Doble fiesta y sucedáneo envenenado

¿Halloween? ¡No, gracias!

Tómese esta ilustración en sentido figurado, que en la cocina asturiana la calabaza da mucho juego, y los murciélagos son simpáticos y benéficos

A no ser que hoy hayan oído Misa a las diez de la mañana en Santo Tomás de Granda, seguramente a ustedes, queridos convecinos, se les haya pasado que este domingo, último de octubre, es la fiesta de Cristo Rey, tal como la instituyó en 1925 el Papa Pío XI por su encíclica Quas primas.
A la izquierda de la foto, indeseables. A la derecha, Cristo Rey

Arriba, en el centro de la imagen, Cristo Rey en gloria y majestad, en la gijonesa iglesia del Sagrado Corazón. A la izquierda, Álvarez Arececes parece explicar cómo sus compañeros y antecesores la destruyeron en 1930 y 1936, ante la mirada bobalicona de Mercedes Álvarez y el despiste de Mapi Fernández Felgueroso, ésta quizá recordando que los suyos estaban (eso sí, sin pelear, que los parásitos no están para eso) del lado de los nacionales... (Foto El Comercio)

Este año el domingo de Cristo Rey coincide con la víspera de la fiesta de Todos los Santos (por cierto: mañana lunes, 1 de noviembre, tienen ustedes también la oportunidad de asistir al Santo Sacrificio de la Misa, a las 10:00 en la iglesia de Santo Tomás de Granda). Eso, víspera o vigilia de todos los Santos, es lo que significa en inglés Halloween, de All Hallows’ Eve (=All Saints’ Eve). A partir de la década de 1970, el melting pot judío de los EE.UU., mediante el cine y la televisión, fue convirtiendo esta fecha en un carnaval siniestro y estúpido, entre neopagano y satanista, que empezó a notarse en España, en esta era argentina / de socialismo y cocaína (Valle-Inclán), a fines de la década de 1990 (es decir, bajo Gobierno del PP; tanto monta, monta tanto).

Y, claro, como la estupidez es políticamente correcta, no han faltado en Gijón y su comarca colegios (incluso «concertados», es decir, ex católicos) y establecimientos hosteleros que han fomentado entre niños y adultos los disfraces terroríficos y los juegos necrófilos. Ni referencias más bien desafortunadas en la prensa local, como la que hace en La Nueva España Javier Morán (lo hemos dicho ya en Voluntad: ojalá este columnista se dedicara en exclusiva a la actualidad municipal, lo cual suele hacer muy bien, y abandonara la información religiosa, la cual suele hacer bastante mal), quien ofrece perlas como esta: «grandes catequesis cristianas llegaron durante décadas a las mentes de los niños a través de las películas de Walt Disney». Canastos.

Por no hablar de las «propuestas literarias» que el mismo diario ofrece, copiadas de las agencias EFE y Reuters, mezcla de perversión, futilidad y simple descerebramiento.

Claro que para perversión, futilidad y descerebramiento se basta y se sobra la clerigalla local. No vamos a ocuparnos hoy de Monseñor Gómez Cuesta, tan fácil de confundir con un vampiro; ni de Díaz Bardales, a quien tan poco disfraz le hace falta para encontrar su hueco en la familia Addams. El Comercio publica una entrevista con el presbítero José Antonio García Santaclara, alias Santa (como el diabólico Santa Claus, a quien tanto se parece: más apropiado para Halloween que para Navidad, obviamente), laicista (es decir, enemigo de Cristo Rey) y de riguroso y laico incógnito. Junto a algunas cosas sensatas (como su desprecio hacia el infame Fernando Sánchez Dragó, que compartimos) y hasta buenas, pero desordenadas y mal argumentadas, Santa vomita tantas estupideces, entre lo políticamente correcto y lo simplemente locoide, que quizá no quepa llamarlo hereje, sino simplemente orate ateo. (¿Qué se apuestan a que el titular de la Archidiócesis de Oviedo no dice ni hace nada al respecto?).

Conviene hoy leer la encíclica Quas primas, que enlazábamos más arriba, y sus actualísimos párrafos, como los que siguen:

23. Y si ahora mandamos que Cristo Rey sea honrado por todos los católicos del mundo, con ello proveeremos también a las necesidades de los tiempos presentes, y pondremos un remedio eficacísimo a la peste que hoy inficiona a la humana sociedad. Juzgamos peste de nuestros tiempos al llamado laicismo con sus errores y abominables intentos; y vosotros sabéis, venerables hermanos, que tal impiedad no maduró en un solo día, sino que se incubaba desde mucho antes en las entrañas de la sociedad. Se comenzó por negar el imperio de Cristo sobre todas las gentes; se negó a la Iglesia el derecho, fundado en el derecho del mismo Cristo, de enseñar al género humano, esto es, de dar leyes y de dirigir los pueblos para conducirlos a la eterna felicidad. Después, poco a poco, la religión cristiana fue igualada con las demás religiones, falsas, y rebajada indecorosamente al nivel de éstas. Se la sometió luego al poder civil y a la arbitraria permisión de los gobernantes y magistrados. Y se avanzó más: hubo algunos de éstos que imaginaron sustituir la religión de Cristo con cierta religión natural, con ciertos sentimientos puramente humanos. No faltaron Estados que creyeron poder pasarse sin Dios, y pusieron su religión en la impiedad y en el desprecio de Dios.

24. Los amarguísimos frutos que este alejarse de Cristo por parte de los individuos y de las naciones ha producido con tanta frecuencia y durante tanto tiempo, los hemos lamentado ya en nuestra encíclica Ubi arcano, y los volvemos hoy a lamentar, al ver el germen de la discordia sembrado por todas partes; encendidos entre los pueblos los odios y rivalidades que tanto retardan, todavía, el restablecimiento de la paz; las codicias desenfrenadas, que con frecuencia se esconden bajo las apariencias del bien público y del amor patrio; y, brotando de todo esto, las discordias civiles, junto con un ciego y desatado egoísmo, sólo atento a sus particulares provechos y comodidades y midiéndolo todo por ellas; destruida de raíz la paz doméstica por el olvido y la relajación de los deberes familiares; rota la unión y la estabilidad de las familias; y, en fin, sacudida y empujada a la muerte la humana sociedad.

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Archivado bajo 01.- Voluntad, 02.- Gijón, 03.- Comarca, 05.- España, 07.- Enseñanza, 09.- Medios, Justicia social, Navidad, Política local

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