Bien por ellos

La voracidad de promotores, constructores y políticos –que forman equipo con las entidades financieras— nos va dejando un Gijón cada día más feo y más inhóspito. No hace tantos años, hasta esas calles ahora frías, sucias y oscuras del barrio de la Arena, encerradas ahora entre bloques de aspecto espantoso y tercermundista –de lo cual fueron responsables, en primer lugar, los que especularon con sus propiedades en la zona, como las familias Fernández Felgueroso y Palacio Fernández; ¿les suenan?–, estaban flanqueadas por casinas, hotelitos y edificios de planta y piso, huertas y jardines. En toda nuestra villa había edificios civilizados, bajos, accesibles, muchos con graciosas pretensiones de belleza o dignidad arquitectónica. Hoy siguen cayendo, sin que ninguna necesidad lo justifique, como tampoco puede justificarse la destrucción de las parroquias rurales para levantar edificios de pisos. Claro que los socialistas y sus aliados pretenden tratar toda Asturias como una gran parroquia de Roces (¡pobre Roces! ¡Pobre Asturias!).

En el Coto de San Nicolás perduran algunas de esas casas que recuerdan un modo civilizado y humano de vivir. Algunos de sus propietarios resisten las presiones (y las miserables ofertas de promotores, acostumbrados a unos márgenes de beneficio obscenos, confiados en que los políticos acabarán, como siempre, por hacerles el trabajo sucio) para vender y facilitar que el hormigón acabe con la hierba y las alturas tapen el cielo. Desde Voluntad les enviamos nuestro agradecimiento y nuestro deseo de que nunca cedan. El Comercio, lunes 12 de marzo:

Una veintena de chalés de El Coto resisten la presión inmobiliaria para construir bloques en altura en su solar

A algunos propietarios les han ofrecido 240.000 euros, un piso en el centro o dos apartamentos por su vivienda. El PGOU complica el desarrollo urbanístico en la zona al exigir acuerdos sobre manzanas enteras para edificar

Una veintena de chalés de El Coto resisten, casi de forma numantina, la presión inmobiliaria para construir bloques en altura en los codiciados solares que ocupan. Pisos con plaza de garaje en otras zonas de la ciudad o dos apartamentos o 240.000 euros (40 millones de pesetas) en metálico son algunas de las ofertas que las empresas promotoras han hecho llegar a los propietarios, pero no han sido suficientes para vencer su resistencia a vender. El apego a la casa de toda la vida en personas de avanzada edad es más fuerte, en muchos casos, a cualquier contraprestación que se les ponga por delante (y las mencionadas no parecen desorbitadas).

El PGOU tampoco se lo pone fácil, desde luego, a los constructores que quieren desarrollar promociones urbanísticas en el antiguo barrio obrero. En las parcelas aprovechables por el sector inmobiliario la normativa municipal prevé un sistema de planeamiento especial con unidades de actuación muy grandes, equivalentes a manzanas enteras. La volumetría y edificabilidad permitidas varían en función de la ficha urbanística del solar, pero el modelo urbanístico definido para la zona es similar al de Viesques. Esto es, bloques residenciales abiertos, de hasta tres y cuatro alturas, con amplias zonas ajardinadas, algunas de uso público y otras de uso privado. Por regla general, el Ayuntamiento autoriza la construcción de un metro cuadrado por cada metro cuadrado de suelo.

Al estar siempre afectados varios propietarios en cada solar, el acuerdo unánime que requiere la puesta en marcha de los proyectos es complicado. De hecho, en estos momentos ya hay varias actuaciones bloqueadas porque los dueños de una vivienda unifamiliar han vendido, pero en cambio sus vecinos se niegan a abandonar el chalé. Por esa razón, empresas como Piñole, el Grupo Fresno y Construcciones Amado, con intereses en la zona, asumen que el crecimiento urbanístico de El Coto será «lento» y se materializará «a medio y largo plazo».

La mayoría de estos chalés individuales y pareados irreductibles se construyeron en la década de los sesenta en plena época de desarrollismo gijonés. Calles como Quevedo, Leopoldo Alas y Avelino González Mallada concentran algunos de los pocos solares que conservan este tipo de edificación en vías de extinción en el barrio. «Es muy poco lo que hay y por ese motivo todo está muy trillado», admite la responsable de una promotora con suelo adquirido en la zona.

4.500 euros el metro

Los promotores gijoneses están interesados en la zona por su relativa proximidad al centro urbano y la demanda que tienen los pisos que, con cuentagotas, van saliendo allí al mercado. Según José Manuel Balbuena, agente inmobiliario, el metro cuadrado se paga ya en El Coto 4.500 euros con plaza de garaje incluida. Así, un piso nuevo de 60 metros cuadrados puede rondar los 228.000 euros (38 millones de pesetas).

A la hora de jugar sus bazas, los constructores saben que El Coto es un barrio cada vez más envejecido e intentan convencer a los propietarios de las comodidades que encontrarán lejos de una zona donde numerosos pisos carecen de ascensores y existe dificultad para instalarlos en la actualidad por el tipo de edificación.

Caso aparte son los chalés que se encuentran más próximos a la zona de El Bibio. Esas viviendas no despiertan interés entre el sector inmobiliaria porque el PGOU obliga a mantener la tipología actual y a los empresarios no les compensa derribar para volver a construir un chalé.

«Pasaré aquí el resto de mi vida»

Los dueños apelan a la tranquilidad, la independencia y la proximidad del centro para rechazar, casi a diario, las ofertas de las constructoras por sus chalés

PABLO R. GUARDADO/GIJÓN

Se consideran unos privilegiados al vivir en plena ciudad como si estuvieran en la zona rural y no piensan en renunciar a esa vida por mucho dinero que les ofrezcan los constructores. Son los vecinos de El Coto que viven en los múltiples chalés del barrio y que se están viendo rodeados por las construcciones que se han venido levantando desde la década de los 60 hasta el día de hoy. Bloques de edificios que han transformado completamente el lugar.

«Destrozaron El Coto. Antes había muches güertes, casines pequeñes y chalés, y acabaron con ello. Y los que quedamos, como somos vieyos, quieren explotanos», señala Ludivina Meana, vecina de la calle de Campoamor. Ella lleva residiendo allí desde la década de los 60 y no se plantea abandonar su vivienda pese a que cada vez se encuentra más ahogada por los bloques que se han levantado a su alrededor y cuyo efecto puede verse perfectamente en el jardín situado en la parte posterior de la casa. «Ahora, en invierno, sólo me da el sol en la mitad del jardín, sobre las tres de la tarde», relata.

Casi a diario, a Meana le sale la posibilidad de vender su vivienda a constructoras que se interesan por la misma. «El otro día me ofrecieron 40 millones de pesetas. ¿Qué piso compro yo por ese dinero?», se pregunta. Pero no siempre la oferta es económica, «también me llegaron a ofrecer dos apartamentos o un piso. Yo ya tengo 80 años y pasaré aquí el resto de mi vida. Luego que mis fíes hagan lo que quieran con la casa», señala.

La visita de representantes de constructoras es algo común para estos vecinos. También son habituales las llamadas interesándose por si el chalé está en venta. «El teléfono tienme lloca», relata María Luisa Granda, quien lleva más de 40 años residiendo en Leopoldo Alas. «Cuando vine a vivir no había ni calles», comenta Granda, quien tampoco quiere abandonar su casa. Todos los días viene alguien que quiere comprar la vivienda. No escucho las cantidades, aunque sé que ofrecen un piso con garaje o dos pisos. Pero dónde voy a estar mejor que aquí. No tengo que pagar comunidad ni liarme con los vecinos. Soy feliz así», comenta.

Las comodidades que proporciona vivir en una casa de planta baja en un barrio como El Coto son, sin duda, un lujo.«Nunca viví en un piso. Llevo 40 años y pico aquí, y no cambio la independencia e intimidad de esta casa por ningún piso», señala Miguel Ángel Costales, vecino de Leopoldo Alas que incluso ha instalado su negocio, un taller, en su propia vivienda.

«Estoy cerca de todo»

El interés no sólo viene de las constructoras. Los particulares acuden a las casas preguntando por su venta, en muchas ocasiones para montar negocios. «En mi casa ya quisieron instalar una guardería y un consultorio médico», señala María Avelina González, vecina de General Suárez Valdés, quien no quiere deshacerse de su vivienda.

‘Les cases barates’, construidas en los años 20, también suelen ser objetivo de las personas que buscan residir en el barrio. «Cada poco viene alguien a preguntarnos si vendemos o conocemos a alguien que quiera vender», relata Piedad Campo, vecina del lugar. Las últimas ventas rondaron los 40 millones de pesetas. Campo, sin embargo, ni se lo plantea. «Aquí estoy cerca de todo y tengo más tranquilidad que en un piso», afirma.

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Archivado bajo 02.- Gijón, Medio ambiente, Política local

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