Borrar el recuerdo de los mártires

Había ayer irritación en la Iglesiona (no nos sale llamarla basílica) a causa de la tergiversación de las palabras arrancadas a su rector, Julián Herrojo, por El Comercio. Cabe preguntarse qué es lo que busca la edición local del bilbaíno Correo ex Español: ¿sensacionalismo? ¿Adulación a la izquierda plural en el poder? ¿O es todo fruto de la ignorancia y de la falta de inteligencia? Porque la firmante de la noticia, Eva Montes, se refiere a los que en 1936 sufrieron cautiverio en la iglesia del Sagrado Corazón como «los prisioneros capturados por los ciudadanos fieles a la República» (sic). Es difícil acumular tantos disparates en una sola frase; pero es una frase homenaje a esa versión de la Enciclopedia Soviética que llaman «memoria histórica».

La Iglesiona retirará las placas de la Guerra Civil
EVA MONTES

  • Carlos Osoro era partidario de su traslado al interior del templo, a ambos lados del presbiterio
  • El desmontaje se ha pospuesto porque los cuatro intentos ya efectuados amenazan con romper las losas
  • Los trabajos de limpieza han comenzado, pero se han encontrado con problemas. / SEVILLA

    Los trabajos de limpieza han comenzado, pero se han encontrado con problemas. / SEVILLA

    Los problemas técnicos han retrasado la fecha y hasta propiciado soluciones diferentes a las en un primer momento imaginadas, pero, según ha podido saber EL COMERCIO, la decisión es firme: las placas de la Guerra Civil que recogen más de trescientos nombres de «mártires de la causa de Dios y de España que sufrieron cautiverio en esta iglesia», serán retiradas de las paredes laterales del atrio de la Iglesiona. Lo que no ha trascendido todavía es el sistema a utilizar, el material a emplear y la ubicación definitiva de la relación de muertos durante los meses comprendidos entre julio de 1936 y octubre de 1937, tiempo durante el cual el templo jesuita fue utilizado como cárcel para los prisioneros capturados por los ciudadanos fieles a la República.
    La relación, constituida por sacerdotes, militares, labradores, ingenieros, odontólogos o maestros, está impresa con letras de bronce sobre las que siempre fueron identificadas como grandes placas de mármol, si bien ayer el rector de la actual basílica de Gijón, Julián Herrojo, negó tal extremo al señalar que «es otro tipo de piedra», aunque no acertó a determinar cuál. En mármol o en piedra ya amarilleada por el tiempo, los cientos de nombres, que llevan decenas de años adosados a la historia del propio templo, serán retirados en las próximas semanas, aprovechando la finalización de las obras de rehabilitación de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.
    La decisión no es nueva. Podría vinculársele a la comisión de la memoria histórica surgida el pasado año a la sombra de la conocida como Ley de la Memoria Histórica, pero lo cierto es que en 2005, cuando el Arzobispado, el Ayuntamiento de Gijón y el Gobierno del Principado firmaron el convenio para financiar la restauración de la Iglesiona, el tema ya quedó no sólo sobre el tapete, sino acordado de forma tácita entre las partes. De hecho, el entonces arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, dejo meridianamente claro a los regidores de la iglesia que él mismo había convertido en basílica, que el compromiso era ineludible.

    Sin herir sentimientos

    La idea de entonces, como la de ahora, era obrar con exquisita discreción para evitar lo que nadie, ni administraciones civiles ni religiosas quiere: herir sentimientos de unos ni de otros. Ésa precaución ha sido, a buen seguro, la que ha inducido a Julián Herrojo a afirmar ayer que «no hay ninguna decisión tomada sobre el destino de las placas. Todo depende de la Comisión de Asuntos Económicos del Arzobispado, pero como está presidida por el arzobispo, esperaremos a que sea nombrado el sucesor de Osoro para que sea él quien adopte la decisión definitiva. En este momento es lo que más me preocupa».
    Sin embargo, todo apunta a que la decisión está tomada y recae mayoritariamente sobre el Rectorado de la basílica, toda vez que, según señalan fuentes eclesiásticas, el acuerdo tripartito de la restauración de la Iglesiona así lo requería y, en cualquier caso, el nuevo arzobispo nunca desautorizaría la palabra dada por Carlos Osoro, quien, incluso habría sugerido que el lugar idóneo para las grandes placas, de unos 10 metros de alto por cuatro de ancho, podrían ser los dos laterales del presbiterio, una vez restaurado.

    «Nos mandaron esperar»

    En cualquier caso, ahora el problema se antoja, además de social, técnico. Porque lo que hasta ahora queda fuera de toda duda es que las dos grandes placas van a ser limpiadas en profundidad y restauradas. La gran dificultad surgió cuando los técnicos de Construcciones VIR, responsable de la restauración, comenzaron a desmontar los diferentes cuadrados con que está conformada la gran superficie. Se rompían. Lo intentaron hasta cuatro veces, todas con el mismo resultado.

    «Hicimos algunas pruebas, pero nos mandaron esperar hasta que nos dieran nuevas indicaciones», afirma el gerente de Construcciones VIR, si bien asegura que «eso no entorpece en absoluto la finalización de los trabajos». Agustín Cidón ratificó que la limpieza de las placas se llevará a cabo como un elemento más a restaurar y lo mismo apostilló el rector de la basílica. Pero Herrojo dejó en el aire la solución definitiva.

    Sí, en verdad esta noticia deja el sabor acre de la mala fe del ignorante. Se busca comprometer al rector de la Iglesiona, y exaltar al combayón arzobispo santanderino que ahora sufren en Valencia. Dicho lo cual, importa decir otra cosa: es intolerable que las placas de los mártires de la Iglesiona, asesinados por la horda roja, asesinados por los socialistas, sean retiradas a cualquier otro sitio. Los cristianos no se avergüenzan de sus mártires.

    Cuando día tras día, la izquierda plural (en la que se incluye el PP, naturalmente) llena nuestras calles, nuestras escuelas, nuestras vidas, con toda clase de recuerdos exaltadores del criminal Frente Popular, resulta especialmente abyecta la colaboración eclesiástica, por matizada que sea, para ocultar la memoria de sus víctimas. Caminan aún por Gijón muchos familiares de aquéllas.

    Los socialistas destruyeron la iglesia del Sagrado Corazón (como todas las del concejo), y en dos ocasiones (en 1930 y en 1937, ésta tras asesinar a los cautivos que habían metido en ella). Ahora, tras una larga y perezosa rehabilitación que no acaba de concluir, y cuando ya no están en ella los jesuitas (los pocos católicos que quedaban en la Compañía de Jesús estaban, en Gijón, en esa iglesia, con lo cual no sólo eran molestos para la izquierda plural: lo eran también para su congregación y para el Arzobispado). Los padres de la Alcaldesa (ahora sectaria socialista y amiga de Monseñor Javier Gómez Cuesta) se libraron de unirse a «los prisioneros capturados por los ciudadanos fieles a la República» gracias a haber puesto pies en polvorosa (por eso Mapi nació en el San Sebastián recién liberado por las Brigadas Navarras).

    Hoy sigue La Nueva España, algo más prudente, aunque no sin patinazos, empezando por lo de «traslada al rector» en el titular, que puede entenderse mal. Omitimos las fotos:

    Heridas abiertas en la Iglesiona
    El obispo auxiliar, Raúl Berzosa, traslada al rector de la basílica la decisión sobre las lápidas de la Guerra Civil

    María IGLESIAS

    Sin atisbo de un posible entendimiento, con más dudas que claros sobre el horizonte y con cierto ocultismo. Así se está tratando el polémico traslado de las placas que en la basílica del Sagrado Corazón, conocida popularmente como la Iglesiona, contienen los nombres de trescientos represaliados por la milicia republicana entre el 18 de julio de 1936 y el 21 de octubre de 1937.

    Dichas placas conmemorativas, situadas actualmente en el atrio de la iglesia, están siendo restauradas, al igual que el resto del templo, aunque flota en el aire la duda sobre su futura colocación en el presbiterio, a ambos lados del altar. Este cambio de ubicación, que ya en 2006 se barajó y fue autorizado por el entonces arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, reabre viejas heridas abiertas durante la contienda civil.

    El obispo auxiliar y administrador diocesano (por tanto, máxima autoridad de la sede vacante), Raúl Berzosa, aseguró ayer que el asunto «no se ha tratado oficialmente», aunque la última decisión, dice, la tendrá que tomar el rector de la basílica, Julián Herrojo. Por su parte, Herrojo evita realizar declaraciones.

    El posible traslado de placas, que se ve cada vez más cercano, es un asunto que levanta ampollas. En 2006, LA NUEVA ESPAÑA ya se hacía eco del descontento de los fieles de la Iglesiona, ante este cambio de ubicación, mediante la publicación de tribunas y de cartas al director. A día de hoy, muchos de estos feligreses (algunos familiares de los apresados) mantienen su descontento ante este asunto.

    «No sabemos nada de ese tema, no se ha tratado nada, que yo sepa», sentenció ayer Berzosa en declaraciones a este periódico. La basílica del Sagrado Corazón de Gijón es uno de los puntos señalados de la iconografía «guerracivilista». A ambos lados del templo sendas placas recogen una larga lista de víctimas.

    Las lápidas están encabezadas por estas palabras: «José Antonio Primo de Rivera, mártires de la causa de Dios y de España que sufrieron cautiverio en esta iglesia. 18 de julio de 1936-21 de octubre de 1937». El templo que fuera de la Compañía de Jesús fue utilizado como prisión del Frente Popular desde el inicio de la Guerra Civil hasta la caída de Gijón.

    Estas placas fueron colocadas en su día a instancias de particulares. Fue fruto de una iniciativa de recogida de fondos encabezada por Carmen Molas, viuda de Enrique Gaviñaí, encarcelado y posteriormente fusilado. De momento, nadie se manifiesta, de forma clara, sobre su futuro.

    Sí es firme la colocación de una figura de la Virgen de Covadonga, realizada en piedra artificial, que se instalará en una hornacina que conserva la fachada de la iglesia. Esta imagen religiosa será instalada el Día de Asturias, el próximo 8 de septiembre, mismo día que se iluminará la figura del Sagrado Corazón de Jesús.

    Seguramente sobraba la referencia a José Antonio Primo de Rivera. Hablando de nombres: el cautivo asesinado por los rojos cuya viuda promovió la instalación de las placas era Enrique Gabiñau, no «Gaviñaí». Y quiera Dios que no haya «entendimiento»: la Iglesia no debe hacer concesiones en sus templos ni sobre sus mártires. Mucho menos a los autoproclamados sucesores de quienes los martirizaron.

    Está previsto retirar hoy los andamios de la fachada central del Sagrado Corazón
    M. I.

    Está previsto que hoy se retiren los andamios interiores que cubren la fachada de la iglesia del Sagrado Corazón. Así lo aseguró el rector de la actual basílica de Gijón, Julián Herrojo, quien estima que la obra esté finalizada para «la Navidad o inicios del próximo año». Herrojo señaló, además, que los trabajos de rehabilitación de la fachada, así como la reforma de la verja, ya se pueden dar por concluidos. Entre los temas pendientes, tal y como apuntó el rector de la basílica, quedan «la restauración y la limpieza del pórtico, los trabajos de limpieza general de la iglesia y la iluminación». Asimismo, dentro de los planes de obra ha surgido un nuevo imprevisto, como es la «aparición de una gran grieta que afecta al interior del pórtico» y por la cual se tendrá que realizar el varillaje de todo el techo. También se pueden dar por concluidas la reforma completa de la figura del Sagrado Corazón y su iluminación.

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    3 comentarios

    Archivado bajo 02.- Gijón, 09.- Medios, Política local

    3 Respuestas a “Borrar el recuerdo de los mártires

    1. Carolus

      Desde el Alzamiento Nacional hasta la Liberación de Gijón (21 de octubre de 1937) el Terror Rojo imperó en nuestra villa. Miles de gijoneses sufrieron cautiverio en las prisiones izquierdistas y cientos de ellos fueron asesinados. Las matanzas de la Iglesia de San José y de la del Sagrado Corazón fueron especialmente ignominiosas, ya que se trataba de personas inocentes desarmadas.

      Los que sufrieron cautiverio en la Iglesia del Sagrado Corazón (la actual Basílica) fueron recluidos en condiciones especialmente inhumanas y penosas. Fueron hacinados en las celdas de la Residencia de los Padres Jesuitas, mal alimentados, vilipendiados y amenazados constantemente de muerte por los milicianos. Sólo unos pocos sobrevivieron, la gran mayoría fueron asesinados. Como indica en las placas colocadas a la entrada de la Iglesia del Sagrado Corazón, los Mártires fueron asesinados por su fe católica y por su amor a España.

      Después de la Liberación, el pueblo gijonés arropó a los familiares de las víctimas y contribuyó al recuerdo de los caídos mediante la colocación de las citadas placas.

      Ahora que algunos hablan de borrar las huellas de los crímenes cometidos por el bando rojo (socialistas, comunistas y anarquistas) es más necesario que nunca recordar el ejemplo de los mártires, cuya memoria no podrán borrar nunca, porque los mártires siguen viviendo en nuestros corazones y, sobre todo, ya están gozando eternamente, mediante la intercesión de la Reina de los Mártires a la que tanto rezaron, del Amor del Dios Misericordioso en el que creyeron.

      Así lo atestigua la Iglesia que ya ha beatificado y canonizado durante los Pontificados de los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI a cientos de mártires de la persecución religiosa en España.

      “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor” (Ap 14,13).

    2. Carta al director publicada en La Nueva España:

      Las placas de la iglesiona
      Fermín Alonso Sádaba (Oviedo)

      Se vuelve a hablar en estos días de las “placas” que están colocadas en el pórtico de la iglesia basílica del Sagrado Corazón de Jesús en Gijón, la Iglesiona, en las que figuran los nombres de los gijoneses que fueron encarcelados, martirizados y asesinados por las millicias rojas (no por las milicias republicanas, como dice en LA NUEVA ESPAÑA doña María Iglesias).

      La guerra civil española no se hizo contra la república, sino contra el mismo ejército rojo que, en la revolución socialista de octubre de 1034, luchó contra la república y el Gobierno legal y democráticamente elegido en las elecciones de noviembre de 1933.

      Ahora se avergüenzan de haber pertenecido al ejército rojo, ellos sabrán el porqué. De lo que estoy completamente seguro es que los heroicos milicianos que murieron defendiendo el ejército rojo, no se avergonzarían nunca.

      Las “placas” deben de seguir estando en su sitio, en el pórtico de la iglesia basílica de Gijón, que es lo mismo que decir en el interior de la iglesia, pues todo ello se refunde en un solo conjunto.

      Los nombres que están inscritos en las “placas” son de gioneses ilustres, mártires y heroicos que por el solo hecho de amar a Dios, a Gijón y España, sin ningún otro delito, fueron encarcelados, torturados y asesinados por las hordas marxistas, entre julio de 1936 y octubre de 1937.

      La Historia es como fue y no como pretenden que sea los perdedores de la contienda.

      Honremos, y dejemos en paz, a aquellos ilustres gijoneses que lo dieron todo para que Gijón entrara por la puerta grande de la Historia, y no volvamos a herir a sus familiares que les lloran con el orgullo de saber que han muerto por Dios, por Gijón y por España.

    3. Fermín Alonso Sábada, presidente de la Hermandad de Defensores de Oviedo
    4. Ni mártires, ni confesores, quiere la izquierda plural que se recuerden. Nota remitida por las Juventudes Tradicionalistas Asturianas:

      Políticos asturianos que no representan a Asturias

      Como es sabido, ayer domingo en Roma el Papa canonizó a varios santos: dos españoles: San Francisco Coll, fundador de las Dominicas de la Anunciata, y San Rafael Arnaiz; así como la religiosa francesa Marie de la Croix Juganel, el arzobispo polaco Zygmunt Szczesny Felinski, y el misionero belga Josef Damian de Veuster, el famoso Padre Damián de Molokai, apóstol de los leprosos.

      Todas los gobiernos autonómicos –hasta los más rabiosamente laicistas: asistió incluso José Luis Pérez Díez, alias Carod-Rovira– y diputaciones provinciales con la más mínima relación con los dos españoles canonizados, estaban representados en Roma. Todos, excepto el de Asturias, a pesar de la estrecha relación, personal y familiar, que con nuestra región tuvo el oblato trapense San Rafael Arnaiz Barón, quien incluso residió varios años en Oviedo.

      Una vez más, Álvarez Areces y su «gobiernín» del PSOE/IU/BA etc., dejan claro que no representan a Asturias. Tampoco había representación del Ayuntamiento de Oviedo ni asistió ningún cargo electo del del PP, naturalmente. A ellos lo que les va es Boris Izaguirre y el «orgullo gay».

      También quedó en evidencia, como era de esperar, el Gobierno (de ocupación) de España: mientras que de los restantes países de los que eran originarios los canonizados, estaban presentes Jefes de Estado y de Gobierno, el gabinete ZP sólo envió al impresentable Ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos.

      El Papa, por cierto, volvió a dar la Comunión a los fieles de rodillas y en la lengua. Deberían tomar nota en la archidiócesis de Oviedo.

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