Cormorán

Javier Morán, en La Nueva España, nos ofrecía el pasado jueves, 23 de octubre, un artículo sobre eso que unos llaman Historia, a secas; otros la llaman «Memoria Histórica» y, otros, los más, no la llaman de ninguna manera puesto que no les interesa ni lo más mínimo, preocupados como están de llegar a fin de mes.

El autor traía a colación el auto del Ilmo. Sr. D. Baltasar Garzón Leal (tratamiento que se merece al ser magistrado de la Audiencia Nacional, que no por sus méritos judiciales) acerca de las Diligencias Previas del Procedimiento Abreviado 399/2006 V, por presuntos delitos de detención ilegal. En el artículo, amparándose en la opinión de historiadores y otros personajes anónimos, Javier Morán pretendía indicar que dentro de ese aparato represor que su Ilustrísima Señoría denomina «Falange Española» se encontraban tanto falangistas, como «chequistas» o simples asesinos. En los dos últimos casos, no creemos que haya excesiva diferencia, salvo la cobertura, más o menos, legal que el gobierno frentepopulista de la II República dio a los primeros.

La Falange que investiga Garzón

En la represión franquista tuvieron una participación destacada los falangistas, pero también «chequistas» o simples asesinos

Gijón, J. MORÁN

Acto de la Falange en 1936, durante los funerales de José Antonio

Acto de la Falange en 1936, durante los funerales de José Antonio

Salvo los rojos exiliados, o los que se echaron al monte, o aquellos que resistieron en el silencio de su domicilio, la restante España amaneció tras la Guerra Civil con un carné de la Falange muy cerca, o incluso dentro de la propia cartera. Y, como había sucedido con el terror rojo, el terror blanco, el falangista, también tuvo en sus filas «pistoleros, “chequistas”, asesinos natos», como señala un veterano gijonés, conocedor de aquellos movimientos, pero que solicita el anonimato.

«Hubo muchos casos de “chequistas”, personajes de aluvión, de mala catadura moral, pero ello no exonera a la Falange, implicada de arriba abajo en los hechos de aquellos años», explica Ramón García Piñeiro, historiador, director del Instituto Galileo Galilei de Navia, y autor del libro «Fugaos. Ladreda y la guerrilla en Asturias (1937-1947)».

Dar con los represores falangistas, tal vez nonagenarios, es uno de los objetivos del proceso emprendido por el juez Baltasar Garzón, de la Audiencia Nacional, en cuyo ya célebre auto solicita al Ministerio del Interior los nombres de los altos cargos de Falange entre el 17 de julio de 1936 y diciembre de 1951.

Si prospera el proceso de Garzón, la Plataforma de Víctimas de las Desapariciones Forzadas por el Franquismo tiene previsto señalar a varios represores supervivientes, para que el juez coteje sus datos con los que pueda remitir Interior. Una remisión difícil, pues «todos los archivos del Movimiento y de la Falange fueron destruidos en 1977», precisa el referido gijonés.

Por su parte, García Piñeiro, que ha investigado sobre la posguerra asturiana en varios archivos estatales y regionales, reconoce que «salvo cosas sueltas, no hay nada referido a la represión; del Movimiento y de la Falange no hay fondo documental, a diferencia del que sí existe acerca del Sindicato Vertical».

La pauta de la represión franquista, con la Falange del brazo, coincide en parte con la del bando republicano. «Se da un represión irregular y otra regular», expone Ramón García Piñeiro. En la primera, «participan muchos falangistas, aunque más de fuera de Asturias que de dentro; por ejemplo, miembros de las banderas de Lugo y Valladolid, que habían combatido en segunda línea. Hay también “chequistas”, que van a las casas, a las cárceles, a los batallones de trabajos forzados, y ven una cara que les suena; se lo llevan y lo matan», agrega el historiador.

En el apartado de acciones irregulares, el veterano gijonés antes citado cuenta «un suceso revelador» acerca de «uno de los primeros asesinados al comienzo de la Guerra Civil, en Gijón: el secretario de la patronal pesquera, Isidro Suárez Morís. Era considerado el cacique de las pesquerías y su muerte fue una especie de lapidación, con piedras. Alguien le remató en la cabeza, también con una piedra».

«Esto sucedió el 20 o 21 de julio de 1936, y su cadáver fue hallado detrás de la caseta de consumos de El Bibio, el fielato, donde se pagaban los impuestos por las mercancías que entraban en las ciudades. Dejó viuda, la señora Angelina, con ocho hijos, el último todavía en el vientre. Después de entrar los nacionales en Gijón, hubo personas que le dijeron a doña Angelina que el asesino de su marido, un boxeador, andaba con camisa azul, matando gente. La señora fue a la Guardia Civil e informó de ese dato. La Benemérita intervino y lo mató. Había sido asesino de derechistas y, después, lo era de rojos».

«Hay muchos casos de este tipo», agrega García Piñeiro, «de personajes que, como forma de autoprotección, se refugiaron en la Falange; pero precisamente esos casos acreditan la inoperancia para detectarlos por parte de la Falange, una organización en la que pudo haber falangistas perversos, y otros con racionalidad, que incluso repudiaron y rechazaron la represión».

Por su lado, «la represión regular» es la correspondiente a las «causas militares, en las que se pedía información sobre los encausados a la Guardia Civil, al Alcalde, al cura -raramente-, y a Información e Investigación de Falange», explica Piñeiro. Precisamente la delegación de Información e Investigación de Gijón «estuvo emplazada en la calle Corrida, frente al Banco Español de Crédito, en un piso que durante la guerra había sido una checa roja», rememora el citado gijonés, que describe cómo «esas delegaciones se convirtieron después en delegaciones del Gobierno de Justicia y de Derecho, regidas por personajes prominentes de la vida política local». Los informes de Falange sobre los encausados «puede hallarse en los archivos militares», precisa Piñeiro.

Serían los únicos vestigios documentales de la participación del partido fundado por José Antonio Primo de Rivera , que a partir de 1937 fue unido por Franco al partido tradicionalista de los carlistas y el requeté. Fue el pilar más vigoroso del Movimiento Nacional, o partido único, y con estructuras complementarias de militancia obligatoria como el Sindicato de Estudiantes Universitarios (SEU).

Prueba de la Falange de aquellos años fue el abrazo casi obligatorio del régimen, es el caso del Ayuntamiento de Gijón tras la guerra, según relata el citado gijonés. «En aquel Ayuntamiento estaba Paulino Vigón o Antonio G. Cobo, ambos de derechas; pero también Rufino Menéndez, carlista, y Teófilo Martín Escobar, que había sido republicano, relacionado con la Institución Libre de Enseñanza; de repente, todos con el carné de Falange». La misma Falange que ahora investiga el juez Garzón.

http://www.lne.es/secciones/noticia.jsp?pRef=2008102300_42_688411__Asturias-Falange-investiga-Garzon.html 

 

En el artículo, el autor hace un «totum revolutum» de ideas, personajes y circunstancias históricas; pero, además, incurre en una serie de errores que no pueden pasar desapercibidos para cualquier persona mínimamente conocedora de la Historia de España. Para empezar el propio disparate del pie de foto que acompaña al artículo: «Acto de la Falange en 1936, durante los funerales de José Antonio». Efectivamente, José Antonio Primo de Rivera fue fusilado el 20 de noviembre de 1936 en Alicante; pero la primera mención oficial que se hace de ese fallecimiento no es hasta el 18 de julio de 1938, por parte de Raimundo Fernández Cuesta, Secretario General de Falange. Es más, no es hasta el 1 de octubre de 1938 cuando el Consejo de Ministros hace pública, oficialmente, la muerte de José Antonio. Por todo ello, difícilmente se podía hablar de funeral de José Antonio en 1936… ¿Habrá oído el autor del artículo alguna referencia al «Ausente»?

Más adelante habla del «…partido tradicionalista de los carlistas y del requeté…». Esperaremos a que el periodista nos aclare qué es eso. Por aquel entonces, lo único que existía era el Carlismo, la Comunión Tradicionalista, y el Requeté (con mayúscula), como milicias de la misma. Por tanto, el Requeté (con mayúscula) no es la tercera pata del Movimiento Nacional, como parece indicar J. Morán, sino que está intrínsecamente unido a la Comunión Tradicionalista. Comunión, que no partido; puesto que el mal llamado Partido Carlista, como tal, no aparece hasta principios de los años 70, detrás de las ideas socialistas autogestionarias y federalistas con que por entonces le dio por jugar a Carlos Hugo de Borbón Parma.

Para acabar, pone, en boca de su anónimo testigo presencial, una serie de nombres de personas que pertenecen a la primera Corporación Municipal, una vez acabada la guerra, indicando que todos ellos aparecieron con el carné de Falange; como queriendo indicar que, si bien los dos primeros era derechistas y no era de extrañar que lo tuvieran, las otras dos personas podían tener algo que ocultar y por eso lo tenían. Desde Voluntad nos gustaría que indicara qué motivos podía tener D. Rufino Menéndez para necesitar el «paraguas» del carné de Falange. Fue concejal en la última Corporación Municipal alfonsina, había sido elegido concejal en las elecciones del 14 de abril de 1931 (en las listas de la candidatura monárquica) y siempre orgulloso de su condición de carlista, sin renunciar a ella. Condición que mantuvo hasta su fallecimiento. Es más, cuando en Gijón había poco más de dos falangistas (Enrique Cangas y José María Basterrechea, principalmente), hacía muchos años que D. Rufino Menéndez no necesitaba de paraguas alguno de Falange.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Cormorán

  1. La «memoria histórica», inventada contra la historia y contra la memoria, está emparentada con el goyesco sueño de la razón; y como él, produce monstruos. Algunos han salido de la cabeza del astorgano Alejandro Martínez Gallo, comisario político, perdón, jefe de la Policía Local de Gijón. Hace casi dos años, dicho señor perpetró una novela, Caballeros de la muerte, en la que fantaseaba obscenamente con una falsa unidad represiva que habría operado en el sur de Asturias y el norte de León, formada –pásmense– por falangistas y carlistas, es decir, por agua y aceite. La obscenidad era mayor si se tiene en cuenta que el Requeté carlista no participó en ningún caso en acciones de represión, ni en la guerra ni en la posguerra. A cualquiera podría ocurrírsele que Martínez Gallo, cuyo sentido de la oportunidad lo ha llevado del franquismo a la extrema izquierda (del PSOE), trata de resucitar las fallidas calumnias del difunto marido de la Alcaldesa (del nazifascismo al procomunismo) y sus amigotes; al tiempo que intenta emular –en plan matar al padre– al anterior jefe de la Policía Municipal, Isidoro Cortina del Frade (doctor en Derecho, con varios libros de sustancia, miembro del IDEA antes de que se convirtiera en RIDEA, rideo, rides, ridere, risi, risum, etc.; y por cierto, tradicionalista él mismo).

    La ficción pretenciosa ya era intolerable. Pero los monstruosos sueños de la razón siguen creciendo. Ahora se descuelga elevándolos a hechos históricos. En plan historia al revés, completamente inventada. Vean la desvergüenza, contada hace una semana en La Nueva España. (Les ahorramos la foto porque demuestra que, a cierta edad, cada uno tiene la cara que se merece):

    La sed de venganza atizó la atrocidad
    Los escritores Ruiz Marcos y Martínez Gallo consideran que el odio entre ambos bandos explica muchos de los crímenes de la Guerra Civil y la represión posterior

    Oviedo, L. GAZTAÑAGA

    Las «terribles andanadas de venganza» que llevaron a cabo en Asturias el bando republicano y el nacional durante la Guerra Civil es una de las impresiones «que más impresiona» al escritor José Manuel Ruiz Marcos, autor de la novela «La memoria y el silencio». «La gente de ambos bandos tenía sed de venganza, y creían tener razón, porque lo primero que hace falta para sentir el deseo de venganza es ser antes una víctima», afirmó ayer Ruiz Marcos en el coloquio «El final de la Guerra Civil en Asturias: Guerra y literatura», celebrado en el Club Prensa Asturiana de LA NUEVA ESPAÑA, y en el que también participaron el escritor y jefe de la Policía Local de Gijón Alejandro Martínez Gallo; y como moderador, Javier Rodríguez Muñoz, director del Club de Prensa. Martínez Gallo destacó, por su parte, cómo su propia familia le «inoculó el odio» contra el bando perdedor, los republicanos.

    Ruiz Marcos señaló que «son pocos ya los supervivientes» que quedan en el pueblo de Ujo, donde él nació y vivió, para narrar lo que se vivió en la Revolución de 1934, Guerra Civil y la posguerra. Éste es uno de los motivos por los que se decidió a escribir una novela en la que pudiese contar lo sucedido, pero también «le movió» otro afán a entrar en el mundo literario: tener en consideración a ambas partes, «en un cincuenta y cincuenta por ciento», dijo el autor. «Yo tengo en mi casa como seis metros de libros sobre la Guerra Civil, y no conozco ningún autor que haya hecho esto. Conozco gente que ha relatado sus experiencias, que ha escrito historias de su parte, pero no que haya tratado como yo de considerar los dolores de las dos partes»

    Martínez Gallo, por su parte, destacó el «sadismo increíble» de los llamados «caballeros de la muerte», unidades que «plagaron» las cuencas mineras de León formadas por voluntarios falangistas y carlistas, que «asentaban» el terreno para evitar una revuelta en la retaguardia cuando los nacionales se habían ido a otros frentes. Ejemplos como éste pueden dar ida «de los contrastes» que se dieron en este período entre Asturias y León, ya que dichas unidades se formaron porque «no quedaban hombres en León, pues se habían ido a las primeras líneas en el frente», mientras en Asturias la lucha todavía seguía.

    Estos llamados «contrastes» entre la región asturiana y la leonesa fueron el motor de Martínez Gallo para que comenzase a escribir y publicar libros como «Los caballeros de la muerte. La última batalla del maquis». Para el autor -nacido en Astorga, pero radicado en Asturias-, hubo «grandes diferencias» entre Asturias y León. Buen ejemplo de ello es que esta última región quedó «en la mal llamada zona nacional», y el Principado, hasta octubre de 1937, quedó como «leal a la República».

    Otro de los «contrastes» que explicó Martínez Gallo fue que al día siguiente del 18 de julio de 1936, las zonas mineras leonesas formaron inmediatamente un ejército guerrillero de resistencia; no fue así en Asturias, «porque todo el mundo estaba luchando en el frente», según indicó Martínez Gallo.

    «Yo creía siempre que los que me iban a helar el corazón iban a ser los enemigos de mi familia. Luego que vi no, que los destinados a helarme el corazón eran los míos, lo que tenían acceso a mi corazón. De sede de amor lo transformaron en sede de venganza», manifestó Ruiz Marcos. Explicó que la conducta de sus padres cuando él era niño «le inoculó» el odio, le llevó a no considerar «el dolor» que sentía la «otra parte», la republicana. «Esto fue una injusticia» porque los que él creía sus enemigos estuvieron 40 años bajo el franquismo. Martínez Gallo también destacó las fosas comunes, que «tuvieron su ensayo» en la represión de la Revolución de 1934. «En Asturias podemos hablar de fosas comunes en una situación no bélica. Fueron una especie de experimento», añadió el escritor.

    «Los dos bandos creían tener razón, porque ambos se sentían víctimas»

    José Manuel Ruiz Marcos Escritor

    «En Asturias, las fosas comunes tuvieron su ensayo en la represión de la Revolución del 34»

    Alejandro Martínez Gallo Escritor y policía

    Es llamativo el contraste entre el afán de moderación de José Manuel Ruiz Marcos y el sectarismo poseso de Martínez Gallo. Quien, llevado de su verborrea, argumenta de forma sospechosamente parecida a los proterroristas. Veamos: la sanguinaria y devastadora Revolución de 1934, benéfica y justa; su represión (por parte de tropas leales a la República), genocidio; los revolucionarios de 1934 se convierten en 1936, por arte de birlibirloque, en «leales a la República»; y la invención literaria de Martínez Gallo, desprovista de cualquier apoyo en la realidad, se convierte en historia.

    Con la policía en semejantes manos, es para echarse a temblar. Checa de Gijón, calle de San José (le cambiarán el nombre) esquina avenida Hermanos Felgueroso. De momento es (casi) ficción literaria; pero a algunos no les falta intención de convertirla en realidad, a juzgar por lo visto.

  2. Ya que de garzonadas hablábamos, he aquí una interesante contribución del Confidencial Digital. En Asturias hubo unas cuantas historias parecidas, incluso en sus detalles más truculentos, durante la Revolución socialista de 1934 y el dominio del Frente Popular en 1936-1937. Así se las gastaban los que ahora pasan por los «buenos» y los perseguidos:

    Una tumba que no investiga Garzón: el abuelo de su mujer fue asesinado por el Frente Popular y sus restos tirados a una fosa común

    Ahora que Baltasar Garzón se ha propuesto levantar los restos de las fosas comunes causadas por el franquismo, surgen datos sobre otras personas que también quedaron sin identificar, pero víctimas del otro bando, y por tanto a las que el juez no va a hacer mucho caso. Uno de ellos, un abuelo de la mujer del magistrado.

    Según publicó El Periódico de Cataluña, en un comentario al artículo ‘Garzón rechaza tramitar el recurso del fiscal…’, Aurelio Serrano Medina, abuelo de la esposa del juez, fue asesinado en la localidad de Sorihuela del Guadalimar (provincia de Jaén).

    De acuerdo con el testimonio, en la iglesia de ese pueblo jienense fueron torturados y bárbaramente asesinados, a martillazos y hachazos, por el Frente Popular, una serie de personas, entre ellos Aurelio Serrano, además de dos hermanos del abuelo del firmante del comentario. Y los despojos de los asesinados fueron tirados a una fosa común “a trozos” porque ninguno había quedado entero.

    Otras tres mujeres fueron descuartizadas en el puente sobre el río Guadalimar, a tres kilómetros del pueblo, y sus restos lanzados al río, excepto las orejas, que, entre mofas, fueron asadas y comidas en una tasca del pueblo, según contaban los viejos del lugar.

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