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Se constata que a ALIMERKA y a COGERSA les importa poco el reciclado de materiales peligrosos

El 16 de febrero último hablaba Voluntad de lo difícil que resulta llevar bombillas LED a reciclar, a pesar de la publicidad de COGERSA. Y de la ausencia de contenedores para ese fin en los supermercados de ALIMERKA, por ejemplo.

Por ver qué nos podían decir ambas empresas, se les dirigió un tuit directo con enlace a nuestra entrada:

¿Saben cuáles fueron las respuestas?

Lo han adivinado. No las hubo.

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Carnaval eléctrico: el oligopolio que nos saquea

Oligopoly
Vamos a reproducir un artículo de infoLibre. Medio que no recomendamos en absoluto: al contrario. Tampoco recomendamos ABC, El País o The Daily Telegraph, por ejemplo, pero también reproducimos contenidos suyos cuando resultan de interés. Como es el caso.

Liberalismo de mamandurria

Aurelio Modrego Oro
Publicada 08/02/2017 a las 06:00. Actualizada 22/02/2017 a las 17:22

La empresa nacional de electricidad —ENDESA— nació (1944) en la España autárquica del franquismo. Durante décadas coexistió con otras eléctricas privadas: Iberduero, Hidroeléctrica Española y otras. Constituían un oligopolio de facto en el que uno de sus actores era público.

Con el gobierno socialista de F. González, Endesa fue privatizada parcialmente, pero es con Aznar (1997) y en aplicación de su credo liberal, cuando se acelera el desmantelamiento del sector público: Endesa, Telefónica, Repsol; Tabacalera, Argentaria… pasan a ser empresas privadas. El Estado se quedará sólo con el 3% del capital; y ahora el sector eléctrico sigue siendo oligopolio, pero con menos jugadores y todos privados.

En España, las compañías eléctricas con las tarifas reguladas y enormes beneficios anuales se convirtieron en objeto de deseo para los gigantes del sector. Así en 2005 y años siguientes se suceden OPAS alternativas sobre Endesa. Grupos energéticos como Gas Natural, Eon, Acciona, Enel, pugnaron por llevarse Endesa y finalmente (octubre 1997), la estatal italiana Enel y Acciona logran el 92% del capital.

Enel pagó 65000 millones de euros por el control de Endesa y la convirtió en su filial. Separó su actividad exterior, la desmembró y se dispuso a recuperar rápido el dinero que había invertido. En octubre de 2014 Endesa repartió un dividendo extraordinario de ¡14600 millones de euros! Esa cifra estratosférica equivalía a la mitad de su capitalización (y para poder hacerlo pidió dinero a crédito y tomó préstamos de inversores), pero nadie alzó la voz contra semejante irracionalidad de «mercado libre». En 2015 y 2016 ha repartido la totalidad de sus beneficios y sigue recibiendo el aplauso de analistas económicos. En mi opinión, eso es lo más parecido a descapitalizar una empresa, pero debo tener una visión muy anticuada de las finanzas.

En nuestro país, y desde siempre, el oligopolio cobra a precio muy alto los Kw-h producidos, cuyo coste real las eléctricas nunca han justificado ni permitido auditar. En el recibo de luz, los costes regulados (moratoria nuclear, prima a las renovables, transporte y distribución, término de potencia…) siempre son admitidos por los gobiernos de uno y otro signo y llevan al resultado de tener la energía mas cara entre los países europeos desarrollados. Y si decides apagar algunas bombillas o gastar menos en calefacción, sólo estarás ahorrando sobre el 35% del coste del recibo. En pocas palabras, imposible escapar.

Durante años, la tarifa eléctrica (el precio por Kw/h que cobran las compañías suministradoras) fue regulada, es decir Gobierno y empresas acordaban el precio que iba a regir. Pero en 1997, del cerebrito del Sr. Piqué i Camps —a la sazón Ministro de Industria— surgió el invento de los costes de transición a la competencia o CTC. Con ellos, afirmaban, llegaría la liberalización del mercado y la libre competencia triunfaría (paradigma liberal). Estos CTC supusieron para el oligopolio unos ingresos extras de 1,9 billones de pesetas a recibir en los diez años siguientes, si bien realmente se redujeron a 1,65 billones, que tampoco estaba mal.

Años más tarde otro sibilino invento, el llamado «déficit de tarifa» (o diferencia entre lo que cobran por suministrar electricidad y lo que cuesta producirla), según las compañías, claro. Nunca ha sido probado tal déficit, al no haber sido auditado. No obstante, ese déficit de tarifa fue aprobado por ley y cada año el Estado (nosotros los ciudadanos) adeudaba mas a las compañías hasta llegar a la cifra de 25000 millones de euros que pagaremos los consumidores en años venideros con el recibo de la luz.

Y para culminar el atraco continuado, eso del sistema de subastas de electricidad trimestrales que pasó a ser diario después de que en las Navidades de 2013 los precios de la luz subiesen hasta las nubes. Esta subasta diaria (necesaria y transparente al decir de la patronal UNESA) ha llevado de nuevo los precios a la altura de la nube anterior o tal vez más arriba en este frío enero de 2017 que vivimos.

En estas subastas diarias de energía eléctrica, pagamos todos los Kw/h comprados (TODOS) al precio marginal, es decir al precio de la energía más cara y que entra la última en la subasta (las de gas natural en los ciclos combinados). Así que, cuanto más ineficientes se muestran las empresas, mayores beneficios obtienen. ¡Viva este liberalismo que premia a los torpes e incompetentes!

Estos son grosso modo los rasgos sustanciales y los males de nuestro sistema eléctrico. De ahí que, cuando vemos o escuchamos a algunos políticos o tertulianos referirse a las llamadas «puertas giratorias», apuntando a antiguos presidentes o ministros de todos conocidos, no nos extrañamos de nada. Ya hemos asumido que es parte del pago por lo recibido antes. Lo constata el refranero con enorme naturalidad y acierto: «favor con favor se paga», dice el refrán.

La redacción del artículo deja bastante que desear. (En obsequio de los lectores de Voluntad se han corregido puntuación y algunos errores). Necesita alguna precisión: por ejemplo, que el «oligopolio de facto» de las eléctricas en la época del franquismo estaba controlado por el Estado, con el criterio dominante del servicio público. Garantizado éste además no sólo por la presencia de la entonces gran eléctrica estatal ENDESA, sino por la participación de instituciones públicas en otras. Viene a la memoria la destacada presencia de la extinta Caja de Ahorros de Asturias (y por lo tanto del Ayuntamiento de Gijón y de la Diputación Provincial) en la difunta Hidroeléctrica del Cantábrico. La cual, tras pasar a manos estatales portuguesas, está ahora en manos chinas. Contamina más (Gijón y Carreño pueden dar fe de ello), cuesta más, usa carbón extranjero, y apenas deja beneficio entre nosotros.

Pero en conjunto el artículo es útil. Explica de una manera razonablemente concisa el origen de la desastrosa situación actual del suministro de energía eléctrica en España.

Más bendiciones recibidas de la democracia y de la europeización. Para mantenernos entretenidos, el régimen democrático nos subvenciona ahora el cutre, faltón y artificial carnaval («antroxu», dicen) de estos días. Total, ¿qué más les da a los políticos aumentar la deuda y agotar los caudales públicos? Ellos se sentarán en el consejo de administración de alguna eléctrica, donde los dineros a repartir nunca se agotan…

Vamos a apagar la luz. Hasta el martes, si Dios quiere.

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Ideas «luminosas». Lo difícil que resulta llevar bombillas LED a reciclar

«Una vez que llegan al final de su vida útil lleva las bombillas fluocompactas, los fluorescentes y las bombillas LED a un punto limpio de COGERSA o a un establecimiento de venta [de] iluminación donde encontrarás los contenedores adecuados para su depósito. De esta forma garantizas su correcto reciclado».

«Una vez que llegan al final de su vida útil lleva las bombillas fluocompactas, los fluorescentes y las bombillas LED a un punto limpio de COGERSA o a un establecimiento de venta [de] iluminación donde encontrarás los contenedores adecuados para su depósito. De esta forma garantizas su correcto reciclado».

Bueno. Ya ven arriba las indicaciones que da COGERSA (Compañía para la Gestión de los Residuos Sólidos en Asturias, Sociedad Anónima Unipersonal) para el reciclado de bombillas. Lo tomamos de la ficha Bombillas de su Carpeta del reciclaje, http://www.cogersa.es/metaspace/file/52241.pdf.

Tras terminar su vida útil, las bombillas LED, así como las fluocompactas o «de bajo consumo», resultan tremendamente contaminantes. ¿Un viaje a un punto limpio para tirar una bombilla? A no ser que se viva al lado, es poco realista plantearlo. A la mayoría de los vecinos de Gijón y su comarca los puntos limpios les quedan lejos. ¿Almacenarlas en casa para poder llevarlas más adelante, con el riesgo de rotura y contaminación? Poco realista también.

Ah, pero tenemos la solución. Llevarlas «a un establecimiento de venta [de] iluminación donde encontrarás los contenedores adecuados para su depósito».

Hoy la compra de bombillas se efectúa sobre todo en grandes superficies y, especialmente, en grandes y medianos supermercados, próximos a las viviendas.

Pues pruebe usted a depositar las bombillas que ya no funcionan en los supermercados ALIMERKA, la mayor cadena de Asturias. Seguramente va a encontrarse con que no tienen contenedores para ellas. Le tocará volver a casa con la bombilla vieja, procurando que no se rompa con tanto trajín. No son los únicos supermercados o hipermercados que no disponen de contenedores para bombillas y fluorescentes.

(El caso de ALIMERKA es en esta ocasión especialmente desafortunado. Porque venden bombillas CEGASA, lo cual es muy de agradecer. A buen precio y de calidad razonable; la principal de las marcas españolas del sector que aún sobreviven. Aunque parte de sus productos estén ahora fabricados en China. Consecuencia, probablemente, de haber sido traicioneramente marginados por los Gobiernos de turno, como Voluntad explicaba hace ocho años).

¿No podría COGERSA ocuparse de que esos contenedores estén disponibles para el público en todos los puntos de venta? Así la voluntad de reciclar resultaría más creíble, y menos arduo el hábito de hacerlo. Así, de paso, sus responsables se distraerían de intentar colarnos una gran incineradora para acabar de asfixiarnos.

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Aquel Gijón que perdimos. Justificada nostalgia en el Año Nuevo

Calle Jovellanos, década de 1850. En primer plano, a la izquierda, el Antiguo Instituto; a continuación, el primer Teatro Jovellanos. Al fondo, la calle de los Moros

Calle Jovellanos, década de 1850. En primer plano, a la izquierda, el Antiguo Instituto; a continuación, el primer Teatro Jovellanos. Al fondo, la calle de los Moros

Primera entrada del año 2017 en este cuaderno de bitácora. Pero ya saben nuestros seguidores que Voluntad se actualiza diariamente (excepto los lunes) en su cuenta de Twitter.

El año nuevo hace buena excusa para volver la vista al pasado. Algo que en Gijón sólo puede hacerse con nostalgia. Si pensamos en la historia de la villa, en su urbanismo, su paisaje y sus edificios, el sentido de pérdida irreparable se impone.

Ahora que se discuten mil y un usos improcedentes para el edificio de la antigua Escuela de Comercio (por no hablar, que ya se habla demasiado y sin sentido, del Convento de las Madres Agustinas Recoletas de Cimadevilla, la añorada fábrica de tabaco), vamos a posar los ojos en la manzana anterior. El antiguo Instituto Jovellanos, segundo edificio que ocupara el Instituto de Náutica y Mineralogía fundado por don Gaspar (el primero fue destrozado para convertirlo en un chigre con hostal, por obra de cierto comunista con la activa complicidad del consistorio socialista). Bello y proporcionado edificio de una planta, la posterior adición de la segunda no lo afearía ni desfiguraría, al contrario de los recrecidos que se estilan desde que se impusieron los ayuntamientos «democráticos» en las últimas décadas del siglo XX.

A su derecha, el Teatro Jovellanos. El original. (El actual del Paseo de Begoña nació, como es sabido, llamándose Teatro Dindurra). Un bello edificio, casi copia a escala del Teatro Real de Madrid, levantado entre las décadas de 1840 y 1850. Obra del arquitecto Andrés Coello. Que pasó hasta al imaginario popular de los concejos limítrofes: en alusión a la enorme lámpara de araña que pendía de su techo, decíase aquello de «¿Viste l’araña?» «¡Vi l’arañón!» «¿Dónde lu viste?» «¡Vilu’n Xixón!» (porque a Gijón lo llamaban Xixón los campesinos de otras partes del centro de Asturias; nunca los gijoneses). El primero de España que tuvo iluminación eléctrica.

Pero llegó la cachonda Segunda República y enajenó el edificio, que fue derribado para levantar en su solar otro (bastante digno, pero muy inferior) destinado al Banco de España; donde hoy se aloja la Biblioteca Pública Jovellanos.

El fondo de la imagen, ya en la calle de los Moros, muestra edificios extraordinariamente interesantes, de los que ni traza queda. Despiertan la curiosidad, y hasta cierta fascinación, por los detalles que pueden distinguirse. ¡Qué Gijón tuvimos, qué Gijón pudimos tener! Pero nos han dejado esta pesadilla urbanística, entre Benidorm y Marrakech. Y empeorando.

Cualquier tiempo pasado parece verdaderamente mejor.

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Feliz Navidad

Mañana no se publicará VOLUNTAD
Hace hoy diez años, en la vigilia de Navidad de 2006 emprendió su camino este cuaderno de bitácora que homenajea al desaparecido diario VOLUNTAD.

Deseamos feliz Navidad a nuestros lectores con la última página de VOLUNTAD del 24 de diciembre de 1974, última Nochebuena que acompañaría a los gijoneses. Que el Niño Dios les colme de bendiciones.

Pulse sobre la imagen para leer esta última página. Sí, es 1974. Franco todavía vivía y gobernaba... Lean, lean y sorpréndanse.

Pulse sobre la imagen para leer esta última página. Sí, es 1974. Franco todavía vivía y gobernaba, VOLUNTAD era un periódico del Movimiento… Lean, lean y sorpréndanse.

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Derribaron las estaciones. Permanecen el vacío y la vergüenza, bien iluminados

La demolición de la Estación del Humedal, paso a paso (El Comercio). Clic sobre la foto para acceder al vídeo

La demolición de la Estación del Humedal, paso a paso (El Comercio). Clic sobre la foto para acceder al vídeo

—Nuestro español bosteza.
¿Es hambre? ¿sueño? ¿Hastío?
Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?
—El vacío es más bien en la cabeza.
(Antonio Machado)

Hace dos años nos derribaron las estaciones de tren en Gijón. Las dos que quedaban. Se encargó de ello ese engendro denominado «Gijón al Norte», que para nada bueno sirve. Corrió por cuenta de nuestros bolsillos, claro. También a cuenta nuestra levantaron una carísima estación provisional, en medio de ninguna parte.

Vacío el solar de la Estación del Humedal, solar que antes aún ocupaban las estaciones de los ferrocarriles de Langreo y de Carreño. Medio vacíos los trenes desde que eliminaron la estación del centro y subieron las tarifas (si estas cosas no se hacen para beneficiar a ALSA-National Express, no se encuentra más explicación que la especulación pura y dura y la incompetencia criminosa de los políticos).

Vacía la inteligencia y la memoria de los gijoneses, que consienten un gobierno municipal en manos de la derechona en coalición con la extrema izquierda. Un consistorio que ha hecho buenos, por comparación, a los anteriores ayuntamientos socialistas. Cosa que parecía imposible.

Una derechona (Foro y PP, pero especialmente Foro) vacía de memoria y de vergüenza, que ha abrazado sin pudor las banderas más raídas de la extrema izquierda. Desde el falseamiento de la historia del siglo XX (en particular la del dominio rojo 1936-1937) en beneficio de la propaganda marxista disfrazada de «memoria histórica»; pasando por el baile de los nombres de calles y lugares; hasta la «ideología de género», el aberrosexualismo, el feminismo radical y el abortismo más sangriento. Estas últimas banderas las reúne a la perfección «el solarón», el solar de la principal estación derribada, la del Humedal, frívolamente reconvertido en parque y bautizado éste en la sangre de los inocentes. Porque lo llaman «Parque del Tren de la Libertad». Un homenaje a asesinas voluntarias: las feministas (de ese feminismo que depende de las subvenciones, de esa tela de araña de la extrema izquierda subvencionada que parasita a Gijón) que ayudaron al Gobierno del PP a hacer el paripé. Paripé que consistía en una reforma de la ley del aborto, la impulsada por Ruiz-Gallardón, que era tan abortista como las anteriores, pero formulada de distinta manera; y que contaba con el fingimiento de oposición por parte de la izquierda. En tren subvencionado, poco antes del derribo de la estación, se fueron a Madrid unas cuantas arpías a manifestarse en aquel paripé. Tan gloriosa ocasión la conmemoró Carmen Moriyón Entrialgo, alcaldesa casquista por gracia de Podemos, dándole el nombre de marras al solar de la estación que ya no está.

Solar y nombre que ejemplifican el profundo acuerdo entre Foro Álvarez-Cascos (Foro Asturias de Ciudadanos, FAC) y PodemosXixón sí puede, con la sonrisa benévola de Ciudadanos, PP y PSOE (y la más nerviosa de la moribunda Izquierda Unida). Destruimos el ferrocarril en beneficio del capitalismo, las multinacionales del transporte y los especuladores del suelo. Mantenemos en alto la bandera del progresismo, regando el solar con la sangre de los niños no nacidos. Malgastamos el dinero de los gijoneses y los dejamos más y más endeudados.

Y hablando de malgastar el dinero y los recursos, hoy viernes se ponen de acuerdo para encender la iluminación navideña (bien poco navideña, por cierto), aunque aún estemos en la primera semana de Adviento. Que no falte la contaminación lumínica en Gijón; que esté a la par de la del aire, por lo menos. Los saqueadores consistoriales convocan el acto de encendido de esa iluminación en el «Parque del Tren de la Libertad».

En el vacío.

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Cómo el régimen liberal impide a la gente ganarse la vida

Tras tantos años de despotismo liberal y de lavado de cerebro escolar y mediático, muchos se resignan: ¡las cosas son así! ¡No pueden ser de otra manera!

Sin embargo, si se esfuerzan, los que andan alrededor del medio siglo de vida o más pueden recordar que no siempre fue así. Que abrir negocios era en España fácil, sin agobios fiscales ni burocráticos. Que la asfixia empezó con la llamada Transición y se consolidó con aquellos gobiernos de la UCD (Unión de Centro Democrático) del ahora difunto y homenajeadísimo Adolfo Suárez, espejo de chaqueteros. Que no te iba a quitar el sueño, por ejemplo, la incompatibilidad de normas del Ayuntamiento de Gijón con las del Gobierno autonómico de Asturias, ambas aplicables a tu negocio. En Vozpópuli, Javier Benegas y Juan M. Blanco resumen razonablemente bien la situación actual y sus verdaderas causas:

La gran estafa legislativa que impide a la gente ganarse la vida

Bodegas en mitad del campo que han de cumplir el «reglamento para la protección de la calidad del cielo nocturno», permisos que se han de solicitar en ventanillas que no existen, obras de insonorización por importe de miles de euros para diminutas escuelas de yoga, instrucciones para declarar impuestos que parecen jeroglíficos…

Trabajar en la economía sumergida - Foto Ermin Celikovic

Trabajar en la economía sumergida – Foto Ermin Celikovic

Ramón Iglesias, ingeniero y promotor español, necesitó tres años de gestiones, 10.000 euros en licencias, centenares de papeles y complejos trámites con más de 30 funcionarios de 11 departamentos pertenecientes a cuatro Administraciones diferentes, antes de poder abrir su bodega ecológica. Tuvo que pagar 1.300 euros por un estudio de impacto acústico a pesar de que sus instalaciones eran silenciosas y se encontraban muy alejadas del lugar habitado más cercano. Le exigieron una certificación de «innecesariedad» de realizar actividad arqueológica y, también, un informe sobre iluminación por si incumplía el «reglamento para la protección de la calidad del cielo nocturno». En resumen, Ramón sufrió innumerables zancadillas administrativas a pesar de que iba a generar puestos de trabajo en una de las zonas más deprimidas de España.

El caso de Ramón es el del típico emprendedor solvente a punto de naufragar en el mar de los Sargazos de esas trabas burocráticas a la actividad económica creadora de empleo, que más parecen provenir de la calentura de mentes desquiciadas que de una labor legislativa y reguladora responsable. Hay casos aún más inauditos, como el de un empresario mexicano que, tras un año de trámites y gestiones en España, tuvo que tirar la toalla al descubrir que uno de los permisos exigidos sólo se expedía en una ventanilla que ni siquiera existía. O, a una escala más modesta, la pequeña escuela de yoga, con aforo para apenas 14 personas, a la que se exigió acometer obras de insonorización por importe de 14.000 euros (más IVA) pues, como es bien sabido, el yoga es una actividad extremadamente ruidosa.

Exorcizando el espíritu emprendedor

Ramón no desistió en su empeño. Afortunadamente contaba con financiación suficiente y un proyecto bien planificado. A trancas y barrancas, descapitalizándose, llegó braceando a la orilla. Otros, con proyectos más modestos, como muchos autónomos, terminan desistiendo. Tras años de esfuerzos, angustias y estrecheces, acosados por las trabas administrativas, perseguidos por Hacienda, la Seguridad Social y los bancos, regresan completamente arruinados al lugar del que provenían: la cola del paro o la economía sumergida. En adelante, la mayoría de ellos preferirán malvivir de un triste subsidio que volver a pasar por ese infierno: comerán mal, pero al menos dormirán tranquilos. ¡Que el espíritu emprendedor se encarne en otro cuerpo!

En España, a cada intento de realizar una actividad económica corresponde una interminable lista de disparates administrativos. El delirio ha alcanzado tales cotas que, a la sombra de las prolijas normativas municipales, han florecido empresas concertadas que, por un buen dinero, «ayudan» al atribulado emprendedor a desenmarañar la madeja normativa, a conocer cómo y cuándo —y a qué coste administrativo— podrá abrir su peluquería, panadería, taller, tienda, despacho o garito. Nada mejor que el desglose de las tarifas de estos conseguidores para hacerse idea del absurdo. Algún malpensado podría llegar a la conclusión de que se ha legalizado aquello que antaño llamaban «mordida». Para el legislador no hay peces pequeños, incluso la actividad lucrativa realizada en la propia vivienda está sujeta a inescrutables normativas. Y qué decir del «práctico» manual de Hacienda para cumplimentar la declaración de IVA: 12 páginas de retorcida jerigonza leguleya que deprimirían al más entusiasta aficionado a la hermenéutica o a la resolución de jeroglíficos.

¿A qué se debe tanto despropósito?, ¿acaso los legisladores se la tienen jurada a los emprendedores, autónomos y diminutos empresarios?, ¿nos encontramos a merced de sádicos que disfrutan mortificando a quien sólo aspira a ganarse la vida dignamente?, ¿o es simple y pura incompetencia? De ningún modo. Los políticos y los burócratas no son psicópatas ni estúpidos: su comportamiento es coherente con sus propios objetivos.

Regulación del Mercado. Índice escala de 0 a 6 de menos a más restrictivo. España (en color rojo) siempre a la cabeza en barreras, trabas, licencias y permisos. Fuente: OCDE 2013.

Regulación del Mercado. Índice escala de 0 a 6 de menos a más restrictivo. España (en color rojo) siempre a la cabeza en barreras, trabas, licencias y permisos. Fuente: OCDE 2013.

Los oscuros propósitos de la hiperregulación

En los años 80 del pasado siglo, un economista peruano, Hernando de Soto, analizó un curioso fenómeno. En las grandes ciudades del Perú, como en las de otros países, existían grandes masas de población que subsistían llevando a cabo labores artesanales, industriales o de servicios, pero siempre sumergidas, aun cuando sus actividades eran lícitas. ¿Por qué nadie se regularizaba? De Soto sospechó rápidamente que el exceso de regulación, la multiplicidad de permisos y la dificultad para obtenerlos podían ser la causa. Comprobó que para abrir un mero taller textil hacían falta permisos de 11 organismos distintos, que requerían 289 días completos de trámites burocráticos, con un coste final de 1.231 dólares de la época (32 veces el salario mínimo en Perú). Y en algunos casos era imposible conseguir la licencia sin recurrir a sobornos. Este estudio dio origen al ya clásico libro El otro sendero.

Tal despropósito condenaba a muchas personas a vivir en la precariedad. Podían ganarse el sustento pero siempre bajo la espada de Damocles de la suspensión y el cierre y, no menos importante, imposibilitados para hacer crecer su negocio y prosperar, porque el acceso al crédito estaba vedado a las empresas irregulares. Lo sorprendente era que, aun siendo las consecuencias tan graves, pocos gobiernos estaban dispuestos a acometer una simplificación legislativa. El motivo era simple: en muchos países, entre ellos el nuestro, los dirihttps://voluntad.wordpress.com/wp-admin/post-new.phpgentes políticos no persiguen el bien común; están al servicio de sus propios intereses. No se dedican a la política para servir a la sociedad sino para servirse de ella. Las complejísimas regulaciones no aparecen de manera inocente. Son establecidas deliberadamente por gobernantes sin escrúpulos como subterfugio para otorgar favores a sus aliados y asegurarse nuevas oportunidades de enriquecimiento ilícito. Esas barreras son los meandros administrativos donde se embalsa la corrupción.

La hiperregulación restringe la libre entrada a la actividad económica para que unos pocos privilegiados puedan operar sin apenas competencia, obteniendo enormes beneficios de mercados cautivos que comparten con los políticos a través de comisiones, regalos, puestos en el consejo de administración. Las normas o requisitos deben ser enrevesados y ambiguos para permitir cierto grado de discrecionalidad a la hora de conceder permisos y licencias. El fenómeno es tan antiguo que ya fue señalado por el historiador romano Cornelio Tácito: «Corruptissima re publica, plurimae leges» (cuanto más corrupto es un país más leyes tiene).

Desgraciadamente, esta estrategia está muy extendida por todas las administraciones españolas. Mientras la oligarquía política y económica se enriquece, la gente corriente experimenta enormes dificultades para encontrar trabajo o desarrollar una actividad económica. Muchos conciudadanos quedan atrapados en el círculo de la pobreza; condenados a vivir del subsidio o trampear en la economía sumergida. Cada vez que los costes de entrada en el mercado se incrementan un 10%, la densidad de empresas desciende un 1%, con efectos devastadores para la competencia, la productividad, la innovación y, sobre todo, el empleo. Las consecuencias son todavía más graves en el caso español por la cantidad y disparidad de disposiciones: más de cien mil leyes, normas y regulaciones que ocupan… ¡1.250.000 páginas en el BOE y otras 800.000 en los boletines de las Comunidades Autónomas!*

Ni la formación ni la tecnología ni la globalización

Ciertos gurús insisten en la falta de formación, el atraso tecnológico y la presión de la globalización como principales causas del elevadísimo paro estructural que padecemos. Se equivocan. La hiperregulación maliciosa es, con mucho, el principal problema, la máquina infernal del desempleo, la pobreza y la frustración. ¿De qué nos servirá poseer la mejor formación si el legislador, sea nacional, autonómico o local, determina caprichosamente quién puede ejercer una actividad y quién no? ¿Cómo aprovecharemos la más portentosa tecnología, si los gobernantes pueden favorecer a sus amigos y partidarios, negando el pan y la sal al ciudadano innovador que quiere ganarse la vida honradamente? ¿Para qué valdrá la mayor capacidad de adaptación si los políticos generan infinidad de complejas y contradictorias normas con el fin de ejercer la discriminación, enriquecerse, y pasarse la igualdad ante la ley por el forro de sus sillones?

Resulta fascinante que muchos dirigentes políticos, alguno con sus posaderas recientemente asentadas en el Congreso, distraigan al común con la lacra del fraude fiscal y apelen a su civilidad para ordeñarle como si fuera una vaca, cuando el verdadero fraude, el más oneroso, el más colosal es el fraude legislativo: ese del que todos ellos son cómplices necesarios.

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(*) Las cifras de páginas no es el total sino sólo las publicadas entre 2009 y 2014.

Los autores de este artículo aciertan mejor con el problema que con las soluciones que parecen apuntar tímidamente. Citar autores liberales de escuelas más de moda no deja de ser como intentar apagar fuegos con gasolina. Su traducción del latín, por otra parte, podría mejorarse… La llamada globalización, o mundialización, sí es un grave problema para todos, que poco o nada bueno aporta a cambio. (En cuanto a las escuelas de yoga, si se impidiera la apertura de todas, saldríamos ganando, tanto en materia religiosa como en traumatológica y sanitaria). Y sí es necesario evitar la contaminación lumínica y proteger la «calidad del cielo nocturno» o cerciorarse de la ausencia de restos arqueológicos que puedan ser dañados. Pero en los atropellos y destrozos en estos dos campos, como en tantos otros, los campeones son las administraciones públicas y las empresas e instituciones por ellas protegidas (véase el caso escandaloso del Colegio de Arquitectos en Gijón, por ejemplo). Bastaría con que los trámites fueran rápidos, sencillos, objetivos, gratuitos y justos, dependientes de una sola administración.

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