Baldornón, con B

LNE Desv�o a Baldornón, desde la carretera de la Pola

  • Desvío a Baldornón, desde la carretera de la Pola (foto Pablo Solares, La Nueva España)
  • La Nueva España de hoy se ocupa de la parroquia gijonesa de Baldornón. Parroquia que sufre, como casi toda Asturias, la tiranía llingüística (qué se va esperar de esa tropa de ignaros que aún se empeña en llamar «Xixón» a la villa de Gijón), mientras carece de línea de autobús o de saneamiento. En cuanto a la señal de televisión, no saben la suerte que tienen: mucho mejor vivir sin ella.

    Con «b» de Baldornón

    La parroquia, contraria a que el Ayuntamiento haya cambiado la forma de escribir su topónimo, avanza a paso lento y se muestra cada día más necesitada de savia joven

    Miriam SUÁREZ

    Hace poco más de un año, en Baldornón todavía funcionaban los teléfonos de batería. La instalación de la línea de palo, tan esperada, no fue, sin embargo, un avance para tirar cohetes. Y es que, para entonces, hasta en la última casa de la parroquia se usaba el móvil. Cosas de la tecnología, que en territorio rural se atropella.

    Baldornón es y ha sido, en general, de transformación lenta. Hoy en día, en pleno dominio del cable, los vecinos claman por un receptor de televisión convencional. Se conforman con poder ver los canales básicos, porque a la sombra de la Peña de los Cuatro Jueces no se recibe con nitidez ni la señal de las cadenas públicas. Encender el televisor es, sobre todo para los mayores, sinónimo de compañía. En Baldornón abundan las canas, así que no es de extrañar que este receptor sea una de las prioridades vecinales.

    La parroquia entró en 2007 con 198 habitantes, tres más que el año pasado. A pesar de esta pequeña alegría demográfica, los vecinos de Baldornón tan sólo representan el 0,7 por ciento de la población rural gijonesa y siguen viviendo en una de las zonas más mermadas del concejo, junto con Ruedes y Veriña. Las tres cuartas partes de sus habitantes superan los 65 años de edad, y este envejecimiento es ya idiosincrasia de la parroquia.

    «Por toda esa gente mayor es tan importante que nos pongan un receptor de televisión o que nos doten del servicio de autobús», incide Eduardo Suárez, presidente de la Asociación de Vecinos «La Raposa». En su opinión, es incluso más importante que la llegada del saneamiento, que ya es decir. Actualmente, el transporte público para a tres kilómetros de Baldornón, en la carretera de la Pola. Que los autobuses de la empresa municipal Emtusa no entren en el corazón de la parroquia supone un trastorno capital para quienes ya no están en edad de coger el coche.

    Con estas carencias, los vecinos no entienden cómo es posible que los políticos «se entretengan cambiándonos el nombre del pueblu». Ampollas ha levantado en toda la parroquia la reciente revisión de la toponimia gijonesa.

    Urbanismo sólo ha consentido 18 construcciones en la zona durante los últimos seis años

    Según publicó el «Boletín Oficial del Principado de Asturias», el extremo suroriental del concejo ya no se llamaría Baldornón, sino Valdornón. Los vecinos no reconocen esa «v» e instan a la Administración a que «se deje de pijaes», enarbolando libros del siglo XIV en los que su parroquia viene escrita con «b».

    Pese al cambio, hay papeles expedidos por el propio Ayuntamiento en los que todavía sigue apareciendo el topónimo anterior. Pero los expertos de la «llingua» recuerdan que el nombre de la parroquia viene de Val del Ranón y que si acabó escribiéndose Baldornón con «b» fue por una transcripción errónea.

    Los sabios de la zona tienen respuesta para eso y para mucho más: «Mira tú por dónde, durante todos estos siglos no hubo más listos que ellos para enmendar el error». Está claro que quienes revisaron el nomenclátor de Baldornón no hablan el mismo idioma que los vecinos. Si no tampoco habrían cambiado el nombre del Bebederu de Tarna por un «fino» Abrevadero de Tarna.

    Con todo, el debate de la «b» y la «v» no es más que una anécdota en comparación con la polémica urbanística de la que fue partícipe Baldornón y, en definitiva, toda la zona rural. La parroquia apenas puede crecer con el nuevo Plan General de Ordenación Urbana (PGOU). Sus 7,3 kilómetros cuadrados de extensión están sujetos mayoritariamente a protección paisajística y, por tanto, las fincas urbanizables se cuentan con cuentagotas.

    En los últimos seis años, el Ayuntamiento sólo ha concedido 18 licencias de construcción en la parroquia, y en su mayoría para rehabilitaciones de casas ya existentes. Se intenta así preservar la la esencia rural de una de las aldeas más puras del concejo. Pero los vecinos, que dicen ser los primeros interesados en que la zona no se masifique, advierten de que las restricciones municipales son excesivas y ahuyentan a las nuevas generaciones. Ya no queda ni quien organice las fiestas del Rosario.

    «Los nativos de aquí, si no tienen sus fincas dentro del núcleo rural, no pueden edificar y sus hijos o nietos tienen que irse a vivir a otra parte. La gente joven se nos está marchando», lamenta José Manuel Vallina, otro de los portavoces vecinales de la parroquia. Ahora mismo, Baldornón no llega al centenar de viviendas. En el borde periurbano del concejo, por el contrario, cruzan los dedos para que el cemento no siga ganando terreno. Los vecinos se preguntan si no puede haber un término medio.

    ¿Cómo retener a los más jóvenes de la parroquia si no se les facilita una parcela urbanizable donde poder echar raíces? Baldornón tiene un solo bar, una pequeña pista deportiva y una bolera. Todo ello en Santa Eulalia (Santolaya), barrio que ejerce la capitalidad de la parroquia. En las antiguas escuelas, rehabilitadas por el Ayuntamiento, comparte con Fano un centro social «muy curioso».

    Son las dotaciones de una parroquia donde, en estos últimos tres años, el gobierno municipal ha invertido un total de 451.534 euros. Según los números que echa la concejalía de Zona Rural, se han gastado 2.316 euros por vecino. La obra estrella: la urbanización del barrio de Quintana, donde se sitúan algunos de los tesoros arquitectónicos y etnográficos de la parroquia. Como, por ejemplo, la panera de doce pegollos y la casona del año 1760 que Pedro Farias, director de la Escuela de Ingeniería Geológica de Mieres, ha rescatado del paso del tiempo.

    El presidente de «La Raposa» reconoce que los caminos están muy mejorados y que es todo un avance que, antes de que termine el año 2007, el Ayuntamiento vaya a iluminar los del Gañón, Castañeda, Treboria y el Caleyón. Ahora, haría falta pavimentar la carretera general desde la Bustia a Salientes. Esta vía de entrada a la parroquia, además de curva y cosida a baches, tiene tramos con un ancho que apenas llega a los cuatro metros.

    Pero, a la hora de hablar de cambios, no sale a relucir ni ésta ni ninguna de las obras ya ejecutadas en la parroquia. Porque si Baldornón ha cambiado no es tanto por el hormigón de los caminos como por el vuelco que ha experimentado su actividad ganadera y agrícola. En este caso, para peor. «Hace diez años, casi todo el mundo tenía siete u ocho vacas de leche y podía vivir de ello. Ahora las vacas ya no dan leche, dan pena», señala Eduardo Suárez, «y las huertas que hay son algo testimonial».

    Los últimos datos de la Sociedad Asturiana de Estudios Económicos e Industriales (Sadei) confirman las palabras del portavoz de los vecinos de Baldornón. En 2005 había registradas en la parroquia 41 explotaciones ganaderas -de tamaño más bien pequeño- y ya ninguna de ellas se dedicaba exclusivamente a la producción de leche. Desde la entrada del nuevo siglo, el sector en Gijón ha menguado un 61 por ciento, y Baldornón no se escapa al declive de las estadísticas. Les queda la esperanza de que «quizás algún día» haya jóvenes que levanten la parroquia.

    Y con b de buena idea nos unimos desde Voluntad a la convocatoria de ACA: manifestación el sábado 21, contra la destrucción de Asturias.

    Marcha contra el urbanismo

    La Asociación de Colectivos Asturianos convoca en el Día de la Tierra una protesta contra el «expolio»

    La Agrupación de Colectivos Asturianos (ACA) ha convocado para el próximo sábado, 21 de abril, Día de la Tierra, una manifestación contra el «expolio y la destrucción de Asturias». Saldrá a la una de la tarde de la plaza de El Humedal. Varios representantes de ACA estuvieron ayer en la Escalerona repartiendo folletos informativos sobre la manifestación y el urbanismo en la región.

    En varias pancartas colocadas en el Muro los convocantes critican la actuación de los políticos y ayuntamientos en sus actuaciones urbanísticas. «Tolerancia cero con la ilegalidad» o «De Paraíso Natural a Basurero Industrial» eran algunos de los lemas que se podían leer como crítica a la construcción de viviendas en las costas, de campos de golf y de las centrales de ciclo combinado. Y en Gijón, más concretamente, con la regasificadora.

    Los responsables de ACA decidieron hacer la concentración en Gijón como conmemoración del tercer aniversario de la segunda «marcha verde» y por ser una ciudad costera. Además, coincide con la reciente anulación por parte del Tribunal Superior de Justicia de Asturias del Plan General de Ordenación Urbana de Llanes.

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    Archivado bajo 02.- Gijón, ¿Llingua?, Medio ambiente, Política local

    5 Respuestas a “Baldornón, con B

    1. Aunque no toque directamente a nuestra comarca, merece reproducirse este artículo, aparecido en La Nueva España de Gijón el 13 de abril de 2007.

      Aller, ¿esperpento a la vista?

      José Antonio Suárez

      Alto Aller, un día de otoño de 2015. Está amaneciendo. El grupo ya lleva caminando un buen rato por el parque nacional, montaña arriba. Marchan en fila india y en silencio. De pronto, al coronar una collada, todos se paran, pues el hombre que va en cabeza levanta el antebrazo derecho y extiende la mano. Es la señal convenida. Después señala hacia un lugar en el que se está desarrollando un magnífico espectáculo: una berrea de venados. Sigilosamente, se acercan todos un poco más al grupo de cérvidos. Durante unos minutos los objetivos de las cámaras se centran en las evoluciones de los animales salvajes. De pronto alguien pregunta: «¿Os habéis fijado qué paisaje más impresionante?». Poco después las cámaras empezaron a captar imágenes en todas direcciones. Por arriba, multitud de picos para todos los gustos, debajo, peñas mareantes, praderías de todos los verdes, hayedos multicolores, tejos solitarios, pequeñas familias de acebos, familias numerosas de robles y abedules; fuentes, regatos, arroyos (el canto del agua siempre como música de fondo), docenas de cabañas y cuadras de piedra armónicamente distribuidas; y más abajo, castaños, miles y miles de castaños.

      Y llegó la hora de emprender el camino de vuelta. Bajaban en tropel, felices y vociferantes, cual si hubieran vivido una gran aventura y tuvieran necesidad de pregonarlo a los cuatro vientos. De repente, al pasar un «cantu», se rompió la magia. Frente a ellos una montaña soberbia, coronada por multitud de picos, tapizada de grandes bosques y praderías, parecía haber sido rajada, de arriba abajo, por un gigantesco bisturí. En la zona afectada por la «operación» se habían «afeitado» miles de árboles y se podían observar, con meridiana claridad, los numerosos «puntos de sutura», en forma de torres metálicas de 70 metros de altura. «Pero ¿qué es eso?», acertó a decir por fin alguien del grupo. «Una línea de alta tensión», contestó el guía en un tono bastante lúgubre.

      Las cámaras se apagaron, en los rostros de los turistas había desaparecido cualquier expresión de alegría. Algunos movían la cabeza a uno y otro lado. Otro sentenció: «Increíble que pueda haber “esto” al lado de un parque nacional». ¿Podría acontecer esta historia dentro de ocho años? Supongo y espero que no, pero también cabe la posibilidad de que pueda pasar algo similar a lo aquí relatado. Según un estudio encargado por el Ministerio de Medio Ambiente, el alto Aller, junto con otras zonas limítrofes (de los concejos de Laviana, Sobrescobio y Caso en Asturias, y terrenos del norte de León), cumplen los requisitos para ser declarados parque nacional. Nací en el alto Aller y aunque vivo en Gijón, muy a gusto por cierto, desde hace más de veinte años, sigo sintiéndome allerano de corazón. Por una parte, me entusiasma la idea de que unas cuantas miles de hectáreas de «mi zona» puedan ser en el futuro parque nacional, y por otra, me espanta pensar que otras cuantas miles de hectáreas -parte de ellas también en el alto Aller- puedan verse abocadas, en el futuro, a «volver la cara avergonzadas», cuando alguien las observe, cual bello rostro, acostumbrado a miradas de admiración, que tras sufrir un fatal accidente presenta una cicatriz desde la frente al mentón. Espero que «mi concejo» no sea escenario de un bochornoso esperpento «a la vista», así que para terminar voy a «mojarme». Aller: parque nacional sí, alta tensión no.

      José Antonio Suárez es profesor del CIFP de Hostelería y Turismo de Gijón.

    2. Hoy en La Nueva España:

      Un territorio con raíces

      Su situación dentro del concejo y una restrictiva normativa urbanística han consolidado el carácter rústico de esta parroquia, cuya economía sigue apoyándose en el sector primario

      Javier Granda

      Situada en el extremo sureste del municipio de Gijón, la antigua cabecera del territorio del Val de Ranón es una de las parroquias más rurales y hermosas del concejo. Con una extensión de 7,3 kilómetros cuadrados, limita con las vecinas parroquias de Fano y Caldones y dibuja el límite administrativo con los concejos de Villaviciosa, Sariego y Siero, alzándose en su término la conocida peña de los Cuatro Jueces. Desde el punto de vista geográfico, la parroquia presenta dos unidades paisajísticas muy marcadas: el escarpado y apartado valle de Rioseco, abierto por el curso de igual nombre, entre los montes de Deva y los de Baldornón, y el amplio valle del río Meredal, que se acomoda entre la vertiente meridional de la sierra de Baldornón y la de Bobia, donde se asienta la mayor parte de su población. La divisoria entre ambos espacios la dibuja el citado cordal de Baldornón, desde cuya cumbre se regalan unas vistas espectaculares, tanto de esta parroquia como de las limítrofes.

      Baldornón es un territorio eminentemente rural. Las actividades agrarias y ganaderas, como antaño, siguen siendo la base de la economía parroquial. El relativo alejamiento respecto de la ciudad (13,5 kilómetros de distancia, 25 minutos de reloj) y el control de los usos del suelo impuestos por el planeamiento han perpetuado el histórico carácter rural de la parroquia, lo que tiene su reflejo en la calidad y amenidad del paisaje, en el que los cultivos de forraje para el ganado alternan, en ordenada armonía, con los destinados al consumo doméstico (fabes, patates, berces, frutales, etcétera). Son también muy numerosas en Baldornón las pumaradas, destinándose la mayor parte de la cosecha a los grandes productores industriales de la zona. En general las explotaciones ganaderas locales, como las del resto del municipio, son de pequeño tamaño y aire tradicional, y con una clara orientación hacia la producción de leche.

      Los indicadores demográficos evidencian el carácter rural de la parroquia, con una población envejecida, en la que el relevo generacional parece comprometido por la escasez de niños y de jóvenes. A diciembre de 2006 el número de vecinos de Baldornón era de 198 (94 hombres y 104 mujeres), repartidos entre los barrios de Santa Olaya, Quintana, Salientes, Tarna, la Mata y Rioseco. El más densamente poblado es el de Quintana, con 67 habitantes, seguido por Salientes (38 vecinos) y por la capital parroquial, Santa Olaya (con 37). La evolución demográfica también señala con claridad la entidad rural de este territorio y una acusada tendencia al despoblamiento, con un descenso continuo del número de efectivos desde la década de los años veinte del pasado siglo hasta nuestros días, aunque, curiosamente, la parroquia ha ganado cuatro habitantes desde el año 2004.

      La relación entre la superficie de la parroquia y la población asentada en ella nos indica el grado de ocupación del territorio, que es bajo, con una densidad de 26,5 habitantes por kilómetro cuadrado. Salvo el limitado y disperso vecindario de Rioseco, la mayor parte de la población se asienta en el valle del Meredal, presentando una disposición en diseminado, a excepción de los barrios de Quintana y de Santa Olaya, donde las edificaciones se aprietan formando núcleo.

      Las gentes de Baldornón han sabido preservar una parte muy significativa de su patrimonio etnográfico y, paseando por sus barrios, podemos encontrar magníficos ejemplos de arquitectura popular, en forma de hórreos, paneras y típicas casonas de sobria factura, en buen estado de conservación.

      En Santa Olaya, entre su apretado caserío, reclama la atención la casa rectoral, arruinada durante años y hoy en proceso de restauración. También la iglesia, con sus restos románicos y su antiguo tejo, es visita obligada. Es famoso en el lugar un extraño petroglifo incrustado en una muria de la huerta de la rectoral, muy cerca de la iglesia, al que popularmente se vincula con un remoto pasado romano o incluso anterior, que avalaría la antigüedad del poblamiento en la zona.

      Sin embargo, es el barrio de Quintana el que tiene un mayor interés, en lo relativo a la arquitectura tradicional, con un buen puñado de hórreos y paneras bicentenarios (algunos hermosamente decorados), repartidos a ambos lados de la carretera de la Pola (AS-248). En Quintana encontramos también ejemplos notables de arquitectura nobiliaria, como la casona del Requexu, con su sobria fábrica pétrea, o la casa palaciega de los Valdés-Fano, fechada en 1760 y con capilla aneja. Dentro de esta quintana nobiliaria el arquitecto Jesús Menéndez ha realizado una brillante reconstrucción-reinterpretación de una tradicional casa mariñana que formaba parte de la misma, manteniendo todos los muros de piedra y rehaciendo el perímetro exterior, pero rediseñando el espacio interior para acomodarlo a los nuevos usos.

      La existencia de este notable patrimonio arquitectónico de aire popular y la calidad y belleza del paisaje son dos argumentos de peso que podrían servir de aliciente para que, por la vía del turismo rural de calidad, la economía y la demografía de la parroquia pudiesen renovar sus estructuras. La apuesta por la agricultura ecológica, con amplia demanda en el mercado actual, también podría ser otra de las apuestas de futuro para esta apartada y hermosa parroquia del sureste gijonés.

      Javier Granda es geógrafo.

      Agricultura ecológica sí, por favor. No «turismo rural de calidad». Ya hay demasiadas cosas «rediseñadas» en el concejo.

    3. En La Nueva España de hoy:

      Esta casa es la caña

      Lolo Benítez convirtió la vieja rectoral en su vivienda y su taller, del que salen algunas artesanías del bambú que se distribuyen por Asturias

      Miriam SUÁREZ

      La antigua casa rectoral de Baldornón figura en el inventario del patrimonio arquitectónico de Asturias. Es una de los tesoros de la parroquia. Tesoro que dejó de pertenecer al Arzobispado hace más o menos una década, cuando Lolo Benítez firmó la escritura de compra-venta del emblemático edificio, ahora convertido en vivienda particular y taller artesano.

      Benítez acomete la rehabilitación de la antigua casa rectoral sin prisas. Al igual que Baldornón, el edificio mantiene su esencia frente a los cambios. La Administración cuida de que las obras de reforma respeten su aspecto primitivo. En cualquier caso, a su actual dueño -un artesano venido de Madrid que ahora se considera «de aquí»- jamás se le ha pasado por la cabeza la más mínima modernización ni estropicio.

      Cuando llegó a Baldornón «la casa se estaba cayendo». Lolo Benítez mejoró el tejado, la galería de madera y la piedra de la fachada lateral, e hizo más habitable la primera planta. A ras de suelo instaló su taller «La caña no perdona», del que salen cientos de objetos de madera y, sobre todo, de bambú.

      Aunque la antigua casa rectoral es suya desde hace una década, Lolo Benítez se trasladó a Baldornón cinco años antes. «Circunstancias de la vida», dice. Por entonces, el cura tenía alquilada la casa a una pareja de artesanos. «Yo me vine a vivir con ello; luego, se sumó otro chaval. Aquí llegó a haber hasta tres talleres de artesanía juntos. Ahora sólo quedo yo», cuenta.

      La parroquia recibió al grupo de artesanos con hospitalidad, pero también con cierto recelo. Las dudas sobre su forma de vida se disiparon con el roce diario. Hoy, Lolo Benítez es uno más en Baldornón. Como prueba de afecto, la parroquia empezó a encargarle el diseño de los premios que se entregaban -hasta que dejaron de celebrarse- con ocasión de las fiestas del Rosario.

      «Me gustó esto porque es tranquilo. Cuando yo vine, todos estos caminos -y señala el entorno del barrio de Santa Eulalia- eran de tierra. Aunque me parece a mí que dentro de poco dejará de ser aldea. El asfalto es lo que tiene, que acaba trayendo construcción». Lo lamenta, pero es consciente de que no se le pueden poner diques al mar. «Hay que adaptarse al progreso», se resigna.

      Él lo hace cada día para mantener a flote «La caña no perdona» frente al poder comercial de las grandes superficies y la invasión de las tiendas de chinos, fenómeno que ha hecho trizas el volumen de ventas de quienes han elegido como medio de vida la producción artesanal. Lolo afirma que «se puede vivir de la artesanía, pero ahora hay que hilar muy fino, porque las ventas bajaron bastante con los chinos».

      Para que sus creaciones sean rentables, «ahora hago mucha cantidad de un mismo artículo», explica. Sus manos son prodigiosas para los objetos de escritorio, y de su taller de Baldornón saldrán muy pronto 200 escribanías de bambú, que vende en ferias de artesanía de la región y en el mercado ecológico que una vez al mes se instala en la plaza Mayor de Gijón.

      La materia prima para sus creaciones la consigue en Villaviciosa, Cantabria o Galicia, y no de «por allá alante», como pensaban sus vecinos. A las puertas de la antigua casa rectoral es habitual ver una hilera de cañas secando al aire libre y en posición vertical para que rezume la savia. Darles forma lleva sus horas. Lolo Benítez padece de una rodilla, precisamente por las muchas horas que pasa de pie, delante de la mesa de trabajo.

      Sin embargo, la dedicación y el esmero inherentes a una pieza de artesanía han dejado de ser, en su opinión, un valor añadido: «La gente no compra artesanía ni por el trabajo que hay detrás ni porque esté hecha a mano. La compra si les gusta la pieza, si está bien expuesta…, como pasa con cualquier otro producto». Por eso, en su taller de Baldornón trabaja la rentabilidad y el diseño, para que sus creaciones «atraigan».

    4. Carta al director en El Comercio.

      Toponimia
      María Rosa González Rionda

      A muchas personas les parecerá que soy muy pesada en el tema de la toponimia, pero resulta que estoy leyendo una entrevista a María José Rodríguez y me quedo asombrada. Voy a comentar una de sus frases: «No se pueden reducir las cosas a si gustan o no. Los nombres de los sitios tienen detrás una historia y una tradición». Estoy completamente de acuerdo con ella, por eso, no comprendo a quienes encargaron de investigar tales nombres, como el que padecemos en el barrio en el que vivo y en el que nací yo y parte de mi familia.

      Según tengo entendido, en un determinado momento, en aquellos años, se instaló una fábrica de cerillas que, aunque muchas personas mayores ya fallecidas no tenían clara su ubicación, parece ser que estaba situada en La Calzada Alta, pero nadie me supo decir el tiempo que funcionó ni quién trabajó en ella. Fue una especie de ‘empresa fantasma’.

      Yo me pregunto; si el nombre que padecemos procede de la «dichosa» fábrica, ¿a qué zona de Gijón se vino a instalar? Porque la zona ya tenía un nombre y ése era Calzada Alta. Por esa regla de tres, dentro de unos años, en vez de decir que «vamos a Tamón», diremos «vamos a DuPont».

      Sé que estoy sola luchando contra los molinos pero mientras viva seguiré defendiendo mis raíces y el nombre auténtico de mi barrio, que, aunque yo no lo llegue a ver, espero que mis hijos y mis nietos puedan conocer la verdadera historia de su barrio y las raíces de sus antepasados.

      El tema de la llingua me importa muy poco; pienso que hay problemas mucho más importantes de los que ocuparse, pero cuando vi en el autobús que cambiaron ‘Cerillero’ por ‘Cerilleru’ se me revolvió el estómago. Y me pregunto: ¿por qué esas personas encargadas de recuperar los nombres antiguos, que son los auténticos, se les olvidó algo tan sencillo como ir a una hemeroteca o comprar el libro sobre La Calzada que escribió César, el fotógrafo? Menos mal que la fábrica no era de matar cabras porque ya sabemos cómo se llamaría nuestro barrio. Por eso pido, aprovechando el razonamiento de la señora Rodríguez, que nos devuelvan el auténtico nombre de mi barrio: «La Calzada Alta». Yo seguiré en mi lucha reivindicando mis raíces mientras viva.

      Nada hay en contra de la denominación popular del Cerillero, dada a La Calzada Alta. Es ridículo oficializarla, y encima en detrimento de la de siempre. Y encima hacerla terminar en u, cosa que sus vecinos nunca hicieron. Otro atropello más, este en la línea imbécil, de la izquierda plural municipal y sus aliados (que no oposición) del PP.

    5. Carta al director en El Comercio.

      El nombre de los barrios
      Alfredo F. González

      Días atrás, leía en esta sección de cartas al director una queja por parte de Rosa González, de La Calzada Alta, sobre el nuevo nombre que los munícipes de este Gijón nuestro quieren darle a los barrios y parroquias. Se refería al suyo que ahora pomposamente denominan, desde la plaza Mayor, Cerilleru, cuando siempre se llamó La Calzada Alta, como bien decía la mencionada señora. Yo abundo en algo más. Hace años se hablaba de El Llano de Abajo, del Medio y de Arriba. Ahora, es El Llano y determinadas zonas ya se las apropian otros. a Perchera ahora todo el mundo lo llama Nuevo Gijón. A la margen derecha de Magnus Blikstad hacia Pumarín se lo llamaba El Parrochu; ahora es Laviada, que suena mejor. En aquella zona había una fábrica que se llamaba La Industria y Laviada, que desapareció, pero que no es motivo para denominar así un barrio. Y no digamos ya lo el «campus de Viesques», cuando eso no es Viesques, que, además, ya le añadieron una parte de Ceares y Las Quintanas. Ahora todo es Viesques ¿Porque suena mejor?

      Señores gobernantes: déjense de chorradas y dedíquense a trabajar en condiciones para que este municipio mejore en todos los aspectos, ya sean laborales, económicos, turísticos o sociales. Eso es lo importante. En lugar de poner nuevos nombres a los barrios, hagan de vez en cuando una visita a ellos y vean cómo están sus calles o sus aceras, por poner solo dos ejemplos. Y luego actúen con responsabilidad.

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