Otro obituario tardío: Gonzalo Gutiérrez Lanza

Hoy viajamos hacia el occidente.

El 28 de enero último Voluntad reproducía el obituario, publicado en Verbo (antes había aparecido en ABC), de un ilustre jurídico militar gijonés, Gonzalo Muñiz Vega. En él se mencionaba a otro compañero suyo, también asturiano, Gonzalo Gutiérrez Lanza. Como no encontrábamos mucha información sobre éste, nos hemos dirigido al autor, el Profesor Miguel Ayuso, quien ha tenido la amabilidad de hacernos llegar este otro obituario, remitido en el otoño de 2010 al mismo diario ABC, pero extrañamente no publicado…

Gonzalo Gutiérrez Lanza: El último Auditor

De Guerra. El que el Duque de Alba reclamaba con urgencia a Felipe II, pues sin él «se hallaba manquísimo». Institución que encarnaba el espíritu de la secular jurisdicción militar, unida al mando, y que la reforma de 1988 arrumbó para sustituirla, sin gran ventaja, por un sedicente modelo «exquisitamente independiente» que, en cambio, se ha demostrado no menos sumiso al mando, ahora —eso sí— ministerial. Con las debidas excepciones que, como es natural, han pagado su osadía.

Gonzalo Gutiérrez Lanza, asturiano de Tapia de Casariego, tenía la energía que tan frecuentemente toca a los hijos del Principado de Asturias. Le adornaba también el sentido de la justicia, que acrecentó con el cultivo de la ciencia y la prudencia del derecho: número 1 de su promoción del Cuerpo Jurídico Militar, en la que ingresaron juristas tan doctos como el más tarde catedrático José Ramón Parada, enseñó igualmente Derecho penal en la Facultad de Derecho de Burgos. Culto y socarrón, fue un compañero excepcional y un jefe inolvidable. Junto con el zamorano Carlos Granados Mezquita, representaba lo mejor de la legendaria Auditoría de Guerra de la 6ª Región Militar, con cabecera en Burgos, donde hice mis primeras armas jurídico-militares a partir de 1985, cuando todavía conservaba el aura heroica adquirida durante los años setenta por los procesos al terrorismo de ETA. Gutiérrez Lanza, por cierto, mostró entonces ejemplarmente su independencia insobornable, al discrepar ásperamente de ciertas decisiones adoptadas por otros compañeros con el contento del Gobierno del General Franco. Actitud que años después, ya en plena «transición», mantendría con un signo sólo en apariencia opuesto al solicitar, como Fiscal, el procesamiento del Consejo de Ministros a cuenta del extrañamiento de los terroristas de ETA que cumplían condenas impuestas por la jurisdicción militar, en buena parte en Burgos.

Por eso, erraba el colega más moderno en el escalafón, y llegado en cambio a la cima de la carrera mientras Gonzalo se había retirado de Coronel, que le lisonjeaba en una cena: «Siempre fuiste el referente para los oficiales liberales». La respuesta, obviando la cursilería del palabro y la errónea presunción de liberalismo por el interpelante, brotó precisa y rápida: «Pues ya ves, ahora soy fascista». Fina ironía que denunciaba el conformismo de tantos, al tiempo que dejaba en claro su genio y figura permanentes.

En su entierro, en una luminosa mañana otoñal castellana, sentí que sepultábamos también al viejo Cuerpo Jurídico del Ejército. Descansen en paz.

Miguel AYUSO

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