Noticia de Jovellanos y su entorno

Es el título del libro de Manuel Álvarez-Valdés y Valdés presentado el viernes 9 en el Antiguo Instituto (ese que la pomposa cursilería municipal ha rebautizado «Centro de Cultura Antiguo Instituto», oh la la, la culture; no en verdad el primer edificio del Instituto de Náutica y Mineralogía, en Cimadevilla, hace unos años vaciado –derribado– completamente con un permiso de obras menores y convertido en cutre tasca y hostal, gracias a la condición de miembros del Partido Comunista de los promotores del desmán).

Presentó el acto Ramón María Alvargonzález, presidente de la Fundación Alvargónzalez, que ha publicado esta obra. Presentó la obra Emilio Marcos Vallaure, director del Museo de Bellas Artes de Asturias. A pesar de sus quejas por no poder fumar durante tanto rato –bien por los políticamente incorrectos–, resultó brillante y ameno, como acostumbra. Reivindicó, por cierto, la recuperación del nombre de Real Instituto Asturiano, en lugar de Instituto Jovellanos, que a don Gaspar le habría disgustado. Pero, añadimos nosotros, poca esperanza hay de un cambio tan sensato. Porque lo primero sería recuperar su carácter, que no era el de un instituto de enseñanza media —secundaria, como ahora le dicen– sino el de un instituto politécnico, al que deberían estar adscritas, y no a la Universidad, enseñanzas como las ingenierías o las de Marina Civil. En los últimos treinta y pico años parece que el que no es licenciado universitario no es nada; y eso que, gracias al «espacio universitario europeo», las ya devaluadas licenciaturas van a pasar a ser diplomaturas con pretensiones.

Emilio Marcos Vallaure llamó también a oponerse al nuevo traslado del monumento ovetense a Jovellanos, ahora adosado al monasterio de San Pelayo, con lo que supondría no sólo de restarle importancia, sino de aumentar el deterioro que ya sufrió en traslados anteriores.

Intervino a continuación el autor de esta su segunda obra sobre Jovellanos (la primera, Jovellanos, enigmas y certezas, fue también publicada por la Fundación Alvargonzález), el abogado del Estado Manuel Álvarez-Valdés, nacido en el año aciago de 1931, gijonés en Madrid. Su intervención resultó también muy interesante. Recordó de su niñez haber presenciado el traslado de los restos de Jovellanos –que había salvado Pachín de Melás de la quema y voladura por los rojos de la iglesia de San Pedro, en 1936– de la Escuela de Comercio a la capilla de los Remedios. Reivindicó, a pesar de su carácter absolutamente acrítico respecto del gran Jovellanos, las biografías que en 1944 –segundo centenario del nacimiento de don Gaspar– publicaron Joaquín Alonso Bonet, director de VOLUNTAD, y Jesús Evaristo Casariego. Contó cómo Pedro J. Ramírez se había negado a publicar en El Mundo una rectificación de la calumnia –que algunos pretenden alabanza– de atribuir a Jovellanos la condición de masón. Pero es que el tal Pedro J. –añadimos nosotros– es él seguramente hijo de la viuda. Reivindicó el gran patriotismo de Jovellanos, frente a dudas de algunos originales como Juan Velarde, y su condición de católico firme y hombre virtuoso. Una velada, en fin, memorable.

La crónica de La Nueva España se queda con lo más llamativo, con la ligereza típica del periodismo al uso:

¿Quién mató a Jovellanos?

El estudioso Manuel Álvarez Valdés y Valdés mantiene en su última obra la tesis de que el prócer fue envenenado por orden de la reina consorte María Luisa y Godoy

David ORIHUELA

En 1936 se quema la iglesia de San Pedro de Gijón con los restos de Jovellanos en su interior. Manuel Álvarez Valdés y Valdés paseaba entonces con su madre por la ciudad y una amiga de su progenitora corría a salvar lo que quedaba del prócer. «¿Quién era ese señor Jovellanos?», interrogó el niño Álvarez Valdés, y su madre respondió: «Era un hombre muy bueno, muy trabajador y muy estudioso, al que castigaron por cosas que no había hecho». Prendía así hace casi 70 años la llama jovellanista en el corazón de Manuel Álvarez Valdés y Valdés, abogado del Estado que dedica su retiro a la investigación y que ayer presentó su obra «Noticias de Jovellanos y su entorno», suerte de continuación de «Jovellanos: enigmas y certezas», publicada en 2002. Ambas ediciones corren a cargo de la Fundación Alvargonzález.

«El libro es el resultado de muchas investigaciones sobre cuestiones poco conocidas y reconsideraciones sobre algunas cosas ya sabidas», avanzó el autor. Uno de los capítulos que más llaman la atención de Álvarez Valdés y Valdés en la biografía del polígrafo es el de su muerte. El investigador presentó en el Instituto de Medicina Legal de Asturias las cartas y documentos en los que Jovellanos explica los síntomas de su enfermedad; obtiene entonces Valdés y Valdés «un dictamen en el que se demuestra que a Jovellanos se le administró sal de plomo». «Gonzalo Anes mantiene que es una fantasía mía, pero yo mantengo que fue envenenado y que tuvo que ser alguien muy importante. El que ejecutó la acción fue un criado suyo al que habían comprado con diez monedas de oro, pero detrás había alguien a quien ni Jovellanos se atrevía a enfrentar», narró el autor. En ese punto concluyó que no había sido orden de la Inquisición, molesta por el «Informe sobre el expediente de la ley agraria», que tenía poder, pero que no atemorizaba al gijonés. El investigador recordó entonces la conocida frase que escribe Jovellanos el 29 de noviembre de 1798: «Acabando de llegar a mi casa, después de haber dejado el Ministerio para salvar mi vida», y concluyó: «Para mí los presuntos autores del envenenamiento a Jovellanos fueron María Luisa de Parma, esposa del rey Carlos IV, y el supuesto amante de la reina consorte, Manuel Godoy».

A Álvarez Valdés le gustaría poder analizar los restos de Jovellanos, «pero se guardan en una caja de plomo que habrá contaminado los huesos, con lo que si se encontrase plomo no sabríamos si es de la caja o de la sal».

El historiador desveló también la pasión de Jovellanos por la Virgen de la Soledad, ya que el ministro de Gracia y Justicia habría recibido de la familia un cuadro con esta imagen que hoy está perdido. Álvarez Valdés defendió también el patriotismo de Jovellanos, «puesto en duda por algunos investigadores que no saben leer entre líneas», en palabras de Emilio Marcos Vallaure, director del Museo de Bellas Artes de Asturias, que ejerció de presentador.

Marcos Vallaure fue el encargado de dar el pie al investigador. El responsable de la pinacoteca asturiana no sólo presentó un aluvión de datos, sino que aprovechó el estrado para ejercer su derecho a la reclamación pública. Empezó por el mismo edificio en el que se desarrolló el acto: «Quiero reclamar en público que este edificio rememore el nombre que le dio su fundador, “Real Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía», porque creo que Jovellanos se revuelve en sus cenizas cada vez que escucha lo de Instituto Jovellanos». Emilio Marcos se puso entonces el traje de presentador del autor e hizo una alabanza de obra e investigador. Pero concluyó con otra reivindicación, «una preocupación que me embarga últimamente», confesó Marcos Vallaure. «Ha llegado a mis oídos que en Oviedo quieren trasladar el monumento a Jovellanos, anexo al convento de las Pelayas, a la cercana calle Paraíso, y éste sería el cuarto traslado, con el destrozo que ha supuesto cada uno, de la magnífica obra de Juan de Villanueva, quien también diseñó este instituto. El pueblo de Oviedo, de Gijón y de Asturias entera, debería mostrar su rechazo a este innecesario traslado». Manuel Álvarez Valdés y Valdés apoyó las dos peticiones de Marcos Vallaure.

Algo mejor, pero parecido, en El Comercio:

Dudas razonables

¿Jovellanos fue envenenado? Álvarez Valdés indaga en varios enigmas y desvela sus conclusiones en un libro

PACHÉ MERAYO/GIJÓN

Jovellanos, su obra y también su historia personal, ha dado corazón y cuerpo a toneladas de papel erudito. Sin embargo, las dudas sobre muchos episodios de su vida siguen siendo inevitables. De acabar con alguna de las más llamativas, dando respuestas investigadas y razonables, trata el nuevo libro del jovellanista confeso, patrono de las fundaciones Jovellanos y Alvargonzález (editora de su obra), Manuel Álvarez Valdés. Titulado ‘Noticia de Jovellanos y su entorno’, presentado ayer por el director del Museo de Bellas Artes, Emilio Marcos Vallaure, aporta una novedosa exploración de la que se desprende, por ejemplo, que «Jovellanos fue, sin duda de ninguna clase, envenenado».

No sabe Álvarez Valdés quién ordenó el intento mortal, aunque, a las pruebas periciales y medicas que aporta en el libro y que dan por hecho que la intoxicación «fue real y se llevó a cabo con sal de plomo», suma ciertos razonamientos sobre quién no fue, así como otros sobre que el ilustrado sabía de la mano ejecutora y de su instigador o instigadora. Asegura el autor, que ya tiene en su haber otro libro sobre el prohombre gijonés -‘Jovellanos, enigmas y certezas’-, que no pudo ser la Inquisición, pues don Gaspar no hubiera dudado en cursar denuncia. «Sabía que la orden, que llevó a cabo uno de sus criados por 10 monedas de oro, venía de alguien muy importante, alguien al que no podía ni debía acusar». Las investigaciones parecen poner en el banquillo a Godoy o a la reina María Luisa, pero «no hay elementos suficientes de juicio para llevar el caso al tribunal de la historia», advierte.

Sí los hay, insiste, de que los vómitos convulsivos, la pérdida de vista, los trastornos en la mano derecha, descritos con detalle en los diarios de Jovellanos, son la consecuencia de un envenenamiento. Asegura el autor del nuevo libro que la teoría para muchos fantástica se asienta también en las «cinco veces que el ilustrado escribe, en cartas a asturianos que vivían fuera de España, que había dejado el ministerio para salvar su vida».

¿Dos meninas?

Otra de las dudas singulares con las que se enfrenta Manuel Álvarez Valdés en su libro de más de 800 páginas es a la autoría de un pequeño cuadro de estructura similar a las ‘Meninas’, hoy expuestas en la Kingston House de Dorset (Inglaterra), pero en su día parte de la colección de Jovellanos. La obra, que se adjudica a un yerno de Velázquez (Martínez del Mazo), es, según el escritor gijonés, del maestro sevillano. «Son muchos los que han dicho que no, pero yo me adhiero al estudio de Matías Díaz Padrón, conservador jefe del Museo del Prado», dice. ‘Noticia de Jovellanos y su entorno’ rinde varios tributos, otro de ellos a Ceán Bermúdez, cuya cuna cambia el autor de barrio («no nació en Jove», explica). Pero sobre todo hace homenaje a Jovellanos, «bajo ninguna circunstancia masón, profundamente religioso y, eso sí, de carácter muy fuerte».

    Álvarez-Valdés y Valdés, Manuel, Noticia de Jovellanos y su entorno. Fundación Alvargonzález, Gijón 2007. ISBN 84-611-2346-7
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7 Respuestas a “Noticia de Jovellanos y su entorno

  1. José Ignacio Gracia Noriega recuerda hoy en las páginas de La Nueva España aquellos tiempos de asturianos patriotas que pusieron en pie a España:

    Jornadas de las guerras napoleónicas

    Entre quienes combatieron en Madrid el 2 de mayo de 1808 se encontraban muchos asturianos, algunos murieron con las armas en la mano o en la represión posterior

    Ignacio Gracia Noriega

    El primer chispazo de la que sería una larga guerra (que según algunos indicios inquietantes se prolonga hasta hoy) lo provocó «la inaudita insolencia», según J. E. Casariego, del cónsul de Francia en Gijón. M. Langonier, el cual, el 27 de abril de 1808, lanzó algunos pasquines impresos desde el balcón del Consulado, situado en la calle de la Cruz, la actual calle Corrida, que indignaron a los gijoneses por los conceptos que vertía contra el rey y contra España, hasta el extremo que los más exaltados pretendieron asaltar el edificio, por lo que hubo de intervenir la tropa y el cónsul se vio forzado a buscar refugio en un barco francés que le condujo a La Coruña.

    Menos de un mes antes, en la sesión de la Diputación de Asturias celebrada el 31 de marzo, Gregorio Jove Valdés, procurador general del Principado, expresó, con motivo de la exaltación al trono del príncipe de Asturias, la declaración solemne del amor del Principado a S. M. y la decisión de sus habitantes de encarar toda suerte de sacrificios por sostener los derechos e integridad de la Corona, señalando de paso la desconfianza que suscitaba la presencia de ejércitos franceses en la patria y el deseo y resolución de resistirlos, si fuera preciso. Y como escribe Ramón Álvarez Valdés, «no satisfecho todavía el celo del procurador general, habiéndole sugerido algunos individuos de la Universidad literaria que convendría hiciesen una manifestación pública sus cursantes, con el retrato del rey que presidía el salón de sesiones de la Diputación, se le pide a ésta al efecto. En fuerza de sus ruegos y persuasiones se vence la repugnancia del presidente D. Pascual Quilez Talón, entrega el retrato y entre aplausos y bendiciones del nuevo monarca le pasea por las calles una solemne y numerosa procesión con antorchas encendidas, compuesta de toda clase de personas y categorías, se coloca bajo un magnífico dosel en la Universidad y el mismo aparato es vuelto al salón de donde había salido».

    A partir de esta fecha, un grupo escogido de personas se reúnen diariamente en casa del juez primero noble de Oviedo, José M.ª García del Busto, «para ir preparando el espíritu público y concitar al pueblo contra los que alevosamente invadieron el territorio español».

    Estos hechos ocurrían en Asturias a lo largo del mes anterior a los sucesos del 2 de mayo de 1808. Después de la abdicación de Carlos IV, Fernando VII fue reconocido como rey de España en Aranjuez, el 19 de marzo. El 23 de marzo, el mariscal francés Murat entra en Madrid, lo que provoca la protesta del rey Carlos, y al día siguiente el flamante Fernando VII es recibido en triunfo en la capital, donde sólo permanece hasta el 10 de abril, que se dirige a Francia, estableciéndose provisionalmente en Bayona, donde Carlos IV y la reina María Luisa se reúnen con él el día 30. El 2 de mayo, mientras el pueblo madrileño se batía contra los franceses, Fernando renunciaba incondicionalmente a la Corona de España: era un paso más en la abyección de un personaje que mientras en su reino se le llamaba el Deseado, felicitaba untuosamente a Napoleón por las victorias obtenidas sobre su pueblo. Desconocedores de esta claudicación, los madrileños se lanzaron a la calle para impedir la salida de los infantes, siendo brutalmente reprimidos por las tropas de Murat. Entre los patriotas que combatieron este día de sangre se encontraban numerosos asturianos, y algunos murieron, bien con las armas en las manos, bien durante la represión posterior. Entre los militares que se unieron a los capitanes Daoíz y Velarde y el teniente Ruiz en la defensa del Parque de Artillería se encontraba el capitán ovetense Juan Cónsul Villar, del que dice Canella que «luchó con heroísmo y salvó milagrosamente la vida» y «con quien su patria no ha sido agradecida hasta ahora». Y si Asturias no fue agradecida con este militar en épocas más favorables, mucho menos lo será en la actualidad, que nuevamente estamos en poder de afrancesados. Otro asturiano distinguido en aquella jornada fue José Muñiz Cueto, de San Salvador de Villalaín, en Allande, que trabajaba como mozo en una hostería de la plazuela de Matute, propiedad de José Fernández Villamil, también asturiano. Según Canella, Villamil, al tener noticia de los enfrentamientos que se estaban produciendo entre elementos populares y los soldados napoleónicos, se echó a la calle seguido de sus cinco camareros, probablemente asturiano alguno de ellos, y «por la calle de Atocha y plaza de Antón Martín tomaron la dirección a palacio, armándose con los fusiles que tenía la Guardia de Inválidos. En la calle Mayo echáronseles encima el escuadrón de mamelucos de la Guardia Imperial, pero, retirándose los patriotas a los soportales de la plaza Mayor, trabaron el combate y Muñiz Cueto derribó de un tiro al jefe que mandaba la fuerza enemiga. De allí volvieron a palacio, y como la refriega había concluido por esta parte, se dirigieron al Parque. Velarde los distribuyó entre las tropas auxiliares que formó de paisanos para proteger las maniobras con los cañones, y esta partida fue la que después del primer combate hostilizó por la espalda a la columna westfaliana persiguiéndola hasta la misma calle ancha de San Bernardo. Reforzada la columna con nuevas tropas y haciendo otra acometida, los paisanos comenzaban a retroceder y se batían a cortísima distancia hasta que, a la voz de Daoíz, se pusieron a espalda de los cañones y éstos continuaron su fuego mortífero. Este grupo, en los últimos momentos del combate, también se dispersó, y entonces José Muñiz Cueto fue herido».

    No sabemos de su suerte posterior. Su hermano Miguel, alistado en el Regimiento de Caballería de Voluntarios de Madrid, creado a raíz de estos sucesos, murió en un combate en las inmediaciones de Orihuela, y otro hermano, de nombre Francisco, que se encontraba en Oviedo, sirvió en el Regimiento de Infantería de Fernando VII y fue herido gravemente en Potes. «¡Pobre y nobilísima familia de patriotas!», exclama don Fermín Canella después de hecho este recuento.

    Otro asturiano que se encontraba igualmente fuera de Asturias tuvo una intervención muy importante en aquellos primeros momentos de la guerra. Se trata de Juan Pérez Villamil, nacido en Puerto de Vega, en 1754, que había sido fiscal de la Audiencia de Mallorca y fiscal del Consejo Supremo de Guerra y autor de algunos opúsculos y obras históricas, como «Cartas a un profesor de Alcalá», en las que se encubría usando su segundo apellido, «Juan Paredes», o el «Cronicón Mallorquín», historia civil de aquella isla. Por aquellos días residía temporalmente en Móstoles, en tanto se apuntaba su nombre como posible miembro de una Junta de Defensa que habría de entrar en funcionamiento si los sucesos que se preveían y temían llegaban a ocurrir, como así sucedió. Según refiere Canella, «paseando don Juan por los alrededores de la villa en la tarde del 1 de mayo, sospechó, por sus hábitos judiciales, de un viajero extraño y receloso a quien detuvo e inquirió severamente con su autoridad profesional, y resultó ser un espía o traidor o emisario retribuido, portador de folios reservados dirigidos a Extremadura y Andalucía en que se aconsejaba a las provincias a someterse al poder de Francia, evitando así la ruina de la patria, decaída por sus malos gobiernos. Indignado el sabio y virtuoso magistrado, tan respetado y querido en Móstoles por sus prendas y altos cargos, refirió el caso a los alcaldes por el Estado noble D. Andrés Torrejón y por el Estado general D. Simón Hernández, al párroco y otras personas de calidad, y acordaron juntos enviar un mensajero (lo fue el joven Antonio, hijo del alcalde Hernández) para enterarse del estado de Madrid, quien regresó conmovidísimo al declinar el día 2, refiriendo los sangrientos sucesos de la Corte».

    De este modo, gracias a la suspicacia y previsión de un asturiano, el pueblo de Móstoles se encontraba preparado y prevenido para reaccionar ante la invasión francesa, que con el levantamiento de Madrid había dejado de ser solapada. También la proximidad de Móstoles a Madrid influyó para que ese pueblo jugara un papel tan importante al comienzo de la guerra. Reunido el Ayuntamiento después de escuchar el relato del joven Antonio Hernández, se determinó enviar un mensaje de alarma y resistencia al resto de la patria, y cuya redacción se encomendó a Pérez Villamil, que la hizo en términos que se hicieron famosos y que hasta hace bien poco cualquier español niño o adulto podrían repetir de memoria: «La patria está en peligro. Madrid parece víctima de la perfidia francesa. Españoles, acudid a salvarla. Mayo 2 de 1808». La firma el alcalde de Móstoles, quien, por ello, se convierte en el primer héroe de la guerra de la Independencia. Aunque no se conservan actas de aquella sesión municipal, se da a Villamil por autor de la proclama. Así figura en la lápida que conmemora aquel día: «A D. Juan Pérez Villamil, iniciador de la guerra de la Independencia».

  2. El martes 13 de marzo de 2007 La Nueva España publica como carta al director (cuando debería haberlo publicado en otras secciones, como puede leerse a continuación) el siguiente escrito de don Manuel Álvarez-Valdés y Valdés:

    ¿Quién mató a Jovellanos?

    Me tomo la libertad de escribir para agradecer la publicación, en la edición de Gijón de ese diario el viernes 9 pasado, del artículo «El último libro de Manuel Álvarez-Valdés», firmado por Luis Miguel Piñera, que hace referencia a mi obra «Noticia de Jovellanos y su entorno».

    También le quedo reconocido por el eco que ha dado el periódico a la presentación de la misma, que tuvo lugar en igual fecha. No obstante, me veo en la precisión de puntualizar lo siguiente, en aras de la verdad que debe presidir el relato de la historia, incluida la de cada día, que es también la esencia del periodismo.

    Me refiero a la reseña del acto, aparecida en LA NUEVA ESPAÑA de Gijón (sábado 10 de marzo, página 10) y de Oviedo (domingo 11, página 11).

    El artículo en cuestión, firmado por David Orihuela, se titula: «¿Quién mató a Jovellanos? El estudioso Manuel Álvarez-Valdés mantiene que el prócer fue envenenado por orden de la reina consorte y Godoy». Y en el texto del trabajo periodístico se dice: «Uno de los capítulos que más llaman la atención de Álvarez-Valdés en la biografía del polígrafo es el de su muerte».

    Pues bien, el lector de las líneas transcritas puede interpretar que yo sostengo que Jovellanos murió a consecuencia del envenenamiento; si no conoce previamente la cronología del polígrafo, el periódico le da motivo a pensar que el asesinato se consumó, y no fue así; y, si la conoce, está en el derecho de ponerme un cero en Historia de España. Acabo de recibir, por teléfono, la llamada de un lector alarmado, médico en ejercicio. Yo lo que digo en el libro, dije en su presentación y reitero ahora es:

    1.º A Jovellanos, después de tomar posesión de la Secretaría de Estado de Gracia y Justicia (noviembre de 1797-agosto de 1798), se le administró un veneno mortífero, que el Instituto de Medicina Legal de Asturias identifica como un compuesto de plomo.

    2.º Jovellanos sobrevivió al envenenamiento, aunque con las secuelas que se detallan en el dictamen médico -reproducido literalmente en mi obra- y en el texto del libro. El autor material fue un criado que le suministró el veneno a cambio de 10 monedas de oro. El delito se frustró por causas independientes de la voluntad del agente y del inductor o inductores: la salud de Jovellanos, que resistió la agresión del tóxico con la ayuda de los auxilios médicos. Para mí, esto no ofrece duda.

    3.º Por otra parte, entiendo, salvo opinión mejor razonada, y esto es más importante que la referencia al criado infiel, que los inductores fueron Godoy y la reina María Luisa, aunque, como escribí en el libro, dije en la presentación y reitero ahora, no se dispone de pruebas contundentes para acusarlos formalmente con éxito ante el Tribunal de la Historia, si bien hay indicios muy racionales que apuntan en esa dirección. Véanse las páginas 213 a 288 de mi obra.

    Por todo ello, le ruego acuerde se publique esta rectificación en las dos ediciones (Gijón y Oviedo) de LA NUEVA ESPAÑA, destacando en la misma sección en que apareció la reseña que, a pesar de haber sido envenenado (algo parecido ocurrió entonces con otro ministro, Francisco Saavedra), no murió entonces, sino más de 13 años después (noviembre de 1811). Todavía le quedaba por sufrir el inicuo cautiverio en Mallorca (marzo 1801-abril 1808), al que tampoco fueron ajenos los dos malévolos personajes.

    En la seguridad, basada en su acreditada profesionalidad, de que atenderá mi encarecido ruego de rectificación, le anticipo mi gratitud con un cordial saludo.

    Manuel Álvarez-Valdés
    Oviedo

  3. En El Comercio de hoy. Se nota que la historia del pensamiento político no es el fuerte del autor, pero el artículo, crítica del libro que nos ocupaba, no está mal.

    Jovellanos, el mito y el hombre

    RICARDO GARCÍA CÁRCEL/

    De Gaspar Melchor de Jovellanos se han escrito multitud de estudios biográficos. Poco después de su muerte, se escribieron los de Antillón y Cean Bermúdez; en 1858-59 Cándido Nocedal editó sus obras; en el periodo de la Restauración, publicaron Somoza y Menéndez Pelayo artículos tan eruditos como vindicativos sobre nuestro personaje; en la posguerra se editaron biografías noveladas, como las de Casariego y Bonet y a lo largo del franquismo se promovieron repetidas ediciones de sus obras (Cantera, Del Río, Artola y sobre todo Caso González) y se editó la obra de Polt. Después de la muerte de Franco, se publican las ya clásicas biografías de Gómez de la Serna, Varela, el propio Caso y Fernández Álvarez. La inmensa mayoría de tales estudios se ha caracterizado por la glosa del ilustrado asturiano. Unos, los pioneros del jovellanismo, como Nocedal, desde la orilla ideológica conservadora, descargando a Jovellanos de responsabilidad alguna en los «excesos» revolucionarios y planteando la hipótesis contrafactual de lo que hubiera sido de la historia de España con el moderantismo jovellanista por bandera.

    Otros han tendido a inventar un Jovellanos, presunto radical e incluso republicano, especulando también respecto a una historia de España alternativa con los valores democráticos de Jovellanos por norte. Los jovellanistas, conservadores o progresistas, han soñado un Jovellanos virtual, referente moral de la España que habría debido ser. El perfil de hombre honesto, grave, trascendente, ha sido glosado hasta el éxtasis. En buena parte, porque Jovellanos sufrió en sus carnes la violencia de una coyuntura en la que se conjugaba un válido moralmente impresentable, una invasión francesa envuelta en legitimaciones tan políticamente correctas como indefendibles desde una conciencia nacional elemental y un régimen que se hundía sin saber nadie hacia donde iba. Murió lo suficientemente tarde para desencantarse de casi todo, pero lo suficientemente temprano como para no tener que enfrentarse al desembarco en la realidad de 1814. Las 2.327 entradas de la bibliografía jovellanista de Moratinos y Cueto de 1998 abundan en hagiografías que parecen seguir el guión de la imagen que trazaron los Holland del asturiano. La realidad es más compleja. Y ello lo ha demostrado, de modo convincente, Manuel Álvarez-Valdés, un abogado del Estado, de gran prestigio académico, que viene dedicandose desde hace muchos años al estudio de Jovellanos, sobre quien escribió un libro espléndido en 2002 (Jovellanos, enigmas y certezas) y sobre el que ahora vuelve con el mismo bagaje que caracterizó su anterior libro: una impresionante erudición, con consulta exhaustiva y rigurosa de fuentes documentales de todo tipo y al mismo tiempo, una singular capacidad, infrecuente en el gremio de los historiadores, para superar inhibiciones y decir sus verdades, aunque ello suponga cuestionar determinadas afirmaciones de maestros tan indiscutibles, como, pongo por ejemplo, Fernández Álvarez, Seco o el propio Caso.

    El Jovellanos de Álvarez-Valdés es un brillante intelectual, honesto político, pero no es un santo ni un «angeloide» (Marías). Vanidoso, un punto afectado y estirado, dominante, irritable… la complejidad de su figura fue muy bien resaltada en el libro anterior. Ahora, el autor sigue en su línea matizadora del mito Jovellanos. Detrás de un título humilde, se esconde un montón de calas en aspectos de la vida de Jovellanos. Se devalúa la significación de la tertulia de Olavide en su vida, se aclara su papel de testigo en el proceso de aquél, se ratifica la religiosidad de Jovellanos, se aportan luces sustanciosas para identificar la autoría del cuadro de ‘Las Meninas’ que poseía Jovellanos, se defiende la tesis del envenenamiento de este en 1797, se nos matiza la personalidad del perverso Jose Antonio Caballero, perseguidor de Jovellanos, se consolida la imagen del profundo patriotismo del asturiano, diferenciándolo de los amigos que se dejaron influir del afrancesamiento (Cean Bermúdez, Goya, Meléndez Valdés o Moratin), se definen las relaciones de Jovellanos con las mujeres, a partir de la correspondencia con la marquesa de Santa Cruz de Ribadulla y, por último, se examina en detalle, el vínculo de amistad de Jovellanos con Cean Bermúdez. En el epílogo se analizan opiniones de coetáneos sobre Jovellanos. Solo desentonan de la sinfonía de halagos, García de León y Pizarro, que, dicho sea de paso, habló mal de casi todo el mundo. Ni el torturado Blanco White fue malévolo al referirse a Jovellanos. Toda la obra de Álvarez-Valdés sobre el ilustrado asturiano parece buscar poner a prueba la fuerza del mito Jovellanos. El agudo estilete crítico del jurista-historiador se aplica con brillantez al ejercicio desmitificador, pero tengo la impresión que el lector acabará el libro ratificándose plenamente en la admiración que, tradicionalmente, ha suscitado el personaje. La figura de Jovellanos sale muy bien librada de la puesta a prueba a que el mito es sometido, lo que en el fondo,tras su afán matizador, es lo que Álvarez-Valdés espera y hasta desea como resultado de su investigación.

  4. La Nueva España de hoy nos da noticia de una nueva publicación de la Fundación Alvargonzález. Que guarda relación con la que da origen a esta entrada, no sólo por la vinculación de Gijón con la mar, sino porque —mutatis mutandis— los alzados en 1936 son continuadores de los alzados en 1808.

    Cuando los expertos escriben la Historia
    Carlos Menéndez de Alba

    Con motivo de cumplirse los setenta años de la guerra civil española los editores llenaron el mercadeo de libros sobre este tema bélico. Ellos saben mejor que nadie por dónde van los vientos, pusieron en manos de los lectores españoles una serie de obras que les resultaban totalmente desconocidas. Han acudido a autores españoles y extranjeros, a periodistas de segunda fila que vivieron nuestra guerra como corresponsales y a memorias de protagonistas que no habían sido publicadas en España. Además, se reeditaron obras que estaban fuera del mercado y que en su día tuvieron alguna relevancia.

    Junto a esta avalancha de libros sobre la guerra civil aparecen también los estudios sobre la II República como un antecedente de aquella contienda. Los contenidos de estos libros son, como era de esperar, diametralmente opuestos. Van desde considerar a esa República como un desastre sin paliativos a elevarla a la categoría de ejemplar. Todo esto, como no podía ser menos, con un trasfondo político que queda reflejado en la política oficial, buscando una fuente de legitimación en aquella República. El revisionismo gubernamental es un factor más que agudiza el interés por nuestra guerra civil, que, dicho sea de paso, goza de muy buena salud. Es una fuente inagotable; independientemente de los aniversarios, dará lugar a nuevas versiones y nuevas interpretaciones con un tinte de signo político y, por tanto, apasionado.

    Sin embargo y de forma excepcional, aparecen obras que se basan en datos y dejan al lector libertad para sacar sus conclusiones. Un caso ejemplar es el libro «La artillería naval en la guerra civil española 1936-39», del que es autor Artemio Mortera Pérez, un experto en artillería. Es también autor en colaboración con José Luis Infiesta de «La artillería en la guerra civil española», en cuatro volúmenes. Con esta última obra publicada cierran el círculo sobre la artillería en la guerra civil española.

    La obra del señor Mortera tiene una parte técnica que está fuera del alcance de un lector no especializado en artillería, pero tiene otra parte, la más extensa, que se refiere a todos y cada uno de los buques, desde los acorazados al último de los bous. A través de su obra conocemos las actuaciones de los mismos en la contienda. Es una relación exhaustiva. En alguna ocasión vuelve la vista atrás para informarnos del llamado Plan Ferrandis. Como ambas flotas (la nacional y la republicana) necesitaban armamento pera cumplir su misión, recurrieron a las importaciones. El bando nacional a Italia y Alemania. El bando republicano a Polonia, Rusia, México, Estonia y Suiza. Todas estas importaciones quedan reflejadas minuciosamente en el libro. No da juicios de valor ni saca consecuencias políticas, se limita a darnos datos con el rigor de un especialista en la materia. Tenemos con su última obra una radiografía de lo que fue la guerra naval en nuestra guerra civil. Por eso su lectura resulta obligada para conocer los hechos, no siempre bien conocidos.

    Ahora bien, si el autor no saca consecuencias creo que es oportuno hacer algunas reflexiones. Al iniciarse la guerra civil, la República quedó con la mayoría de la flota, pero sin oficiales. El bando nacional se quedó con pocos barcos, pero con oficiales. El balance final mostró que la flota republicana fue casi inexistente, la nacional muy activa. Basémonos en los datos. Desde el 18 de julio del 36 hasta el 1 de mayo del 39 el tráfico marítimo de la España nacional alcanzó 24.774.826 toneladas. También fueron trasportados por vía marítima 316.000 hombres. La flota republicana no apresó ni un solo buque mercante nacional. Como contrapartida, la flota nacional apresó 238 mercantes republicanos y 99 extranjeros al servicio de la República, cuyos cargamentos pasaron a manos nacionales. A la España nacional todo, absolutamente todo, llegó por mar. Me da la impresión de que no siempre fue valorada la contribución de la flota nacional a la victoria final.

    La obra «La artillería naval en la guerra civil española 1936-39» ha sido patrocinada por la Fundación Alvargonzález. Es una edición muy cuidada y contiene una serie de fotografías que enriquecen el texto.

    Carlos Menéndez de Alba es directivo del Ateneo Jovellanos.

    Mortera Pérez, Artemio, La Artillería Naval en la Guerra Civil Española 1936/39. Fundación Alvargonzález, Gijón 2007. ISBN 84-611-4711-1

  5. Jaime Gómez González

    ¡Buenos días! Hace varios años, investigo el origen de mi familia materna González del Busto. Me han dicho que posiblemente Toribio vivió en Cudillero antes de venir a la Nueva Granada en el S. XVII para ser el tronco de una extensa familia.
    Desearía entrar en contacto con algún historiador asturiano como el arquitecto Juan Gómez González de la Buelga, para tratar de encontrar a mis ancestros. Muchas gracias.

    • En poco podemos ayudarle, y lo sentimos. Publicamos su comentario, en la esperanza de que alguien pueda responderle.
      Nos permitimos un pequeño consejo: reconstruir una genealogía es generalmente más fácil hacia atrás. Esto es, empezar por uno mismo e ir obteniendo partidas literales de nacimiento, bautismo y matrimonio de padres, abuelos, bisabuelos, y así sucesivamente.

  6. Jaime Gómez González

    Gracias por su respuesta. Toribio González del Busto fue mi 10º abuelo materno. Nació en Asturias y viajó a la Nueva Granada a mediados del S. XVII.
    Sé que Josefa, la hermana menor de Jovellanos fue casada con Domingo Antonio González de Argandona y Valle (1730-1763). Nació en 1730 en el concejo de Cangas de Onís. Fueron sus padres Francisca González del Valle y Antonio González de Argandona Soto, fallecidos en 1751 y 1752 respectivamente.
    Me gustaría conocer el árbol genealógico de estos González, dentro del cual puede estar Toribio González del Busto. Gracias.

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