Memoria de la Semana Santa que viene

En esta Semana de Pasión, la lectura de los diarios locales (lo de locales, como ya saben los lectores de Voluntad, es un decir) produce cada vez más repugnancia. Cada vez resultan más intolerables para quien conserve un mínimo de sentido común, de decencia y de memoria.

La falsa «memoria histórica» sigue rampante. Hoy La Nueva España publica varios ejemplos, entre ellos uno singularmente abyecto obra de ese sectario fabulador de triste figura que atiende por Víctor Luis Álvarez, felicitándose por un monumento más de exaltación de los bárbaros del Frente Popular y por la eliminación total de cualquier recuerdo de sus víctimas; eliminación que no le parece bastante. No se preocupe: sus corruptos amos del PPSOE/IU/etc. le irán dando cuanto pida, aunque sea a costa de endeudarnos más. Hasta que se acabe la paciencia de sus víctimas actuales, que somos todos.

Rescatamos del mismo periódico otra muestra de memoria: la del patrimonio de la Semana Santa gijonesa, destruido por republicanos y socialistas. No es brillante, pero sirve.

Semana Santa
Notas con historia de otros tiempos
CÉSAR GONZÁLEZ ANTUÑA

La iglesia de San Pedro poseía una completísima y rica colección de ornamentos sagrados, amén de tres valiosísimos palios y numerosos estandartes de gran valor histórico.

En objetos para la celebración del culto, también estaba en posesión de muchos de gran valor material y artístico.

Fernando Morán Lavandera, abad de Santa Doradía, había donado a esta iglesia un tabernáculo y un viril de plata. El doctor Juan de Jove y Muñiz, la cruz parroquial y una custodia de plata.

Los cultos de Semana Santa revestían en este templo una extraordinaria brillantez. Los diversos oficios resultaban de una solemnidad suntuosa, tanto en el rito como en el vestuario. A estas solemnidades acudían todas las autoridades civiles y militares. Una compacta muchedumbre invadía el templo y seguía con atención y recogimiento todas las ceremonias.

El Orfeón Asturiano que dirigía Julio Fernández, cooperaba a dar más realce y brillantez a los divinos oficios. Cuatro procesiones se celebraban. La primera era el miércoles y se llamaba la del Silencio, en la que figuraban San Juan y la Dolorosa. La segunda salía el jueves y se la conocía por la de los Pasos, estaba compuesta por la Oración del Huerto, Pilatos, San Pedro, los Azotes a la Columna, la Coronación, la Verónica, el Nazareno, San Juan y la Dolorosa. El paso de esta procesión era anunciada por toques de trompeta y repiques de tambor. La tercera era el viernes y era la del Santo Entierro y salía ya el día anochecido.

Todo Gijón se apiñaba en las calles y balcones para presenciar este paso. La sagrada urna estaba hecha de plata y cristal que dejaba ver en su interior a Cristo yacente y era escoltado por la Guardia de gastadores del Regimiento militar de Gijón. La cuarta salía el sábado, se llamaba la Soledad y lo hacía al rayar el día. Las calles de Gijón se veían animadísimas de personas de todas clases que acudían a presenciar la procesión o a presenciar el desfile de éstas. Asistían, principalmente en la procesión del viernes el clero de las entonces tres parroquias de Gijón y representaciones de las órdenes religiosas, el Ayuntamiento bajo mazas en forma de villa, así como todas las autoridades civiles y militares. Cerraba marcha la fuerza de guarnición con armas a la funerala y banda de música.

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