Oro negro (Hoja del lunes, especial)

oronegroHace hoy sesenta y nueve años, la Compañía Asturiana de Comedias estrenaba en Pola de Siero la obra de José León Delestal (1921-1989) Oro negro. Poema dramático de la mina. Aunque, como señala la web de Trabe (editorial que ha unido a su irregular catálogo esta obra notable), es posible que se tratase de un ensayo general con público, pues la prensa de la época da como fecha del estreno el diecinueve de octubre de 1940, en el desaparecido Teatro Robledo de Gijón.

Podíamos haber esperado a 2010 y recordar entonces el septuagésimo aniversario, más redondo. Este año, sin embargo, coincide con la fiesta de Nuestra Señora del Pilar, Patrona de la Hispanidad (que no de España, pues este patronazgo lo ostenta la Santísima Virgen María en su advocación de la Inmaculada Concepción). No hace mucho, volvían a ocupar titulares los asturchales y los aspirantes a vividores a costa de la pretendida oficialidad de la «llingua», también conocida como bable de Canarias (por sus principales inventores, A.Mª Cano y J.L. Gª Arias). Titulares ganados por su voluntariosa imitación de la kale borroka, incluyendo agresiones en la Universidad, que han conseguido acobardar lo suficiente como para que se invente una especialidad de «Filoloxía asturiana».

Entre los resobados argumentos de los que llevan más de treinta años intentando imponernos su inventada jerga, está el de la supuesta represión que los bables habrían sufrido en la posguerra y durante todo el régimen del Generalísimo Franco. Falsedad completa: Oro negro es prueba excelente de lo contrario. Con esta obra ganó José León Delestal, que entonces contaba diecinueve años de edad, el primer premio del Certamen de Teatro Asturiano, convocado por el diario VOLUNTAD en 1940, sólo un año después de terminada la guerra. Repárese en el dato: un periódico de los vencedores, animando la creación de obras en bable. Algo perfectamente normal en aquellos días, antes de que los aspirantes a politicastros viniesen a politizar también la lengua y las falas. Una obra que refleja la tranquilidad con que convivían las falas con el español, y ridiculiza a quienes, habiéndose criado con aquellas, las evitan; una obra que reivindica la mina, los mineros y su mundo. Premiada por VOLUNTAD en 1940, repetimos.

Para recordar mejor la importancia del autor y su obra, copiamos un artículo de José Luis Campal en la revista La Ratonera, de septiembre de 2005. (Repárese en que desde esa fecha el libro ya ha sido publicado, como señalábamos más arriba).

Los comienzos de León Delestal en el teatro
“Oro negro”

La obra literaria de José León Delestal (1921-1989) se inicia como tal en el teatro, consagrándose el autor en cuerpo y alma a escribir para la escena durante las décadas del 40 y del 50. En estos años, estrena cuatro piezas encuadradas dentro de un teatro de significación poética y aliento costumbrista, escribiendo también algunas más que no llegan a los escenarios.

La labor dramatúrgica del ciañés se inaugura con Oro negro, un texto comprometido con la realidad social de la minería que escribió a los 18 años y con el que obtuvo el primer premio en el Certamen de Teatro Asturiano convocado por el diario Voluntad y fallado en Gijón el primer día de septiembre de 1940. La obra se puso en escena el 12 de octubre de 1940 y conoció múltiples representaciones dentro y fuera de Asturias, entre las colonias de emigrantes asturianos en Hispanoamérica. Aprovechando la reciente recuperación por sus herederos del texto íntegro de Oro negro, que permanece todavía inédito, me detendré seguidamente en su contenido.

Oro negro es una pieza estructurada en tres actos, el último de los cuales consta de dos cuadros. El primer acto se compone de cuatro escenas, el segundo de once y el tercero de seis escenas el cuadro primero y de siete el cuadro segundo. En el desarrollo del drama aparecen un total de quince personajes que se expresan en lengua asturiana, en un registro dialectal bable nada forzado y sí muy natural, en consonancia con la variedad lingüística que Delestal a buen seguro conoció y practicó durante su infancia y adolescencia en su Langreo natal, en el valle asturiano del Nalón. Los protagonistas hablan, por lo demás, en verso, utilizando preferentemente el octosílabo, el endecasílabo y el verso alejandrino, en la estela del teatro que triunfaba en las primeras décadas del siglo XX y que firmaban los escritores del Modernismo, en cuyo magisterio posa su mirada sin duda León Delestal. Los personajes, tanto los principales como los secundarios, se reconocen por sus nombres de pila, y apenas se nos da de ellos más información personalizada que unos nombres netamente asturianos, con sus variantes de diminutivos o aumentativos: Florentina, Delfa, Teresina, Xuanón, Colasín, Ramonzón o Andresucu. A estos personajes hay que sumarles el grupo de mozos y mozas que intervienen, por ejemplo, en la esfoyaza que se representa en el primer acto y que actúa a modo de coro o comparsa acompañante en el desenvolvimiento de la trama.

El primer acto consta de cuatro escenas de extensión dispar, ya que mientras que la segunda es muy corta, la tercera es verdaderamente larga. La acción tiene lugar durante una esfoyaza y ocurre en el atardecer de un día de octubre en la cocina de una casa asturiana de montaña. Delestal nos ofrece en la introducción del acto un puntual dibujo de lo que hay en este espacio donde viven y trabajan humildes gentes campesinas:

Al fondo, la puerta de entrada, a la izquierda de la cual, arrinconada en el ángulo de las paredes ahumadas, la cocina de leña, y sobre ella la ancha campana de la chimenea. En la repisa de ésta, limpia, pulida, despidiendo reflejos a cada llamarada del lar, la vajilla casera. Distribuidos por el aposento, una masera, un arca, un platero, escaños, tayuelas, bancos y demás enseres propios de las casas aldeanas, todos ellos de tono oscuro por la pátina del humo del hogar.

Delestal recrea con soltura una esfoyaza tradicional, en la que los esfueyaores de más edad recuerdan con añoranza los tiempos pasados, cuya valoración es siempre alta, como sucede al evocar celebraciones de arraigada solera como los ritos de la noche de San Juan:

Ya non encienden los mozos
la foguera de San Juan
con lleña de la montaña
y árgoma de matorrial…
y dimpués que ya se apaga
marchen cantando a plantar
el ramu que la mocina
al despertase, verá
delante de so ventana
cuando va el sol a riscar.

Los participantes en la reunión emplean las horas de esfoyaza en juegos como el de las prendas (los participantes depositan un objeto personal y para recuperarlo deben llevar a cabo lo que la madre les encomiende), en relatar historias picantes o en recitar leyendas mitológicas como la de la xana enamorada, con la que Delestal demuestra sus innatas habilidades para moverse adecuadamente dentro de una poesía lírica de correcta factura. Por boca de la vieja Florentina, conocemos las desventuras de una xana que se enamoró de un mortal. La composición nos muestra a un genio versificador maduro, cualidad que sorprende en un joven que comenzaba aquí su carrera literaria. El romance intercalado comenzaba así:

Al pie de la fonte
moraba la xana.
Vivía e’na su cueviquina
oculta debaxo del agua.
La fonte reía,
la xana filaba.
Tenía una rueca de oro,
tenía una rueca encantada
y el filu que d’ella salía
brillaba cual filu de plata.
¡Ay, cuántes madexes tenía
del filu que nunca se acaba!
¡Ay, cuánto y qué dello tenía!
¡Ay, cuánto y qué dello filaba!

Los personajes de la obra de Delestal, en este acto y en los que le siguen, entonan, con bastante frecuencia, cantos populares, unas veces para entretenerse, otras para celebrar la salida de la bocamina o simplemente para festejar una buena nueva (como es el caso de la boda venidera de Cefero y Teresa en el primer acto o el arreglo de un siete en el pantalón de Colasín en el segundo acto). En otros momentos, las músicas y danzas del país acompañan a los personajes desde fuera de la acción representada y resaltan acontecimientos que ocurren en escena, como sucede cuando María le implora a su novio que no la abandone. También se nos hace saber que al cantar en el tajo minero se evita caer en la blasfemia, como afirma candorosa y bienintencionadamente un personaje procedente de fuera de la aldea:

Es duro allí el trabajar,
y a veces la lucha espanta,
pero en vez de blasfemar,
tú no te arredres, y canta.
Canta, sí, a pleno pulmón,
que cuando canta el minero
se perfuma el tajo entero.

En el ambiente de esparcimiento de las esfoyazas otoñales, en las que se conjugaba el trabajo con la diversión, se arracima un nutrido grupo de gentes, que centran sus intereses fundamentales, al margen de la actividad agrícola, en las tentativas o consumaciones del cortejo. Hallamos así personajes como el viejo zalamero Chema, que no pierde comba a la hora de piropear a las rapazas, dándoles conversación y, si se tercia, pellizcándoles el trasero cuando éstas bajan la guardia. Del personaje su mujer Rosa refiere esto:

Fegúrate, Florentina,
ehí en onde tú lu ves,
¡piropeó a la madrina,
el día que nos casemos
a la puerta de la ilesia!

Esta Rosa debe soportar los devaneos y cándidos flirteos sin consecuencias de su marido cincuentón (un viejo, según nos lo describe Delestal, para la mentalidad de la época), de los que, no obstante, se cobra venganza, como le recuerda a Chema, en el tercer acto, una zagala:

Anda, vete pa casa, que estará la tu Rosa
esperándote ya con la cibiella;
y como esté furiosa
ye capaz de rompete una costiella.

No es el único defecto suyo que se apunta, ya que a la agresividad se le añade un carácter celoso y su propensión a chismorrear:

¡Si fuese la mio parienta,
que en cuanto se pon a hablar
de cualquier murmuración
non la fai aparar
ni un camión
que la venga a atropellar!

Frente a la galantería deportiva, casi en tono de chanza, de Chema coloca el autor casos más serios, como la debilidad sentimental de Cefero por María, o el amor apasionado, casi ciego, que experimenta ésta por Xuanón; en un momento dado, María replica malhumorada a las insistencias cortejadoras de Cefero:

T’ol mundo lo sabe y tú
tamién lo debes saber,
qu’él ye’l únicu querer
de la mioya juventú.
(…)
Día que non vien Xuanón
a veme, muero de pena.
Sólo su presencia, enllena
de gozu el mi corazón.

La relación que nos presenta el autor entre María y Xuanón se sale, hasta cierto punto, de los patrones aceptados, aunque quizás se ajustaba a lo que sucedía en la Asturias agropecuaria de finales del XIX y primera mitad del XX. Y es que la moza, sin haber pasado por la vicaría, está ya embarazada, al haber cedido a las pretensiones del mozo; promesas de matrimonio de las que María comienza a dudar y que al final del primer acto se consolidan cuando Xuanón la informa de que se va de la aldea a buscar fortuna, y ello a pesar del estado en que deja a la futura madre. La condición de madre soltera es subrayada por María como una infame mancha que la comunidad ni perdona ni olvida, y ello la lleva a encararse con el galán que la abandona y que le pide que lo espere:

¡Esperar a que la xente
al veme madre y soltera
me mire como si fuera
barro amasao en’a fuente!
¡Esperar a que mi frente
levantase non pudiera!
¿A que el mundo me escupiera
su despreciu diariamente?

En el acto siguiente, la propia María subraya ese peso de la bastardía cuando han pasado ya varios años desde el incidente, pero que constituye un obstáculo que le impide a ella reconducir su vida:

Pero lo que se fizo nadie lo muda,
y Colás ye el mio fíu ¡y soy soltera!
y por eso non puedo casar contigo
por más que lo anhelara y lo quisiera.

Al cerciorarse de las decididas intenciones de Xuanón de no permanecer a su lado, María le confiesa a su padre Colás la situación desesperada en la que se encuentra sumida; para exponerle lo que le ha ocurrido, usa unas comparaciones poéticas extraídas de la naturaleza:

¡Porque la rosa perdió
el aroma que guardaba
y la palomba, la probe,
el barro manchoi las alas!

Las alusiones al mundo natural (consustanciales a quienes se desenvuelven en su marco, ya que en ese medio se han criado y crecido, y desconocen otros) las había empleado previamente su padre Colás al darnos el siguiente retrato de su hija, en el que el entusiasmo desborda:

Tú la alaxina preciosa,
el xazmín de la quintana,
la que los páxaros vienen
a la aurora a requebrala.

La reacción de Colás ante la inesperada noticia pasa por dos fases: primero, dirige su rabia y ofuscación contra la hija que no ha previsto las consecuencias de su determinación al ceder a los impulsos del mozo, y después, acude a exigirle responsabilidades a Xuanón como presunto embaucador que le ha robado la virginidad a la hija. A María, tras haberle hecho unos instantes antes una rendida declaración de amor filial, su padre le grita:

¡Malhaya tú y la tu casta!
¡Quisiera tener valor
pa arrojate d’esta casa…!

Del desahogo verbal pasa Colás a la actuación, y así, inmediatamente, toma la escopeta y se lanza a limpiar la honra de su hija, que él entiende burlada y mancillada, y que, además, considera de su propiedad como progenitor que es:

Apártate, fía, aparta;
voy a traete la honra
que esi mozu te robara.
¡A que se case contigo,
o a matalu por canalla!

Delestal escribió Oro negro más que como una estampa minera (un significativo muestrario de las circunstancias nada fáciles del trabajo en la boca del lobo), como una obra sobre el honor y la adversidad, una pieza en la que se denuncia cómo la huida nada arregla y deja sembrado el camino de damnificados ante decisiones equivocadas. La inconsistencia y falsedad de las promesas masculinas en materia amorosa son puestas de relieve por el personaje de la vieja Florentina al inicio del segundo acto así:

Sí, fillina, has de saber
que en les coses del querer
los hombres muncho fingir
pero non saben cumplir
lo que saben prometer.
Primero, muncho calor,
munchu hablar de casamientu,
pero, lluego, aquel amor
ye fumu que lleva el vientu.

El motivo de la mina surge ya en el primer acto asociado aquí a la causa de emigración, pero no tiene todavía rango principal en estos compases iniciales de la obra. Y es cuando Xuanón le confiesa a su amada que se va de su lado porque el de minero es un oficio del que reniega porque se le ha vuelto insufrible:

Mas ya non puedo seguir,
quiero marchándome, huir
d’esta vida abrumadora;
canseme ya de vivir
bajo la tierra traidora.

El segundo acto de Oro negro arranca quince años después de finalizado el primero. Sabemos por vía indirecta que Colás no pudo cobrarse justicia en Xuanón debido a un inesperado percance que le acaeció al final del primer acto, y nos enteramos de que ha muerto; sabemos que María ha dado a luz un hijo que en recuerdo de su abuelo se llama Colasín y que Cefero ha enviudado y es padre de Teresina, una muchacha con la que hace buenas migas el vástago de María. El escenario ha cambiado: del interior nocturno del acto anterior hemos pasado en éste al exterior diurno, lo que da pie al autor para explayarse sobre las faenas agrícolas en las que se ocupaban los habitantes de la aldea, tareas que aquí no entran en conflicto con las labores mineras, sino que son compatibles; ambas discurren acompasadamente sin que una se vea amenazada por la otra o quiera imponerse sobre su vecina. En el arranque del acto tercero, Delestal nos brinda, por ejemplo, una imagen bucólica y jaranera de la siega:

Agrádame el xaréu que entamen con les neñes
los rapazos, blincando pente los balagares:
el golor de la hierba y les voces risueñes
de les moces que canten melodiosos cantares.

La decoración escenográfica de este segundo acto se mantendrá en la primera parte del último acto para regresar en la segunda parte del mismo a la cocina de la casa aldeana donde se había desarrollado el acto primero, lo que confiere a la pieza teatral un sentido circular, indicándonos así que todo termina donde empezó y viceversa, y que la representación, como la vida misma, es una rueda que no se detiene.

El segundo acto de Oro negro se compone de once escenas generalmente breves y con intervención en cada una de ellas de pocos personajes (en la esfoyaza del primer acto el número de intervinientes era evidentemente mayor por las peculiaridades inherentes a la reunión que se montaba), salvo en la escena novena, la más importante de este acto, por cuanto que será ahí donde la barrera emocional que María ha interpuesto entre ella y Cefero se desplome y acepte recomponer su vida al lado de su antiguo e insistente pretendiente, una unión proyectada que no fraguará porque, para empañar tal decisión, Delestal incorpora, buscando la tensión dramática, el regreso de Xuanón tras tres lustros sin dar señales. La estancia de éste en tierra leonesa le ha afectado de tal manera que ya no habla en bable, y todos sus parlamentos hasta el final de la obra los hará en un relamido castellano, que provoca un distanciamiento y desapego negativos en el espectador, ya que ve cómo Xuanón desacredita sus raíces, como antes se había desacreditado como hombre incumplidor de su palabra. Al rehuir expresarse en su habla comarcal, aumenta la repulsa hacia su causa por parte del espectador, que lo ve como alguien que le ha dado la espalda a la comunidad, a la que, sin embargo, regresa buscando comprensión y protección cuando las cosas no le han salido como él esperaba y deseaba.

Esta novena escena cobra, igualmente, singular relevancia porque en ella, a raíz del arrollamiento por el ferrocarril de una vaca de la familia de María (son inevitables las similitudes con el cuento de Clarín ¡Adiós, Cordera!), Colasín, que estaba encargado de cuidarla, le hace una sentida y enternecedora elegía en la que deja patente lo fundamental que estos animales son para el sostenimiento de la casería asturiana, enlazando al final con el motivo legendario de las xanas que había aparecido en el acto anterior. En ambos casos, el talento poético de Delestal no dejaba lugar a dudas:

Aquella vaca galana,
aquella vaquina mía;
la que conmigo salía
a pacer per la quintana;
la del focicu de grana
y la esquila cantarina;
la vaca más saltarina
que hubo na comarca entera…
¡Murió la vaca Melguera!…
¡Murióme la mio vaquina!
Ya non saldrá, a la mañana,
retozando por el monte
a beber agua na fonte
donde vieron a la xana.

El desamparo al que la ha condenado el abandono del padre biológico de su hijo provoca en María una transformación radical, empujándola al fondo de la mina, sumiéndola en una penitencia que nada bueno traerá. Nos indica Delestal que María ya no es la moza «fresca y lozana como el tomillo del monte» (incluso cuando elabora las acotaciones, no puede desprenderse de su estilo poetizante, ya que son las suyas acotaciones literarias antes que informativas), sino María la Carbonera, una «mujer encorvada por el trabajo y los disgustos». Por boca de la vieja Florentina sabemos de la suerte corrida por María tras el nacimiento de Colasín, el hijo al que su padre no pudo conocer ni reconocer:

Y ella, pa poder criar
aquel retoñu melgueru
que la facía penar,
entró un día a trabayar
arriba n’el cargaderu,
a cargar y descargar
el carbón; y el sol ardiente
del verano, y el sudor,
marchitaron en so frente
les azucenes en flor.

Cuando en la sexta escena de este segundo acto entre en escena María, nos comunicará la penosa labor que desempeña y ante la que no se amedranta:

Presentóse mal el día.
Muncho vagón de vacío,
muncho carbón apilado
y para velo cargao
tiense que espaliar con brío.

En el segundo acto entra en escena don Miguel, un personaje crucial que ya no abandonará su papel director en la obra hasta el final de la misma, erigiéndose en la pieza culta del engranaje teatral. Es un hombre sentencioso y elocuente, que habla en un pulido castellano, distinguiéndose en las apreciaciones del espectador del otro personaje que se expresa en español (Xuanón), porque don Miguel no ha repudiado sus orígenes, sino que ha aceptado las leyes de una comunidad que no es la suya, pero a la que se esfuerza por comprender y defender. Además, el hecho de que don Miguel hable en español no impide que los aldeanos le comprendan a la perfección, así como que éstos se entiendan con él en su dialecto, todo lo cual habla a las claras de una situación de tolerancia lingüística mutua, de la que Delestal levanta acta, apostando por la convivencia antes que por la confrontación. Don Miguel es un maestro, señala Delestal en otra aquilatada acotación de exactitud poco común, «con acento de apóstol y figura quijotesca» que María acoge de inquilino en su casa (su integración en el colectivo rural no admite así duda alguna), en la que, confiesa este personaje:

En vez de una posada
encontré calor de hogar
en esta familia honrada.

Don Miguel es un docente que emplea con sus alumnos la perseverancia y templanza antes que la vara, aunque los aldeanos le demanden métodos más estrictos y coercitivos, como le recomienda Chema para el caso de su hijo:

Usté zúrrei la badana
pues ya sabe que la lletra
mejor que con cien descursos
entra con una cibiella.

Se trata de un personaje que actúa como contrapeso en la balanza, es la acreditada voz de la experiencia, pues frente a la tristeza que embarga a las familias mineras por el negro y temido panorama que tienen delante de sí, don Miguel hace gala de un optimismo ilustrado, como así se lo subraya la madre de María:

Usté non sé cómo ye
que el su carácter me admira;
goza con tó lo que ve
y agradai tó lo que mira.

Y producto de esta amplitud de miras será el hecho de que sea este personaje el único que en el último acto no maldiga a la mina, a pesar de las vidas inocentes que ésta se cobra, y lo hace desde una perspectiva de bonanza económica, igualando dos conceptos tan contrarios como vida y muerte, pero que literariamente le permiten al autor buenas maniobras, a pesar de su precocidad creadora:

Calla, María.
Llora tu angustia de madre,
llora, pero no maldigas.
Lo que al minero da muerte
a Asturias le da la vida.

Y a continuación expresa cómo gracias al esfuerzo de los mineros y a las desgraciadas bajas humanas que la mina registra, la nación y el progreso no detienen su avance:

Si no laboran y mueren
los mineros en las minas,
no bramarán en las fábricas
las calderas encendidas,
ni irán las locomotoras
domeñando lejanías
ni los vapores soberbios
abrirán, bajo sus quillas,
rumbos en todos los mares,
venciendo todas las brisas.

Por medio del personaje de don Miguel, al que los campesinos consideran un intelectual, se dignifica y exalta, se prestigia, en suma, el laboreo poco menos que épico del minero. Acerca de ellos, proclama altanero:

Esa casta que labora,
sin ver la luz de los días,
en las negras galerías
que no conocen la aurora.
Ese plantel vigoroso
de topos y de titanes
que sin tregua ni reposo
en una lucha de afanes
rompe el seno misterioso
de la tierra; y allí araña
los veneros del carbón
y aun cuando el sudor le baña,
pica y pica con tesón…

Este don Miguel, al que, por su oficio educador, veneran los lugareños, juzga que, para el que crece en tierra de pozos, la profesión minera no es una elección, es un destino marcado a fuego desde la cuna, y al hijo de minero (Colasín lo es de Xuanón) lo que le espera en un futuro próximo es bajar al fondo de la tierra a extraerle a la mina sus riquezas, lo que sugiere una ideología de forro escéptico o derrotista:

(…) ese nacer le destina
a encerrar sus horizontes
entre negruras de mina.

Don Miguel será el que, una vez que parezca que va a resolverse la situación conyugal de María, apoye y aliente la entrada de Colasín en la mina para sustituir a su madre, contra la voluntad de ésta, cuyo temor a perder al hijo por el que se ha desvivido se incrementará a partir de entonces, desviviéndose por su integridad física y llegando por ello a enfermar. Colasín accede de muy buena gana al canje por su madre, pues piensa, y en eso Delestal traslada al papel un pensamiento generalizado por entonces que hoy se toparía con severas reconvenciones, que:

onde hay hombres que lo sean
non trabaya la muyer.

Colasín no se engaña, y sabe que lo que le depararán las profundidades del subsuelo no será plato de gusto:

Ya soy grande y a la mina
a trabayar me diré…
Hasta hoy sólo fui un guaje,
guaje quiero ser también
pero un guaje que en la mina
bañe en sudores la piel,
arrancando a fuerza de uñes
el pan que vaya a comer.
Non quiero que madre siga
en esti trabayu cruel.

En el tercer acto, Colasín, tras enumerar los riesgos y peligros, abunda en la razón materialista por la que no renuncia a su dura ocupación:

Pero ganase bastante
y eso ye lo que se cuenta…
lo demás… ¡qué va facese!,
bregar con alma y pacencia,
qu’el probe tien que afanase
pa ganar pa la pancheta.

Y en el cierre de la obra, el personaje de don Miguel, ajeno, como vimos, al grupo de los mineros, bautizará al carbón como oro negro, fundiendo el plano laboral y el sentimental, reivindicando el valor social de una profesión abnegada a la que la obra rinde homenaje con pulso certero y visión desprejuiciada:

¡Oro negro es el carbón
y oro negro el corazón
callado de los mineros!
¡Oro negro de alma recia!
¡Oro de vida sencilla!
¡Nadie en su valor lo aprecia
porque es oro que no brilla!

El último acto, como señalé al principio, se divide en dos partes en las cuales se escenifican dos o tres renuncias. En el primer cuadro, tras encandilar Xuanón a María con alabanzas afectadas y retóricas (un discurso aposta endeble, para procurar la repulsa hacia Xuanón), y tenerla convencida para reanudar una relación cortada 15 años antes, María da marcha atrás cuando llega del trabajo el fruto de su desengaño, es decir Colasín; es entonces cuando Xuanón pierde los estribos e insulta a María, lo que provoca la airada reacción de su hijo, quien, desconocedor de la identidad de su padre, a punto está de agredirle físicamente, impidiéndolo la madre al descubrirle quién es realmente ese hombre, si bien él se resiste a creerlo; al tiempo que María renuncia a Xuanón, Colasín hace otro tanto, negándose a admitir la palabra de su madre, que para él resulta sagrada, lo que reduplica por contraste su negativa. La revelación está literariamente bien pautada, y otro tanto sucederá más adelante cuando deban decirle a María que Colasín es el minero muerto en la explosión de grisú con la que se cierra la obra. Tras renunciar, por propia voluntad, a Xuanón, María deberá hacer otro tanto, pero esta vez contra su voluntad, con lo que más aprecia: Colasín, y con esta segunda renuncia suya se cierra la herida abierta en el primer acto, ya que la tragedia y el dolor unen a Xuanón y María ante la muerte del hijo común, que había sido el detonante de su separación. Delestal echa mano constantemente del contraste: si el hijo había roto la relación en una situación donde la alegría se imponía (el casamiento frustrado), será quien reúna a sus padres en la desesperación: al darle a él vida les separó, y ahora al arrebatársela la mina, los reconcilia en el perdón y la piedad. La circularidad de la obra toma nuevamente cuerpo y nos habla de una composición cuidadosamente planificada para que ningún fleco quede suelto.

Xuanón, al que María y Colasín habían negado y que trabaja en las inmediaciones de donde lo hace el hijo, será quien relate el fin de Colasín empleando con tiento los tiempos verbales en presente y pasado. Se trata de una narración contenida y al mismo tiempo cargada de emoción sincera propia de quien como Delestal ha sido testigo y observador de las muertes que la mina ha sembrado en la cuenca minera del Nalón:

Y mientras que los demás
pugnan por salir de allí,
yo con desprecio de mí
voy a salvar a Colás.
Escarbo entre los escombros
y consigo abrirme paso
a fuerza de puños y hombros;
el aire falta, me abraso,
pero es preciso salvar
su vida y sigo adelante…
(…)
y cuando llegué a su lado
rastreando por el suelo
vi a Colás ensangrentado.
Me arrojé a él con anhelo…
¡pero estaba inanimado!…

A modo de apunte final, no quisiera dejar pasar por alto que, aunque Oro negro sea un drama minero y fundamentalmente un tributo al papel de las mujeres carboneras, con el que Delestal da en la diana en su primera salida a escena, no renuncia a su filiación teatral costumbrista, como pone de manifiesto el empleo de recursos propios del monólogo, del que llegará a ser Delestal un notorio exponente. Ahí quedan los graciosos equívocos o los juegos de conceptos y palabras. Una muestra nada más: en la escena segunda del acto segundo, un perro ataca a Colasín, y Teresina le pregunta:

Teresina: ¿Cómo no i pegaste al perru?
Con soltai una patá
quitábeslu de delantre…
Colasín: ¿Cómo lu diba a quitar
de delantre, Teresina,
si lu tenía detrás?

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Oro negro (Hoja del lunes, especial)

  1. La Nueva España:

    Importe o importado
    Sobre la actual ofensiva contra el carbón nacional

    ANTONIO OCHOA

    Últimamente hay un persistente goteo de personajes que salen en los medios despotricando sobre el supuesto despilfarro que suponen las ayudas al carbón nacional. Esto no tendría mayor importancia, puesto que los políticos se pasan la vida opinando y desopinando, si no fuera porque sirve para reforzar la ofensiva de las compañías eléctricas en el mismo sentido. Esta curiosa coincidencia de intereses o, mejor dicho, ese interés compartido por el bienestar de todos, tan poco usual, es lo que lo hace especialmente preocupante.

    Se alega, por un lado, que suponen una distorsión del mercado y que implicarán una subida de tarifas. ¿Otra más? ¿Acaso no las han subido todos los años con una disculpa u otra? ¡No nos tomen el pelo! La realidad es mucho más simple. Resulta que, en este momento, el carbón de importación sale mucho más barato y las eléctricas se embolsarían una buena pasta si pudieran quemar sólo ése. No les importa que este bajo precio se deba a que los sistemas de extracción en esos países sean absolutamente abusivos con el medio ambiente y con los trabajadores. No les importa que a estos sobrecostes de contaminación en origen se añadan los del transporte. No les importa que el dinero invertido en carbón nacional contribuya a hacer más rica a España y el invertido en carbón sudafricano contribuya a hacer más rica a Suiza. No les importa que depender de países inestables pueda acabar acarreando una grave crisis energética si hay problemas allí. Y es lógico que a las eléctricas no les importe el futuro de nuestro país, al fin y al cabo, muchas de ellas están en manos de capital extranjero. Menos lógico es en el caso de los políticos. ¿Están ellos, también, en manos de capital foráneo? ¿No les ha enseñado la crisis que la libertad absoluta de mercado lleva al caos?

    Se alega, por otro lado, que las térmicas producen dióxido de carbono, lo que es innegable, aunque la principal fuente de emisiones es el petróleo por su uso en el transporte. En realidad, no sé si hay algo que hagan los seres humanos que no contribuya al calentamiento global. Emitimos CO2 cuando producimos acero o cemento, cuando cocinamos y hasta cuando respiramos. Nuestro sistema de vida depende de un uso masivo de la energía. Aquellos que sueñan con la vuelta a los viejos buenos tiempos de siglos pasados deben de verse a sí mismos como nobles porque, seguramente, no querrían la vida que llevaban los campesinos. En un mundo feliz y ecológico sólo habría recursos para uno de cada diez de los actuales habitantes de este planeta, por lo que, para llegar a ese utópico estado, habría que eliminar a los otros nueve.

    No existen fuentes de energía que no deterioren el medio ambiente. Ahí tenemos los bosques de aerogeneradores y los sembrados de placas solares para atestiguarlo. Tampoco podrían las energías renovables surtir actualmente la demanda. Podría hacerse a base de centrales nucleares, claro, pero no sé si eso es deseable para la población. Desde luego para las compañías sí, como lo es la importación de carbón, que es de lo que se trata. Pero no creo que debamos permitirles arruinar comarcas enteras para aumentar sus beneficios. Nos consta que las eléctricas tienen enchufe con la clase política, pero también para eso deberían existir limitadores de potencia.

    • Carta al director de La Nueva España. Se le pueden poner algunas pegas, pero el acierto en su tema central es evidente:

      Aquí nadie se ha enterado
      Aida Masip

      No se puede hoy en día afirmar que te preocupas por tu región si no te interesa el carbón y su futuro en Asturias. Se puede ser muy del Oviedín y muy del Sporting todo lo que se quiera, pero si desconoces la problemática de pervivencia energética de esta comunidad, no te has enterado de nada.

      Asturias es y se debe al carbón, pero no se le da la importancia capital que tiene en todos los ámbitos.

      Asistí atónita a una reunión con el parlamentario del SPD alemán, Bernard Rapkay, sobre el carbón en el campus de Mieres de la Universidad de Oviedo. Estábamos viendo un vídeo informativo cuando el diputado se interesó por la tecnología que se emplea en las minas asturianas para realizar túneles a gran profundidad donde en Centroeuropa se suelen usar ascensores para tal fin. Pues bien, resulta que en nuestras minas es posible esa hazaña al combinar los trabajos de ingenieros de caminos con los de minas. Se trata, al parecer, de un procedimiento insólito; de esta interacción se obtienen extracciones de gran seguridad y muy profundas. Se pretende también contribuir a un sello de calidad, «hecho en Asturias», para el carbón con la posibilidad de que se exporte esta nueva tecnología como defiende la socialista María Muñiz.

      Para finales de diciembre se votará en las instituciones europeas hasta cuándo se financian las minas con ayudas públicas. Todos pensamos lo mismo: que no se llegue demasiado tarde a convencer a parlamentarios y gobiernos, pero, sobre todo, que se comunique lo puntero y seguro de la tecnología asturiana.

      Lo que sucede en las Cuencas nos ha de importar a todos los asturianos. Pero sin una buena comunicación y una gran difusión, aquí nadie se ha enterado.

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