Un respeto

Don Pelayo

  • Estatua de Don Pelayo en la plaza del Marqués (foto jlmaral)
  • Era de esperar, o de temer. La zafiedad del «jueves de desmadres» dio la salida para que el carnaval oficial y subvencionado se vista de rosa (rosa de pervertidos) y de «alianza de civilizaciones», es decir, de hostilidad a la civilización cristiana. La chusma municipal y espesa se ha permitido un pregonero (Pachi Poncela, de la SER tenía que ser) disfrazado de fraile «inquisidor», y a continuación –no sabemos si inspirados por la dudosa identidad sexual de ciertos concejales, si por la política pro mahometana de la izquierda plural, si por ambas– disfrazando de brasileña la estatua de Don Pelayo en la plaza del Marqués, para regocijo de muslimes y de imbéciles.

    No hace mucho leíamos en la prensa que en Bocairente, en el Reino de Valencia, se había suprimido la quema de «la Mahoma» en sus fiestas de moros y cristianos (pronto de moros y moros, gracias a la «alianza de civilizaciones»). Una más, otra vulneración tiránica de nuestras tradiciones en aras del respeto supuestamente debido a intrusos y enemigos. Cualquier queja de no cristianos, especialmente si son mahometanos, será oída.

    Pues bien, nosotros –gijoneses, cristianos– nos quejamos. Exigimos respeto. ¿Nos harán caso?

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    2 comentarios

    Archivado bajo 02.- Gijón, Política local

    2 Respuestas a “Un respeto

    1. La Nueva España, sábado 17 de febrero de 2007.

      Ruido

      JAVIER MORÁN

      Charangas, mojigangas, comparsas, arlequines, polichinelas, odaliscas, reinonas y disfrazados en general contuvieron un poco la respiración en media España, y pusieron pitos y matasuegras a remojar cuando, hace unos días, un juez de Santa Cruz de Tenerife suspendió las carnestolendas del lugar en estricto cumplimiento de la normativa sobre ruido dada a sí mismo por el Ayuntamiento tinerfeño, que inmediatamente se rasgó las vestiduras al ver en peligro uno de sus mejores reclamos turísticos.

      En un palabra: el Consistorio de Santa Cruz se había dado un pisotón a sí mismo, ya que el problema no era el vecindario quejoso, ni el juez levítico, sino unas normas poco afinadas. En efecto, el Pleno del Ayuntamiento aprobó ayer la suspensión de la normativa del ruido en ciertas calles y durante algunas horas.

      No nos engañemos: el ruido es una de las raíces de Europa. Y el vino, ahora tan puesto en jaque. Y la cerveza -«kervesia»- de los teutones; y la sidra -luego «sicera» romana- de los astures; y la pólvora, que también es ruido, y utilizada convenientemente ha alimentado las guerras de todo Occidente. Todo acaba en ruido. La tamborrada de Calanda, que es como un anticipo del fin del mundo, o la descarga de Cangas, que perfuma el ambiente con olor a pólvora quemada. Alguien lo dijo: es olor a civilización, por paradójico que parezca.

      Como para ponerle coto al ruido de los carnavales, llevados este año por el Ayuntamiento gijonés al salón urbano del paseo de Begoña, bellamente decorado.

      Hay ruidos ordinarios, constantes, de tráfico y de movidas, que son los que torturan a esta villa marinera, especialmente estridente. Y hay ruidos extraordinarios que pueden gozar de indulto, salvo cuando su persistencia desemboca en síndromes de insomnio vecinal, como sucederá con la «Semana negra» mientras el Ayuntamiento no le encuentre el ferial adecuado.

      Por cierto, en estos tiempos de memoria histórica, hay que repasar por qué numerosos ayuntamientos republicanos, como antes hiciera el dictador Primo y después el dictador Francisco, prohibieron los carnavales.

      La referencia a la decoración del Paseo de Begoña, con magnífica iluminación, trae a la memoria la paupérrima y deprimente iluminación navideña que se instaló… Está claro que los políticos del Ayuntamiento aborrecen la Navidad, y que el falso carnaval o antroxu que padecemos es fruto del dispendio de los dineros municipales.

    2. En «La Columna» (antaño «Columna de Gijón»), El Comercio de hoy:

      Pregón

      Óliver Sánchez se dirige a esta Columna para expresar su opinión sobre el pregón del Antroxu: «No dudo que el pregonero lo hiciera con buena fe, pero el contenido del pregón del Antroxu leído el pasado viernes en la plaza Mayor fue, desde mi punto de vista, penoso. Me pregunto si es necesario para hacer presuntas gracias al personal el soltar continuos improperios, tacos y palabras malsonantes, máxime cuando entre el mencionado personal había una amplia representación de niños. Sería imposible y hasta inconveniente reproducir todo el listado de lindezas. Ahora que tanto se cuida de la infancia, ¿quién les tapó los oídos a todos los niños presentes en el pregón? ¿No hay una ley contra eso?».

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