Fumadores pasivos, socialistas honrados, rotarios católicos y otros entes de ficción

Puesto que los medios y los políticos del régimen, con el fin de distraer la atención de la disparada contaminación que sufren Gijón y Carreño, vuelven a tirar de aquel cuento de los «fumadores pasivos» que se utilizó para promover el tiránico experimento de reingeniería social que supone la vigente ley antitabaco, vamos a recuperar una noticia de James Delingpole en The Daily Telegraph, periódico británico no precisamente antisistema. Es del 18 de diciembre de 2013. Traducción española de Voluntad. Puede accederse al original en inglés haciendo clic sobre el título:

Fumadores pasivos: otra mentira de Papá Estado

No es Polly Toynbee

No es Polly Toynbee

El tabaquismo pasivo no provoca cáncer de pulmón. Así lo afirma un nuevo informe publicado por el American Cancer Institute que no causará ninguna sorpresa a cualquiera que con un mínimo de integridad haya investigado los orígenes del gran meme «humo de tabaco en el ambiente».

Después de todo, hace ya una década que el British Medical Journal publicó los resultados de una larga y extensa investigación sobre los efectos de la exposición al humo del tabaco ajeno. Entre 1959 y 1989 dos investigadores estadounidenses llamados James Enstrom y Geoffrey Kabat examinaron nada menos que a 118.094 californianos. Feroces activistas antitabaco ellos mismos, empezaron su investigación porque querían probar de una vez por todas que fumar era un hábito pernicioso y socialmente dañino. Su investigación fue iniciada por la  American Cancer Society y apoyada por el antitabaco Programa de Investigación sobre Enfermedades Relacionadas con el Tabaco.

Así fue al principio. Pero luego ocurrió algo embarazoso. Con gran sorpresa por su parte, Kabat y Enstrom descubrieron que la exposición al humo del tabaco en el ambiente («fumadores pasivos»), sin importar lo intensa o prolongada que sea, no causa un incremento significativo de afecciones cardíacas o de cáncer de pulmón.

La Organización Mundial de la Salud alcanzó conclusiones similares en 1998, después de un estudio de siete años: la correlación entre «humo de tabaco en el ambiente» y cáncer de pulmón no era «estadísticamente significativa». En el mismo sentido se expresaba un informe de 2002 de la Asamblea del Área Metropolitana de Londres. Lo mismo hacía una investigación del Comité de Asuntos Económicos de la Cámara de los Lores.

Y sin embargo entre 2006 y 2007 se prohibió fumar en todos los recintos públicos cerrados en el Reino Unido, amparándose principalmente en la pretensión –invocada una y otra vez por políticos prohibicionistas y activistas aguafiestas– de que era necesario para proteger la salud de los no fumadores. En otras palabras: amparándose en una mentira descarada y demostrable científicamente.

No sólo a los nazis salutistas británicos [y españoles] les gusta extender estos mitos. He aquí lo que dicen sobre el asunto los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de los EE.UU.:

El humo del tabaco ajeno causa alrededor de 3.400 muertes por cáncer de pulmón al año entre no fumadores estadounidenses.

La cifra verdadera, apunta Jacob Sullum en Reason, «probablemente se acerque más a cero».

Entonces, ¿por qué el establishment sanitario finge otra cosa? Sullum cita a un médico que comenta las conclusiones del último estudio. El médico hace precisamente esta observación:

«La razón principal para evitar el humo del tabaco ajeno es cambiar el comportamiento social: para no vivir en una sociedad donde fumar sea normal».

Ajá. Ahora nos acercamos a la verdad. Lo que el médico muestra son los síntomas típicos del síndrome «poder escoger es demasiado peligroso para la gente normal».

[…]

¿Fue buena idea la prohibición de fumar? Podría sostenerse que en algún sentido sí. Ahora, por ejemplo, cuando regresas a casa de una discoteca o un concierto abarrotados, tu pelo y tu ropa ya no huelen a humo rancio. Obliga a los fumadores a fumar menos, porque resulta muy incómodo tener que salir cada vez que apetece un pitillo.

Pero en contra se alza el enorme daño causado a la hostelería, y al ambiente en bares y cafés. Aún más preocupante es el feo precedente sentado en favor de la confiscación arbitraria de los derechos de los propietarios por parte del Estado.

Debería haberse dejado a instituciones y negocios –especialmente a los clubes privados, pero también a los bares y restaurantes– decidir si permitían o no fumar en sus instalaciones. Así los clientes habrían tenido la libertad de escoger si les apetecía, una noche cualquiera, sacrificar su derecho inalienable a no exponerse al mortal humo del tabaco ajeno.

Así funcionan las sociedades libres. Hombres libres que escogen libremente.

En Gran Bretaña en 2006 y 2007 –y en fechas diversas en otros países del mundo– esos derechos fueron arrebatados por gobiernos autoritarios. Basándose en una enorme mentira.

 

 

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