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LXXV aniversario de Miguel Hernández. ¡Ay España de mi vida, / ay España de mi muerte!

Homenaje a Vicente Aleixandre, 1935. Miguel Hernández es el primero de pie, por la izquierda. A continuación, Juan Panero, Luis Rosales, Antonio Espina, Luis Felipe Vivanco, Rafael Montesinos, Arturo Serrano Plaja, Pablo Neruda, Leopoldo Panero. Sentados: Pedro Salinas, María Zambrano, Enrique Díez-Canedo, Concha Albornoz, Vicente Aleixandre, Delia del Carril y José Bergamín. Sentado en el suelo, Gerardo Diego. Nótese el número de poetas falangistas, además de otros que un año después también apoyarían el Alzamiento Nacional

Medios y redes sociales nos han bombardeado hoy con el recuerdo de Miguel Hernández, muerto hace setenta y cinco años. Un recuerdo casi siempre deficiente: ora desmemoriado, ora selectivo, ora falsificado.

Porque el poeta de Orihuela, el mejor con gran diferencia de los poetas «rojos», es también el menos recordado fuera de ocasiones como la de este martes. El menos leído, al margen de algún poema suelto. El más incómodo para la culture izquierdista oficial. Una nota disonante en la orquesta roja, que lo convierte en inadecuado para los bombos mutuos que desde hace un siglo han encumbrado a la «intelectualidad» bolchevizante.

Miguel Hernández Gilabert militó unos (pocos, se afilió en el verano de 1936) años en el Partido Comunista. Es verdad. Hizo la guerra como comisario político en el Ejército rojo. Es verdad. Pero no se dedicó a los saqueos, torturas y asesinatos de retaguardia, a diferencia del ripioso y panfletario Rafael Alberti y la mujer de éste. Con quienes tuvo un famoso incidente en plena guerra, que se saldó con Miguel Hernández agredido por María Teresa León. Que el poeta aguantó impávido: el que fuera cabrero era también un caballero.

Tras la derrota, Miguel Hernández no huyó. Su pena de muerte fue conmutada. El que iba a ser su suegro (en la posguerra contrajo matrimonio canónico con la madre de sus hijos, Josefina Manresa) había sido asesinado por los rojos poco después de iniciada la guerra. Su tuberculosis lo mató, en la enfermería del Reformatorio de Adultos de Alicante, tal día como hoy de 1942.

En todo momento se interesaron por él e intentaron protegerlo amigos y admiradores tan importantes entonces como José María de Cossío, Rafael Sánchez Mazas, Mercedes Fórmica y su marido Eduardo Llosent Marañón, Carlos Sentís… Falangistas todos ellos. Más otros del campo católico (Miguel Hernández había sido católico devotísimo, y su breve desviación a la izquierda vino condicionada por la influencia del «cristianismo» progresista, muy minoritario entonces pero ya existente: la «democracia cristiana», culpable de tantos males de España y de la Iglesia). En 1939 habían obtenido incluso su libertad, aunque luego fuera juzgado y condenado. El régimen fue trasladándolo de prisión, y hasta a algún sanatorio, con el fin de que su salud mejorara. Murió cristianamente, y sus restos compartieron cementerio durante algún tiempo con los de José Antonio Primo de Rivera. Tras las anuales exequias por éste, Mercedes Fórmica y otros mandos destacados de la Sección Femenina iban a rezar el Rosario ante la tumba de Miguel Hernández.

Su enemistad con quienes permanecerían en los círculos de poder del Partido Comunista en los años posteriores; el testimonio de su honradez, que por sí misma afeaba el comportamiento de los demás y lo convertía en incómodo para ellos, con toda probabilidad le habrían condenado a un destino peor de haber optado por el exilio en la Unión Soviética o en cualquier otro lugar donde los comunistas ejercerían después poder (en plena posguerra mundial, los sicarios de Carrillo asesinaban impunemente a otros frentepopulistas españoles en el sur de Francia, por citar sólo un ejemplo).

Miguel Hernández fue un patriota sincero y apasionado. Un «españolista» radical, como se dice ahora. Durante la guerra, la propaganda roja intentó utilizar también la pulsión patriótica. Pero no resultaba creíble: el Frente Popular mantuvo y extremó incluso la prohibición republicana del grito, subversivo, de ¡Viva España! En Miguel Hernández, en cambio, era perfectamente creíble. Tanto, que aún hoy el poder de estos versos suyos nos conmueve. Incluso cuando, en su confusión, llamaba a la juventud al bando equivocado:

Los quince y los dieciocho,
los dieciocho y los veinte…
Me voy a cumplir los años
al fuego que me requiere,
y si resuena mi hora
antes de los doce meses,
los cumpliré bajo tierra.
Yo trato que de mí queden
una memoria de sol
y un sonido de valiente.

Si cada boca de España
de su juventud, pusiese
estas palabras, mordiéndolas,
en lo mejor de sus dientes:
si la juventud de España,
de un impulso solo y verde,
alzara su gallardía,
sus músculos extendiese
contra los desenfrenados
que apropiarse España quieren,
sería el mar arrojando
a la arena muda siempre
varios caballos de estiércol
de sus pueblos transparentes,
con un brazo inacabable
de perpetua espuma fuerte.

Si el Cid volviera a clavar
aquellos huesos que aún hieren
el polvo y el pensamiento,
aquel cerro de su frente,
aquel trueno de su alma
y aquella espada indeleble,
sin rival, sobre su sombra
en entrelazados laureles:
al mirar lo que de España
los alemanes pretenden,
los italianos procuran,
los moros, los portugueses,
que han grabado en nuestro cielo
constelaciones crueles
de crímenes empapados
en una sangre inocente,
subiera en su airado potro
y en su cólera celeste
a derribar trimotores
como quien derriba mieses.

Bajo una zarpa de lluvia,
y un racimo de relente,
y un ejército de sol,
campan los cuerpos rebeldes
de los españoles dignos
que al yugo no se someten,
y la claridad los sigue
y los robles los refieren.
Entre graves camilleros
hay heridos que se mueren
con el rostro rodeado
de tan diáfanos ponientes,
que son auroras sembradas
alrededor de sus sienes.
Parecen plata dormida
y oro en reposo parecen.

Llegaron a las trincheras
y dijeron firmemente:
¡Aquí echaremos raíces
antes que nadie nos eche!
Y la muerte se sintió
orgullosa de tenerles.

Pero en los negros rincones,
en los más negros, se tienden
a llorar por los caídos
madres que les dieron leche,
hermanas que los lavaron,
novias que han sido de nieve
y que se han vuelto de luto
y que se han vuelto de fiebre;
desconcertadas viudas,
desparramadas mujeres,
cartas y fotografías
que los expresan fielmente,
donde los ojos se rompen
de tanto ver y no verles,
de tanta lágrima muda,
de tanta hermosura ausente.

Juventud solar de España:
que pase el tiempo y se quede
con un murmullo de huesos
heroicos en su corriente.
Echa tus huesos al campo,
echa las fuerzas que tienes
a las cordilleras foscas
y al olivo del aceite.
Reduce por los collados,
y apaga la mala gente,
y atrévete con el plomo,
y el hombro y la pierna extiende.

Sangre que no se desborda,
juventud que no se atreve,
ni es sangre, ni es juventud,
ni relucen, ni florecen.
Cuerpos que nacen vencidos,
vencidos y grises mueren:
vienen con la edad de un siglo,
y son viejos cuando vienen.

La juventud siempre empuja,
la juventud siempre vence,
y la salvación de España
de su juventud depende.

La muerte junto al fusil,
antes que se nos destierre,
antes que se nos escupa,
antes que se nos afrente
y antes que entre las cenizas
que de nuestro pueblo queden,
arrastrados sin remedio
gritemos amargamente:
¡Ay España de mi vida,
ay España de mi muerte!

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Fiesta de la Virgen de Covadonga, no «Día de Asturias»

La Santina en San Pelayo de Caldones

Imagen de la Santina en San Pelayo de Caldones

Patrona de Asturias. Regidora Perpetua de la Villa de Gijón. Salvadora de España.

A Ella celebramos hoy, en el día que la Iglesia romana dedica a la Natividad de la Santísima Virgen María, Madre de Dios. La Virgen de Septiembre.

El mismo día que otras antiquísimas advocaciones marianas, como la Virgen de la Guía o la de Lugás, por citar sólo ejemplos de los concejos de Gijón y Villaviciosa.

Que no nos cuelen ese «Día de Asturias» laico, absurdo y autonómico. No nos vaya a ocurrir como con la Patrona de Gijón, la Virgen de Contrueces: pasó agosto, el día 16 (domingo siguiente a la fiesta de la Asunción este año) y casi nadie se acordó de ella.

El único Día de Asturias en Gijón es el de las carrozas, tradicional festejo veraniego de esta villa, el primer domingo de agosto. En 1975 cayó el día 3. Reportaje de VOLUNTAD publicado el martes 5 de agosto de aquel año.

El único Día de Asturias en Gijón es el de las carrozas, tradicional festejo veraniego de esta villa, el primer domingo de agosto. En 1975 cayó el día 3. Reportaje de VOLUNTAD publicado el martes 5 de agosto de aquel año.

Misa en Gijón, a las 10:30 de esta mañana de martes en la Capilla de los Remedios. Vayamos a pedirle que salve, una vez más, a Asturias y a España entera. Y que nos libre de los moros, como ya hiciera en el año 722.

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¡Qué romántico!

Más abajo explicamos el porqué de este título. Dispersados los humos de les fogueres de San Juan, hoy, fiesta de su Natividad, La Nueva España nos brinda un artículo de Luis Miguel Piñera, que recuerda el ingenio y buen humor que reinaban en esta villa antes de su devastación por esta era argentina / de socialismo y cocaína (Valle-Inclán):

Algunos apodos en el Gijón decimonónico
Casi todos los vecinos de la ciudad tenían su nombre popular, sobre todo en Cimavilla
LUIS MIGUEL PIÑERA

En el pasado de Gijón, ¿habría algún ciudadano que no tuviera un apodo? Parece difícil, y además el mote pasaba de padres a hijos. Incluso alguno de esos apodos pasó al callejero local, por ejemplo, La Argandona, la hermana de Jovellanos, pero también varios más. El camino del Pintu, junto a El Sucu, se llama así oficialmente desde 1990 pero ya muchos años antes recordaba (porque la voluntad popular así lo quiso) a José Sánchez Suárez «El Pintu» famoso enterrador en Ceares, y que vivía en ese camino. Una calle emblemática de Cimavilla, la calle de Atocha, de hecho no recuerda a la que fuera -antes de Nuestra Señora de la Almudena- la patrona de Madrid. Nunca en Gijón hubo un culto especial a esa virgen de Atocha, ni su imagen estuvo en ninguna capilla local. La cosa es más prosaica. En antiguos libros de nacimiento, matrimonio y defunción vemos a vecinos de Cimavilla residentes en la calle de La Tocha, o La Toxa, un apodo sin duda. De vivir en la calle de La Tocha derivó la cuestión en vivir en la calle de Atocha.

¿Dónde podemos informarnos del tema de los alias y sobrenombres gijoneses? Por ejemplo en un trabajo del cura Enrique García Rendueles, fallecido en el año 1955, el autor de «Los nuevos bablistas» y la letra del «Himno a Covadonga». El largo nombre del manuscrito es «432 antiguos apodos de Gijón (1850-1890) anotados por D. Enrique García Rendueles, presbítero, con la colaboración de su padre D. Ricardo (1853-1928) y Doña Rufina Morán la Bandera», y se puede consultar en la Biblioteca Asturiana del padre Patac. Pero además Vicente García Oliva publicó un artículo sobre el tema en la revista «Lletres Asturianes», número 51 de marzo de 1994, titulado «Nomatos de Xixón recoyíos por don Enrique García Rendueles», y por supuesto está el trabajo de Luciano Castañón titulado «Apodos y sobrenombres de Gijón». Primero se publicó en el Boletín del RIDEA (número 114, año 1985) y luego en la antología sobre Castañón titulada «Escritos Gijoneses». También vemos una larga lista de apodos gijoneses en la prensa local del 25 de abril de 1887 y en el libro «Cimadevilla recuperada. Atlas playu» que la asociación de vecinos Gigia editó en el año 1999. Anotamos algunos de esos apodos recogidos de esas fuentes.

DE HOMBRES: El Fungu, El Porcelanu, El Güérfanu, Esparteru, El Princesu, Toliví, El Talaboru, Perico el Bolo, Xuan el Francés, El Casín, Palombín, Xuan del Aire, Xuan de los Trapos, Perico Pión, El Frayau, El Tanfonín, Patacú, Antonio saca el rau, El Truenu de Xixón, Juan de la Fandanga, Pachuchenora, Sietededos, Andresín de Marixuaca, Blancofino, Casimiro el Güevu, Xuaniquera, Joaquinillo Rodajas, El Esperteyu, Mingo Hueco, El Tronu, Ginigini, Xuan de los Cuentos, El Mariquetu, Quince Nietos, Cigoreya, Coxu la Palanca, Bemol, Peluca, El Penosu, Papones el Carlista, El Desoreyau, El Zancarru, Guapitamente, Madruga, El Mamón, El Morcilleru, El Gochín, Barriguina, El Chepa, El Calafate, Cara de Cádaba, Llagrimina, Garibaldi, Filimiquis, Churulú.

DE MUJERES: La Funga, La Marota, Gasparina, La Millota, La Muerte, La Escapadita, Cagarriales, Zampuca, María los Perros, Juana el Majo, La Pesamentera, La Xícara, La Balumba, La Esguanchada, La Quinciana, Gala Ventanes, La Musela, La Pucha, Rita el Fornu, La Zapica, Viuda los Dentones, La Fandango, La Fraila, La Perola, La Guatusca, Mil Hombres, María los Buscaniños, La Farruca, La Chiguirita, La Culopera, La Cacarañada, La Chuchona, La Pedorrea, La Muda, La Chaquetona, Colegiata, Colasa Peseta, La Coxa la Palicia, La Faldapa, Lechepresa, Les de la Estafeta, La Cebona, La Xata la Mula, La Castañona, Tina Santa, Les Entrometes, La Chigra, La Peruya, María la Pondala, La Levita, María la Pelada, Trafulca, La Toxa, La Vigarina, La Truchera…

(Echamos de menos, saltando al otro lado de San Lorenzo, a la hoy castigada Guía, por ejemplo, algunos tan distinguidos como la Pifa y su hijo el Pifu, asociados para siempre a la mejor caldereta imaginable y a una casina del siglo XVIII que la especulación se empeñó en derribar. Aunque se nos pueda objetar que aquello es el concejo de Gijón, pero no la villa).

Lo malo de los estudiosos actuales suele ser que su formación tiene grandes fallas. Luis Miguel Piñera, por ejemplo, parece ignorar que en «el pasado de Gijón» no había ningún «ciudadano» (Aux armes, citoyens…); había vecinos. Parece ignorar también que «cura» es el sacerdote encargado de una parroquia; en sentido estricto, curas sólo lo eran los antiguos párrocos propietarios. Así que el «cura Enrique García Rendueles» no existió nunca; sí, en cambio, el presbítero don Enrique García-Rendueles, buen latinista y carlista distinguido, capellán que fue de la Juventud Jaimista local, entre otras cosas. Voluntad ya ha abundado en la importancia que tuvo el carlismo gijonés, y el artículo precedente viene a confirmarla, tanto por vía de autores como de apodos.

Tanta importancia, que para eliminarla el frentepopulismo local parece haber adoptado una nueva táctica. A la supresión de nombres (como antes suprimían a los hombres) añaden el falseamiento.

Falseamiento tan mal hecho que sólo los dineros que la rapiña consistorial arrebata a los gijoneses le consiguen algún eco. En la agenda de la edición gijonesa del mismo diario, por ejemplo: «En el salón de recepciones del Ayuntamiento de Gijón, a las 19.00 horas de hoy, tendrá lugar la presentación del libro “Del romanticismu al rexonalismu: escritores carlistes na lliteratura asturiana”, con el que el escritor Javier Cubero ganó el II Premio de Ensayo Fierro Botas. La entrada es libre».

¡Caramba! El Ayuntamiento de Mapi Fernández Felgueroso y de Vicente Alberto Álvarez Areces (del que sólo hace unos días volvía a recordarse una nueva supresión de nombres, carlistas unos, de bienhechores otros, del callejero gijonés), ¿premiando y promocionando un libro sobre escritores carlistas?

Empecemos por el autor. Europa Press tenía ayer la humorada de llamarlo «escritor y estudioso». Hombre, escribir sí que escribe, sobre todo en Internet, en mil cuadernos de bitácora, foros y Wikipedias; o más bien copia y pega (y deforma un poco), como ha hecho con contenidos de Voluntad, sin citar la fuente. Estudioso, en cambio, es algo que no le cuadra mucho, a juzgar por su historial académico. La ficción, por el contrario, sí que se le da bien al rapacín: él solito se ha inventado un supuesto «Partíu Carlista d’Asturies», de existencia meramente virtual y un solo y exclusivo miembro, él mismo (el único partido carlista de Asturias es, como es sabido, la Comunión Tradicionalista). El probe, en su afán por reescribir la realidad, llega a referirse al catedrático y periodista Guillermo Estrada Villaverde, ministro de Carlos VII y yerno de Juan María Acebal, como «presidente del Partido Carlista de Asturias», términos y cargos inexistentes en tiempos de Estrada, y aún hoy. El Carlismo nunca ha tenido «presidentes».

Sigamos por el premio. Lleva el nombre de Federico González-Fierro Botas, S.I., q.s.g.h. ¿Un Ayuntamiento laicista, homenajeando a un jesuita? González-Fierro, a quien Dios haya perdonado, era uno de esos modernistas que no están muy seguros de creer en Dios, y tampoco les importa. En la línea secularizada de los arrupitas, le dio por «lo social» (entendido a la izquierdista manera) y, luego, por el bablúa ese que empezó a inventarse en la década de mil novecientos setenta. En esa jerga está escrito el librito premiado. Poco que ver con el bable en que escribían Juan María Acebal, el Obispo Manuel Fernández de Castro o Enrique García-Rendueles (carlistas) o el Padre Galo Fernández (simpatizante). Pero sí tiene que ver con los analfabetos delirios de la «Concejalía de Cooperación Internacional, Cultura Tradicional y Política Lingüística», o sea, con el comunista Jesús Montes Estrada, alias Churruca, que oficiará la presentación del librín de marras.

¿Cómo, pues, con semejantes mimbres se teje el cesto que presentan hoy en el salón de recepciones (sic) del Ayuntamiento? Puede explicarlo la conexión paterna del autor con la tela de araña de la extrema izquierda subvencionada; añádase la también paterna amistad con el fabulador Francisco Prendes Quirós, máximo calumniador local contra el Carlismo, socialista instalado consorte y mapista reconocido, informal pero permanente asesor «cultural» de la Alcaldesa.

El Frente Popular municipal no dispone de nadie intelectualmente solvente: tienen que echar mano de cualquier cosa. Según Europa Press, al hablar de los autores citados el rapaz «relaciona su ideología [sic] carlista con el movimiento romántico europeo de la época». El Carlismo, que es el tradicionalismo político español, no tiene nada de ideología, ni de europeo, ni de romántico. No hay romance, pues, entre el socialcomunismo local y el Carlismo: hay desvergonzada ignorancia e invención fallida. Lo que la troupe de la Mapi paga con lo que nos quita.

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