La herética pravedad

Capilla de San Lorenzo y Torre de los Jove Hevia

Capilla de San Lorenzo y Torre de los Jove Hevia

Ya vale. Con la ayuda de ciertos medios (destaca La Nueva España) y políticos (rojos y protestantes siempre se han entendido: ambos están contra la Fe católica, y contra España), están consiguiendo dar cierto realce a las celebraciones del centésimo trigésimo aniversario (vaya una cifra) de la triste presencia en nuestra villa de la tristísima microsecta de los Plymouth Brethren, que se endosa aquí el ridículo alias de «Iglesia Evangélica». Llevan meses dando la tabarra. Ahora ocupan la pobre, desamparada y desacralizada Capilla de San Lorenzo, donde han montado una exposición de sus mostrencas creencias «bíblicas» y otras historias tan lejos del cristianismo como Gijón de Micronesia.

Triste sino el de esta capilla. Uno de los tres únicos templos que, por estar entonces cerrados al culto, no fueron destruidos por los socialistas en 1936 (los otros dos, que también han corrido luego triste suerte, son la Colegiata de San Juan Bautista y la Capilla de la Trinidad), fue muchos años presa del abandono. Hubo un intento, cuando ni se soñaba el Motu Proprio Summorum Pontificum, de dedicarla a la Santa Misa tradicional. Pero la cooperativa del Colegio San Lorenzo (instalado hace años en la torre y la casona de los Jove Hevia) terminó alquilándola, con la mediación de algún despistadísimo beato, al Rotary Club, invento que sería risible si no estuviera condenado por la Iglesia. Ahora parece que la llaman «Sala de Arte y Cultura Capilla San Lorenzo de Gijón». Pues será, más bien, sala de herética pravedad. (Aunque, por otros motivos, este título pueda aplicarse a la mayoría de las parroquias gijonesas).

Vamos a citar a San Ignacio de Loyola (carta a San Pedro Canisio, 1554):

Los predicadores de herejías, los heresiarcas y, en suma, cuantos se hallare que contagian a otros con esta pestilencia, parece que deben ser castigados con graves penas. Sería bien se publicase en todas partes, que los que dentro de un mes desde el día de la publicación se arrepintiesen, alcanzarían benigno perdón en ambos foros, y que, pasado este tiempo, los que fueren convencidos de herejía, serían infames e inhábiles para todos los honores. Y aun, pareciendo ser posible, tal vez fuese prudente consejo penarlos con destierro o cárcel, y hasta alguna vez con la muerte […]

Quien no se guardase de llamar a los herejes «evangélicos», convendría pagase alguna multa, porque no se goce el demonio de que los enemigos del Evangelio y de la cruz de Cristo tomen un nombre contrario a sus obras; y a los herejes se los ha de llamar por su nombre, para que dé horror hasta nombrar a los que son tales, y cubren el veneno mortal con el velo de un nombre de salud.

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Archivado bajo 02.- Gijón, 09.- Medios, Medio ambiente, Política local

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