Veintidós de marzo

Ya nos ocupamos en Voluntad de la presentación, el pasado día nueve de marzo, del libro Noticia de Jovellanos y su entorno, de Manuel Álvarez-Valdés y Valdés. Durante la misma el presentador, Emilio Marcos Vallaure, hizo hincapié en la importancia de la hoy olvidada fecha del 22 de marzo. Día en el cual, en 1808, un Fernando VII recién accedido al trono firmó un decreto poniendo en libertad a don Gaspar Melchor de Jovellanos, preso en el castillo de Bellver por las intrigas de Godoy y de su camarilla.

Dijo Emilio Marcos Vallaure, y lo secundó Manuel Álvarez-Valdés, que a pesar de su vileza en otros órdenes nadie puede quitar a Fernando VII el mérito de haber visto y remediado la injusticia contra Jovellanos, al igual que la cesión para el disfrute popular de las magníficas colecciones de pintura de la Casa Real, origen del Museo del Prado; cosa que –añadió– todavía no ha hecho la monarquía británica («monarquía» de mentirijillas, añadimos nosotros; los de la rosa roja son usurpadores alemanes acostumbrados a vivir del pueblo, y no para el pueblo; como aquí Juan Carlos, vamos).

El juicio histórico sobre Fernando VII resulta extremadamente difícil. Como apunta Rafael Gambra en su clásico La primera guerra civil de España (1821-1823). Historia y meditación de una lucha olvidada: «El juicio sereno y definitivo sobre la personalidad y actuación de Fernando VII está aún por formar. Como profundamente antiliberal, fue muy maltratado por la historiografía del siglo pasado y de éste [siglo XX]. Por otra parte, el tradicionalismo no se sintió obligado a hacerse cargo de su defensa o rehabilitación después de la durísima represión del conde de España en Cataluña tras el alzamiento de los realistas exaltados en Manresa (1828)».

Incluso el infame Godoy tiene sus luces, al lado de sus sombras. Luces sobredimensionadas –en este tiempo de políticos herederos sólo de las sombras– por autores como Emilio La Parra (Manuel Godoy. La aventura del poder, 2003) pedante, pretencioso y atrabiliario antijovellanista. Casi cualquier aspecto de aquella España de la transición del XVIII y XIX, que se resistía a deshacerse frente a los embates internos y externos, presenta dificultades parecidas. Un juicio sí puede aventurarse: don Gaspar Melchor de Jovellanos forma parte –con sus contradicciones– de lo mejor de la vieja España. Los constantes intentos de apropiarse de su figura por parte de liberales y otros revolucionarios no resisten el más somero análisis. El veintidós de marzo de mil ochocientos ocho, un joven Fernando VII, entonces prometedor, lo liberó de su prisión. La posterior francesada y la revolución liberal frustraron aquellas promesas. Dos siglos menos un año más tarde, Gijón, Asturias y España esperan aún la restauración que no acaba de llegar.

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Archivado bajo 02.- Gijón

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