Manolete, Manolete, si no sabes torear, pa’qué te metes…

Ayer, 8 de febrero, tuvo lugar en la antigua Escuela de Comercio de nuestra villa, situada en la calle de Francisco Tomás y Valiente (antigua Ramiro de Maeztu), número 1, ‎ una nueva conferencia del ciclo «Las Guerras de la Independencia Hispanoamérica» que organiza el Ateneo Jovellanos. La indicación de la dirección de la sede del Ateneo es superflua para los lectores de Voluntad; pero no parece que lo sea para los directores y redactores de unos periódicos, mal llamados asturianos, que no mencionan ni una sola palabra de la misma, quizás porque ignoren su situación geográfica.

No incluimos entre esos periódicos a La Nueva España que, al contrario que la edición local de El Correo, con su mancheta El Comercio, más preocupado en cerrar rotativas y ser, cada vez, menos gijonés; y de esa cosa que se imprime con la mancheta del otrora prestigioso diario ovetense, con pretensiones regionales, La Voz de Asturias, y que hoy no pasa de ser un encarte de esa otra cosa que se hace llamar Público, sí se preocupó por cubrir la conferencia e intentar hacer llegar a sus lectores lo que en ella se dijo.

Y decimos intentar porque, desafortunadamente, no lo consigue, dada la manifiesta incapacidad de la persona enviada a cubrir dicha conferencia. Con la cantidad ingente de periodistas que hay en paro, o dedicándose a cualquier otra cosa que no tiene nada que ver con el periodismo, La Nueva España decide enviar a la conferencia a Cuca Alonso, que, en cuanto deja de hablar de su «Gijón del alma», demuestra una enciclopédica ignorancia del asunto a tratar, sea este el que sea. La verdad sea dicha, en la redacción de La Nueva España, en su edición local, figura una extraña serie de personajes que, salvo contadas excepciones, carecen del más mínimo nivel para escribir en un periódico, más o menos, serio. Completen, los lectores que nos quedan, la lista que encabezan la mencionada Cuca Alonso, el bancario Ladis de Arriba, el polifacético Alfonso Peláez o el cursi habitual Paco Prendes Quirós.

En el artículo, Olvido Alonso García-Nava (qué sospechosos resultan estos apellidos unidos por un guión: García-Nava, Pérez-Espinosa, González-Lobón; que todos tienen la misma estructura, un primer apellido relativamente corriente y otro un poco más peculiar) perpetra en la edición del día de hoy de La Nueva España, se deslizan unos errores garrafales que demuestran la ignorancia de la autora sobre el tema tratado y, sobre todo, sobre el conferenciante.

La Armada en América, amor y tristeza

El capitán de navío José María Blanco relata que cuando comenzó la emancipación, en 1808, «sólo había treinta oficiales de la Marina en todo el continente americano»
CUCA ALONSO
En el ciclo de conferencias que sobre «Las guerras de la independencia hispanoamericana» se está celebrando actualmente en el Ateneo Jovellanos hay una sombra de tristeza, que en todos los casos proviene de las palabras

José María Blanco, ayer, durante la charla en el Ateneo Jovellanos. / Juan Plaza

del ponente. Razones sobran para dicha tristeza. Aparte de ver cómo el imperio español se caía a pedazos, las consecuencias o memorias posteriores tampoco arrojan motivos para la alegría. Ayer, por ejemplo, cuando el capitán de navío José Mará Blanco comenzó su discurso titulado «La Armada en la guerra de emancipación americana», sus primeras palabras fueron para lamentar que aquellos españoles de ultramar que lucharon contra España y contra su rey, todos tienen monumentos en las plazas de nuestras ciudades, mientras que los leales que los combatieron fueron relegados al olvido.

De ahí en adelante, todo el relato es la historia de un fracaso labrado con despropósitos, dejadez y pésima política. Habrá quien piense -y piensa bien- que la independencia de las colonias hispanoamericanas era una causa irrenunciable. Pero otra cosa es cómo se consiguió; estaban en entredicho la dignidad de España, su prestigio, sus intereses…

El comandante de Marina del Principado, Juan Manuel Beceiro, elegantísimo con su uniforme de media gala, hizo la presentación de José María Blanco. Entre sus muchos méritos diremos que ha mandado el dragaminas «Sil», la corbeta «Diana», la fragata «Cataluña», y el buque de combate «Patiño». Es especialista en comunicaciones, profesor de Estrategia, académico, investigador, organizador de congresos… Está en posesión de diversos premios y condecoraciones, entre ellas la medalla de la OTAN. Pertenece a una familia de militares desde el siglo XIX.

Sentido del humor, pese al tinte trágico de su exposición, no le falta al señor Blanco. Al ver la sala llena, achacó el dato a la presencia de familia, compañeros y núcleo ferrolano. «Contaba siete meses cuando mi padre me trajo en barco a Gijón, donde recibí mi segundo bautizo, éste de sidra, en el bar Nalón». Saludó al presidente de la Fundación Alvargonzález, Juan Alvargonzález, agradeciéndole sus aportaciones a la historia de la Marina. Valiéndose de imágenes en pantalla, José María Blanco mostró el mapa de la América hispana. «Allí donde hubo una capitanía general y un virrey, hay hoy una nación», dijo, aludiendo al ordenamiento y sistema legado por los españoles.

La Marina militar española nace con los Borbones en 1717, creándose tres bases: Ferrol, Cádiz y Cartagena. Pero es el marqués de la Ensenada (1748) quien regula el cuerpo y establece los grandes arsenales. Un apostadero es un puerto que reúne varios buques bajo el mando de un jefe; una base naval sirve para reparar, aprovisionar y formar marinos. Según esto, el primer apostadero americano se hizo por orden de Felipe II en Veracruz; éste precedió al de La Habana, al de San Blas de California… A su vez, la primera base naval tuvo su sede en Cartagena de Poniente; la segunda, en Puerto Cabello; la tercera, en Montevideo… Pasaron tres siglos. En Callao de Lima se arrió la ultima bandera de la Marina española. Nunca se envió ultramar un ejército organizado, a los oficiales se les pagaba mal, no se dotó de medios a la Marina, cuando la única comunicación con la metrópoli era el mar. En 1808 comienza la emancipación y apenas hay treinta oficiales de la Marina española en todo el continente.

«Yo quiero recordar a los héroes silenciados, los que defendieron a España y la corona», dijo el capitán de navío José María Blanco. Rosendo Porlier, Jacinto Romarate, José Primo de Rivera, Pascual Enrile, Monteverde, el asturiano Boves, Ángel Laborde, Roque Guruceta…

http://www.lne.es/gijon/2011/02/09/armada-america-amor-tristeza/1031054.html

Obviando las faltas de ortografía, cada vez más habituales en los medios de comunicación, nos encontramos con expresiones como que el actual titular de la Comandancia de Marina de Asturias, que ese es su nombre oficial, y no «del Principado», iba «elegantísimo con su uniforme de media gala». Ignoramos a qué se referirá la autora del artículo con lo de «media gala» porque el uniforme de «media gala» no existe en el actual reglamento de uniformidad de las Fuerzas Armadas españolas y éste se promulgó en un lejano 20 de enero de 1989. Sin duda, para la autora, que el Capitán de Navío D. Juan Manuel Beceiro fuera con el uniforme de diario a una conferencia le parecería demasiado vulgar, así que había que adornarlo con lo de «media gala».

http://www.mde.es/Galerias/areasTematicas/observatorio/fichero/normativa/SBD_OM_OM6_1989DenominacionUnif.pdf

Además, hay que reconocer la mala suerte que tiene la «escribidora», resulta que entre los méritos del, también, Capitán de Navío D. José María Blanco está haber comandado el dragaminas, que no «dragamina», «Sil», la corbeta «Diana», la fragata «Cataluña» y «el buque de combate “Patiño”». Pues también es mala suerte que el único de los barcos que menciona que, precisamente, no es de combate es el «Patiño». El resto de ellos, cuando estaban en servicio (hace años que fueron dados de baja en la lista de buques de la Armada Española), eran todos de combate.

El buque de aprovisionamiento de combate «Patiño» (A-14) es un barco destinado a proporcionar, entre otras cosas, combustible, munición, víveres, pertrechos y asistencia sanitaria a las unidades de combate de la Armada, en la mar. Es decir, un almacén flotante.

http://www.armada.mde.es/ArmadaPortal/page/Portal/armadaEspannola/buques_superficie/04_Aprovisionamiento_Combate–01_buque-aprovisionamiento-combate-patinno

 Otra perla de la señora Alonso es destacar que el conferenciante está en posesión de diversos premios y condecoraciones, resaltando la «medalla de la OTAN». Acudiendo a la biografía que está colgada en la web del Ateneo Jovellanos, resulta que está en posesión de la Encomienda, Cruz y Placa de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo, la Cruz de la Orden del Mérito Naval de 1ª y 2ª Clase, la Medalla Conmemorativa del IV Centenario de la Batalla de Lepanto, la Mención Honorífica Especial, la Medalla de la OTAN y la Medalla de Servicios de la UEO.

http://www.elateneo.es/eventos/show/conferencia-del-capitan-de-navio-y-director-general-adjunto-del-instituto-de-historia-y-cultura-naval-federico-baeza-fernandez-de-rota

¿Por qué destaca la Medalla de la OTAN? Es, de todas las que posee el conferenciante, probablemente la de menor importancia, puesto que únicamente requiere que se haya servido, al menos, treinta días en misiones de la OTAN. Podemos asegurar a doña Olvido que muchos de los militares destinados en el Acuartelamiento «Cabo Noval» no es que tengan una medalla de la OTAN, es que tienen dos o tres.

Cuando la «escribidora» se decide a hablar de historia naval, el asunto empieza a hacer aguas por todos sitios. Resulta que la marina militar española, según Cuca Alonso, «nace con los Borbones en 1717». Lo que nace en 1717 es la Real Armada, entendida como el conjunto de todas las fuerzas de mar que el rey sostiene para defender las costas y el comercio. ¿Acaso cree Cuca Alonso que los barcos de la Grande y Felicísima Armada, más conocida como «Armada Invencible», en 1588, eran barcos de la Trasmediterránea? ¿O que los barcos que mandaba Don Juan de Austria en Lepanto, en 1571, pertenecían a la Fred Olsen? La marina militar española empieza, como unidad teórica, con la unión de las coronas españolas.

Para concluir con el despropósito histórico, se le ocurre decir que «En Callao de Lima se arrió la última bandera de la Marina Española». Tiene el detalle de no poner la fecha. ¿Se referirá a 1826, cuando se retira, a las órdenes del General Rodil, el último ejército español de la fortaleza del Real Felipe? ¿O se referirá a 1866, cuando la Armada Española bombardea Callao, en el marco de la Guerra del Pacífico? No importa a cuál se refiera porque se olvida de los combates de Cavite, en Filipinas, o de Santiago, en Cuba, dentro de la Guerra Hispano-Norteamericana, dentro del siglo XIX. De los hechos heroicos de la Armada Española en el siglo XX, mejor no hablamos. Lo único que está claro es que mientras exista España, nunca se arriará la bandera de los barcos e instalaciones de la Armada.

A todo esto, si hay alguien que después de leer lo escrito por Cuca Alonso en La Nueva España, sea capaz de decirnos algo de lo que dijo el conferenciante, no podemos hacer otra cosa más que descubrirnos. Porque, salvo que lamentó que muchos de los héroes que lucharon por España y por el Rey no tengan calle ni plaza alguna, y los traidores, en cambio, a cientos, no sabemos mucho más. Claro, a ella lo de Who, What, When, Where, Why & How debe sonarle a chino.

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1 comentario

Archivado bajo 02.- Gijón, 05.- España, 09.- Medios, Cuba, Hispanoamérica

Una respuesta a “Manolete, Manolete, si no sabes torear, pa’qué te metes…

  1. Incorregible. Olvido Alonso García-Nava perpetra otra disparatada crónica de conferencia. Por no enterarse, no se entera ni del nombre del ilustre profesor universitario que la pronunciaba, y convierte a Manuel de Abol-Brasón y Álvarez-Tamargo en «Manuel Albol-Brasón». ¿Será que a doña Cuca le suena el papel aluminio Albal, mucho más que el jovellanismo y que la historia del derecho y las instituciones? Evidentemente, sí. Vean los despropósitos que dicha señora ensarta en La Nueva España:

    El alma más hermosa de su siglo
    El profesor Manuel Albol-Brasón define a Jovellanos como un intelectual «ecuánime que siempre buscó el equilibrio»

    13:04
    CUCA ALONSO

    Cuando el profesor Manuel Albol-Brasón ocupó ayer su tribuna en el Ateneo Jovellanos, no pudo menos que extender su gesto en una amplia sonrisa al ver la sala completamente llena. Posiblemente se habrá preguntado si tan generosa concurrencia obedecerá a la devoción de la parroquia por Jovellanos, o si tanto interés es habitual a despecho del tema o del ponente. Inclínese usted por lo segundo y acertará. Gijón es así, señor mío, y a nada que se le provoque el lleno puede ser histórico. Un contraste con la capital, donde, dicen, toda indiferencia tiene su asiento.

    Continuando con el ciclo que el Ateneo celebra para conmemorar el 200.º aniversario de la muerte de Jovellanos, el profesor Albol-Brasón desarrolló el título «Jovellanos y la religión». Antes fue presentado por una joven y guapa profesora de la Universidad de Oviedo, Ramona Pérez de Castro, hija de nuestro querido amigo José Luis Pérez de Castro. Manuel Albol-Brasón es doctor en Derecho por la Universidad de León, y profesor titular de Historia del Derecho de la Universidad de Oviedo. Hombre de gran erudición, de memoria excepcional, y amplios conocimientos en heráldica y genealogía, le apasionan las biografías y de modo especial las correspondientes a los parlamentarios asturianos en las Cortes españolas. Es autor del libro «Documentos escogidos de la casa de Jovellanos en el archivo de Mohías».

    «No podemos poner etiquetas exclusivas a Jovellanos respecto a sus ideas o tendencias; era un ser ecuánime que siempre buscó el equilibrio», dijo el profesor Albol-Brasón, antes de definir la España que hubo de vivir nuestro polígrafo, gobernada por una Monarquía borbónica absolutista. Donde la Iglesia era una institución poderosa, dueña de grandes propiedades, con amplio ascendiente sobre la sociedad, y patrona de todas las actividades docentes y culturales. A su vez, la Inquisición aún gozaba de gran prestigio. El modo de vida de la familia de Jovellanos queda ampliamente retratado a través de los documentos de su archivo, que hasta el siglo XIX estuvo en Gijón, pero una herencia hizo que se trasladara a Mohías. Remontándonos al siglo XV nos encontramos con el linaje de los Jove, hidalgos, firmes creyentes, pero también brutales o facinerosos; la nobleza era así. En Gijón, se enfrentaban los Jove y los Valdés; durante dos siglos se pelearon por la capilla de la Epifanía. Los siglos XVI y XVII muestran, a través de documentos, una familia Jove piadosísima, que lucha por despejar las dudas sobre una acusación que pesaba sobre ella, al tachar a sus ancestros de conversos. En su afán de deshacer tal sospecha, en el siglo XVII varios de sus miembros llegaron a formar parte del tribunal de la Inquisición.

    Ése es el ambiente en que nació Jovellanos. Su abuelo tuvo cuatro hijos eclesiásticos; su padre era terciario de la Orden Franciscana y él, en su juventud estuvo destinado a la Iglesia. «Iglesia, mar o casa real», se aconsejaba para los vástagos de la nobleza. Así, Jovino llegó a tener la primera tonsura, un compromiso mínimo del que acabaría renunciando durante sus estudios en Madrid. Pero ese abandono de la Iglesia no supuso una dejación de su fe. Ésta nunca le abandonó, aunque era poco amigo de las muestras de devoción popular. Su catolicismo era frío, ético, moralizante y muy ortodoxo con las verdades reveladas. En noviembre de 1811, al sentirse morir en Puerto de Vega, quiso confesarse, comulgar y recibir la extremaunción. Años después, Marcelino Menéndez Pelayo se referiría a él como «El alma más hermosa de su siglo».

    No vamos a hacer sangre con lo de «nuestro querido amigo José Luis Pérez de Castro», a pesar de la tentación de añadir «Dios los cría y el demonio los junta». Pero, ¿qué les parece eso de que la España de Jovellanos estaba «gobernada por una Monarquía borbónica absolutista»? La Monarquía de Carlos III y de Carlos IV, señora Cuca, podía ser absoluta (en el sentido que esta palabra tenía entonces, y que no es el mismo que «despótica», con el que vino a identificarse después), pero no «absolutista»; que no es lo mismo «fútbol» que «futbolista», para que usted nos entienda.

    ¿Qué decir de cómo entiende la señora Alonso lo que el conferenciante dijo en realidad sobre la antigua nobleza gijonesa, o sobre la Iglesia en el siglo XVIII? Pues que poco o nada tiene que ver la croniquilla con ello. Pobre.

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