Finesa digresión escolar dominical

El café de este descansado domingo trajo a la conversación aquel proyecto extravagante que tanto salió en los medios hace cuatro años; un colegio de «modelo finlandés». Que salió adelante —en lo que era una vivienda de Cabueñes— con todo el apoyo municipal, autonómico y estatal, a pesar de tratarse de un colegio privado. Uno de ésos tan denostados por lo general, y que la legislación actual en España convierte en casi imposibles. Pero, claro, éste es «privado, mixto y laico»; los dos últimos apellidos lo convierten en aceptable y políticamente correcto; por no hablar del plus que supone la extranjerización, en esta era argentina del papanatismo.

Vino a la conversación, decíamos, no por sus logros —que no se esperan— sino por algunas noticias recientes. La primera refleja en toda su crudeza la estupidez profunda que rige el «modelo finlandés». El mes pasado aparecía en los medios. El Confidencial empezaba la noticia así: «El sistema educativo finlandés ha decidido sustituir el aprendizaje de la escritura a mano caligráfica —no así la de imprenta— por clases de mecanografía en el teclado QWERTY a partir del curso 2016/2017. Una decisión que probablemente empezará a ser replicada en el resto del mundo, gracias a la buenísima reputación de la que goza el país escandinavo». Un artículo confuso de Héctor G. Barnés, que se mueve entre la fascinación y la repulsión, entre la aceptación de los dogmas al uso y algunos atisbos de sentido común. La «buenísima reputación» del sistema educativo, ya que no de enseñanza, de Finlandia (un país que sólo ha aportado al mundo Nokia, antes de perderla en manos extranjeras) se debe a «sus resultados en los exámenes PISA». Éxamenes éstos cuya dudosa fiabilidad y nula aplicabilidad resulta evidente si se miran sus resultados en los Estados Unidos de Norteamérica, cuyo sistema escolar es notorio por producir el mayor porcentaje de analfabetos funcionales del mundo occidental: a veces queda mejor clasificado que España y que varios países europeos.

Pues bien, los EE.UU. se están uniendo al ejemplo analfabetizador de Finlandia, para lo cual ya están muy bien preparados: «En Estados Unidos, los estándares de Núcleo Común (o Common Core standards), que han sido adoptados en gran parte del país, sólo exigen a los alumnos la legibilidad de sus textos hasta el Primer Grado, a los siete años. Desde ese curso, los esfuerzos docentes se centran en que los estudiantes tecleen lo más rápido posible, como ocurrirá en Finlandia».

Como antídoto contra tanto disparate, nos queda el sentido común. En esta ocasión lo recogemos de unas declaraciones a ABC, hace un par de días, del escritor navarro Gregorio Luri Medrano: «buen conocedor del mundo educativo, y autor de Mejor educados (Ariel), [según el cual] es mucho más sensato enseñar a nuestros hijos a superar las frustraciones inevitables que hacerles creer en la posibilidad de un mundo sin frustraciones». «Primero, yo creo que lo que hay que hacer es amar a la vida, no a la felicidad. Y no se puede amar a las dos al mismo tiempo. Porque la felicidad sólo se puede conseguir jibarizando a la vida. Es decir, por medio de la idiocia».

«Estoy empezando a pensar que hay un sector de educadores postmodernos [los «acompañantes, que no profesores» del «modelo finlandés», por ejemplo] que se han convertido en el aliado más fiel de la barbarie, que lo que hacen es ocultar la realidad y sustituirla por una ideología buenista, acaramelada, y de un mundo de “teletubbies”. Personalmente, me resultan más atractivas la valentía y el coraje de afirmar la vida. Tenga usted un hijo feliz y tendrá un adulto esclavo, o de sus deseos irrealizados o de sus frustraciones, o de alguien que le va a mandar en el futuro. Personalmente, me resulta mucho más atractiva la valentía, el coraje de afirmar la vida. Algo que ha sido, por otra parte, la gran tradición occidental desde Homero hasta hace dos días: Querer a la vida a pesar de que esta es injusta, tacaña, austera. No querer a la vida porque encontramos la forma de diluirnos todos en un acaramelamiento que hasta me parece soez. Ahora la felicidad se entiende como un recorte de las aspiraciones». «Estamos creando niños muy frágiles y caprichosos, sin resistencia a la frustración, y además convencidos de que alguien tiene que garantizarles la felicidad. Y si alguien no se la garantiza, se encuentran ante una desgracia metafísica».

—En su libro Mejor educados tiene un capítulo que reza: «Desconfíe del profesor que quiere hacer feliz a su hijo». ¿También de la escuela?

—De las que prometen «experiencias». Una escuela lo que tiene que ofrecer es la posibilidad de realizar trayectorias, no experiencias. Y en el caso concreto de los niños pobres, la posibilidad de cambiar de trayectoria, de liberarse, y de abrirse puertas. Si vuestros hijos van a una de esas escuelas en las que Bucay es el intelectual de referencia, competir está prohibido, cuando juegan, todos ganan y nadie pierde, y se considera más importante educar emocionalmente que enseñar álgebra, entonces, manteneos vigilantes. El mundo, sea lo que sea, no es un fruto de nuestro deseo. Y está muy bien que no sea así, porque si no cada uno tendríamos el nuestro.

—En este sentido, usted aboga por las escuelas tradicionales, frente a otras modernidades pedagógicas. ¿Por qué?

—Mire, hay escuelas, tanto públicas como privadas, que ponen gran entusiasmo en dejar bien claro que no son tradicionales. Viven en la fantasía de que una escuela no puede ser buena si no ha roto con la tradición pedagógica. Quieren ser exclusivamente escuelas del siglo XXI. No es raro que se definan a sí mismas con fórmulas retóricas muy sofisticadas detrás de las cuales no hay ningún contenido claro. Pienso en la psicología positiva, la educación emocional, las inteligencias múltiples… etcétera. Frente a esto, están las escuelas tradicionales, llenas de imperfecciones, sí, pero que acumulan una larga experiencia de ensayos y de errores que deberíamos tener en cuenta antes de jugarnos la educación de nuestros hijos a la única carta de nuestra ingenuidad. Es más, con frecuencia la pedagogía beata añade a su propuesta de hacer felices a los niños algo que parece más serio: «hacerlos mejores personas». ¿Pero se puede puede ser mejor persona sin conocimientos, sin capacidad para mantener la atención, sin competencias, sin hábitos? Piense usted en su propio mundo antes de responder a esta pregunta: ¿Se puede ser creativo sin tener conocimientos? ¿Y la memoria, es un estorbo para tener conocimientos?

Desconfiar de los colegios que prometen «experiencias» y «educar emocionalmente». Por ejemplo, del colegio de «modelo finlandés» instalado en Cabueñes, que aparte de ésas y otras varias tonterías, ofrece «otras actividades» de títulos tan educativos como «El Moco Viscoso de Brita la Gorila» (sic).

Por parte de Voluntad, dos aportaciones más desde el sentido común. Primera: Mantener a los hijos alejados de toda clase de teclados y pantallas hasta que hayan adquirido el gusto y el hábito de la lectura (es decir, hasta los doce años por lo menos) y una escritura manual correcta, con lápiz y con pluma. Segunda: Arriba, bajo la ilustración de esta entrada, les dejamos el enlace al sitio web de Cuadernos Rubio.

A escribir.

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