Periódicos, blogs y obispos consagrados

Más de una vez se han multiplicado las visitas a Voluntad debido a su mención en alguno de los periódicos impresos aún existentes. No ha sido el caso, sin embargo, con la que hace Javier Morán en La Nueva España de este domingo.

Consagración episcopal de don Jean-Michel Faure. Nova Friburgo, 19 de marzo de 2015

Consagración episcopal de don Jean-Michel Faure. Nueva Friburgo, 19 de marzo de 2015

No pudimos dar al periodista la asistencia que nos solicitaba. La información que utiliza sobre la presencia en Gijón del Obispo Richard Williamson procede enteramente de nuestro cuaderno de bitácora; no lo oculta Javier Morán, lo cual le honra. Ahora, con los medios a nuestro alcance (al suyo también), vamos a ver de dar a la misma noticia un tratamiento menos sensacionalista y más objetivo. No vaya a ser que fuera esa la clave de la escasa atención que suscitó en La Nueva España: el mismo enfoque ignaro y amarillista de los medios al uso.

Empecemos por el titular: «El doble excomulgado que catequizó en Gijón». En solo tres párrafos repite varias de veces el cuento de la excomunión. De manera harto inexacta.

¿Por qué decimos «el cuento de la excomunión»? La aplicación de dicha pena canónica, como consecuencia de las consagraciones episcopales que el artículo cita (las del 30 de junio de 1988 en Ecône, Suiza, y la del día de San José de este año de 2015 en Nova Friburgo, Brasil) es insostenible por varias razones. Vamos a fijarnos sólo en una, que hace innecesarias todas las demás.

Se supone vigente el Código de Derecho Canónico de 1983, promulgado por Juan Pablo II. Pues bien, el canon 1323 dice lo siguiente (negritas nuestras):

No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto:

4.º actuó coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas;

7.º juzgó sin culpa que concurría alguna de las circunstancias indicadas en los nn. 4 ó 5.

Las notas correspondientes a dicho canon (edición bilingüe de la B.A.C., Biblioteca de Autores Cristianos, comentada por los profesores de la Facultad de Derecho Canónico de la Universidad Pontificia de Salamanca, de la Conferencia Episcopal Española) explican:

El estado de necesidad consiste en una situación de conflicto ineludible entre el derecho individual y la ley, se trata de la necesidad de obrar contra lo que manda la ley y es correlativa de la imposibilidad en que uno se halla de cumplir la ley si quiere evitar algún mal que de ello habría de seguirse. […] Las tres circunstancias enumeradas son causas eximentes con tal de que el acto no sea intrínsecamente malo y no redunde en daño de las almas. […] Finalmente, el texto actual, en una ulterior mitigación de las normas penales, añade una nueva circunstancia eximente: el juicio inculpable de que se encontraba en una de las circunstancias enumeradas en los nn. 4 ó 5 […] Es una muestra de la primacía y atención que en el derecho canónico se concede a la persona, a las circunstancias subjetivas del autor, sobre las circunstancias meramente objetivas.

Parece evidente que la animadversión del Sr. Morán hacia la tradición de la Iglesia nubla su juicio, como puede constatarse recurriendo a la hemeroteca. Por ejemplo, en noviembre de 2009 el mismo periodista, en el mismo periódico, se esforzaba en burlarse de la pena de excomunión para quienes procuren el aborto, pena latae sententiae («excomunión automática», como dice el periodista) prevista en el canon 1398 del mismo Código. Por no hablar de las causas de excomunión latae sententiae previstas en el canon 1364, que pueden aplicarse a buena parte del clero actual de esta diócesis; o las del canon 1367, que afectan también a un número considerable de los seglares. No puede evitarse recordar las palabras de Nuestro Señor Jesucristo a los escribas y fariseos: «¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!» (San Mateo, 23, 24).

En el caso concreto de esta consagración episcopal, el estado de necesidad (o la convicción subjetiva del mismo, suficiente para eximir de penas, como se ha visto) queda perfectamente claro en los Comentarios Eleison del Obispo Williamson, también muy populares en Internet:

… ahora que la consagración ha tenido lugar, podemos poner a disposición de los fieles y del mundo entero, el llamado «Mandato de Emergencia» que fue leído durante la liturgia.

Como muchos ya saben, entre las mismas primeras palabras habladas del Rito de Consagración Episcopal, está la declaración hecha al obispo consagrante por su asistente mayor:

«Reverendísimo Padre, nuestra Santa Madre la Iglesia Católica le pide que promueva a este sacerdote aquí presente a la responsabilidad del episcopado».

En respuesta, el obispo consagrante pregunta si el asistente tiene «Mandato Apostólico».

La respuesta es «Tenemos», a lo cual el obispo consagrante responde «Que sea leída».

Lo que fue leído en la ceremonia del jueves en respuesta a la invitación del Obispo Williamson —sirviendo tanto una función litúrgica como de explicación pública de la razón fundamental de la ceremonia, tal como fue prevista por los participantes— es lo que sigue. Los lectores pueden estar interesados en saber que sus primeros párrafos siguen muy de cerca el lenguaje usado por el Arzobispo Lefebvre el 30 de junio de 1988.

MANDATUM APOSTOLICUM

Tenemos un Mandato para consagrar de la Iglesia Romana, la cual en su fidelidad a las santas tradiciones recibidas de los Apóstoles nos manda  transmitir fielmente estas santas tradiciones —a saber, el Depósito de la Fe— a todos los hombres, por razón de su deber de salvar sus almas.

Pues ciertamente por un lado las autoridades de la Iglesia de Roma desde el Concilio Vaticano Segundo hasta hoy en día están movidas por un espíritu de modernismo que socava en profundidad la Santa Tradición, al punto de torcer la propia noción: Porque vendrá tiempo en que no podrán sufrir la sana doctrina … y cerrarán sus oídos a la verdad, y los aplicarán a las fábulas, como dice San Pablo a Timoteo en su segunda Carta (4, 3-5). ¿De qué serviría pedir a tales autoridades un Mandato para consagrar un obispo que va a estar profundamente opuesto al error más grave de ellas?

Y, por otro lado, para obtener tal obispo, los pocos católicos que entienden su importancia pueden haber tenido esperanzas, aún luego del Vaticano II, que él proviniera de la Hermandad de San Pío X fundada por el Arzobispo Marcel Lefebvre, como los cuatro que él consagró para ellos en 1988 por un mandato de emergencia previo. ¡Ay!, cuando las autoridades de esa Hermandad mostraron por su constante vuelta hacia las autoridades romanas que estaban tomando el mismo camino modernista, esa esperanza probó ser en vano.

¿De donde entonces pueden estos católicos fieles obtener los obispos esenciales para la supervivencia de su verdadera Fe? En un mundo que hace cada día más la guerra política contra Dios y contra Su Iglesia, el daño para la Fe parece tal que su supervivencia ya no puede dejarse depender de un único obispo totalmente antimodernista. La propia Iglesia le pide a él nombrar un asociado, que será el Padre Jean-Michel Faure.

Por esta transmisión del poder episcopal de órdenes, no se asume ni se otorga poder episcopal de jurisdicción, y tan pronto como Dios intervenga para salvar Su Iglesia, que ya no tiene más esperanza humana de rescate, los efectos de esta consagración y de su mandato de emergencia serán sin dilación puestos de vuelta en las manos de un Papa una vez más totalmente católico.

En contraste, y en la misma línea sensacionalista de los titulares, el primer párrafo de su artículo lo abre el Sr. Morán así: «El obispo tradicionalista Richard Williamson —famoso por negar en 2009 el Holocausto judío—». Pasémosle por alto que el único Holocausto del Nuevo Testamento sea el sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo, y que aplicar el término a cualquier otra cosa tenga para un cristiano tintes blasfemos (¡y lo publicó el Domingo de Pasión!). Lo que no se ve por ninguna parte es qué tendrán que ver esas supuestas «declaraciones negacionistas» (expresión usada por el Sr. Morán en el segundo párrafo) del superdogma laico y sionista del siglo XXI, con la consagración de un obispo católico.

Consagración. Término que Javier Morán no utiliza, pero que es el correcto para referirse a la ceremonia que tuvo lugar en Nueva Friburgo el día 19, en el Monasterio benedictino de la Santa Cruz. Él dice «ordenación», que es como se llama la ceremonia más o menos equivalente en el Novus Ordo, la nueva liturgia de Pablo VI. Que evidentemente no fue la utilizada por el Obispo Williamson. En la liturgia tradicional de la Iglesia romana, se dice «ordenación» de la de los sacerdotes, diáconos, subdiáconos, etcétera: no de la consagración de obispos. Morán atribuye a don Richard Williamson «administrar la ordenación episcopal, sin mandato del Papa, a un sacerdote de su grupo, Jean-Michel Faure». Error adicional: don Jean-Michel Faure no es «un sacerdote de su grupo», porque el Obispo Williamson no pertenece en la actualidad a grupo ninguno. Como puede constatarse fácilmente mediante el simple uso de Google.

Algunas inexactitudes más. El Sr. Morán olvida que en las consagraciones de 1988 ya mencionadas, fueron consagrantes dos obispos, no uno: junto con el Arzobispo Marcel Lefebvre fue coconsagrante don Antônio de Castro-Mayer, Obispo emérito de Campos (Brasil), fallecido en abril de 1991, apenas un mes después del propio  Lefebvre. (A los cuatro obispos consagrados por éstos se uniría en 1995 el filipino don Salvador Lazo, Obispo emérito de San Fernando de la Unión, contra quien no se declararían penas canónicas; falleció en abril del año 2000). Mención aparte merece esta frase del segundo párrafo, por acumular disparates de corte sensacionalista que ya se creían olvidados: «en 2009 el Papa Benedicto XVI levantó dichas penas [las supuestas excomuniones] con ánimo de que los lefebvrianos abandonaran su cisma con Roma».

Aparte de adivinar el ánimo que impulsaba dicho levantamiento de supuestas penas (hay penas canónicas también contra las prácticas adivinatorias; y, ¿le suena al periodista el axioma «de internis neque Ecclesia iudicat»?), Javier Morán utiliza el neologismo «lefebvrianos». Máxima inexactitud, pues los «lefebvrianos» no existen: si en algo puso cuidado el Arzobispo Lefebvre fue en abstenerse de toda originalidad, limitándose a enseñar lo que le habían enseñado y transmitir lo que le habían transmitido. Y habla de «cisma», término canónicamente tan aplicable a su situación como el de «fabada» (por poner un ejemplo).

Es rigurosamente falso decir del Obispo Williamson que «en 2012 fue expulsado de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (lefebvristas) por oponerse al más mínimo acercamiento con el Vaticano». La etimología del neologismo es insegura; más si el neologismo es puramente malévolo. Así el Sr. Morán cambia de «lefebvrianos» a «lefebvristas». Centrándonos en la calumnia: aparte de las irregularidades del apartamiento del Obispo Williamson de la Hermandad Sacerdotal de San Pío X, al periodista le habría bastado el testimonio del Cardenal Darío Castrillón Hoyos (entre otros, también disponibles en Internet) para averiguar que de los cuatro consagrados en 1988, Richard Williamson probablemente sea el de mayor romanità, y nada opuesto a los contactos con el Vaticano. Aunque sí opuesto a las concesiones al vaticanosegundismo.

Ya hemos tenido ocasión de decirlo en Voluntad:

Sin duda, los lectores con cierta formación religiosa e histórica agradecerían a don Javier Morán que se ciñese a la actualidad gijonesa. Sus contribuciones en este terreno son, con frecuencia, de agradecer. En asuntos más altos, más vale recordar: Dies irae, dies illa, solvet saeclum in favilla…

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