Sussex, camino de Roma, pasando por Gijón

Se llamó a Gijón «el pequeño Londres»; y parecidos hubo, también con afortunadas diferencias. Aquí no se llegó a los extremos de abyecta explotación del Londres protestantizado, ni hasta tiempos recientes hubo presencia significativa de herejes, de invertidos ni de vegetarianos. Siempre abundaron también las relaciones entre Asturias e Inglaterra: no sólo las mercantiles, ni las bélicas. Hablando de éstas, a la mayoría de nuestros contemporáneos les extrañaría saber que España e Inglaterra estuvieron más a menudo aliadas que enfrentadas; pero, claro, es común confundir a Inglaterra con el engendro del invasor (1688) Guillermo de Orange, el «Reino Unido», que unió por la fuerza y oprimió por igual a Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, y les impuso falsos reyes, usurpadores (después del Orange, los Hanover, y luego los Sajonia-Coburgo, alias «Windsor»; como en España el Bonaparte, el Amadeíto de Saboya y los Puig-Moltó, el último de éstos impuesto por Francisco Franco).

La diferencia, y hasta incompatibilidad, entre Inglaterra y Reino Unido la conocía bien el autor inglés (y también francés, circunstancia a la cual hay que atribuir sus heterodoxias), criado en Sussex, Hilaire Belloc, ya recomendado alguna vez por Voluntad, al que conviene leer en inglés, pues las traducciones al español que hasta ahora había, además de pocas, eran casi siempre penosas. Pero eso empieza a cambiar, con traducción gijonesa. Reproducimos de la agencia FARO:

EL CAMINO DE ROMA DE HILAIRE BELLOC, POR FIN EN ESPAÑOL

Pamplona, 3 octubre 2011. En despacho de 29 de septiembre pasado, FARO mencionaba El Camino de Roma, de Hilaire Belloc, entre las novedades puestas a la venta por La Librería Católica.

Por empeño de la editorial Gaudete se pone por primera vez a disposición de los lectores de lengua española la traducción completa de The Path to Rome, libro que el propio Belloc y la mayoría de sus críticos consideraron su mejor obra. Este clásico de la literatura de viajes es la historia encantadora de una peregrinación que el autor hizo a pie hasta la Ciudad Eterna, en cumplimiento de un voto.

Las palabras de Belloc, musculosas y llenas de exuberancia juvenil, fluyen mágicas y juguetonas para construir una descripción de un viaje, de un tiempo pasado, de gentes que todavía saben vivir la vida, de un mundo cargado de tesoros, de una fe antigua y sorprendente. La prosa de Belloc traza un mosaico de placeres sencillos que nos devuelve a la vida ancestral y heroica, a la vez que sus guiños y anécdotas nos siguen arrancando incesantes sonrisas y profundas y enjundiosas meditaciones. La obra maestra de un consumado contador de historias, desbordante de un contagioso entusiasmo y de una vitalidad reconfortante.

Acerca del anglofrancés Hilaire Belloc (27 julio 1870-16 julio 1953), aún mal conocido en España, nada mejor que reproducir el prólogo de esta edición:

Hay en inglés una expresión que no tiene fácil traducción en español: «to be larger than life». Literalmente «ser más grande que la vida», se aplica a individuos que nos resultan imponentes, personas que, por alguna misteriosa razón, nos impresionan con su intensidad vital y su particular originalidad. Pocas expresiones cuadran mejor a Hilaire Belloc que ésa: «larger than life», pues ante todo era un tipo descomunal, física y, sobre todo, intelectualmente, que a nadie dejaba indiferente.

Junto con Maurice Baring y con Gilbert K. Chesterton, formó un trío de escritores que tenían muchas cosas en común, en particular una entrañable amistad, un temible sentido del humor, el gusto por cierta extravagancia y la maestría literaria, amén de una robusta fe católica, a la que los otros dos amigos habían llegado en gran medida ayudados por la contundencia y la agresiva apologética bellociana. A pesar de ser el único de aquellos tres mosqueteros que era católico desde la cuna, Belloc es seguramente aquél cuya vida y obra presentan con mayor agudeza las contradicciones y las dificultades —no las dudas— de un alma que no podía evitar ser plenamente moderna y que al mismo tiempo amaba ardiente, y belicosamente, el don de la fe.

Belloc no es un tipo cuya psicología le incline naturalmente a la experiencia subjetiva religiosa, ni al intimismo espiritual. Si alguna vez tuvo algún tipo de experiencia de tipo místico, jamás habló de ello y, como decía Wilhelmsen, «cuanto más detenidamente se lee su obra, más se nos aparece casi como el arquetipo del escepticismo conquistado». En un hermoso pasaje de El Camino de Roma, Belloc da a entender que en un tiempo de su juventud vivió de espaldas a la fe y que, años más tarde, redescubrió la profundidad de la vida religiosa:

«…y, no sin lágrimas, consideré la naturaleza de la fe. Por su naturaleza engendra una reacción y una indiferencia. Los que en nada creen y sólo piensan y juzgan no pueden comprender esto. Por su naturaleza entabla una lucha con nosotros. Y nosotros, cuando nos encontramos en la plenitud de la juventud, invariablemente rechazamos la fe y caminamos a la luz del sol, contentos con las cosas naturales. Y así, durante mucho tiempo, somos como hombres que descienden a las grutas de una montaña, mientras se nos ocultan las cumbres, hasta olvidar que existen. Nos lleva años alcanzar la seca llanura y entonces miramos atrás y vemos nuestro hogar. […] Pero no intentaré explicarlo, porque no soy capaz; sólo sé que los que regresamos sufrimos penalidades; […] ¡Por Dios! Empiezo a pensar que esta íntima religión es tan trágica como un gran amor. […] Sí, con toda certeza la religión es tan trágica como el primer amor, y nos arrastra hasta el desierto, lejos de nuestros amados hogares. ¡Qué buena cosa es haber amado a una mujer desde niño! Y también es cosa buena no tener que retornar a la fe».

Esto no obstante, la personalidad militante de nuestro autor (que no concebía la religión como un sentimiento subjetivo sino como una verdad y una herencia objetivas a las que se sentía vinculado por una inmemorial y exigente devotio guerrera) le previno de abandonar formalmente la fe. De una forma compleja, y desde un cierto pesimismo natural compatible con su temperamento vitalista, nunca dejó de defender la fe de su bautismo, ni de considerar a la Iglesia como su casa solariega, la herencia de sus mayores y la posibilidad misma de la convivencia entre los hombres.

Decía el P. Deman que «el disgusto del mundo no equivale al gusto de Dios». En el caso de Belloc llama la atención su estar a gusto en el mundo, al menos en el mundo tal como nos ha sido legado por una vieja civilización cristiana, pero también en su aspecto de morada natural. En él no se respira ese desprecio del mundo que, erróneamente, algunos toman automáticamente por un anhelo de las cosas celestes. Lo que en él encontramos es algo mucho más próximo, menos artificioso y más desnudo, más afín a nuestro ser: el hecho de que el mundo es un lugar hermoso y terrible que amamos y del que, sin embargo, no ignoramos sus flaquezas y sus peligros. A una relación como ésta le sobreviene la fe como un don, pero también como un combate, porque sabemos que debemos gozar de este mundo como pasajero y en función de las exigencias del siguiente, pero eso no nos hace repudiarlo ni rechazarlo, sino que da una ternura doliente a nuestro viejo amor por la tierra, mientras buscamos el cielo.

Otra particularidad de Belloc respecto de sus amigos y correligionarios literatos es su mestizaje intelectual. Hay en Belloc problemas doctrinales que traen su origen de su contexto histórico. El ejemplo más palmario de esta inseguridad doctrinal es su rendida admiración por la revolución francesa —la Revolución—, para la que no ahorra insensatas alabanzas que llegan —lacrymas teneatis?— hasta el desprecio de quienes, como los vandeanos, se levantaron en armas por defender a su fe y a su rey contra el régimen intruso. Yerra gravemente, pero aun errando cree fundar su juicio en las consecuencias de la fe. He ahí el núcleo de su lamentable confusión: desconoce la vieja doctrina social cristiana. Intentará remediar esa falla «redescubriendo el Mediterráneo», pero no asimila bien la enseñanza de Rerum novarum y toma la parte por el todo, olvidando los sublimes y complejos principios de la doctrina política cristiana, los reduce a la mera redistribución de la propiedad y a la cuestión obrera. No estará solo en esa confusión, como bien denuncia Madiran.

El Camino de Roma, obra robusta, divertida, torrencial y legítimamente satírica (por lo tanto sapiencial), su libro más aclamado por la crítica y por el que nutría un especial cariño, tampoco está exento de esa rechinante admiración por la revolución. Poco le costará al lector desechar esa cizaña.

Pero si Belloc no se puede tomar confiadamente como guía doctrinal —que no se debe— haríamos mal en adoptar mayores reservas que las de una profundización en la benemérita enseñanza social católica. Porque dejando esos gazapos a un lado, en la lectura de Belloc, y particularmente en El Camino de Roma, hallaremos la estruendosa confidencia de un hermano en la fe —quizás algo tarambana, pero inteligente, corajudo y no exento de prudencia— que no nos va a hablar de melifluas cogitaciones, sino que al socaire de disparatados episodios, de desternillantes lances o de viriles aventuras, compartirá discretamente con nosotros profundas lecciones de la vida y un sufrido realismo de la fe (todo con una elegancia rústica que fácilmente permite a los superficiales tomarle por un frívolo).

La edición que presentamos ahora es hasta ahora la única versión íntegra en español de The Path to Rome, y recoge también por vez primera todos los grabados originales. Existía una versión española, muy mutilada, que «domesticaba» hasta hacerla irreconocible la satírica pluma bellociana. Ojalá que esta edición contribuya a dar a conocer mejor la obra y la personalidad de este gigante de las letras y campeón de la fe.

En un mundo tan confuso como el que nos ha tocado vivir necesitamos ejemplos de púgiles intelectuales, sí, pero también prácticos. Y Belloc fue, sobre todo, un católico práctico y belicoso que escribía como un ángel… justiciero.

El editor

Sorprendentemente, aquella versión de El Camino de Roma mutilada y desfigurada hasta lo irreconocible, la de Juan G. de Luaces, acaba de reimprimirla un sello editorial perteneciente a una distribuidora liberal (del género de liberalismo que Belloc aborrecía) y se ha puesto a la venta casi al mismo tiempo que la de Gaudete. Los compradores tienen así dos opciones: una tan lejos del original que es, de hecho, un libro distinto, netamente inferior; otra, la de Gaudete, que les acercará a Hilaire Belloc y a su extraordinario Camino de Roma.

Belloc, Hilaire, El Camino de Roma. Trad. Luis Infante. Producciones Gaudete, Larraya 2011. Rústica con solapas, 21 x 14 cm. 320 páginas. Con ilustraciones. ISBN 978-84-936787-4-6. Depósito Legal M-38.058-2011. P.V.P. 18,50 euros.

Hablando de Belloc, de Asturias, de Roma y de la Fe. A quienes deseen comprender por qué ya no hay culto católico ni enseñanza católica (con poquísimas y perseguidas excepciones) en los templos gijoneses ni en los de la desgraciada Archidiócesis de Oviedo, les vendrá bien leer la biografía de Thomas Cranmer que Hilaire Belloc publicó en 1931. Léanla, y luego nos cuentan…

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Archivado bajo 02.- Gijón, 03.- Comarca, 05.- España, Justicia social

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