«Memoria histórica» gijonesa

Un kilo de versos

    Lentamente, tristemente la Cuaresma se desliza
    desde aquella ceremonia de la clásica ceniza,
    en que hincado de rodillas, fervoroso y reverente,
    maculóme el sacerdote con «hollín» la blanca frente,
    ¡Pulvis es!, me dijo afable, con voz dulce y argentina.

La expresión «memoria histórica» es desdichada. Los antecesores de quienes ahora la promueven asesinaron, tal día como hoy, hace setenta años a Luis Fernández Valdés «Ludi». A Ludi, el de «El San Luis», que fue colaborador habitual de los periódicos locales, lo citábamos en Voluntad el pasado veinte de febrero, martes de carnaval. A este gijonés, trabajador y de familia trabajadora, popular y querido, ejemplo de bonhomía y de socarronería playa, autor de poemas humorísticos que han pasado al folklore local, lo asesinaron –como a tantos otros convecinos– los frentepopulistas (socialistas, comunistas, anarquistas y masones de Izquierda Republicana) a los cincuenta y un años de edad, el 7 de marzo –festividad de Santo Tomás de Aquino– de 1937. Aún faltaban unos meses para que nuestra villa fuera liberada (veintiuno de octubre) por los requetés de las Brigadas Navarras, que pusieron fin a más de un año de terror rojo. Terror sistemático, planificado –no sólo acción de «incontrolados»– que pretendía erradicar de entre nosotros la Religión, la Tradición, la Patria y el sentido del humor. El totalitarismo izquierdista detesta la risa, la teme.

En esta feria de Cuaresma de 2007, hemos recordado –esa «memoria histórica» intenta sepultar el recuerdo– a Ludi con los cinco primeros versos de «Alma sedienta», sacados de su libro más celebrado y reeditado, Un kilo de versos. Libro que fue prologado por otro gran gijonés: Alfredo García García «Adeflor», sobre cuyas «Charlas populares» en El Comercio disertó ayer José Luis Campal en el Ateneo Jovellanos. Sorprendentemente (visto lo ocurrido con Luciano Castañón, entre otros) la ahora sucursal del bilbaíno El Correo ex Español se acordó de uno de los suyos, su antiguo colaborador, redactor jefe y director Adeflor. Aunque el autor de la crónica parece saber bien poco del mismo:

El Ateneo Jovellanos reivindica las crónicas de Adeflor para conocer el Gijón del siglo XX

El director de EL COMERCIO de 1920 a 1954 «fue el más importante periodista de la primera mitad del siglo pasado», dice José Luis Campal. Popularizó las crónicas dialogadas con personajes de la ciudad y escribió ‘El concejal’

NACHO PRIETO/GIJÓN

El Ateneo Jovellanos, a través de su presidente, José Luis Martínez, y José Luis Campal, filólogo y conferenciante, reivindicaron ayer el valor del periodismo como género literario a través de Alfredo García García, ‘Adeflor’, director deEL COMERCIO de 1920 a 1954, cuya obra pusieron como referente para conocer el Gijón de la primera mitad del siglo XX. Las crónicas dialogadas que Adeflor popularizó, con personajes teóricamente de ficción, pero que «muchos de ellos tuvieron que existir», según Campal, merecen todos los honores del arte literario y más perenne honor del que habitualmente proporcionan las páginas de los periódicos.

La conferencia organizada para explicar los valores literarios de Adeflor evitó convertirse en una mera crítica literaria, positiva o no, para analizar la injusticia que a menudo supone la efímera notoriedad del periodista. Ya en su presentación del licenciado en Literatura y miembro del RIDEA José Luis Campal, el presidente del Ateneo indicó que Adeflor es posiblemente «el más importante periodista de la primera mitad del siglo pasado»; sin embargo, su obra ha quedado en el olvido. «Queremos reivindicar a estos personajes porque se lo merecen y porque seguramente Asturias es una de las regiones de España que menos se acuerda de los suyos», señaló José Luis Martínez.

Periodismo y literatura

El conferenciante, en su exposición, no evitó referencias biográficas y documentales para ayudar a entender la obra de Adeflor y el prestigio que le valió entre sus contemporáneos. Trató de profundizar también en el análisis de los motivos por los que el género periodístico no alcanza la notoriedad de la poesía, el drama o la novela, o, al menos, dura menos su notoriedad.

En ese sentido, Campal hizo hincapié en que Adeflor fue «un gran estilista que defendió siempre el buen uso del idioma». El periodismo, según el estudioso de Adeflor que habló ayer para el Ateneo Jovellanos, es fundamental para conocer la sociedades de cada momento y aseguró que los personajes del que fuera director de EL COMERCIO reflejan el Gijón de la primera mitad del pasado siglo de la misma forma que las crónicas de Francisco Umbral relatan la vida de Madrid.

El lenguaje y las situaciones que utiliza Adeflor en sus crónicas dialogadas tienen sabor local. Su gijonismo le llevó a rechazar ofertas de trabajo en Madrid, pero fue compatible con una también intensa preocupación, plasmada en crónicas, por la actualidad internacional y por el relato de viajes.

Uno de los principales valores de Adeflor, según Campal, es que se acercó a la realidad del pueblo anónimo sin una idea preconcebida, y la reflejó proporcionando a ese pueblo papel trascendente. El estilo socarrón y campechano de Adeflor merecieron también la atención del conferenciante. Muchos escritores que practicaron el género costumbrista, señaló, no resisten una relectura de su obra, pero aseguró que ese no es el caso de Adeflor.

Por último, Campal recomendó a los socios del Ateneo que lean las crónicas de Adeflor como mejor forma de rescatarlo del olvido, ya que algunas, como ‘El Concejal’, pueden ser extrapolables a la actualidad y se preguntó si el tiempo condenará también a otros periodistas, como Francisco Carantoña, quien le sucedió en la dirección de EL COMERCIO, a ser ignorados.

El Concejal, que no es una crónica, fue reeditado no hace mucho, a expensas del Ayuntamiento de Gijón. Lo cual demuestra que ninguno de sus responsables lo leyó…

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4 comentarios

Archivado bajo 02.- Gijón, ¿Llingua?, Política local

4 Respuestas a “«Memoria histórica» gijonesa

  1. También La Nueva España –más atento a estos actos que El Comercio, justo es reconocerlo, aunque La Nueva haya pasado de ser carbayona a ser catalano canaria– se ocupa de la conferencia de ayer de José Luis Campal. Claro que lo hace por la pluma de Cuca Alonso, en su sección de nombre horrible (Aux armes, citoyens ! Formez vos bataillons ! Marchons, marchons ! Qu’un sang impur… Abreuve nos sillons !; la barbarie «ciudadana»). La buena señora allí estaba, atenta y rendida, en primera fila. Pero la memoria no es lo suyo, ni la lectura tampoco (por lo menos no la de Adeflor). Y anuncia que va a calificar a los conferenciantes (¡temblad!):

    Crónicas ciudadanas
    Adeflor en el recuerdo

    Cuca Alonso

    Con la brillantez que le caracteriza, ayer José Luis Campal desarrolló el tema propuesto por el Ateneo Jovellanos, «Las “Charlas populares” de Adeflor en “El Comercio”», ante un público que no alcanzó a llenar la mitad del aforo. Se me ocurre que de tanto escuchar a unos y a otros, creo haber obtenido un máster en audición, de manera que desde este momento me erijo en tribunal calificador de la oratoria ajena. En consecuencia, concederé la primera nota, de 10 sobrado, a nuestro conferenciante de anoche, señor Campal. Por coherencia en su discurso, caudal de expresión, magnífica voz, riqueza de lenguaje, tiempo ajustado y rigor científico. Anticipadamente he de decir que no será concedida valoración alguna a los ponentes que aburran, mareen, no sean entendidos, o duerman a las ovejas. De éstos, por suerte, caen pocos en la tribuna ateneísta, pero si alguno tiene su oportunidad y es condenado al silencio, tampoco es de derecho que el señor Campal sufra el mismo tratamiento, dado su alto nivel de elocuencia. El presidente, José Luis Martínez, presentó a José Luis Campal como filólogo, investigador y crítico literario, especialista en la obra de Armando Palacio Valdés, miembro del RIDEA… Sus contribuciones a las labores del Ateneo han sido numerosas. Comenzó su exposición elogiando las labores periodísticas, no menos importantes que la obra cosida y encuadernada, cuando aquéllas mantienen interés y calidad lingüística. Adeflor fue un gran estilista, reverenciaba el buen uso del idioma, y tenía gran sagacidad para observar el vivir cotidiano. Digno sucesor de Ataúlfo Friera, «Tarfe», hoy ambos son sólo una sombra, cuando «ninguno hizo méritos para ser laminados por la losa del olvido». Textual, fíjense ustedes cómo se expresa José Luis Campal con toda naturalidad. Adeflor no estaba predestinado a escribir, incluso los que fueron sus maestros jamás pensaron que llegaría a ser un autor de tanto mérito. Aunque sus comienzos datan de 1895, apenas contaba 19 años, posteriormente pasó por una época de vacilación, ya que su padre tenía una escuela y él un flamante título de maestro, lo que le inclinaba a emplearse en la docencia sin dejar de lado el periodismo. A principios del siglo XX obtuvo el grado de contador mercantil y se licenció en Derecho, aunque nunca ejercería ni de uno ni de otro. Tras dos años de redactor en «El Noroeste», en 1909 pasó a «El Comercio», siendo nombrado director en 1920. Nunca quiso abandonar Gijón, pese a que, debido a su enorme popularidad, fue requerido del diario madrileño «El Sol», el rotativo más importante de la época. De él escribió Constantino Suárez,«El Españolito», que era mordaz y polémico, dominaba el artículo de tesis y el político, la crítica artística y musical, los relatos de viaje. Sus «Crónicas (a través de Galicia)» están dedicadas a Emilia Pardo Bazán. Quizá lo mejor de toda su obra hayan sido las «Charlas gijonesas» y las «Charlas populares», que publicaba todos los domingos en primera página, escritas en bable. Respecto a éstas, José Luis Campal dijo que el heredero de Adeflor hoy es Maxi Rodríguez desde las páginas de LA NUEVA ESPAÑA. Adeflor llegó a tener tres secciones diarias. En 1908 publicó «El concejal», libro de honda filosofía y buen humor. Como dramaturgo es autor de tres comedias. Mauro Muñiz, a mi lado, remataba la faena de José Luis Campal con su veterana sabiduría: «Todos los lunes publicaba “Divagaciones intrascendentes”, y también hacía crónicas deportivas, pero cuando el Sporting bajó a Segunda División, dijo que se acababa, que él no sabía escribir de Segunda». Y para colmo, Mauro me pasó un apunte, parte del soneto que en 1925 Fabriciano García dedicó a Adeflor: «Irónico y socarrón / con prurito polemista, / claro, certero y artista, / es el mejor periodista / que tenemos en Gijón».

    Una sola rectificación, entre las muchas que podríamos hacer: las «Charlas» de Adeflor no están «escritas en bable», sino que alternan con toda naturalidad la fala gijonesa con el español pulido del periodista; algo habitual antes de que apareciera la peste de los llingüistas. Eso lo explicó bien el conferenciante. Ay…

    ***

    A las tragicómicas efemérides gijonesas de hoy puede servirles de complemento este artículo, también de La Nueva España:

    Intermedio cómico

    JAVIER MORÁN

    En el día de la muerte de Coll no se puede menos que abrir un paréntesis cómico en medio de una actualidad tan encabritada.

    Cómica es ya la reiteración con la que el cabal edil Pedro Sanjurjo saca sus dossieres comparativos sobre los impuestos en Gijón y Oviedo. En estos casi ocho años de su estancia en el área de la Hacienda municipal, nos lo habrá contado ya unas cincuenta veces, constituyendo el suyo uno de los mejores monólogos del club de la comedia consistorial. Es como las historias de Gila, contadas mil veces, pero siempre con el mismo entusiasmo por parte del narrador. Enhorabuena por la perseverancia y porque, cuando Sanjurjo inicia su recitación, pensamos: ni Eugenio se ponía tan serio.

    Otra de las mejores humoradas del momento se la hemos escuchado al empresario Serafín Abilio Martínez, que pide convertir las vías de la Feve del Cantábrico en trazado de alta velocidad, o velocidad alta. Era lo que nos faltaba: inventar en España el AVE de vía estrecha. Lo curioso del caso es que la broma le ha hecho mucha gracia al director general de Transportes del Principado, Julián Bonet Pérez.

    Suerte que, a la vez que el humor culto, sobrevive el humor popular. En efecto, acabamos de conocer a Henry Felgueroso, paisano de Langreo afincado en Gijón y actor en algunos cortos de Jimbox, un joven con talento que cuelga sus trabajos en internet. Henry Felgueroso es un diamante en bruto, uno de esos «célebres» gijonudos con coña y desparpajo.

    Dice Henry en uno de los cortos: «Hoy tenía que tener yo dos pisos y un bajo, pero ¡qué va! Había muyeres y comides buenes… ¿Cómo vas a hacer nada?» (o sea, ahorrar de joven). «Pasélo de cine y, además, también te gusta el mariachi, sobre todo, el mariachi…» (léase juerga).

    Ya lo decía Coll, al lado de Tip, en aquellos memorables diálogos radiofónicos:

    -Donde esté una buena corrida, que se quite el fútbol.

    Y el otro replicaba:

    -Sí, que se quite el fútbol… y los toros.

  2. Artículo en El Comercio de hoy:

    Adeflor, el cronista literato

    JOSÉ LUIS CAMPAL FERNÁNDEZ/MIEMBRO DEL REAL INSTITUTO DE ESTUDIOS ASTURIANOS (RIDEA)

    LOS medianos y grandes autores de las letras regionales quedan, generalmente, perpetuados en la historia literaria y en la memoria colectiva si se han dedicado a los géneros prestigiados (novela, poesía y teatro). Pero si no ha sido así puede que, como punto de partida, no tengan tanta fortuna, porque aquellos escritores que hicieron de las columnas del periódico su territorio de actuación suelen caer en el olvido cuando dejan de frecuentar las páginas de los diarios. Es la del periodismo una zona que proporciona a los creadores fama y admiración entre los lectores que los siguen y aplauden, pero cuando ese contacto regular desaparece, se transforma, con la misma intensidad, en una fosa de indiferencia ante la suerte del periodista y de los logros que éste hubiera obtenido.

    Algo de esto me temo que ha ocurrido con el gijonés Alfredo García y García, conocido en su tiempo -la primera mitad del siglo XX- como Adeflor, apodo que construyó alterando el orden de colocación de las letras con las que estaba compuesto su nombre de pila. Siempre con la mayor de las reputaciones entre los integrantes del gremio literario asturiano, Adeflor permaneció al pie del cañón más de medio siglo, pocos años más de los que ya lleva muerto, que son 48. ¿Quién se acuerda hoy de Adeflor? Es más, ¿lee alguien hoy a Adeflor?, ¿aprenden de sus crónicas los que velan sus primeras armas en los periódicos de nuestra provincia?

    La respuesta, de tener que darla ahora, sería muy cruel, siendo como fue él un maestro de periodistas (creó escuela), frase ésta que se ha convertido en un latiguillo flácido pero que en su caso estaba cargada de verdad y justicia, pues Adeflor fue un estilista que reverenciaba el buen uso del idioma y sus posibilidades, además de un sagaz observador del devenir cotidiano de su ciudad natal en sus múltiples ramificaciones y de un lector avezado y atento, premisa irrenunciable para no caer en la petulancia de creerse infalible; era capaz de descubrir en los principiantes la madera de la que están hechos los auténticos profesionales. Baste decir sólo que a él, que fue sucesor de otra institución de las letras gijonesas como Ataúlfo Friera, le sucedió al frente del periódico decano de la prensa asturiana nada menos que Francisco Carantoña. Ni Ataúlfo Friera, ‘Tarfe’, ni Alfredo García, ‘Adeflor’, son hoy más que una caritativa sombra en el panorama mediático, y quién sabe si dentro de veinte años, o menos, Francisco Carantoña, ‘Till’, pasará a engrosar también esta nómina ignominiosa de aparcados.

    Adeflor empuñó la pluma para levantar acta de la cotidianidad gijonesa, reuniendo, en sus textos de envidiable acabado artístico, las más granadas tipologías que deambulaban por su ciudad, inmortalizándolas en pasajes literarios a base de una tierna ironía que comprende y se apiada de los defectos y debilidades humanas, sabedor de que todos estamos expuestos a contagiarnos de semejantes flaquezas. Durante casi medio siglo, para entender lo que se cocía en Gijón a todos los niveles, para introducirse en el imaginario de esta comunidad y apresar, aunque fuera sólo en la corteza, su esencia había que acudir a las crónicas de Adeflor.

    En los periódicos de Gijón, Adeflor despliega las posibilidades que, entre otros, había vislumbrado en él Tarfe. Va construyendo, artículo a artículo, un edificio robustecido por el cuidado en la composición y transmisión de cuanto bullía en todos los rincones de la ciudad; no desatendió, ni siquiera, la guerra de Marruecos de 1921, haciéndose cargo del relato de sus incidencias, porque al autor agudo y mordaz que Adeflor demostró ser le atraían las circunstancias locales, pero también los aconteceres internacionales o los tejemanejes de los cenáculos políticos. Su crédito desde la tribuna periodística fue en aumento, como lo prueba, por ejemplo, que los autores de la región le demandasen prólogos, ya que salir al ruedo literario apadrinados por él era tener ya las espaldas muy bien cubiertas. Con páginas de presentación suyas se editaron obras de ‘Ludi’, de Marino Busto o del presbítero gijonés Cristóbal Fournier.

    Adeflor llevó siempre a gala su profesión, a la que le exigía la misma entrega que él depositaba en ella. Y aunque probó fortuna en otros géneros, lo mejor de sí mismo lo dio en sus secciones ‘Charlas gijonesas’ y ‘Charlas populares’ (que no fueron las únicas que tuvo a su cargo), donde las conversaciones en bable brotaban con una espontaneidad y brillo pocas veces igualados en las estampas costumbristas que circulaban entonces y cautivaban a los lectores de la época. En EL COMERCIO, las ‘Charlas populares’ se insertaban, con meridiana regularidad, los domingos en su primera página. Constituían un prodigio de acierto psicológico en el dibujo de las conductas juiciosas que exteriorizaban las gentes llanas de una villa marinera como Gijón que iba camino de erigirse en una portentosa ciudad industriosa y fabril. Encontramos en ellas la pasmosa facilidad que asistía al autor gijonés para sacarle todo el jugo costumbrista. El escritor se muestra ingenioso sin ser cansino, al tiempo que habilidoso para afrontar el juego de preguntas y respuestas con que se estoquetean los personajes y que van encadenando con fluidez las réplicas y contrarréplicas. Y es que las charlas de Adeflor son diálogos perfectamente escenificables, sintéticas y sincréticas piezas de inclinación sociológica que apostaban decididamente por una clase de teatro cotidiano hecho en una prosa vivaracha y palpitante, cercana a los modos que tenían los gijoneses de comunicarse en la calle, la plaza o el mercado. Los personajes que capitalizan la atención del lector ponen en funcionamiento su astucia para sobrevivir en un ambiente de pobreza y necesidad, son arquetipos de gentes realistas a las que la llegada de los nuevos tiempos las superan, pero que, lejos de acobardarse, cogen al toro por los cuernos y hacen pasar todas esas «novedades» que se les plantan delante por el turmix de su campechanía. Los protagonistas de las charlas emplean un bable desenvuelto y muy significativo, un registro con el que todavía hoy se identificarían, y más si son de Gijón, quienes se acercasen a estos textos, porque el autor conoce y comulga con el lenguaje vivo del pueblo. Se trata de un habla que convive, sin desentonar, con el castellano que usa el periodista para hacer las acotaciones descriptivas de la narración, otro recurso netamente teatral que me reafirma en lo antedicho. Pensamos que hay una confluencia bastante acusada entre la psicología de las criaturas de ficción y el periodista que las mueve sobre el papel, ya que éste poseía una forma de expresarse en la que «daba [a su voz] matices llenos de una mezcla de sabia y aldeana intención», como se decía en la noticia de su muerte dada por un diario provincial. Las charlas de Adeflor alcanzaron tal grado de aceptación que, una vez que aparecían en EL COMERCIO, eran inmediatamente reproducidas por los periódicos y revistas hispanoamericanos dirigidos a los emigrantes asturianos.

    Cuando falleció, el periódico ovetense ‘Región’, y en primera página, condensó la valía de Adeflor con las siguientes palabras: «Fue un periodista dominador de todas las facetas de la profesión, en la que hizo descollar su pluma inteligente e ingeniosa. Nadie como él convirtió en naturales relatos los hechos más escabrosos de los tiempos políticos que le correspondieron vivir. Y asombraba la ductilidad de su estilo temperamental, que acostumbraba a verter en el periódico de cada día». Adeflor fue un escritor de pura cepa que no deben olvidar las nuevas generaciones, porque leyéndolo se aprende a mirar con ojos tolerantes la realidad inmediata y a intentar asimilarla sin demasiados prejuicios.

  3. Nota distribuida hoy por la Diputación Permanente de la Junta Regional de la Comunión Tradicionalista de Asturias:

    FALSA «MEMORIA HISTÓRICA»: BORRAR LA MEMORIA

    En la prensa del domingo 19 de octubre aparece la noticia de que una «comisión de la memoria histórica, constituida a iniciativa de la Federación Socialista Asturiana» propone la retirada de numerosos monumentos, recuerdos y placas de toda Asturias. A pesar del aura de novedad que intenta dársele nuevamente, es lo mismo que lleva haciéndose desde hace más de treinta años. Con el agravante de que ahora intenta imponerse a todos, también a la Iglesia, y que está detrás la nada velada amenaza de depuración judicial y política y de represalias económicas.

    Los miembros de la Comunión Tradicionalista Carlista de Asturias están en una posición privilegiada para opinar sobre este asunto. Porque, ciertamente, los carlistas de 1936 se alzaron contra la opresión del Frente Popular, el mismo Frente Popular que había acabado, en su deriva revolucionaria, con la República sectaria y atea (una República contra la que también habría hecho falta alzarse, pero que en julio de 1936 ya había muerto, a manos de socialistas, comunistas y anarquistas; a manos de los mismos PSOE y PCE que ahora la reivindican con total cinismo). Se alcanzó la victoria contra la Revolución pro soviética, y ningún carlista pedirá perdón por ello. Como no pedirá perdón por haber acabado con la persecución religiosa, con el dominio de las calles por las bandas criminales de los partidos y sindicatos de izquierda, con el terrorismo de Estado. Pero la Comunión Tradicionalista Carlista fue marginada y perseguida por el franquismo. Lo fue de verdad, a diferencia de los numerosos socialistas que se integraron sin problemas en FET y de las JONS, a diferencia de la mafia sindical de la UGT que se integró en los sindicatos verticales franquistas. A diferencia de los que hoy reivindican una falsa República idealizada, cuando ellos estuvieron beneficiándose de sus cargos y prebendas en el régimen franquista hasta hace treinta años.

    Por eso los carlistas de Asturias denunciamos las presiones del nuevo Frente Popular –con el silencio colaboracionista del PP– para retirar el recuerdo –el poco que queda– de los muchos asesinados por la persecución roja en Asturias y de los que murieron para poner fin al terror revolucionario; y por sustituirlo por una historia completamente inventada, en la cual resultan inocentes y benéficos quienes llevaron a Asturias y a España al enfrentamiento, a la guerra y a la destrucción –piénsese en la Revolución de 1934, en el sitio de Oviedo, en los asesinados de las iglesias gijonesas del Sagrado Corazón y de San José, en la Cámara Santa de la Catedral, en la Audiencia, en la Universidad, en las miles de víctimas–.

    Esperamos de las autoridades eclesiásticas que no cedan una vez más al chantaje; y de quienes se erigen ahora en jueces de la historia, que recuerden que, si de verdad desean deshacerse de la herencia del franquismo, empiecen por el actual Jefe del Estado, Juan Carlos, sucesor de Franco, y por la Constitución de 1978, promulgada con el escudo del águila que ahora se empeñan en hacer desaparecer.

  4. Carta al director de La Nueva España.

    Respeto para los restos mortales de Franco
    José Luis Velasco Coto (Gijón)

    Durante los años cuarenta, cincuenta, sesenta y setenta, a los lectores de LA NUEVA ESPAÑA, igual que otros medios, nos informaban con grandes titulares sobre los movimientos del Jefe del Estado como generalísimo, caudillo, invicto, y fotografías de Franco bajo palio, o pescando salmones en el Sella. Fueron casi cuarenta años, varias generaciones de españoles leyendo estas apologías del Salvador de España, y seguro que no estaba una pareja de la Guardia Civil en sus redacciones para obligarles a tales alabanzas.

    Ahora resulta que en LA NUEVA ESPAÑA del domingo día 17 de octubre llaman a los restos mortales de Franco «despojos del dictador». Eso ya es intolerable, para los que conocimos la verdad. La verdad de una dictadura marxista desde el mes de julio de 1936 a octubre de 1937, la verdad del caos que existía en España desde mucho antes de que se sublevara el Ejército contra el Frente Popular, que no contra la República.

    Porque antes de que se sublevara el Ejército, Indalecio Prieto, del PSOE, ya había importado en el Turquesa miles de armas en Pravia, ya habían masacrado a muchos guardias civiles, ya habían volado la Universidad de Oviedo, así como su catedral. Antes de que se sublevaran Franco y el General Mola ya había estado Largo Caballero en el campo de maniobras de Oviedo, formando el ejército Rojo, con mítines bélicos, rodeado de jóvenes armados y amenazando a los obreros que no se unieran a ellos. Antes de que se sublevara el Ejército, en Badajoz, desfilando al frente de 15.000 braceros uniformados y armados, el diputado comunista Antonio Mije amenazaba a la burguesía con su eliminación. Antes de que el Ejército se sublevara, Lluis Companys ya había declarado a Cataluña Estado libre y causado muchos muertos, solo por llevar corbata. Antes de que el Ejército se sublevara ya habían ardido en Madrid muchos conventos, iglesias y colegios, así como el asesinato de muchos religiosos y de gente que no pensaba como los del Frente Popular. Antes de que el Ejército se sublevara ya habían asesinado a don José Calvo Sotelo, diputado y jefe de la oposición. En fin, antes de que el Ejército se sublevara ya existía en España un verdadero caos todo provocado por el Frente Popular para implantar en España una dictadura del proletariado, cuya muestra ya habíamos probado los que caímos en zona roja y rogábamos al Altísimo nos librara de aquella maldición.

    Señores, pido un respeto para los restos mortales del que nos salvó de tanta iniquidad y recuerden los que estas acciones promueven que cuando la Transición se hizo borrón y cuenta nueva, tanto para los que crearon las fosas comunes de Paracuellos y otras muchas como para el otro bando.

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