Ganado (II)

Ganadería brava La QuintaPues muy decentitos, mire usted, los astados de la corrida de este viernes (fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, Nuestra Señora de Begoña), de la ganadería La Quinta. No pudimos dejar de pensar: ¡Si estos toros hubieran sido los del miércoles pasado! Los de hoy fueron nobles, con buena estampa y con trapío y bravura suficientes.

En cambio, los toreros…

«El Cid» muestra oficio, pero no arte, ni elegancia, ni esfuerzo. Artificios facilones, todo lo más. Desperdició los suyos.

Fernando Robleño es extremadamente flojo. Su talla no le ayuda, eso es obvio. Lo intenta; pero tampoco hasta el heroísmo, por decirlo suavemente.

A Javier Castaño, ¿cómo se atrevieron a darle la alternativa? Correteando y sacando el trasero, sin componer una figura decente ni enlazar dos pases que merezcan ese nombre, sólo una lesión que se hizo en la mano con el sexto toro de la tarde le ganó alguna simpatía, o más bien compasión, de los aficionados.

Ninguno fue capaz de sacar partido a los toros. Ninguno toreó quieto. Ninguno mandó. Ninguno dio una estocada bien dada. Las hubo simplemente malas, y otras penosas o ni siquiera estocadas. Tampoco los descabellos lo fueron de veras.

Las puntillas, demasiado rápidas, terminaron alguna vez en una especie de degüello a lo mahometano, con un gran charco de sangre en la arena.

Aparte de los toros, sólo merece destacarse algún par de banderillas puestas por los subalternos de Robleño y de Castaño. Pero estos mismos subalternos, y los matadores, y los directores de lidia, y hasta los mozos de espadas y los auxiliares de los picadores, no dejaron de dar voces y gritar consejos, órdenes y contraórdenes en toda la corrida. ¡Qué berrea, qué confusión! ¿Dónde quedó la jerarquía? ¿Dónde el decoro? Alrededor de media entrada hoy, nada que ver con la plaza llena de anteayer, y el ruido era mucho mayor. Pero procedía del callejón y del ruedo.

Los tendidos se encargaron de hacer ruido, también confusión, cuando al estilo de este Gijón reconvertido en Benidorm pidieron unos trofeos que no se merecían, y no otorgaron silencios que sí eran obligados. Volvió a abrirse la puerta grande, ¡cómo no! El día que haya de verdad una faena épica, habrá que abrir brecha con un bulldozer para sacar al diestro a hombros. Por guardar la proporción.

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Archivado bajo 02.- Gijón, 05.- España

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