Llanto y crujir de dientes

En las tinieblas exteriores a las que Nuestro Señor Jesucristo advierte que serán arrojados los hijos del reino (es decir, los del mundo: San Mateo, 8, 12) se siente ya el heresiarca tabernario José María Díaz Bardales, a juzgar por su pataleta en La Nueva España de hoy. El todavía párroco de Nuestra Señora de Fátima (para desgracia de La Calzada y vergüenza del cobarde Arzobispo) lanza sus demagógicas diatribas contra la celebración que hoy, primer domingo de Adviento, tiene lugar en la capilla de las Agustinas Recoletas en Somió: la del Santo Sacrificio de la Misa, la Misa de siempre. Que Díaz Bardales odia.

Su artículo muestra, una vez más, que Díaz Bardales no sabe qué es la Misa. Así que, por favor, no diga que hoy va a celebrar tres: hace muchos años que no celebra Misa válida, que tiene a sus feligreses sin sacramentos y que les enseña contra las enseñanzas de la Iglesia de Cristo. Exhibe su desprecio por la voluntad del Papa reinante, y por la de todos los Vicarios de Cristo que le precedieron. Ignora lo que sobre el uso del latín dice la Iglesia (por boca, por ejemplo, de Juan XXIII).

Eso sí, desde Voluntad agradecemos a Díaz Bardales que confirme en su artículo la torticera actuación de su amigo y colega Javier Gómez Cuesta, párroco de San Pedro, como ya habíamos contado nosotros.

Este predicador de chigre, tan crecido que pontifica por su propia autoridad, cierra su estúpida columna de hoy con esta fábula: «Un feligrés y amigo me decía hace algún tiempo que al oírme predicar el tono le parecía más cercano a los trabajadores que a los cofrades de toda la vida. Me salió del alma decirle: “Gracias a Dios”.» No. El tono de Díaz Bardales está entre el de sus amigos mafiosos del PSOE/IU/etc. S.A., y sus otros amigos pro etarras Setién y Cía. Por eso la noticia del retorno de la Misa de siempre le causa tanto miedo: porque es el anuncio de que los días en que han reinado los estafadores como él, apartando de la Fe y de la Iglesia a los cristianos, están terminando. Y para ellos será el llanto y el crujir de dientes.

Sobre el seguro éxito de la Misa de hoy, Voluntad irá ampliando en días sucesivos en los comentarios a esta entrada.

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4 comentarios

Archivado bajo 02.- Gijón

4 Respuestas a “Llanto y crujir de dientes

  1. José María Díaz Bardales: «De cara al Pueblo» y de espaldas a Dios… muy ilustrativo.

  2. Como habíamos previsto, la celebración de la Santa Misa tradicional ayer en Somió constituyó todo un éxito de asistencia.

    Los responsables del cuaderno de bitácora Hoc Signo repartieron un sencillo y digno Misal de los Fieles, que ojalá todos hubieran atendido con más cuidado (algunos malos hábitos del Novus Ordo Missae se dejaron notar, como rezar el Paternóster en voz alta, o alzar demasiado la voz en las respuestas, que no son obligatorias: hay que seguir al acólito, a quien debe oírse). Aunque unos cuantos, más avezados en la Misa de siempre, llevaban su propio misal; y unas cuantas damas llevaban la cabeza cubierta con velo o con mantilla, como desde tiempos apostólicos ha sido costumbre (y ley nada menos que desde el primer sucesor de San Pedro, el segundo Papa, San Lino).

    Tanto celebrante como acólito estuvieron correctos, aunque hará falta más rodaje. Sólo chirriaron, a nuestro juicio, dos referencias en el sermón: una a cierta oración de la misa nueva del mismo primer domingo de Adviento (si vamos a la Misa de siempre, déjennos olvidar el invento de Bugnini, por favor); y otra, errónea, al domingo anterior, al que el celebrante se refirió como el de Cristo Rey, cuando en la liturgia tradicional esta fiesta es el último domingo de octubre, como quiso el Papa Pío XI, quien la instituyó.

    Los dos principales diarios locales (o las dos principales ediciones locales de ciertos macro diarios sin identidad) dedican a la celebración dos crónicas, con fotos y con los errores que era de esperar. Más errores, como es habitual, en El Comercio.

    Orábamos ayer…
    La iglesia de las Agustinas Recoletas de Somió recuperó ayer el rito romano de la Eucaristía, en latín y de espalda a los fieles
    E. C.

    | GIJÓN

    De algunos retornos nacieron frases célebres, como el «Decíamos ayer» de Fray Luis de León al recuperar su cátedra en Salamanca o el «ya estoy aquí», pero en catalán, de Joseph Tarradellas al volver al Gobierno de la Generalitat en la transición postfranquista española. Ayer, cuarenta años después de que la Iglesia conciliar decidiera cambiar la Eucaristía para acercarla en lengua y en torno a los fieles, la aplicación del Motu Proprio ‘Summorum Pontificum’, del Papa Benedicto XVI, propició que algo más de un centenar de personas asistieran en la iglesia de las Agustinas Recoletas, en Somió, a una misa oficiada conforme al rito romano, en latín y de espalda a los fieles.

    En ese contexto, tal vez la frase conmemorativa del retorno al pasado podría ser: «la liturgia es más importante de lo que parece y Benedicto XVI lo tiene muy claro». Fue una de las ideas transmitidas por José Miguel Marqués Campo, sacerdote adscrito a la basílica del Sagrado Corazón, ordenado en 1996, es decir, mucho después de que el latín saliera de los altares. El idioma, en todo caso, es la diferencia más notable respecto al rito actual, pero no la única. Algunas partes de la misa, como el Canon, se desarrollan en silencio, la comunión se recibe de rodillas y en la boca, y el apretón de manos que desea la paz no se produce.

    En la homilía, esta sí en castellano y de cara a los fieles, no faltaron frases e ideas poco favorables a los cambios. «La Iglesia es una institución divina y algunos se olvidan de ello, que cambia cuando nos hacemos más santos, no cuando intentamos adaptarla a lo que queremos». Y es que, según José Miguel Marqués, «la Iglesia no es nuestra. Tiene dueño».

    Por lo que al desarrollo del culto se refiere, el entrenamiento de parte de los fieles para dar las respuestas adecuadas al oficiante era evidente. Unos misales editados al efecto contribuyeron también al seguimiento de la liturgia. Ignacio Alvargonzález, Hermano Mayor de las cofradías penitenciales de Gijón, actuó como monaguillo. En las filas de bancos había también algunas personas representativas, como Jesús Menéndez Peláez, presidente del Foro Jovellanos, Ramón Alvargonzález, director de la Fundación Alvargonzález, o José Rodríguez Alcalá, ex-comandante naval.

    La pretensión de originalidad puede dejar en mal lugar a quien la ejerce, y este es el caso. En fin. Por otra parte, había unos cuantos más notables, y muchos fieles devotos y emocionados. La Misa de siempre tiene muchas más diferencias con la nueva misa de las que E.C. indica; de hecho, no se le parece en nada. Pero no es el idioma el quid, ignaros. Ya lo explicamos en Voluntad, y lo sabe cualquiera que sepa algo. Y la Misa de siempre es eso, la de siempre. La de los Apóstoles. La nueva (en latín también, tal cual se promulgó) es la del masón Bugnini y los pastores protestantes de su comisión. La misa nueva en Gijón es la de los Díaz Bardales y sus colegas, que por no saber no saben ni en qué consiste ser sacerdote.

    En La Nueva España andan más finos, aunque insistan en el disparate de llamar «eucaristía» al Santo Sacrificio de la Misa; aunque destaque, hábilmente, alguna de las afirmaciones más objetables (también otras de las más atinadas, ciertamente) del celebrante; y aunque se refiera a esta Misa como la primera desde la revolución litúrgica de hace casi cuarenta años. Ha habido pocas, han sido, casi, semiclandestinas; pero ha habido Misa tradicional nuevamente en Gijón desde hace bastante tiempo, como hemos contado en Voluntad.

    Una eucaristía «de continuidad»
    Unos 150 fieles asisten a la misa tradicional, sobre la que el oficiante advierte de que es prueba de que el Vaticano II no trajo ruptura en la Iglesia

    J. MORÁN

    Unos 150 fieles participaron ayer en la primera misa tradicional, en latín, que se celebraba en Gijón casi 40 años después de la reforma litúrgica que siguió al Concilio Vaticano II. La celebración, en la capilla del convento de las Agustinas de Somió, ha sido posible después de que Benedicto XVI liberara en 2007 esta forma extraordinaria de la misa, que se dice según el misal de San Pío V, cuya última edición promulgó el Papa Juan XXIII en 1962.

    Por tanto, «fue el misal utilizado durante el Vaticano II», decía una hoja explicativa repartida a los asistentes, junto a un libreto para seguir la celebración. Dicho folio exponía asimismo que ésta ha sido la misa «de muchos santos, papas, cardenales, obispos y sacerdotes», y también ha sido «camino de santidad de muchas generaciones».

    «Espiritualidad, sacralidad, misterio, solemnidad y belleza» serían los atributos de la misa tradicional, según la misma nota informativa, que explicaba cómo «el sacerdote pronuncia oraciones en voz baja o en silencio, lo que enfatiza el misterio y la sacralidad». En efecto, durante una parte de la misa el silencio se impone. Incluso, agregaba la nota, «el padre nuestro es recitado sólo por el sacerdote, y los fieles únicamente responden “sed libera nos a malo” (y líbranos del mal)».

    No obstante, un buen número de fieles rezó ayer el padre nuestro en voz alta y en latín. La citada hoja advertía finalmente que la comunión se recibe «de rodillas y en la boca» -así fue-, y que existe «la tradicional costumbre de que las mujeres cubran su cabeza con mantilla, sombrero o tocado», aditamentos que emplearon algunas feligresas.

    El sacerdote celebrante, José Miguel Marqués, habló en su homilía -en castellano, al igual que las lecturas bíblicas- de la «hermenéutica de la continuidad», la expresión que utiliza Benedicto XVI para enfatizar que no existió ruptura en la Iglesia a partir del Vaticano II. «Algunos piensan que la Iglesia arrancó hace 40 años, pero tiene 2.000», expresó el sacerdote, para agregar que «hay quienes sueñan con una Iglesia hecha a su imagen y semejanza, pero la Iglesia no es nuestra, sino de institución divina». A «quienes quieren que la Iglesia cambie», José Miguel Marqués les recordó que «cambia cuando te conviertes al Señor».

    La misa fue atendida en el altar por Ignacio Alvargonzález, presidente de las cofradías gijonesas y unos de los promotores de estas celebraciones. Las Agustinas Recoletas siguieron la misa tras la reja conventual, y la feligresía estuvo compuesta por personas mayores, pero también por jóvenes y adolescentes en número apreciable. En la pequeña capilla se escucharon ayer antiguas expresiones, como «dominus vobiscum» (el Señor esté con vosotros), «orate fratres» (orad hermanos), «sursum corda» (levantad los corazones) o «ite, misa est» (podéis ir, la misa ha terminado). Al término de la eucaristía, algunos fieles recordaban las últimas misas en latín a las que habían asistido, hace ya casi cuatro décadas. «Al cura le faltaba la coronilla», comentó un feligrés, en referencia a que no lucía la tonsura clerical de antaño.

    En suma, un buen día para Gijón y para la Iglesia. La próxima Misa en la capilla de las Madres Agustinas Recoletas de Somió será, Dios mediante, el 28 de diciembre (domingo en la octava de Navidad), también a las 12:30 del mediodía.

  3. Hoy en La Nueva España, a propósito de la recuperación de la Santa Misa tradicional, escribe Javier Morán en defensa de la vetusta revolución litúrgica, intentando demostrar que el Novus Ordo Missae es preferible a la Misa de siempre. Involuntariamente, suponemos, su artículo viene a demostrar lo contrario. También demuestra una pavorosa ignorancia de la Fe de la Iglesia. Lo reproducimos e intercalamos algunas objeciones.

    A Divinis
    Misa antigua, misa conciliar
    De cómo se considera que era conveniente la reforma litúrgica

    JAVIER MORÁN

    Sus partidarios prefieren llamarla con el nombre que le ha dado el Papa Benedicto XVI: forma extraordinaria del rito romano de la misa. Con esta denominación, se evitan otras designaciones con carga valorativa: misa tridentina, misa preconciliar, misa tradicional o tradicionalista, misa en latín, etcétera.

    Pues no. No se tome por preferencia la diplomacia de algunos: se trata de la Santa Misa tradicional, del Santo Sacrificio de la Misa en su forma inmemorial del Rito Romano. Ya se ha explicado en Voluntad.

    Pero no vamos a quedarnos en los nombres. La misa celebrada hace una semana en Gijón, por la forma extraordinaria, casi 40 años después de la reforma litúrgica que recomendó el Concilio Vaticano II, nos produjo la impresión de que dicha reforma era conveniente para la Iglesia.

    La misa antigua es la misa del sacerdote, predominantemente.

    Es que la Misa no la celebra nadie más que el sacerdote válidamente ordenado: «Contra los luteranos y calvinistas, que afirman que todos los cristianos son sacerdotes, y que, por lo tanto, ofrecen la cena, cfr. Concilio de Trento, Sesión XII canon 2. Sobre ello, dice A. TANQUEREY en Sinopsis de teología dogmática, t. III, Desclée, 1930 : “Todos los sacerdotes y sólo ellos son, propiamente hablando, ministros secundarios del Sacrificio de la Misa. Cristo es, ciertamente, el ministro principal. Los fieles sólo mediatamente, pero no en sentido estricto, ofrecen por medio de los sacerdotes”». (Cardenales Alfredo Ottaviani y Antonio Bacci, Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, para esta y las demás citas de nuestro comentario).

    De hecho, vimos a alguna feligresa con el rosario durante la citada celebración del domingo, lo cual era comprobación directa de lo que sucedía con muchos fieles en las misas de hace cuatro décadas: la liturgia deja en silencio al pueblo de Dios durante buenos tramos de la misa, circunstancia que era suplida con el rezo de la oración de Santo Domingo de Guzmán. Esto podría considerarse una desviación litúrgica equivalente a las alteraciones que también ha sufrido la misa reformada, las cuales suelen ser esgrimidas como argumento a favor de la restauración de la forma extraordinaria.

    Quizá no sea la manera óptima de asistir a Misa, pero rezar el Santo Rosario durante la misma es perfectamente legítimo y aceptable, si quien lo hace tiene la voluntad de unir su oración al Sacrificio y de adoración del mismo. Que los fieles permanezcan en silencio es asimismo legítimo; y desde luego preferible al parloteo incesante y a la usurpación de las palabras del sacerdote, que son la regla en las celebraciones de la misa nueva.

    Pero decíamos que, de modo dominante, la misa antigua es la misa del sacerdote, mientras que la misa reformada pretendió ser la misa de los fieles, con más participación de la asamblea. También caben otras disyuntivas: la misa tradicional era una liturgia referida intensamente a Dios, a la adoración; la reformada iba dirigida a los hombres, a su participación en la Cena del Señor. Como se ve, detrás de cada una de esas opciones existe un concepción de la Iglesia, de modo que una liturgia o la otra revelarían el tipo de comunidad católica a la que sus seguidores respectivos desean pertenecer.

    Malo, malo. Lo de «misa reformada» dice más de lo que el señor Morán quiere decir, probablemente. Junto con lo de la «asamblea» y la «participación en la Cena del Señor», ya ha completado el cuadro: su teología es protestante y completamente ajena a la católica. Véase nuestra cita de más arriba, y esta otra:

    «En la SESIÓN XXII, que atañe directamente a nuestro asunto (“Sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa”), la doctrina definida (DB 937a -956) está luminosamente contenida en nueve cánones.
    1º: La Misa es un Sacrificio verdadero y visible –y no una Representación simbólica– “por el cual se representa aquel sacrificio cruento que hubo de realizarse una sola vez en la Cruz (…) y se aplica su fuerza salvadora para la remisión de los pecados que diariamente cometemos” (DB 938).
    2º: Jesucristo Nuestro Señor, “declarándose a Sí mismo Sacerdote constituido para la eternidad según el orden de Melquisedec (Ps. 109, 4), ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo las especies de pan y de vino y bajo los símbolos de esas mismas cosas los dio a sus Apóstoles (a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento) para que los tomaran, y a ellos mismos y a sus sucesores en el sacerdocio les mandó que los ofrecieran por medio de estas palabras: ‘Haced esto en conmemoración mía’ (Lc 22, 19; I Cor 11,24), como siempre lo entendió y enseñó la Iglesia Católica” (DB ibid.). El celebrante, el oferente, el sacrificador es el sacerdote, para eso consagrado, pero no el pueblo de Dios, la asamblea. “Si alguien dijere que con aquellas palabras: ‘Haced esto en conmemoración mía’ (Lc 22,19; I Cor 11, 24), Cristo no instituyó sacerdotes a los Apóstoles o que no los ordenó, para que ellos y los otros sacerdotes ofrecieran su cuerpo y sangre, sea anatema” (Canon 2; DB 949).
    3º: El Sacrificio de la Misa es un verdadero sacrificio propiciatorio, y no “una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz”.
    “Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema” (Canon 3; DB 950).
    Recuérdense además, el canon 6: “Si alguien dijere que el Canon de la Misa contiene errores, y que por lo tanto debe ser abrogado, sea anatema” (DB 953) ; y el canon 8: “Si alguien dijere que las Misas en las cuales sólo el sacerdote comulga sacramentalmente, son ilícitas y que por lo tanto deben ser abrogadas, sea anatema (DB 955).»

    Cuidado con los anatemas, pues. Quien crea lo mismo que el señor Morán, se pone fuera de la Iglesia Católica, sencillamente.

    Otro hecho nos llamó la atención en la citada misa gijonesa. En el momento de rezar el Padre Nuestro, buena parte de los asistentes lo recitaron, en latín, pese a que las rúbricas -indicaciones litúrgicas- de la misa antigua dicen que lo reza en solitario el sacerdote, y los fieles pronuncian únicamente la frase final: «sed libera nos a malo», y líbranos del mal.

    Esta circunstancia evidencia algo relevante: el pueblo de Dios quiere rezar el Padre Nuestro, la oración más bella y teológicamente más rica del cristianismo. Que la forma extraordinaria no contemple ese rezo general indica que, con el tiempo, precisará de modificaciones. Lo cierto es que Benedicto XVI lo tenía previsto cuando promulgó en 2007 el «motu proprio» que liberaba la forma extraordinaria. Proponía entonces que la misa reformada y la misa antigua se enriquezcan recíprocamente, tarea que tal vez le corresponda al cardenal Cañizares, cuyo destino a Roma, a la Congregación del Culto Divino, podría hacerse público el próximo martes.

    Al error de rezar algunos fieles el Páternoster en voz alta ya nos hemos referido en Voluntad. Malos hábitos tras décadas de mala práctica litúrgica, y quizás, en algún caso, de mala teología, como la del señor Morán. Del Novus Ordo Missae nada hay que tomar. La Misa de siempre es santa y perfecta; los frutos de la misa nueva sólo han sido amargos, y de putrefacción rápida.

    Por lo demás, creemos que la forma extraordinaria es una celebración de gran dignidad, y sus partidarios merecen respeto. No obstante, ya se perciben un par de riesgos -que no se notaron en la celebración de Gijón, por ejemplo, de una gran sobriedad-: un excesivo esteticismo en materia de ropas y elementos litúrgicos (albas de puntillas, recargadas casullas, etcétera);

    Dicen que los gustos no se discuten. Lo cual es falso, dicho sea de paso: el mal gusto es eso, malo. Y el mal gusto de los ornamentos de los modernistas es estridente y clama al Cielo venganza, porque se opone a la dignidad debida en el culto. Si la recuperación de los ornamentos tradicionales le parece al señor Morán un «riesgo», lo sentimos por él.

    y, segundo, la idea de que la liturgia reformada ha podido ser un mal fruto del Vaticano II, que contendría además otros errores. Pero un concilio está por encima de toda autoridad de la Iglesia.

    Nueva demostración de que la teología del señor Morán no es católica. La autoridad del Papa, Vicario de Cristo, está por encima de la de los concilios; incluso los concilios dogmáticos –y el Vaticano II no lo fue– no tienen más autoridad que la que la sanción del Papa les confiere. La doctrina de la Iglesia no admite contradicción, además: no cambia ni evoluciona. De lo contrario, no sería verdadera. Así que si hay algo nuevo… es falso.

    De cómo, pues, era necesaria la vuelta de la Misa de siempre.

  4. A propósito de la pataleta que abre este hilo, La Nueva España de Gijón publica hoy esta carta.

    La opinión de Gijón

    La intolerancia de un cura sin fe ni caridad

    Señor director:

    No salgo de mi asombro tras la lectura del artículo publicado el domingo, 30 de noviembre, en LA NUEVA ESPAÑA por el ¿sacerdote? o mejor, para ser políticamente correctos, el hermano en la fe (¿qué fe?) José María –o «Pepe Mari», para ser un poco más colegas– Díaz Bardales.

    Desobediencia y soberbia exhibe de sobra el párroco de La Calzada. E intolerancia sectaria contra los que permanecen fieles a la fe católica. Desconozco cuánto sabe de su ministerio y si lo ha ejercido alguna vez con vocación; pero clama al cielo con qué facilidad Díaz Bardales pone en entredicho la voluntad del Santo Padre y la tradición de la Santa Madre Iglesia. ¿Sabe acaso qué nos tiene Dios preparado en el otro mundo? Recuerde las palabras del Evangelio: ¡Ay de aquél que escandalizare!

    María Prieto Vergara

    Casualmente, esta carta ve la luz en el mismo número del citado periódico que un reportaje sonrojante: «El álbum fotográfico del cura guerrillero. Tributo. Tres décadas añorando a Gaspar García Laviana. Pumarín rinde tributo al religioso, que murió como guerrillero en Nicaragua». Casualmente también, el nombre del corazonista apóstata, convertido en terrorista marxista y asesino en serie, además de ensuciar una avenida de Gijón (villa con la que nunca tuvo relación Gaspar García Laviana) ha sido escogido por un grupo de presbíteros, ancianos progres a quienes no dudamos en calificar también de apóstatas, para su «foro de reflexión», o sea, su mini lobby para enredar contra la Iglesia. Entre ellos, prominente, está Díaz Bardales, con sus colegas José Luis Martínez, Javier Gómez Cuesta, etc.

    A costa de los dineros arrebatados a los gijoneses, la Concejalía de Cooperación Internacional (manda narices, cooperación internacional en un ayuntamiento) monta la kermesse, versión PSOE/IU/etc. S.A. de las que en Guipúzcoa montan para homenajear a los etarras. Por cierto: ahora que vuelve a investigarse la colaboración entre ETA y los narcoterroristas de las FARC («Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia»), no estaría de más que la investigación se extendiera al Ayuntamiento de Gijón. De nada.

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