San José, Jovellanos y los traidores

Ayer lunes se celebraba la fiesta del glorioso patriarca San José, esposo de la Santísima Virgen, padre putativo de Nuestro Señor Jesucristo y patrono de la Iglesia Universal, además de titular de una de las tres parroquias (hoy completamente destrozada) más antiguas de la villa de Gijón. Podemos invocarle como patrono de las necesidades materiales, que falta nos hace, y como protector de la familia y de la pureza, que más falta nos hace aún.

Pero además los traidores (ahora veremos por qué les aplicamos este término) celebraban el bicentenario de la llamada Constitución de Cádiz, la malhadada «Pepa». Asturias sabe bastante del terror mediante el cual los liberales —los etarras, los genocidas de entonces; los explotadores y saqueadores de entonces y de ahora— quisieron imponerla. Liberales entre los que destacaron, ay, paisanos nuestros, como el masonazo de Evaristo San Miguel y el tinetense atontado y dañino Rafael del Riego.

Afortunadamente también ilustres paisanos se alzaron contra aquello, como nuestro patricio don Gaspar Melchor de Jovellanos. Reproducimos una entrada a él dedicada por el cuaderno de bitácora salmantino Non nisi te, Domine, continuador de la gran tradición escolástica de aquella Universidad. En aquella gloriosa ciudad donde Jovellanos también vivió.

JOVELLANOS Y EL TRADICIONALISMO POLÍTICO CONTRA EL LIBERALISMO DE LAS CORTES DE CÁDIZ
Leíamos recientemente el interesante artículo de Firmus et Rusticus, blog correligionario y de gran interés, donde se hace alusión a la expresión popular quizá algo ingenua, pero con su dosis de ironía y buen sentido, de «vivan las cadenas», con la que el pueblo español recibía a Fernando VII de su exilio después de la Guerra de Independencia. El significado, que refleja de forma magnífica el humor español, estaba claro: si era «Libertad» lo que traían los brutales invasores franceses, mejor quedarse con las antiguas cadenas. Esta misma idea recogía tiempo después el pensador tradicionalista Aparisi y Guijarro cuando afirmaba que «el despotismo de ayer aún era más libre que la libertad de hoy».

Este grito de la entraña del pueblo es un punto de partida muy interesante para considerar el lugar que ocupó Jovellanos en los acontecimientos de su tiempo, y con ello, dar cierta idea de la toma de conciencia del tradicionalismo político español que iba a materializarse más claramente con la disputa dinástica y el surgimiento del carlismo. Miguel Ayuso ha dicho al respecto, que «la tradición española, durmiente durante el siglo XVIII, halló en tal disputa la ocasión propicia para, ante la agresión de la revolución liberal, desperezarse y movilizar a todo un pueblo, con sus monarcas, sus pastores y sus sabios» (1). En ese mismo artículo se resalta una idea que aquí encaja a la perfección, y es que el tradicionalismo, a medida que fue perdiendo pujanza vital, fue afinando su doctrina hasta unas cotas admirables de perfección, particularmente hacia la segunda mitad del s. XX, con pensadores como Elías de Tejada, Canals Vidal, Rafael Gambra o Álvaro D’Ors.

Aquí nos encontramos en un momento de vivencia social impregnada de la tradición hispánica católica, pero en plena decadencia doctrinal después de ese «durmiente» s. XVIII. Por eso, pese a la ironía, no deja de tener algo de ingenuo esa frase simbólica de «vivan la cadenas», pues el pueblo se encontraba ante la impiedad revolucionaria de un lado y la una Monarquía con sus derivas absolutistas accidentales de otro, pese a lo cual era todavía muy preferible, y por ello fue aclamada popularmente. Aunque aún no han llegado los monarcas usurpadores liberales, la monarquía hispánica adolece ya de contaminación de las ideas absolutistas e ilustradas. Juan Mª Roma afirma de manera tajante: «Los que gobernaban durante los reyes absolutistas eran, como hemos visto, los liberales, masones y volterianos. De manera que el absolutismo español era monárquico, pero era a la vez liberal, masón, afrancesado y volteriano». Este proceso de contaminación se había manifestado en abusos y políticas concretas en detrimento de los fueros tradicionales, particularmente a partir de la supresión de los fueros aragoneses realizada el 29 de junio de 1707 por Felipe V. Como afirma José Antonio Ullate, «la destrucción de los fueros de Aragón supone el auténtico comienzo de la España moderna» (2).

Así pues, se entiende que desde la monarquía tradicional española era necesario corregir las desviaciones que por perniciosa influencia del absolutismo y despotismo europeo se habían introducido en ella como elementos extraños. En este sentido, no es raro que el verdadero tradicionalista se presentase como cierto tipo de reformador, y esta posición es la que propiamente corresponde a Jovellanos, falsamente llamado liberal por ello. Puede decirse además, que no eran verdaderos enemigos del absolutismo los liberales, sino sus auténticos descendientes, pues ambos tenían a la base de su pensamiento la idea de «soberanía», condenada por Jovellanos, y que siendo un principio fundamental del liberalismo, tiene su origen en Juan Bodino, principal teórico del absolutismo. La soberanía es según Bodino «el poder absoluto y perpetuo de una república», y esto mismo es lo que el liberalismo reclama cuando ensalza la soberanía nacional; es en definitiva el poder político y temporal como fundamento de todo derecho y toda verdad, independientemente de la ley natural y las verdades de la fe, a las que no se reconoce calidad de tales sino en cuanto lo decida el Estado. Nada cambia que esa pura voluntad tiránica la ejerza uno sólo, el monarca absoluto, o muchos, como sería en la soberanía popular liberal, pues ninguna decisión arbitraria hace algo justo y verdadero, la realice uno o muchos. Por eso ha afirmado el pensador tomista, político y dominico Fr. José Domingo Gafo: «tan ridícula y absurda es la consabida fórmula del liberalismo clásico: “la ley es la expresión de la voluntad nacional”, como decir que es “la expresión de la voluntad de un soberano”; la ley es la expresión de la razón y de la justicia y nada más» (3).

Con motivo de su participación en las Cortes de Cádiz, y enfrentado a las ideas liberales que allí se expresaban, la figura de Jovellanos es presentada de esta manera por el tradicionalista Manuel de Bofarull y Romañá en su obra Las Antiguas Cortes: El Moderno Parlamento: El Régimen Representativo orgánico (1912): «Entre los raros hombres que en la Junta Central de Sevilla y en la Asamblea de Cádiz pensaron serena y desapasionadamente y vieron clara la realidad y el proceso histórico de nuestra España, sobresalen un astur y dos catalanes. Jovellanos, en su Memoria en defensa de aquélla, se muestra enemigo acérrimo de la “manía democrática”, de la “herejía política”, como él llamó al dogma de la soberanía nacional y de todas esas Constituciones quiméricas, abstractas y a priori que rápidamente s hacen y efímeramente viven».

No es de extrañar entonces que Jovellanos haya sido considerado como uno de los principales antecedentes del tradicionalismo carlista, y como tradicionalista lo califica Juan María Roma en su folleto sobre Las Cortes de Cádiz (1910), igualmente enfrentado al absolutismo y al liberalismo: «El que propone romper a este régimen opresor no es un liberal. El que quiere entrar en un régimen democrático y lo propone a la Central y lo realiza, es Jovellanos, un tradicionalista asturiano ilustre, uno de los hombres más notables de España, enemigo acérrimo del liberalismo, del afrancesamiento, del volterianismo y de la masonería». Igual lo consideraba el diario tradicionalista El Norte, que el 24 de septiembre de 1911, ante el centenario que se aproximaba, afirmaba: «Por todos estos motivos no es de extrañar que Jovellanos, como otros muchos, hayan sido calificados de liberales, por más que, a nuestro entender, sólo les puede convenir tal calificativo de un modo impropio o incompleto, toda vez que estos hombres extraordinarios, siempre y en todo tiempo se mostraron sumisos al principio de autoridad, no sólo religiosa, sino civil y hasta científica». No obstante, uno de los grandes divulgadores de la obra de Jovellanos, fue el gran político y orador carlista Cándido Nocedal, que escribió una biografía sobre él, fruto de un profundo estudio de su vida y obra.

Está claro que Jovellanos ha sido siempre reclamado por el tradicionalismo con justicia, y casi exclusivamente se le ha creído liberal por una falsa concepción simplista de la historia, en la que se reduce todo a enfrentar a los reformadores liberales y a los reaccionarios absolutistas, cuando los hechos históricos no pueden de ninguna manera reducirse a tal consideración, y aún los mismos principios doctrinales tampoco, como hemos mencionado a propósito de la relación entre absolutismo y liberalismo en base a su común concepto de soberanía.

Juan Vázquez de Mella lo reconoció también como tradicionalista, y evocando las Cortes de Cádiz dice: «…cuando en los proyectos de las Cortes de 1812 representaba nuestros principios Jovellanos en los apéndices a la Memoria de la Junta Central…» (4). Sobre la consideración de Vázquez de Mella en relación a Jovellanos, dijo Manuel de Vereterra: «Vázquez de Mella fue uno de los pensadores que más temprana y profundamente entendió a Jovellanos; el tantas veces citado don Gaspar Melchor de Jovellanos, citado casi siempre por quienes no lo han leído. Pues bien: Mella señalaba agudamente cómo Jovellanos sufre alguna desviación en materia económica, y sólo en este sentido cabe referirse a él como algo liberal. En materia política, sin embargo, Jovellanos es ortodoxo, es tradicionalista. Tal vez el primer tradicionalista político moderno con conciencia de serlo. Jovellanos habla de constitución en el sentido de constitución histórica, no escrita ni improvisada, sino formada por el conjunto de leyes, fueros, costumbres e instituciones que la Monarquía española y sus pueblos, sus distintos reinos, principados y señoríos, se han ido dando a sí mismos en el transcurso de los siglos y de las generaciones». (5)

En definitiva, Jovellanos fue un verdadero precursor del tradicionalismo carlista, pese a sus ligeras desviaciones, pues vivió un momento histórico en el que la encarnación de los principios tradicionales, que era la Monarquía hispánica, vivía un período de decadencia en su doctrina esencial, cada vez más olvidada. Su esfuerzo, como el de tantos otros, como el P. Alvarado, o Capmany o el Barón de Eroles, presentes también en las Cortes de Cádiz, fue el de sacar a la luz de manera reflexiva los verdaderos principios de la Monarquía tradicional, para así darle una nueva vitalidad sin caer en el liberalismo, que acechaba para darle su última estocada y destruirla completamente.

——————————————————————————

(1) Ayuso, M.: «El carlismo, entre la vivencia y la teorización», en A los 175 años del Carlismo. Una revisión de la tradición política hispánica, VVAA, Itinerarios, Madrid, 2011, p. 21.

(2) Ullate Fabo, J. A.: Españoles que no pudieron serlo. La verdadera historia de la independencia de América, Libros Libres, Madrid, 2009, p. 75.

(3) Domingo Gafo, J.: «Las Cortes y la Constitución de Cádiz», Ciencia Tomista, Tomo V, p. 232.

(4) Obras completas, tomo XI, pág. 81, citado en el Estudio Preliminar de Rafael Gambra a El Verbo de la Tradición. Textos escogidos de Juan Vázquez de Mella, p. 36.

(5) Manuel de Vereterra Fernández de Córdoba, «Asturianismo, ¿Tradición o Estatuto?», Club Prensa Asturiana, 24 de febrero de 2006.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo 02.- Gijón, 05.- España, 07.- Enseñanza, Justicia social

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s