Hablemos lo que hablamos

La Nueva España de hoy publica un lúcido artículo de José Ignacio Gracia Noriega, poniendo en sus justos términos la delirante y costosísima conspiración llingüística de los nacional-socialistas que nos desgobiernan.

Bajo las nieblas de Asturias

Política lingüística

Me envía José Ramón Barraca un ejemplar de «Hospitales y alberguerías de peregrinos en Asturias», de don Carlos Madera González, médico y director general de Promoción Cultural y Política Lingüística del Gobierno de Asturias, en el que «su autor demuestra el profundo conocimiento que tiene de su Asturias y de los grandes hombres que han escrito la historia de nuestro Principado», según el doctor Eduardo González Menéndez.

El trabajo del doctor Madera es muy estimable, está bien ordenado, el texto es escueto y el autor va al grano. Para quien desee una información sintética del paso de los peregrinos jacobeos por Asturias, esta obra ha de resultar muy útil. Cuando hay mucho que decir, el autor dice lo suficiente; cuando hay poco a casi nada, el autor se limita a constatarlo; por ejemplo, del Hospital de San Lázaro de Castropol: «En el Catastro de Ensenada consta como hospital para peregrinos».

Confieso que además de la buena impresión que me produjo el discurso, no dejó de sorprenderme el cargo que ostenta este médico erudito: director general de política lingüística. No porque un médico ande metido en lingüísticas, que Pompeu Fabra era ingeniero y se inventó él solo el catalán oficial, sino porque me suena rara la unión imposible de dos vocablos discordantes: «política» y «lingüística». Aunque como ahora vivimos una situación en la que los partidos políticos y sus oficiantes más destacados intervienen en todo, quién sabe. Una Dirección General de Política Lingüística se me antoja algo tan imaginativo como una posible dirección general de las estaciones del año, desde la que el político de turno vigile que el paso del invierno a la primavera, y de ésta al verano y al otoño, se hagan de acuerdo con los cánones de la «corrección política» y repitiendo muchas veces las palabras «solidaridad» y«democracia». Por ejemplo: si un verano viene frío y con lluvias, no sería «solidario», porque espantaría a los turistas. En cambio, un invierno puede ser «democrático» si trae buen tiempo, porque al pueblo soberano lo que le gusta es andar de manga corta y luciendo pantorrillas el mayor tiempo posible, como si estuviera en Cuba.

En fin, yo no creo que sea posible una política lingüística, del mismo modo que no lo es adecuar el cambio de las estaciones a los intereses de los hosteleros. Y no lo afirmo yo, sino que lo acaba de afirmar con claridad absoluta quien más sabe de estas cosas, el dialectólogo Jesús Neira, en el artículo «Las lenguas de España», publicado en «Breviario»: «La realidad lingüística de España ofrece dos imágenes opuestas según la visión sea profunda o superficial. La imagen profunda se centra en la situación comunicativa real de los hablantes y la visión superficial es la que refleja planteamientos de tipo político».

El gran interés de los políticos por la lingüística es reciente y se debe a un malentendido. La identificación de la nación con la lengua es romántica, y ha sido expresada por Fichte, uno de los padres del totalitarismo, en los «Discursos a la nación alemana». A comienzos del siglo XIX, en Alemania había una lengua, pero no había nación. Claro que no deberían compararse la gran lengua de Goethe, Schiller o Hölderlin, con la de Curros Enríquez o los juegos florales. Con esto no pretendo valorar una lengua sobre otras, lo que sería un absurdo, sino señalar que el cultivo literario del alemán no admite comparación con el del catalán o el gallego. Por otra parte, hay naciones antiguas e ilustres que no tienen lengua propia, y lenguas con cultivo literario intenso que no han adquirido la condición de lenguas nacionales. Las condiciones que determinan la existencia de una nación son de otro tipo que lingüísticas, y debe tenerse en cuenta que Fichte, cuando formuló esta exagerada teoría, estaba pensando en la lengua alemana y no en el vascuence o en el castúo. Sin embargo, ya en el siglo XIX unas minorías ligeramente ilustradas, y a partir de 1975 el gremio de los políticos profesionales decididos a pescar en río revuelto, situaron la lengua como condición indispensable para que exista la nación, y dado que en España se pueden reconstruir cuatro, cinco o media docena de lenguas y dialectos, o cuantas se quieran, el siguiente paso sería fragmentar la nación en tantos remedos de naciones como sean posibles, por fatigosa recuperación de sus residuos lingüísticos o por pura y simple invención. Como consecuencia de esto, se da la pintoresca circunstancia, que podríamos calificar de ridícula, de que «el castellano, en un claro proceso de expansión por el mundo, encuentra limitaciones de uso en la propia España», cuando, de acuerdo con la realidad lingüística, pero no de los intereses políticos, «la visión profunda del panorama lingüístico español actual nos muestra que no existe un problema grave de comunicación». ¿Qué problema va a haber si hasta el separatista más enconado entiende el español y si tiene que usar la «llingua llariega» siempre da la sensación de que lo hace muy forzado, buscando afanosamente las palabras que más se diferencien de las de uso común?

Y así vemos a políticos demagogos o a presentadores de las televisiones autóctonas hablando como si fueran aldeanos de monólogo, lo que produce una impresión penosa. Sería muy conveniente, muy higiénico, leer el artículo de Neira. Como es interesante leer, por otros motivos, el discurso del doctor Madera.

NB: Cuando decimos nacional-socialistas no lo hacemos sólo a manera de juego de palabras por las coaliciones de socialistas y nacionalistas que desgobiernan Gijón, Asturias y España. El Partido Popular –nuevamente el PPSOE– está metido hasta las cachas en el delirio llingüístico y nacionaliegu, pronto a sobrepasar a la izquierda plural, como ya hicieran en Galicia o en las Baleares. Pero es que además el nacionalsocialismo histórico, el alemán, no fue sino la democracia llevada al paroxismo. Hechos que no van a enseñar en «Educación para la Ciudadanía»…

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4 comentarios

Archivado bajo 07.- Enseñanza, ¿Llingua?, Política local

4 Respuestas a “Hablemos lo que hablamos

  1. Artículo de Luis Díez Tejón en El Comercio:

    El español y sus hablantes

    NO es que uno quiera ser un purista del lenguaje, que no quiere, ni pretenda dar lecciones a nadie, que no lo pretende, pero es que ha de confesar que siente una especial debilidad por su idioma y que todo lo que le atañe le interesa muy especialmente. Amor a un tiempo gozoso y sufrido, porque siempre he pensado que los españoles, aun a sabiendas de que tenemos una lengua hermosa y universal, la tratamos con la indiferencia con que el rico de cuna mira sus millones: sin darle valor. No hay más que ver cómo la maltratan quienes más deberían cuidar de ella.

    La llegada de una era dominada por el poder omnímodo de la información ha traído como consecuencia que ya no sea el pueblo el que hace la lengua, sino los medios de comunicación. Y a veces da la impresión de que algunos no son conscientes de su influencia cuando insisten en popularizar anglicismos innecesarios o cuando se empeñan en sus frases hechas, castigando la semántica y la sintaxis. Oye uno decir a un cronista deportivo que el portero se colocó bajo los tres palos. Pues sí que era un portero extraordinario, porque habitualmente un portero sólo puede colocarse debajo de uno, el horizontal. Tan extraordinario como ese delantero cuyo disparo, según el locutor, dio en la cepa del poste; o sea, que metió el balón bajo tierra. O como el presidente ese que, según uno lee, cesó al entrenador. Mal pudo hacerlo, porque cesar es un verbo intransitivo. El entrenador cesa, pero no lo cesan. Con lo fácil que sería emplear el verbo destituir.

    Algo parecido ocurre con esa coletilla de «en relación a», eliminando la preposición «con», que es la adecuada. Sale una ministra y nos dice que el crecimiento de no sé qué índice es menor al del año pasado. No, señora ministra; menor y mayor se construyen con «que». El presentador continúa con la noticia de que la sequía en una región de África está ocasionando una gran catástrofe humanitaria. Pero si humanitario significa lo contrario: benigno, caritativo, benéfico. Será en todo caso una catástrofe humana. En una entrevista piden una opinión a uno de esos que se llaman a sí mismos «de la cultura», y comienza su respuesta con «yo soy de los que pienso que…». No debe de saber que si el sujeto está en plural el verbo también ha de estar en plural. Usted, en el caso de que lo haga, será de los que piensan. Y luego sale con un «detrás mío», como si el detrás le perteneciera.

    Otra cosa es el precio que ha de pagar el idioma por lo políticamente correcto. Una servidumbre impuesta por quienes parecen tener más deudas con los nacionalismos que con su lengua. Saben, pero no les importa, que los nombres geográficos tienen traducción a nuestro idioma, y que se si habla en español lo adecuado es decir esos nombres en español. Lo han impuesto por decreto, no sé si explícito o mantenido por la advertencia de incluir a los que se opongan en el grupo de los retrógrados. Deutschland no, pero Lleida sí; Warszawa es Varsovia, pero A Coruña no es La Coruña. Menos mal que el formidable vigor de nuestra lengua acaba siempre superando los artificios de despacho.

  2. Muy buen comentario.

    Excelente.

  3. Pingback: Anónimo

  4. El pasado día de la Candelaria, 2 de febrero, falleció en Oviedo el gran lingüista Jesús Neira Martínez, a los 94 años de edad. En su memoria, y con el ruego de una oración por su eterno descanso, reproducimos una carta al director de La Nueva España.

    Don Jesús Neira, un hombre bueno y sabio
    8 de Febrero del 2011 – Fernando Martínez Martínez y José María Montes Presa (Valdesoto)

    A don Jesús Neira se le podía aplicar lo que Antonio Machado dijo de sí mismo: que era un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno. Lo conocimos en lo que en aquel tiempo llamábamos la Normal ( por lo de Escuela Normal de Magisterio) , ahora Escuela Universitaria del Magisterio, donde junto a nuestra admirada Charo Piñeiro, que luego sería su esposa, era uno de los grandes pilares del claustro. Era el curso 1966-1967. Fue nuestro profesor de Lengua Española en primer curso y de Historia de la Literatura Española en tercero.

    Era mesurado, pausado, discreto. Explicaba con claridad, con fluidez, sin estridencias, sin levantar la voz. Era también exigente en su justa medida. Tenía una manera de dar la calificaciones de los exámenes parciales muy peculiar, y con ella sacaba el máximo partido didáctico y pedagógico de la evaluación. En esto era un adelantado a su tiempo. La cosa consistía en que iba preguntando a cada uno qué calificación pensaba que tenía, y luego daba la suya. A veces la diferencia entre la que el alumno se atribuía y la que había puesto don Jesús era grande y entonces una risa general más o menos contenida venía a relejar la tensión del momento. Después repartía los exámenes y hacía que cada respuesta fuera leída por el alumno que mejor la había desarrollado. Así cada uno podía comparar lo que había escrito con lo que estaba oyendo y veía sus errores y lagunas; y, además, premiaba al que se había esforzado propiciando su momento de gloria ante los compañeros.

    En las clases de Literatura matizaba sus afirmaciones con expresiones como «en parte», «en cierto sentido», «de alguna manera», «en cierto modo»… Tal vez porque, sabio como era, estaba convencido de que en el arte de entretejer estos símbolos, que diría Borges, existen pocas verdades absolutas. Recordamos, no obstante, una única ocasión en que, hablando de un poema de Campoamor, dijo algo así como: «Hombre, tener que recurrir a Diocleciano y a Salerno para que le rime con verano y con invierno… eso es realmente malo». Claro que inmediatamente, y ante la reacción de la clase, se apresuró a decir que no todo lo de Campoamor era malo. Al salir de la clase los dos firmantes convinimos en que muy malo debía de ser cuando lo dijo con tanta rotundidad. Cuando uno de nosotros se lo recordó años después dijo que a un poeta hay que juzgarlo por el conjunto de su obra y que Campoamor tenía mucho de bueno en la suya y como ejemplo puso esa cuarteta que, a fuerza de repetida, ha pasado al acervo popular: «En este mundo traidor / nada es verdad ni mentira. / Todo es según el color / del cristal con que se mira».

    Terminada la carrera, y por diversos motivos, nos acercamos a la obra de nuestro profesor. Así conocimos su libro «El habla de Lena», tesis doctoral dirigida por Dámaso Alonso y calificada con sobresaliente. Nos encantó el libro. Más que un libro sobre la variedad del habla en dicho concejo es toda una antropología cultural del ambiente rural lenense. Y esos objetos y esas actividades del concejo de Lena que Neira tan bien describe en su libro, a veces acompañados de primorosos dibujos, también habían configurado nuestra infancia en el concejo de Siero. Valoramos como un gran acierto el que el RIDEA lo reeditara en 2005 al cumplirse los cincuenta años de su publicación, dado que el anterior estaba totalmente agotado. Nos dio una gran alegría.

    Después conoceríamos «El bable, estructura e historia», que editó Ayalga Ediciones en 1976… La salida del «Diccionario de los bables de Asturias», que escribió junto con Charo Piñeiro, casi coincidió con un homenaje que los alumnos de nuestra promoción les hicimos. Pocos días después fuimos con sendos ejemplares a visitarlos para que nos dedicasen el libro. No fue la única vez que pasamos por su casa. Era un placer conversar con los dos, de lengua, de geografía, de historia o de lo que fuera.

    Don Jesús siempre mostró su admiración por Ramón Menéndez Pidal, el gran maestro de filólogos, que murió cuando estábamos en tercer curso. Al reanudarse las clases tras el luto nacional decretado, nos comentó un chiste de Mingote en el que aparecía el Cid a la puerta del Cielo y le decía a don Ramón: «Ahora vamos a hablar tú y yo de nuestras cosas».

    Ahora don Jesús se ha ido para siempre. Si nosotros tuviéramos el talento de Mingote dibujaríamos una viñeta en la que se viera a la puerta del Cielo a Menéndez Pidal, a Alarcos, a Dámaso Alonso y a todos los grandes lingüistas que fueron sus maestros o sus compañeros. Los dibujaríamos con caras de enorme satisfacción, y en un bocadillo atribuido a don Ramón en representación de todos ellos escribiríamos: «Nos enteramos de que estabas en camino y hemos salido a darte la bienvenida».

    Es una gran pérdida. Para su familia y para todos los que le apreciaban, nuestro más sentido pésame.

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