Un extraño en el paraíso

Da gusto encontrarse algo así en la generalmente desoladora prensa local de hoy. Artículo de Luis Díez Tejón en El Comercio:

Mi amigo, que anduvo por aquí este verano y es hombre observador y dado a sacar conclusiones razonables, me lo dijo en Rodiles, la tarde de su despedida, mirando los eucaliptos que cubren gran parte del arenal:

-Me sorprende que se pueda llamar paraíso natural a un paisaje tan colonizado por especies totalmente ajenas a él.

Me lo dijo en un murmullo, como pidiendo perdón. Mi amigo no es un ecologista dogmático ni hace de la naturaleza primigenia su religión; simplemente constataba que otras regiones que no pretenden tenerse por paraísos habían sabido conservar mucho mejor su paisaje vegetal autóctono. Le hablé de Muniellos y de Peloño, pero movió la cabeza como quien rechaza un argumento por insuficiente, y tenía razón.

El bosque asturiano era un bosque mesófilo, atlántico y caducifolio, y como tal, exuberante en verano, deslumbrante de galas en otoño y desnudo en invierno. Así era cuando se componía sólo de los árboles que le eran propios: el haya, reina de todas las humedades del bosque; el carballo, símbolo popular de ilustre ciudad y orgulloso de su condición de ciudadano más longevo; el castaño, foráneo, pero tan antiguo que ya tiene carta de ciudadanía en Asturias; el fresno, amigo de los rayos y del agua; el aliso, dueño de las riberas; el abedul, el acebo, el sauce y tantos otros. Pero un mal año del siglo pasado alguien trajo de Australia la solución al problema de todos estos árboles: su lento crecimiento, en un caso, o la baja calidad de su madera, en otro, que los hacían ser poco rentables desde el punto de vista industrial.

Y así, nuestros montes, especialmente los costeros, se cubrieron de eucaliptos, que sobre todo a partir de 1940, y a impulso de la actividad entibadora en la mina y de las fábricas de celulosa de Torrelavega y Navia, se convirtieron en el elemento dominante del nuevo paisaje asturiano.
Luego resultó que en la mina no es bien visto porque, según parece, cede sin crujir como el roble antes de los derrumbamientos, y a las industrias papeleras, también según dicen, les resulta más barato importarlo de fuera. Pero siguen plantándose.

Para conocer un bosque se hace preciso abandonar los caminos y seguir las pistas que llevan a ninguna parte. Y así, pisando el sotobosque, tropezando con los estolones, respirando en los claros, esquivando las espineras, escaramujos y zarzales, pero sin volver la vista a la comodidad del camino, le es posible al visitante de ánimo bien dispuesto acercarse a aquella intimidad en la que forma cada día su hogar la tierra y donde se generan procesos que, querámoslo o no, han de afectarnos a todos.

Pero los eucaliptos no forman bosque, sino un conjunto de árboles, porque el bosque es generador de vida y en los eucaliptos ni siquiera anidan los pájaros. Al no caer las hojas no se forma humus; al permitir el paso del sol se seca la tierra; al suceder todo esto, el suelo se empobrece y se acidifica, y todo ello de forma irreversible.

No es precisamente el árbol del paraíso.

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1 comentario

Archivado bajo 02.- Gijón, 03.- Comarca, 09.- Medios, Carreño, Medio ambiente, Política local, Villaviciosa

Una respuesta a “Un extraño en el paraíso

  1. La embestida urbanística en Villaviciosa, esta vez en la Villa propiamente dicha, y las ocurrencias consistoriales, ponen en peligro árboles extraordinarios. Carta al director de La Nueva España:

    Monumentos naturales en Villaviciosa
    16 de Diciembre del 2009
    María Adoración Abella García (Oviedo)

    Existen media docena de árboles de más de cien años, que constituyen un conjunto único y muy valioso por la rareza en la población de Villaviciosa, en Asturias. El reclamo (venta de pisos en un parque centenario) es cierto, qué maravilla ecológica, qué lujo nos han dejado aquellas familias asentadas en la calle Eloísa Fernández, de la Huertona y del Gaitero. Tanto los enormes caducifolios, entre los que destacan las hayas, «Fagus silvatica», de más de treinta metros de altura y copas enormes, como los perennifolios, cono magnolios. «Magnolia grandiflora», de una altura similar, de hojas brillantes y abundante floración, que inunda de perfume los alrededores varios meses al año, así como los cedros, «Cedrus ibanitica», con su copa cónica y estratificada y algunas palmeras de ben porte, «Phoenix canariensis», entre otros. Se trata de especies protegidas en un estado de conservación excelente, una joya biológica, que sería deseable preservar, ya que constituyen monumentos naturales notables cada uno de sus ejemplares. Pero una protección, no de cualquier manera, sino como el propio conjunto, el propio ecosistema urbano, que en superficie no llega ni siquiera a medida hectárea.

    Urge conservar cada elemento, ya que algún fuste ha sido talado ya, pero debería permanecer en su conjunto, es decir, el suelo y el vuelo. Los suelos en los que se asientan las raíces de este conjunto de árboles son profundos y bien estructurados, con humedad permanente debido a la proximidad de la ría, y a la influencia mareal. En ese espacio se han organizado unas relaciones ecológicas, que durante más de un siglo se han consolidado en la margen derecha de la ría. Con el crepúsculo las palmeras y los otros ejemplares dan cobijo a la avifauna que ha establecido sus poblaciones en la zona. El jardín se encuentra situado en los bordes de varias fincas, que han sufrido un cambio de uso y pasan a convertirse en áreas de desarrollo urbanístico: «Su piso en un parque centenario».

    Para nuestra sorpresa, hace unos días aparecía en la prensa una noticia que daba por hecho el traslado de algunos de estos árboles centenarios a una plazoleta o raqueta a poco más de cien metros de su ubicación actual. Un enorme dispositivo especializado trasladaría esos enormes ejemplares a su rotonda, donde los podríamos «admirar» a la entrada de la Villa…

    Si se desenraiza un árbol, y más si es tan viejo y tan saludable, un gran volumen de raíces secundarias quedan atrapadas por la tierra, que está ya muy compacta y estratificada a su alrededor. El volumen de raíces secundarias eliminadas, desgraciadamente, impediría la absorción de los nutrientes necesarios, y los árboles, en estas condiciones, sufrirían carencias tan notables que morirán si se trasladasen. Ya hay, desgraciadamente, varios ejemplos en Asturias de traslados de grandes ejemplares arbóreos, sobre todo de perennifolios, sin éxito.

    SOS para el «Jardín ecológico y centenario» de Villaviciosa.

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