Sánchez Corredera o el desequilibrio

Otra obra jovellanista ignorada por Silverio Sánchez Corredera

La pedantería y la pretenciosidad forman un peligroso combinado (cocktail, dicen algunos) con la ignorancia, sea ésta verdadera o selectiva. Uno de sus obvios peligros es poner en ridículo a sus adeptos. A la ya conocida nómina de colaboradores de La Nueva España aficionados a este combinado (Cuca Alonso, Francisco Prendes Quirós, Paco G. Redondo, Ladislao de Arriba, Alfonso Peláez, etc.) hay que añadir a Silverio Sánchez Corredera. De la edición electrónica de La Nueva España de ayer tomamos el siguiente artículo:

Lecturas
Jovellanos fantaseado
Una reinterpretación del ilustrado asturiano a partir de las diferentes visiones reunidas en el bicentenario de su muerte

08:21

Cualquier figura histórica ha de ser representada, y este año le ha tocado a Jovellanos. Son los caminos de la veracidad, la descripción acertada y la correcta recreación. Aunque sabemos que este Jovellanos representado ha sufrido las asechanzas del desembarco progresivo de muchas de las ideologías de nuestros dos últimos siglos y nos hallamos en la tarea de limpiar su imagen de ese lastre. Difícil tarea, pues no es posible pensar sin nuestras emociones ideológicas. Será, entonces, cuestión de tratar siempre el concepto con el arte requerido, será por tanto, también, una cuestión de buena estética.

Y del mismo modo que puede existir belleza en el concepto, sobre todo en las arquitecturas poderosas que ensamblan sutiles y escurridizos datos en una potente idea, capaz de ser vista y recorrida en sus contornos, de la misma manera que el concepto tiene su estética, también la «phantasía» puede tejer en sus redes un producto verdadero, dotado de rasgos claros y distintos.

El atractivo de este nuestro ilustrado, al que no le faltan ahora las diplomáticas cortesías debidas pero que, a pesar de lo aparente, sufre todavía desajustes visibles, sin duda por la dificultad que encierra encajar la múltiple diversidad de sus caras, este Jovino tan renombrado pero en la misma medida bastante mal difundido, ha sido objeto también de múltiples miradas fantaseadas, de las cuales vamos a recordar algunas, porque es posible también un Jovellanos fantaseado mucho más desobediente a los datos reales, históricos y verídicos, pero que siguiendo otros impulsos estéticos puede aspirar también a mostrarnos algún contorno verdadero.

Porque, contra lo que cabría esperar, no es necesariamente el Jovellanos representado siempre el más fiel y el fantaseado el más equívoco. Del artista sabemos que va e embaucarnos en mil detalles del escenario aunque le pediremos que no nos engañe en lo esencial. Del investigador científico no le vamos a perdonar que se equivoque en una minucia, como no toleramos una pequeña mancha en la sedosa blusa que puede dar al traste nuestra pulcritud.

Seguramente Goya acertó bastante bien con la vera efigie del Jovino de cincuenta y cuatro años, aunque lo importante de la «phantasia» goyesca es que nos permite acceder al alma de Jovellanos, en el momento en que saca a la luz la impotencia y la perseverancia ensimismadas, las de un paradójico reformador en una corte en la que el ajuste de las lindas pelucas podía ser, quizá, cuestión de Estado. Otra actitud había tenido la «phantasía» de Goya en el primer retrato de Jovino, el de la pierna cruzada, pues allí se trató de captar el éxito profesional de quien ascendía a consejero de Órdenes.

En la exposición «La luz de Jovellanos», del Revillagigedo y Casa Natal, pueden contemplarse esas dos «phantasías» de Goya, y podrá el esteta visitante reconocer si le transmiten algo o no. En un lugar próximo, en la misma exposición, se nos proyecta el vídeo «Jovellanos o el equilibrio», con guión de Jesús Evaristo Díaz Casariego, cuya «phantasía» (quizás, simplemente fantasía) ha querido asimilar a Jovino al credo tradicionalista de los años cuarenta del franquismo. El nombre de Jovellanos fue repudiado por algunos durante más de un siglo por haber alentado aquellos desbarajustes agraristas que se hubieran seguido en el tradicional orden de la propiedad de las tierras, pero remansado ya el asunto por tantos años pasados y también, ahora, por la victoria de quienes ganaron la guerra civil española, entonces, ¿no era juicioso que aquel falangismo se centrara ahora en la solemne defensa nacional de uno de los más grandes patriotas que España tuvo?

Carmen Gómez Ojea, en las antípodas del firme ademán casarieguista, publicó en 1989 Pentecostés (también esta obra figura en la misma exposición), una iconoclasta novela que pone a prueba la vera efigie del recto magistrado, haciéndole prisionero de las fantasías de una alcohólica protagonista que lee el diario de Jovellanos y entre líneas lo fabula borrachín y de ambigua sexualidad; no queda muy claro, creo, si el núcleo tenía que ver con una sugerencia de otras posibles lecturas del diario de Jovellanos o si, sin ir tan lejos, se pretendía mostrar a una protagonista mujer embebida en sus problemas, en el momento en que casualmente lee a Jovellanos.

En esta pesquisa del Jovellanos fabulado, nos encontramos también con Carlos IV de Pérez Galdós, donde se hace un breve y simpático guiño a la figura del ilustre ministro asturiano. Algo parecido hace Fernando Savater en su Jardín de las delicias, pero sacándole algunas pecas.

Dos cómic sobre Jovellanos, el de Paco Abril y el de Juan José Plans, ambos dibujados por Isaac del Rivero senior, nos asoman a ventanas en el tiempo desde donde caemos ensimismados en los trasiegos de una heroica biografía. Otro cómic de reciente aparición, el de Jaime Herrero, con dibujos estupendos y simpáticos, tiene gran interés como introducción abreviada. Finalmente, en otro, «Jovellanos y Felinus», con dibujos de Mila García y con textos míos, podrán seguirse los curiosos pasos de un sabio gato y de su tropel acompañante inquiriendo en las escenas más representativas del filósofo gijonés, para destacar sobre todo sus ideas y contribuciones.

Un vídeo de veinticinco minutos de la Sociedad Asturiana de Filosofía, «Jovellanos, Ilustración y Poder», de cuyo guión soy responsable, se ha propuesto acercarnos didácticamente al ilustrado y unir las dos épocas, la nuestra y la suya, a través de la idea de poder. En la misma línea biográfica pero pasando a palabras mayores, pues ahora Jovellanos será encarnado como personaje en una serie televisiva, con guión de Juan Luis Cebrián, tendremos ocasión de comprobar muy pronto si ese Jovellanos encaja bien o mal en nuestro imaginario del siglo de las luces, o, incluso, tal vez, si puede llegar a tener la fuerza de mejorar aquel imaginario. Si tuviera algún éxito esta serie, vendría a llenar ese hueco de la difusión de masas aún no conseguido, pues el drama de Joaquín Alonso Bonet alguna vez representado es para minorías y seguramente necesitado de un guión remozado. Quizá llegue a ser Juan Carlos Gea, espero mucho de él, pues reúne el ingenio intelectual y la sensibilidad artística, quien consiga modernizar a Jovellanos en la biografía que está escribiendo.

Reposa desde enero de 2011 en los estantes de las librerías una nueva novela titulada El alcalde del crimen, de Francisco Balbuena. Jovellanos es el protagonista, al lado del intrépido viajero inglés Richard Twis. Nos lleva a un solo año de la vida de Jovellanos, cuando tiene treinta y dos años y es juez. Quienes lean esta novela se encariñarán de sus dos personajes protagonistas. La construcción contiene algunos elementos históricos de un Jovellanos representado, del que se han extraído bastantes buenas cualidades acertadamente, pero sobre todo vemos a un Jovellanos fabulado, en una Sevilla dominada por un clero retrógrado y fanatizado, y en medio de las pesquisas de la Inquisición aferrada a sus esquivos métodos y en pugna con las nuevas luces encarnadas en Olavide, Jovellanos y Twis. Una cadena de crímenes marca el ritmo de los acontecimientos, pero lo que realmente llega a interesarnos son las dotes de esos dos protagonistas tan complementarios y tan diferentes, sólo en teoría, porque en realidad configuran juntos un mismo y único sentido en la interpretación de la verdad de los hechos. Eso sí, se enamoran ambos de mujeres muy distintas, quizá esté ahí su diferencia. En todo caso, ambas amantes no son ahora lindas féminas sino mujeres de carácter propio, estilo nuevo y poderosa autonomía. Esa es la estética que enamora aquí a Jovellanos.

Vamos a empezar por lo más obvio. Refiriéndose al documental dirigido por Justo de la Cueva en 1944, bicentenario del patricio gijonés, Jovellanos o el equilibrio, con guión de Jesús Evaristo Casariego basado en su libro del mismo título, y rescatado de la Filmoteca Nacional para la exposición que actualmente puede visitarse en Gijón, escribe Sánchez Corredera: «el vídeo «Jovellanos o el equilibrio», con guión de Jesús Evaristo Díaz Casariego, cuya «phantasía» (quizás, simplemente fantasía) ha querido asimilar a Jovino al credo tradicionalista de los años cuarenta del franquismo. El nombre de Jovellanos fue repudiado por algunos durante más de un siglo por haber alentado aquellos desbarajustes agraristas que se hubieran seguido en el tradicional orden de la propiedad de las tierras, pero remansado ya el asunto por tantos años pasados y también, ahora, por la victoria de quienes ganaron la guerra civil española, entonces, ¿no era juicioso que aquel falangismo se centrara ahora en la solemne defensa nacional de uno de los más grandes patriotas que España tuvo?».

Tiene mérito acumular tantas meteduras de pata en tan pocas líneas. Evidentemente, Jesús Evaristo Casariego (no «Díaz Casariego», sino en todo caso Díaz-Casariego, compuesto, que en 1944 el autor tinetense ya no usaba hacía años) no hizo el guión de un «vídeo», sino de un documental (el primero producido sobre Jovellanos, por cierto) en celuloide. El libro de don Jesús en el que se basa, que Sánchez Corredera ignora (no sólo en este articulillo suyo, como veremos) dista mucho de ser una «fantasía». Lo que en cambio sí es fantasía, de caos y pesadilla, es decir que el documental «ha querido asimilar a Jovino al credo tradicionalista de los años cuarenta del franquismo». Ni en la década de mil novecientos cuarenta tenía el franquismo mucho que ver con el «credo tradicionalista» (el discurso oficial era más próximo al nazifascismo, es decir, al progresismo, es decir, al de Silverio Sánchez Corredera) ni a Casariego le quedaban concomitancias con el franquismo en esa época.

Pero Sánchez sigue, bobaliconamente: «El nombre de Jovellanos fue repudiado por algunos durante más de un siglo por haber alentado aquellos desbarajustes agraristas que se hubieran seguido en el tradicional orden de la propiedad de las tierras». Aquellos «desbarajustes agraristas», proyectos que Jovellanos acarició, eran –como agudamente señaló Vázquez de Mella– fruto de su única contradicción en un ideario político que era, por lo demás, plenamente tradicionalista: eran adamsmithianos, propugnaban, aun sin conciencia clara de ello, unos cambios que habrían llevado inexorablemente al capitalismo salvaje.

En la frase siguiente, Sánchez Corredera se supera en lo obsceno de su ignorancia: «¿no era juicioso que aquel falangismo se centrara ahora en la solemne defensa nacional de uno de los más grandes patriotas que España tuvo?». ¿Y qué tenía que ver Casariego con «aquel falangismo», señor Sánchez? Casariego era tradicionalista.

Pero se ve que el articulista, insigne representante de la «Sociedad Asturiana de Filosofía», le ha cogido el gusto a la obscenidad. Sólo así puede explicarse que, a continuación de Casariego, se ponga a hablar de los domésticos extravíos de la pobre Carmen Gómez Ojea. Y sólo por su contumaz ignorancia, combinada con su pretenciosidad, se puede explicar que haga la transición con esta estúpida frase: «en las antípodas del firme ademán casarieguista». No, mire, señor Sánchez: la letra del «Cara al sol» no dice «firme ademán», sino «impasible el ademán». Siga intentando la ironía; de momento, no la logra. Y, como ya le hemos explicado, Casariego nunca fue falangista.

Cabe preguntarse cómo el señor Sánchez puede citar librillos como el de la Gómez Ojea, o las lamentables historietas —«Dos cómic», dice él– de Paco Abril y Juan José Plans (con dibujos ambas de Isaac del Rivero), o la novelilla de Francisco Balbuena; y en cambio ignorar el ya citado libro Jovellanos o el equilibrio (ideas, desventuras y virtudes del inmortal hidalgo de Gijón), de Jesús Evaristo Casariego, o el más reciente de la fotografía que encabeza esta entrada, Jovellanos, ideología y actitudes religiosas, políticas y económicas, de Francisco José Fernández de la Cigoña (libro publicado por el Instituto de Estudios Asturianos cuando lo dirigía Casariego; es decir, cuando aún no estaba reducido al actual RIDEA, rideo, rides, ridere, risi, risum). No sólo los ignora en este artículo de La Nueva España. En el sitio web de la «Sociedad Asturiana de Filosofía», por ejemplo, aparecen unas hojas «Jovellanos, Ilustración y Progreso. X OLIMPIADAS DE FILOSOFÍA 2010-2011. SAF / Sociedad de Filosofía», en las cuales están también ausentes; hay en cambio en ellas profusión de cosillas del propio Silverio Sánchez Corredera, además de abundantes muestras de falta de rigor (incluso el paradigmático enlace a Wikipedia). La mención al documental de Justo de la Cueva y J.E. Casariego trasluce que se ha sacado de una sola fuente en Internet, con una ficha incompleta.

Formulemos una hipótesis para responder a nuestra anterior pregunta. Busquemos un indicio. Escribe Sánchez Corredera: «Un vídeo de veinticinco minutos de la Sociedad Asturiana de Filosofía, «Jovellanos, Ilustración y Poder», de cuyo guión soy responsable, se ha propuesto acercarnos didácticamente al ilustrado y unir las dos épocas, la nuestra y la suya, a través de la idea de poder». Otro vídeo, en contraposición al «vídeo» de 1944. Uno –el más antiguo– basado en un libro sólido de un tradicionalista que se ocupa de otro (pues Jovellanos pertenece al acervo del tradicionalismo español, y durante más de un siglo fue objeto casi exclusivo de atención y estudio por parte de tradicionalistas o criptotradicionalistas, de Nocedal al citado Vázquez de Mella, de Menéndez Pelayo a Guillermo Estrada o al propio Casariego). Otro basado en los trabajos (también un libro entre ellos, prologado nada menos que por la gatopardesca Mapi Fernández Felgueroso) del propio Silverio Sánchez Corredera, desde el «materialismo filosófico». O sea, desde la herencia de aquellos impíos dieciochescos para quienes Jovellanos pedía, literalmente, «el cuchillo»; desde la prolongación agónica de aquellas ideas de cuya expansión Jovellanos culpaba a la disminuida Inquisición de su tiempo, a la que criticaba por su falta de eficacia en la represión de las mismas.

El autor de una tesis doctoral titulada nada menos que Ética, política y moral en Jovellanos, desde la perspectiva del materialismo filosófico –tesis que luego refundió en el libro antes citado– necesita de la suplantación. (Mediante la cual se van consiguiendo patronatos de foros, comisariados y colaboraciones varias con cargo al erario público, y un cierto renombre en esta época de falsarios y suplantadores). Por eso espera que alguien «consiga modernizar a Jovellanos». Y el desequilibrio es para él también necesidad, además de circunstancia: le resultarían insoportables el equilibrio, la virtud, el honor y la Fe de un Gaspar Melchor de Jovellanos.

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Archivado bajo 02.- Gijón, 05.- España, 07.- Enseñanza, Política local

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