejemplo), así como de brindar cobertura política a los perpetradores. Pero está claro también que nunca habría desobedecido la autoridad del Gobierno republicano: si Largo Caballero le hubiera ordenado que protegiera a los presos de Madrid, lo de Paracuellos no habría sucedido.

En vez de eso, la intervención de García Oliver fue interpretada por Carrillo como una señal de que las truculentas actividades de la Dirección General de Seguridad contaban con la aprobación del Gobierno, y las sacas se reanudaron el 18 de noviembre. Para entonces, la Modelo había sido ya clausurada definitivamente y sus reclusos llevados a otras cárceles de la ciudad. Entre el 18 de noviembre y el 4 de diciembre, más de un millar de personas fueron transportadas hasta Paracuellos desde las prisiones de Ventas, Porlier y San Antón, y fusiladas allí. Las órdenes llevaban la firma de Serrano Poncela, pero en los propios círculos comunistas no cabía duda de quién se merecía el aplauso por aquello. “Santiago Carrillo, con su acción enérgica y decidida —se afirmaba en un informe interno del partido—, cortó la cabeza a la Quinta Columna, inutilizando su peligrosa acción contra la República, impidiendo con este destacado servicio a la Patria que Franco pudiera tomar Madrid por la espalda”.

2.500 ‘fascistas’ muertos

De todos modos, la creciente presión internacional acabó por obligar a Largo Caballero a llamar de nuevo a Melchor Rodríguez, y Carrillo volvió a aceptar la prohibición de las “evacuaciones” masivas a partir del 5 de diciembre, decretada por el dirigente anarquista. En torno a 2.500 fascistas militares y civiles habían muerto ya para entonces. Pero Carrillo se había erigido en héroe de los comunistas. Cuando Manuel de Irujo, tras ser nombrado ministro de Justicia del Gobierno de Juan Negrín, declaró en mayo de 1937 su intención de investigar las actividades de Carrillo durante el mes de noviembre anterior, los camaradas de partido de éste se pusieron de acuerdo para liquidar aquella propuesta. Al final, a pesar de que la República terminó perdiendo la guerra, no se puede decir que ésta le fuera mal al líder de las Juventudes Socialistas Unificadas. En la primavera de 1937, Carrillo ya era miembro suplente del Politburó del PCE. Y, tras abandonar la Junta de Defensa en diciembre de 1936, se centró en sus responsabilidades como secretario general de las JSU, donde logró fomentar un culto a la personalidad en torno a sí mismo entre los jóvenes comunistas.

Cuando Carrillo ascendió a la cima de la disputada jerarquía del PCE al término de la Guerra Civil, pocos hubieran imaginado que el fantasma de Paracuellos lo perseguiría el resto de su vida. Pero su reinvención como político demócrata, consumada ya en la década de los 70, movió inevitablemente a sus numerosos oponentes políticos a usar Paracuellos como arma arrojadiza contra él. Sus poco convincentes y contradictorios desmentidos no hicieron más que envalentonar a sus enemigos. Como Albert Speer, ministro de Armamento de Hitler durante la II Guerra Mundial —en los juicios de Núremberg de 1946 admitió cierta culpabilidad general por los crímenes nazis, pero siempre negó haber tenido conocimiento alguno del Holocausto mientras éste se estaba produciendo—, Carrillo reconoció que en nombre de la República se habían cometido crímenes, pero añadió que no podía aceptar responsabilidad alguna por lo de Paracuellos. Carrillo no podía sentir arrepentimiento por aquella atrocidad porque, en su corazón, siempre estuvo convencido de que estaba justificada. En su “testamento político”, escrito justo antes de su muerte en septiembre de 2012, a los 97 años, afirmó con toda franqueza que la “guerra es la guerra. (…) Es eso, o la derrota de la República y la ola subsiguiente contra el pueblo republicano (…). Al iniciarse la batalla, todas las fuerzas republicanas coincidían en lo mismo, aun considerando que podía haber víctimas inocentes. Era lo que en la guerra de este siglo los militares han llamado daños colaterales”. La Quinta Columna había recibido, pues, su merecido.

A pesar del uso de cierta terminología hoy corriente y que conduce a error (por ejemplo, bando «franquista» o «rebelde» en lugar de bando nacional, o «Gobierno de la República» para referirse al del Frente Popular, que había conculcado la legalidad republicana, muerta ésta en abril de 1936), la  obra del hispanista escocés Julius Ruiz El Terror Rojo (Espasa, 2012) va a ser en Gijón obligado regalo de Reyes. ¿Quién le compra uno a Moriyón?

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