In memoriam Lucinda González Caso

El ParvulitoHace hoy un mes, el 4 de octubre de 2016, fallecía en Somió doña Lucinda González Caso. Ese nombre dirá poco a la mayoría de los gijoneses. Si ponemos que falleció la Señorita Luci, algo dirá a unos cuantos más.

La Señorita Luci. Aunque casada y con dos hijas (una de ellas muerta en accidente hace bastantes años), así era conocida por los niños a los que eficacísimamente enseñaba esta maestra en una única habitación alquilada de un piso de la calle del Coronel Pinilla (hoy del Profesor Miguel Ángel González Muñiz), enfrente del que habitaba con su familia. Un par de horas por la mañana (sábados incluidos) y otro par por la tarde bastaban para aprender con ella mucho más que en los colegios de esta villa. Bueno, también mandaba unos pocos deberes, de esos ahora demonizados por asociaciones sectarias que pretenden representar a «madres y padres de alumnas/os».

Afectuosa y recta, con esa autoridad de las maestras de antes (que no necesitaban ser «profesoras» ni licenciadas en no se sabe qué), dejó buen recuerdo en cuantos recibieron su enseñanza, a pesar de que no dudaba en castigar de rodillas o en dar un par de bofetones cuando era conveniente.

Copias, dictados, dibujos, cuentas y problemas, memorización… Métodos tradicionales, probados por muchos años de éxito, hacían que quienes pasaban de sus clases a otras aulas llevasen una enorme ventaja sobre sus nuevos compañeros en lengua española, matemáticas, geografía y otras materias. Hasta en la religión iba bien encaminada: cuando apareció el Catecismo Escolar de la Conferencia Episcopal vaticanosegundista, la Señorita Luci torcía el gesto ante aquel libro heterodoxo y mantenía el Catecismo de la Doctrina Cristiana (Texto nacional).

Aquello empezó a hacerse difícil con la nefasta Ley General de Educación de 1970, la Ley Villar Palasí que señaló el principio del fin de la enseñanza de calidad en España e impuso la escolarización obligatoria, entre otras medidas tercermundistas.

La Señorita Luci aguantó cuanto pudo, beneficiando con su trabajo a muchos niños gijoneses. De orígenes familiares en la Marina, hasta hace pocos años vivía con su marido, José Arturo Rodríguez Castro, y en frecuente relación con sus hermanos; todos fallecieron en breve espacio de tiempo y últimamente doña Lucinda habitaba en la Residencia Plaza Real de Somió. Nos dejó a los noventa y dos años de edad. La sobrevive su hija Isabel, casada y con un hijo.

Requiescat in pace.

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