Asturias, pomaradas

Varias veces hemos hablado en Voluntad del abandono del campo asturiano, de sus consecuencias y posibles soluciones. Es agradable encontrar en los periódicos de hoy dos artículos sobre el asunto.

Uno de ellos, en El Comercio. Nos unimos de corazón a la frase final, «Más cultivo y menos golf(os)»:

La Asturias invertebrada

JUAN IGNACIO GONZÁLEZ/

EN los últimos años, hemos asistido a la profundización en la desvertebración territorial de Asturias, iniciada ya en el siglo XIX, y ampliada la brecha territorial con el desarrollismo de los 50 y 60. El paso, a partir de los 80 a una sociedad postindustrial, aunque no en el sentido más moderno del término, y aún con muchas resistencias, y el proyecto de desarrollo territorial y vertebración de las alas de Asturias, tan improvisado (por inexistente) de los últimos veinte años, han ahondado en la brecha económica, entre el centro «rico y poblado» y las alas «pobres y ancianizadas».

Una de las razones, sino la fundamental, para este desajuste económico tan grave como terrible, está en el abandono del sector primario. La apuesta en Asturias se hizo y se hace sobre las infraestructuras del transporte, como si estas resolvieran los desequilibrios. Habrá que recordar que las autovías, sobre todo, sirven para huir (pérdida de población neta) y para pasar (población en tránsito y turismo), y sino que se lo pregunten a las Cuencas que están sufriendo, aún en el centro, un proceso similar.

Las Comunidades que han mejorado sus índices económicos sobre los de Asturias en estos años de ingentes ayudas, lo han hecho sobre la apuesta de recuperar y mejorar sus políticas de desarrollo rural, véanse como ejemplo aquellas comunidades que se han librado del efecto estadístico del crecimiento de la unión europea por su propio esfuerzo y valor al reconsiderar el desarrollo rural como el potencial económico al que hay que volver a mirar si queremos un territorio equilibrado con oportunidades de desarrollo.

Es necesaria una nueva política de desarrollo rural que mejore la calidad de vida, el ejercicio de las libertades básicas y los servicios en esas áreas y facilite legalmente su habitabilidad y la incorporación temporal o definitiva de pobladores, de forma compatible con la conservación y mejora del medio natural y un uso sostenible del territorio.

Fomentando la agricultura, ganadería, silvicultura y acuicultura, con la puesta en marcha del plan estratégico de la agricultura ecológica, con las organizaciones del sector, tanto en las actuaciones prioritarias como la posibilidad de reconsiderar la distribución económica.

Apoyar seriamente la diversificación agraria, potenciando la producción de frutas y hortalizas prioritariamente para el mercado regional, teniendo en cuenta el potencial que representa el hecho que actualmente menos del 3 % del consumo regional de frutas y hortalizas se produce en Asturias.

Serán necesarias actuaciones de apoyo a la producción y comercialización, que garantice el establecimiento de nuevos canales de comercialización específicos y principalmente de tipo corto, controlados por los propios productores y se refuerce la relación productor-consumidor, junto con un desarrollo de una política forestal sostenible integral, que priorice el uso de especies de nuestra área geográfica, que frene a la expansión de los eucaliptos y las plantaciones de coníferas.

Una gran oportunidad en ese equilibrio lo tendrá, también, el desarrollo de los contratos para la conservación del medio natural (Contratos Natura 2000) y de programas de convivencia armónica o simbiótica entre las personas y los animales y plantas, especialmente en el medio rural, y el fomento de las actividades agrarias tradicionales que conserven el paisaje variado de huertas, prados, frutales y bosques autóctonos, eviten los incendios y mejoren la biodiversidad.

Y serán así mismo necesario que se apliquen realmente las medidas agroambientales de tal modo que haya una educación agroambiental y controles que garanticen que quienes perciben las ayudas ejecutan las actuaciones de acuerdo con dichos criterio. Volver a mirar la tierra y no a las autovías conduce al desarrollo. Más cultivo y menos golf(os).

¡Qué difícil resulta encontrar una manzana que sepa a manzana! No menos difícil es tener la seguridad de que no estamos comiendo un fruto envenenado por pesticidas, abonos químicos, conservantes… Si lo que queremos (y deberíamos quererlo) es una manzana asturiana de verdad, se está convirtiendo en casi imposible. De la sidra, ni hablemos: al fin y al cabo, el Gobierno planea casi prohibírnosla. A pesar de alguna limitación, iniciativas como la que sigue merecen aplauso. En «Mar y campo» de La Nueva España:

Páginas de manzano

Tres expertos elaboran un manual en el que explican a detalle el cultivo de las variedades de sidra y mesa

Oviedo, M. J. IGLESIAS

Uno de los grandes retos del campo asturiano es rentabilizar al máximo la producción de manzana de sidra. El deficiente cuidado de los árboles ha sido uno de los escollos para recoger fruta abundante y de calidad. Con el objetivo de poner claridad en el panorama de las pomaradas, Manuel Coque Fuertes, Belén Díaz Hernández y Juan Carlos García Rubio han elaborado un manual sobre el cultivo del manzano, en sus variedades de sidra y mesa.

Los distintos capítulos del libro, patrocinado por el Consejo Regulador de la denominación de Origen Sidra de Asturias recogen la clasificación botánica de los manzanos, ciclos, exigencias climáticas, propagación y patrones, variedades, técnicas de plantación, poda, vecería y aclareo, mantenimiento del suelo, abonado, riego, enfermedades y plagas, recolección y pautas de conservación. El libro ha sido escrito por Manuel Coque Fuertes, uno de los mayores expertos en fruticultura aplicada de la UE; Juan Carlos García Rubio, uno de los técnicos con más experiencia en cultivos frutales, y María Belén Díaz Hernández, profesora de la Escuela Politécnica Superior de la Universidad de Santiago.

Los autores ponen de relieve que el sector ha ido decreciendo en las últimas décadas. Los años setenta fueron los de mayor auge en el cultivo del manzano. A medida que fueron incrementándose los cultivos forrajeros y el de manzano de sidra, el de mesa fue perdiendo interés. A pesar de eso, insisten en que las condiciones climáticas de Asturias son muy adecuadas para conseguir frutos de gran calidad y de exquisito sabor, cada vez más demandados.

En el apartado del manzano de mesa, la obra aclara las pautas de cultivo de diversas variedades comercializadas a nivel mundial. También se refieren a clones típicos asturianos, como carapanón, mingán, reineta o chata, que podrían tener un nicho de mercado bastante importante, al menos entre los consumidores asturianos.

Los autores del libro estiman que el sector está en auge, tanto en cantidad como en calidad. La demanda sigue superando a la oferta en los años pares, debido al problema aún no resuelto de la vecería. La solución no es fácil, pero no imposible, ni única. Depende de varios factores entre los que sobresalen la genética, el tamaño de los frutos, el sistema de cultivo y cuidados culturales como el aclareo, riego, abonados, o podas. Además, hay que tener en cuenta que las variedades de sidra son especialmente sensibles por el pequeño tamaño de sus frutos, su gran vigor o la dificultad de poda. Los expertos estiman que será posible paliar la alternancia de cosechas si se hacen plantaciones con patrones reducidos que permitan realizar las labores de cultivo desde el suelo. En definitiva, los autores estiman que es posible mejorar considerablemente la producción anual a lo largo de los años.

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8 Respuestas a “Asturias, pomaradas

  1. Hoy en La Nueva España. No lo suscribimos todo, pero en conjunto es interesante:

    Conservación de la naturaleza y modelo agroecológico para Asturias

    JAIME IZQUIERDO

    Explicadas las causas que relacionan crisis del paisaje natural y abandono de la agricultura tradicional parece obligado buscar las soluciones en el ámbito de su confluencia, esto es, en la agroecología. La reconciliación entre el campesino y la naturaleza podría concretarse considerando, al menos, cinco aspectos: la definición de los ideales paisajísticos, o lo que es lo mismo, el modelo «canónico» de medio natural al que aspiramos; la gestión de los espacios naturales y los prototipos de explotación agropecuaria, y de manejo de las especies silvestres; los programas formativos y de inserción profesional pertinentes; la determinación de los contingentes de gestión suficientes y, por último, la financiación de esta nueva política.

    La definición de los «paisajes canónicos» es, sin duda, la primera tarea importante para la conformación de un modelo agroecológico regional. El canon, por etimología, hace referencia a las reglas que establecen «la norma o manera de hacer algo». En el caso de los paisajes de ganadería de montaña, el ideal estético y funcional «puede interpretarse como un sistema de uso del suelo dirigido más a mantener la estabilidad a largo plazo que a obtener la máxima producción, en un contexto donde las aportaciones externas de agua, energía o fertilizantes son mínimas» (G. Bernáldez, 1985).

    A esta visión del componente cultural y humano del paisaje natural se han acercado también Martínez de Pisón (2004), Gómez Mendoza (1997), Ortega Valcárcel (1998) o Capel (2005). Al igual que buena parte de la comunidad científica, que en los últimos años ha manifestado la necesidad de emprender reformas en la política de conservación de la naturaleza sobre la base de «parámetros humanos y patrimoniales» (Serrano, 2004), «salvaguarda y mejora de las tramas rurales del paisaje» (Mata, 2004) o de «cultura del territorio» (Parra, 2006).

    Sin embargo, y a pesar de su trascendencia, la aproximación a los modelos canónicos de los paisajes naturales en Asturias no es demasiado compleja. Basta con observar las trazas de los paisajes actuales, su evidente vinculación a los usos ganaderos extensivos y la pervivencia, hasta hace apenas unas décadas, de una variada gama de sistemas tradicionales y así obtener la información necesaria para construir el nuevo modelo de relación entre economía agraria y ecología de los recursos naturales.

    Los trabajos de etnografía (Joaco López, Armando Graña, Museo del Pueblo de Asturias), de antropología (Adolfo García), etnobotánica (Matías Mayor), análisis geográfico regional (Francisco Quirós, Manuel Maurín, Amalia Maceda, Fermín Rodríguez, Felipe Fernández), economía agraria (Jesús Arango, José Manuel Naredo, Pablo Campos, Cándido Pañeda), recursos naturales (INDUROT), completados con la perspectiva de la ecología cultural -por cierto, ausente en la investigación universitaria asturiana-, serían suficientes para ayudarnos a definir los modelos locales de gestión campesina del territorio.

    En segundo lugar, tendremos que plantear nuevas orientaciones de gestión en los espacios naturales, dedicando una especial atención al manejo agropecuario de los recursos naturales y su relación con las especies silvestres y con el territorio.

    Pero antes es preciso superar el actual marco conceptual en la política de conservación de la naturaleza, constreñido por los aspectos biológicos de la misma y escasamente afín a los propósitos de la ecología cultural. Esa limitación le ha impedido aproximarse a la componente agroecológica del territorio, lo que acabó por restringir su capacidad normativa sobre los recursos naturales a las especies de fauna y flora silvestres, al acotamiento de espacios para su «protección» y, en definitiva, a unas propuestas de gestión del paisaje desarraigadas de la realidad histórica, económica, social y cultural del campo.

    Algo parecido, y en dirección contraria, se podría decir de la visión industrial de las políticas agrarias, incapaces en el pasado, más que en el presente, de promover la modernización de las explotaciones desde una lógica, valga la redundancia, ecológica.
    En consecuencia, estamos obligados a pensar en nuevos prototipos de explotación agropecuaria, orientada tanto a la producción ecológica de calidad como a la gestión del paisaje natural. Por paradójico que pueda parecer, estas nuevas estructuras que reclamamos tendrán más parecido, en su aspecto funcional y estético, con las caserías tradicionales que con las explotaciones agrarias surgidas desde la perspectiva industrial. Eso no supone, obviamente, un viaje al pasado, sino una revisión inteligente de la historia agroecológica del país y una rehabilitación de los valiosos conocimientos campesinos para volver a vincular huerta, terrazgo y monte desde una perspectiva que incorpore pluriactividad, autoestima, confort y supere la penalización de la vida en el campo.

    En tercer lugar, y asumida la necesidad de definir cánones y procedimientos innovadores en la gestión de los recursos naturales, cabe preguntarse ¿de dónde van a surgir los nuevos campesinos?, ¿cómo formar a los nuevos gestores del territorio y a los nuevos profesionales del campo? También en este asunto el tema es más que preocupante.

    Hace unos meses recibí una invitación de Carlos Pérez, director del IES de Luces -en el que se ofrece formación de la familia profesional de la rama agraria- para impartir una conferencia. En su carta decía que ante el abandono del campo, la oferta formativa reglada de ganadería y hortofruticultura había desaparecido. Añadía más adelante, «mantenemos todavía un ciclo formativo de gestión y organización de los recursos naturales y paisajísticos, debido a que esta titulación es necesaria para las oposiciones a la guardería del Principado». La conclusión es más que evidente: los estudiantes de Luces prefieren ser funcionarios en los espacios protegidos antes que ganaderos.

    Sin embargo, en el planteamiento en el que estamos tratando de redefinir la política de conservación de la naturaleza y la gestión agroecológica de los recursos naturales, el déficit no está tanto en los guardas sino, y sobremanera, en los campesinos.

    Reformar los programas de estudio de la formación profesional agraria para adaptarlos a estas nuevas ideas, a mitad de camino entre la producción ecológica y la paisajística y, sobremanera, ofrecer un futuro profesional más enriquecedor y estable a los nuevos campesinos, superador de las penurias que sufrieron sus padres y abuelos, puede servirnos para señalar nuevos objetivos.

    En cuarto lugar, es preciso hacer referencia a los contingentes, a las funciones y a los protocolos del nuevo trabajo campesino. Es decir, al número de explotaciones con las que podríamos garantizar una gestión equilibrada del ecosistema y a las tareas que deben desarrollar para el mantenimiento del paisaje. Concretaré la idea: ¿con cuántas unidades de pastoreo y con qué contingentes ganaderos de ovino, caprino y vacuno de vocación quesera podemos gestionar «canónicamente» los puertos, las cuestas y los invernales de los Picos de Europa? ¿Cuántas y qué distribución deben tener las colmenas en Fuentes del Narcea? ¿Cuánto rozamos y cuánto dejamos que se «eche a monte»? ¿Qué métodos y qué tecnologías pueden ayudarnos a restar penosidad e incrementar la ecoeficiencia del trabajo?

    Para avanzar en estas propuestas podríamos ensayar su aplicación en entornos como el Parque Natural de Somiedo. No en vano, con más acierto que error, ya desde su origen se ha planteado el equilibrio entre actividad agropecuaria y gestión de las especies silvestres y en eso radica, precisamente, el éxito tanto de su estrategia de conservación como de la aceptación social de la misma.

    Entre la sobreexplotación agraria de principios del siglo XX y el abandono en los prolegómenos del XXI encontraremos, sin duda, la respuesta a los contingentes ideales, al número de guardas y al número de campesinos/gestores de los recursos naturales, con el que podemos garantizar una gestión más o menos canónica de los espacios protegidos.

    Por último, para incentivar la implantación de las nuevas explotaciones campesinas y para retribuir los servicios ambientales que prestan -es decir, los beneficios que para la conservación del medio generan con su trabajo-, necesitamos plantearnos, por una parte, cuánto nos costaría la implantación de esta política de conservación del paisaje y, por otra, de dónde sacaremos la financiación.

    La Unión Europea ha sido hasta la fecha la principal fuente de financiación. En el futuro, una estructura financiera de la empresa campesina ajustada a la disponibilidad de los recursos locales y a la introducción en mercados de calidad, una intervención pública que retribuya los servicios ambientales prestados por las empresas campesinas, o las cooperativas de servicios agroambientales y -por qué no- un sistema de ecotasas, vinculado al uso turístico de los espacios protegidos, podrían constituir las tres patas de la financiación del nuevo modelo agroecológico propuesto.

    Pero para que todo esto eche a andar necesitamos tanto voluntad política, para emprender las reformas necesarias, como capacidad para explicar a los ciudadanos que la conservación de la naturaleza, la gestión de los recursos naturales y el desarrollo rural son interdependientes y deberían ser diseñados, pensados y gestionados en una estructura y en una lógica común de «medio rural».

    Es hora de retomar las tres políticas, de repensarlas de forma radical, para que emanen las contradicciones y podamos crecer solventando los desencuentros del pasado industrial. Pongámosnos a la tarea ahora, a las puertas de un nuevo siglo, de un nuevo período de programación de fondos estructurales y de una nueva legislatura.

    Jaime Izquierdo es jefe del departamento tecnológico del Servicio Regional de Investigación y Desarrollo Agroalimentario (SERIDA).

  2. No estamos de acuerdo con todos los términos de esta reseña en La Nueva España de hoy, pero sí creemos que merece una lectura detenida:

    Crónica de una verdad incómoda en los Picos de Europa

    JOSÉ ANTONIO VEGA

    Bajo ese título aparece un libro escrito por Jaime Izquierdo y Gonzalo Barrena sobre cien años de desencuentros entre naturaleza y cultura en la montaña asturcantabraleonesa. En ese desencuentro, los marqueses, funcionarios y políticos que han gestionado el parque nacional han ignorado a la comunidad de pastores que habita el territorio desde hace 6.000 años. El libro, que ha agotado su primera edición en tres meses, fue amadrinado en su presentación madrileña por la ministra de Agricultura, Elena Espinosa. La publicación se presenta hoy en el Club La Nueva España en las Cuencas en colaboración con la asociación cultural Cauce del Nalón.

    En la presentación del libro, Jaime Izquierdo y Gonzalo Barrena insisten en que no es un texto de historia ortodoxa, ni un ensayo filosófico, ni una nueva teoría de ecología, ni un tratado de etnografía, ni un boceto de desarrollo sostenible. Y tienen razón porque no es propuesta única, sino que incluye algo de todas, haciendo un repaso a más de 6.000 años de presencia de los pastores en los Picos de Europa y poniendo en evidencia la necesidad de una renovación conceptual y una reforma en el campo de la denominada conservación de la naturaleza. Se trata de un colectivo que ha sido menospreciado, ninguneado o tratado con caridad cristiana, como los pobres que piden en las puertas de las iglesias. Pero aquí la capilla les pertenece desde que comenzaron a acompañar a sus rebaños hace miles de años. Este camino milenario está marcado por el relieve, el clima y las estaciones, un recorrido en el que aparecen pueblos, praderías, invernales y majadas. Un camino que recorrían mil pastores a comienzos del siglo XX y que no llega a doce en la actualidad.

    Por eso en las 436 páginas del libro queda claro que las actividades ganaderas en Picos no han perjudicado la conservación del espacio como opinan los gestores del parque nacional. Simplemente porque la montaña no es sólo un hecho biológico, sino también cultural. Así que los artífices de esa conservación han sido los pastores, en la medida que han facilitado el mantenimiento de los ecosistemas y reequilibrado las relaciones entre poblaciones de especies silvestres. Y si no que se lo pregunten a los urogallos que se acercan a las praderías a alimentarse de los insectos que a su vez se acercan a las vacas que pertenecen a los pastores. Pero el texto no sólo hace visible el papel de los pastores, sino que reivindica a sus mujeres, ya que en múltiples ocasiones se hacían cargo de la reciella (ganado menor).

    Los objetivos que se plantean en el libro se acercan a los de las misiones pedagógicas organizadas por la Institución Libre de Enseñanza durante la II República. El origen de las misiones hay que buscarlo en la abismal diferencia que existía entre la ciudad y el campo. Pues bien, el libro de Jaime y Gonzalo se convierte en una propuesta de Misiones Pedagógicas para urbanitas, políticos y funcionarios, incluso para marqueses. Los autores nos proponen visibilizar una realidad oculta durante casi un siglo y recuperar las opciones de un pensamiento rural capaz de definir estrategias locales de desarrollo. Y teniendo siempre en cuenta que los que saben y conocen el territorio son los pastores y no necesariamente los universitarios expertos en el tema. Por eso los autores, que pasaron muchas horas entre ellos, se convierten en mediadores entre la realidad actual y su tránsito al futuro. Comparten teoría con nuestros vecinos franceses que ya proponían hace ya unas décadas integrar y considerar a las culturas rurales en la toma de decisiones sobre el territorio, porque entendían que el conocimiento campesino no era inferior al científico, sino distinto.

    Y esa relación del libro con la Institución Libre de Enseñanza no es una intuición que descubra un lector preocupado por la historia de la educación en este. país. Pronto se descubrirá la importancia de dos personas, los hermanos Alvarado, que en el año 1911 recorrieron los Picos de Europa para la realización de un estudio sobre industrias lácteas. Desprovistos de todo tipo de prejuicios y centrados en la observación y exploración del entorno, Juan y Ventura, relacionados con la Institución a través de la Escuela Mercantil y Agrícola de Villablino, elaboraron un informe que casi un siglo después sigue manteniendo actualidad por sus recomendaciones y propuestas. Ellos veían a los Picos como una unidad geográfica con diversidad quesera, observaron una visión integrada del paisaje en formato P (pastos, pastores, paisaje y paisanaje), plantearon la importancia estratégica del ganado autóctono y propusieron una modernización de los procedimientos queseros tradicionales.

    Así escrito parecería la propuesta de algún candidato de la circunscripción oriental para las autonómicas del próximo mayo. Lo triste es que después de tantos años son propuestas arriesgadas que no gustan a las tres modas de gestión ambiental del parque nacional: la aristocracia, la tecnocracia y la biocracia. Jaime y Gonzalo hacen un recorrido por estos tres estilos El primero tiene como cabeza visible a Pedro Pidal, marqués de Villaviciosa, promotor del parque nacional en 1918 y que bebe de corrientes conservacionista de Estados Unidos, buscando la naturaleza original, pero construyendo carreteras para contemplarlas. El segundo estilo de gestión llega con la dictadura franquista utilizando el Parque como un mero reclamo turístico al servicio de la clase sociedad urbana. Esta gestión contempla que la única naturaleza de la montaña es la forestal, dándole además un tomo místico religioso que los autores denominan movimiento conservacionista nacional catolicista. La gestión democrática coincide con las anteriores en sacar a las personas del medio, centrando esfuerzos en exhaustivos censos de flora y fauna y dejando de lado la decadencia de la cultura campesina de montaña.

    Izquierdo y Barrena son conscientes de que el libro puede generar incomodidad, básicamente porque abre un debate. Concluyen su propuesta recordando que si las gentes pastoras supieron construir el valioso patrimonio cultural de los Picos en situaciones extremas, es hora que se reconozcan los milenios de evolución ininterrumpida y la acumulación de saber, es el momento de que los gestores desarrollen una nueva mirada, atenta y urgente. Puede parecer utópico, pero como dice Eduardo Galeano la utopía sirve para caminar y los pastores de Picos llevan seis mil años haciéndolo.

    José Antonio Vega es director de formación de Valnalón y coordinador del Club LA NUEVA ESPAÑA en el Nalón.

  3. Carta al director de La Nueva España de hoy:

    Martínez de la Grana, periodista del campo
    Manuel Rodríguez García

    El pasado día 5 de febrero el periodista asturiano Fernando Martínez de la Grana falleció en Madrid a los 91 años.

    Aunque la muerte sea inevitable en toda existencia, siempre sorprende. Es difícil escribir unas líneas para expresar el sentir hacia uno de esos hombres buenos y nobles que encontramos en la aventura de la vida. Ha dejado el testimonio de una fecunda vida y una labor caracterizada por su pasión por Asturias. Sus obras, ensayos, editoriales y artículos, dedicados sobre todo a analizar la riqueza agropecuaria, serán referente permanente al estudiar el sector ganadero. Con corazón generoso, entregaba su pluma al servicio de la ganadería y de los procesos de su economía. También se distinguió en la defensa de la Dirección General de Ganadería y de la obra veterinaria de Félix Gordón Ordás.

    En 1975, el Colegio Oficial de Veterinarios del Principado de Asturias le había nombrado colegiado de honor por la constante y brillante trayectoria profesional y dedicación encomiable en favor de la sociedad asturiana.

    Supo dejar huella de su buen quehacer periodístico como director de la revista «Ganadería» y del semanario «La Mesta», prestigiosas publicaciones de amplia difusión en los medios agrarios. Tuvo un profundo compromiso por la verdad en tiempos difíciles de expresarla. Además de periodista era doctor en Ciencias Económicas y Políticas. Su enorme tarea fue reconocida con numerosas distinciones.

    Fernando Martínez de la Grana, con quien tuve el honor de colaborar, solía acoger en sus publicaciones los escritos y referencias de nuestra tierra asturiana. Ahí quedan su obra y su talante comprometidos con la verdad y que siempre conservaremos en el corazón.

    Manuel Rodríguez García es veterinario (León).

    • Mar y Campo, semanal de La Nueva España:

      La vaca viajera
      La asturiana de los valles es la raza vacuna autóctona presente en más autonomías, en 13
      Varios ejemplares de la especie se crían en Argentina y se cruzaron con cebús en Colombia

      Oviedo, María José IGLESIAS

      En Asturias viven casi medio millón de vacas. De ellas más de 100.000 son asturianas de los valles, la raza vacuna autóctona, que se ha convertido en la más «viajera» de España.

      Las reses que habitan desde hace siglos en la región han pasado de estar en riesgo de extinción, en los años ochenta, a ser las más extendidas en la Península, con presencia en trece comunidades.

      Las asturianas han colonizado la piel de toro, tal como señala Ángel Castañón, secretario general de la Asociación Nacional de Criadores de la Raza Asturiana de los Valles (Aseava).

      La distribución por España es desigual. En algunas regiones la presencia es testimonial, en otras gana cada vez más peso como productora de carne. De las 3.817 ganaderías censadas oficialmente por Aseava, entidad que preside Maximino Ron, la mayoría están en Asturias, donde se asientan 3.308 de las totales.

      Después del Principado, Cantabria, con 190 ganaderías, es la región en la que habitan más reses asturianas. Le sigue en importancia Castilla y León, con 159; Galicia, con 96; el País Vasco, con 25, y Extremadura, con vacas astures en 24 explotaciones.

      También se encuentran asturianas de los valles en Castilla-La Mancha, Navarra, Valencia, Andalucía, Murcia y Cataluña. Las características de la raza han seducido incluso a ganaderos como el criador de toros de lidia Vitorino Martín, que hace unos años visitó el concejo de Somiedo para llevarse un lote de vacas a sus fincas del sur de España.

      La asturiana ha dado el salto fuera de España. Aseava ha enviado ejemplares a la Argentina y a México. Se les ha perdido la pista pero se sabe que sus descendientes se han mezclado con las razas locales. Una de las últimas experiencias ha tenido lugar en Colombia, donde se han cruzado con cebús. Maximino Ron recalca que el resultado son unos terneros con carne de calidad excelente.

      Aunque el censo oficial de reses autóctonas suma 100.000 ejemplares, en el libro genealógico de la Asociación de Criadores solamente están inscritos 52.000 animales, todos con una exquisita pureza genética acreditada. Estas vacas con pedigrí son la base sobre la que se sustenta el desarrollo y la evolución de la raza.

      Aunque la cifra parezca reducida en relación con el censo total, Castañón indica que es la más alta de España dentro de las razas vacunas autóctonas.

      La media de reses controladas por libros genealógicos en casos como la Rubia Gallega o la Retinta andaluza es de 30.000 ejemplares. La evolución ha sido notable. Las vacas controladas oficialmente en el libro genealógico apenas sumaban 25.000 en 1986.

      Tanto Castañón como Ron están de acuerdo en recalcar la importancia de que las reses estén controladas en los libros genealógicos. «Cuantas más, mejor, es la base de la selección y la mejora genética de una raza», indican.

      A las vacas puras se une una significativa población de animales cruzados. Solamente en Asturias habitan más de 30.000 reses que llevan sangre asturiana en mayor o menor porcentaje.

      La expansión de la raza de los valles contrasta con la de sus primas hermanas, las asturianas de la montaña o casinas. En la región hay 614 ganaderías y unos 18.000 animales inscritos en el censo de la raza. De ellos, solamente 4.600 tienen acreditada pureza racial.

      Por eso las casinas aún tienen la consideración de reses en peligro de extinción. Mientras que asturiana de la montaña se asienta exclusivamente en la zona oriental -entre Cangas de Onís y Llanes tienen casi el 50% del censo-, la de los valles tiene una distribución más homogénea por todo el territorio regional. Cangas del Narcea es el municipio con mayor censo, con el doce por ciento de la población total.

      La ganadería de vacas de cría en Asturias es sensiblemente diferente de la del resto de España. Mientras que en la inmensa mayoría de regiones predominan razas extranjeras como Limusin y Charolés y sus cruces con razas autóctonas como retinta, moruña, avileña, rubia gallega o la propia asturiana de los valles, en el Principado la base de las ganaderías de carne son reses autóctonas.

      El alto rendimiento en producción de carne, gran secreto de la raza asturiana
      Maximino Ron recalca que las vacas autóctonas tienen poco hueso, escasez de grasa y mucho músculo

      ¿Qué tiene la asturiana de los valles que la hace tan especial? Esa es la gran pregunta que se hacen los profanos en materia ganadera y que contesta sin dudar Maximino Ron, el presidente de los criadores. Para él, ganadero de Cangas del Narcea, el gran secreto de la asturiana es el ofrecer un altísimo rendimiento en la producción de carne. El rendimiento por canal es superior al del resto de las razas porque las reses autóctonas tienen poco grueso, mucho músculo y una reducida cantidad de grasa. Esa configuración «atlética» se ha ido forjando en el tiempo con una alimentación basada en pastos naturales y una forma de vida con intensas «caminatas» por los prados y montes asturianos. Maximino Ron opina que a pesar de su enorme expansión por España y sus incursiones en América, a la raza asturiana no se le hace justicia. «Creo que no se la valora al cien por ciento, a lo mejor es porque el modo de producción de la carne la encarece y eso a veces desanima al consumidor».

      Ángel Castañón no pasa por alto la extraordinaria capacidad de las reses autóctonas para adaptarse a duras condiciones climáticas y orográficas. Explica que la raza asturiana es la mejor adaptada al medio regional, ya que llevan cientos de años de proceso de selección de los animales mejor adaptados. Añade que las vacas pueden jugar un papel esencial en el aprovechamiento de las 300.000 hectáreas de prados y pastizales asturianos.

      En un estudio realizado por la Universidad de Zaragoza, en casi todos los aspectos la carne de la asturiana de los valles supera a las demás razas españolas. La única pega es la escasez de engrasamiento en el caso de los terneros culones. El gran objetivo de los criadores es conseguir un incremento de las ventas de la carne que cuenta con una marca de calidad europea. Ron reconoce que en otras comunidades se publicitan más los productos propios. «Una buena campaña publicitaria sería genial para publicitar nuestra carne». De momento, la asturiana resiste en los prados.

      Nacionalismo vacuno

      Las reinas de los pastos

      En Asturias apenas existen cebaderos intensivos de terneros. La inmensa mayoría de las vacas de cría son de razas autóctonas asturianas (asturiana de los valles y asturiana de la montaña) que se ceban en los pastos.

      Singularidad

      Esto es una singularidad de la ganadería de que en el resto de España la presencia de razas extranjeras en la ganadería de carne es muy notable. Los ganaderos de Asturias han puesto freno a la entrada de razas extranjeras y se han decantado por las autóctonas.

      Un lugar en la historia

      La historia de la ganadería asturiana indica que existió una importante cabaña ganadera asturiana en los siglos pasados. También hay constancia de que a finales del siglo XIX se constituyeron sociedades de ganaderos para mejorar las razas. En 1910 se elaboraron reglamentos de concursos ganaderos. En el año 1929 aparecieron los primeros libros genealógicos de las razas asturianas y se llevó a cabo un control del rendimiento lechero con 5.000 vacas de razas asturianas.

  4. En El Comercio de hoy:

    Los apicultores alertan de que la falta de abejas amenaza el medio natural

    La escasez de agentes polinizadores limita el brote de frutos con los que se alimentan el oso y el urogallo

    MARCO MENÉNDEZ ma/GIJÓN

    A medio y largo plazo el Principado de Asturias puede dejar de ser el paraíso natural de las guías turísticas. Muchas especies vegetales están desapareciendo y con ello se ven amenazadas especies de animales emblemáticas en la región, como el oso, el urogallo o el águila. En la naturaleza todo es una cadena y está empezando a fallar uno de sus primeros eslabones. Casimiro Sixto Muñiz es el presidente de la Asociación Gijonesa de Apicultores (AGA) y alerta sobre los problemas que está ocasionando la falta de protección de las abejas y el acusado descenso en el número de colmenas, lo que repercute en una menor polinización de las especies vegetales y el consiguiente, aunque paulatino, cambio de la capa vegetal de Asturias.

    El problema radica en que sólo existen las abejas que cuidan los apicultores, pues las silvestres han desaparecido: «Desde 1986, a las abejas les afecta un ácaro que las mata. Por eso, los apicultores las tenemos que desparasitar anualmente. Ya han desaparecido todas las colmenas silvestres que existían», asegura Casimiro Sixto Muñiz.

    Esta circunstancia, unida al abandono de la actividad agrícola y la presión a la que los apicultores aficionados se ven sometidos por las diferentes legislaciones, han hecho que el número de colmenas existentes en la región descienda de las 65.813 censadas por el Marqués de la Ensenada hace más de cien años a la mitad. Una de las particularidades de los apicultores asturianos es que tienen pocas colmenas. Sin embargo, están muy diseminadas, lo que favorece que las abejas tengan un radio más amplio para poder polinizar flores.

    A pesar de todo, la población es escasa, y la naturaleza se resiente. Frutos de alta montaña como el arándano silvestre han visto reducida su presencia en Asturias en un 50% en los últimos 30 años. Además, la mano del hombre se ha encargado de eliminar otros insectos que contribuían a la polinización, a base de fumigar las plantaciones agrícolas.

    De esta circunstancia también son conscientes otros colectivos, como los cosecheros de manzana, los lagareros, el Colegio de Ingenieros Agrónomos o el Serida. Esta unión ha hecho que las autoridades del Principado hayan comenzado a tomar conciencia de la importancia que las abejas tienen para Asturias.

    Pero falta implicar a los ayuntamientos. Incluso los desarrollos de los planes generales de ordenación urbana pueden llegar a ser un problema para la apicultura, pues no permiten la presencia de colmenas en las inmediaciones de zonas en las que se pueden desarrollar zonas residenciales. «Si en Gijón se van a hacer casas en la parroquia de Vega, ¿qué pasa con las pumaradas de Granda? ¿Quién las va a polinizar?», se pregunta el presidente de AGA. Además, las autoridades municipales también ponen trabas para conceder permisos, al tiempo que cobran hasta 90 euros por una licencia, a los que hay que añadir otros 20 por el libro ganadero que otorga la Consejería de Medio Rural y Pesca, ya que las abejas están consideradas ganado menor y, como tal, hay que censarlas.

    Un insecto «importante»

    Precisamente, en esta semanas se termina el plazo concedido por la Administración para que los apicultores censen sus enjambres en cumplimiento de una normativa de la Unión Europea. La posibilidad de que en algunas zonas rurales los campesinos no se hayan enterado de esa obligación y de que se puedan imponer sanciones inquieta a Casimiro Sixto Muñiz, ya que «muchos pueden dejar su actividad apícola, con lo que todavía disminuirá más el número de este importante insecto».

    Asturias no es una región productora de miel. La actividad sólo cubre el consumo propio o, como mucho, algunos negocios de venta al por menor. Por eso, cualquier traba administrativa que a los apicultores puede hacer que quienes la ejercen decidan prescindir de esa actividad, que sólo es complementaria para su economía.

    En la actualidad, la federación asturiana de apicultores cuenta con unos 1.200 asociados, pero con una media de catorce o quince colmenas por cada uno. Eso sí, «en Asturias tenemos la máxima calidad del producto, ya que, como no nos corre prisa para recoger la miel, sólo lo hacemos cuando las abejas cierran las celdillas de los panales, lo que quiere decir que está en óptimas condiciones», asegura el presidente de AGA. «La cristalización de la miel es síntoma de calidad, de que es natural. A partir de 45 grados de temperatura empieza a perder propiedades. Por eso, la miel que está licuada no es buena. Hay que tener cuidado incluso al ponerla al baño maría», indica Casimiro Sixto Muñiz.

  5. Hoy en La Nueva España, más sobre la desaparición de las abejas.

    ¿Por qué desaparecen las abejas?

    En España se han perdido 9.000 millones de insectos en los últimos años según un fenómeno universal, atribuido a diversos factores aunque ninguno aún definitivo

    Misterio. Es la palabra que utilizan incluso los expertos a la hora de encarar la desaparición masiva de abejas. En EE UU han dado la voz de alarma recientemente, pero en España ya se conocía bien el problema y se estima que han desaparecido 9.000 millones de abejas. El cambio climático, los nuevos insecticidas y los teléfonos móviles son tres candidatos entre docenas a explicar el fenómeno que puede limitar drásticamente la polinización y amenazar a la humanidad

    Oviedo, J. N.

    Las abejas desaparecen. Se diría que es un título sacado de un relato de ciencia ficción, pero es así. Y desde hace años. El fenómeno se produce con fuerza últimamente en EE UU y quizá de ahí su popularización. Pero en España es tan conocido como relativamente antiguo y difícil de atajar. A la hora de las hipótesis explicativas se barajan muchas, pero ninguna convincente.

    En su día, Einstein dijo que «si desaparecieran las abejas, al hombre sólo le quedarían cuatro años de vida: sin abejas no hay polinización, ni hierba, ni animales, ni hombres». Un pronóstico que sonaba a maldición y que se está empezando a cumplir.

    Pero ¿por qué desaparecen abejas? Unos afirman que se debe a los insecticidas, a las nuevas modalidades de plaguicidas, que afectarían a unos animales tan laboriosos y sociales como sensibles a los cambios. También se considera como factor de incidencia negativa el transporte comercial de colmenas para polinizar diferentes territorios. Los transgénicos y la modificación genética de las plantas para producir en mayor cantidad y calidad los alimentos tampoco se escapan de las sospechas. En Alemania especialmente se considera como causa más que probable de la desaparición misteriosa de las abejas la creciente actividad de los teléfonos móviles y de las ondas electromagnéticas asociadas al funcionamiento de los celulares. Sobre todo se pone el acento en las antenas, ya que administran elevadas potencias que podrían interferir en el sistema natural de navegación de las abejas, desorientándolas e impidiendo su regreso a las colmenas. Y es que una de las opiniones más extendidas es que las abejas, por la causa que sea, se pierden, no saben volver y mueren agotadas.

    En España el problema es bien conocido, aunque no muy popular. En Castellón ya han alertado de que en diez años la provincia se va a quedar sin abejas. Al ritmo actual, cada año desaparecen cerca de 150 millones de insectos de las colmenas establecidas en ese territorio. La opinión más extendida allí es que el fenómeno es una consecuencia negativa más del cambio climático. El experto Enric Simó destaca que «10.000 panales al año se ven afectados por esta situación, conocida como síndrome del despoblamiento», de forma que si el censo es de 100.000 panales, en sólo 10 años podrían desaparecer en su totalidad en Castellón. Efectivamente, la provincia pierde cerca de 150 millones de abejas al año, teniendo en cuenta que cada colmena debe tener, como mínimo, 15.000 insectos para estar en equilibrio.

    Pero hay más posibilidades. Una destacada es la barrosis, enfermedad que afecta a la apicultura a nivel mundial desde 1985 y sigue siendo un azote. También el agente patógeno conocido como «Nosema ceranae», que según investigadores de Castilla-La Mancha, comunidad muy afectada, «ha saltado de especie, de la asiática a la europea, y hasta que ésta se acostumbre la está diezmando».

    En España se han despoblado 300.000 colmenas que tenían unos 9.000 millones de insectos. Francisco Puerta, especialista en apicultura de la Universidad de Córdoba, destaca que «ningún factor se basta por sí solo para explicar la mortalidad, pero todos pueden contribuir. El origen del problema es sutil y crónico, no agudo».

    Por su parte, el biólogo Antonio Gómez Pajuelo apunta el debilitamiento de las abejas debido a años de sequías o heladas. «Los animales tienen que volar mucho para comer y beber, lo que les genera un especie de estrés» que les acorta su vida. Las abejas se renuevan continuamente. En invierno, con poca actividad, pueden vivir hasta cuatro meses. En primavera, no más de dos meses y medio, y en el otoño, normalmente con mayor sequía, aumenta la mortalidad. «Una abeja vive unos 800 kilómetros. En otoño llega a recorrer hasta 20 kilómetros diarios y perece a los 40 días», explica el experto.

    «Un tercio de cada culín de sidra se lo debemos a las abejas»

    «Si desaparecen en España habrá pérdidas de 11.500 millones de euros»

    Oviedo, J. N.

    Ana Quero es profesora titular de Zoología de la Universidad de Oviedo y está especializada en el estudio de las abejas.

    -¿Qué ocurre con las abejas?, ¿por qué desaparecen?

    -Si supiese qué ocurre patentaría una solución y ganaría mucho dinero. La cuestión es que han desaparecido de 24 Estados de EE UU y todo el mundo habla de eso. Pero hace dos años ocurrió en Extremadura lo mismo. Los americanos lo llaman desorden por colapso de las colmenas. Los extremeños, síndrome de desabejamiento. Es lo mismo. Mueren normalmente entre un 5 y un 10 por ciento del total al año. Ahora esa cifra crece. Encuentran colmenas vacías, con la reina y poco más, con miel, o sea, con alimento pero sin abejas.

    -¿Dónde están?

    -No se sabe. No se encuentran los cadáveres. De ahí el misterio. Lo peor es que ayudan a la polinización, son clave, y si desaparecen en España habría pérdidas por valor de 11.500 millones de euros.

    -¿Qué hipótesis barajan?

    -Hay varias. Quizá la más convincente es la que apunta a ciertos insecticidas que alteran la conducta de las abejas. Se está empleando una molécula, el fipronil, mil veces más tóxica que las convencionales. Y el imidacloprid, utilizado desde 1999, también es tóxico.

    -¿Qué más?

    -Se habla de la influencia de algunos transgénicos que incorporan el «Bacillus turingiensis», que afecta a las abejas. O de virus desconocidos. O del agente «Nosema ceranae». O de la acción negativa de los teléfonos móviles. O de los cambios que se producen en las manchas solares.

    -¿Hasta qué punto es grave el problema?

    -Han muerto el 40 por ciento de las colonias. España tiene el 21 por ciento de las colmenas de la UE, es el país que más tiene. El 80 por ciento de la polinización se hace a través de los insectos, y de esos insectos, el 80 por ciento son abejas. La biodiversidad depende de esa polinización. Todo depende de la polinización que hacen las abejas. Es Asturias se está notando poco el problema, aunque ya me ha venido a visitar gente para ver si los podía ayudar. En Galicia el problema es mucho mayor. De todos modos, insisto, la polinización es la clave, porque la miel se puede comprar por ejemplo a China, más barata, aunque no sabría hablar de su calidad y control. Lo que no se puede suplir con nada es la polinización, y de eso depende todo. Un tercio de cada culín de sidra se lo debemos a las abejas, porque la manzana depende de ellas, de la polinización que facilitan, como sucede con el resto de las frutas.

    • «Mar y Campo», La Nueva España:

      CARLOS MARÍN BARCAIZTEGUI
      Presidente de la Federación de Apicultores (FAPI)
      «La apicultura está infravalorada en Asturias, no cuenta con apoyo institucional»
      «No se entiende que los apicultores no tengan espacio para sus colmenas con tanto monte público sin uso»

      OVIEDO, ANA PAZ PAREDES

      Carlos Marín Barcaiztegui es, desde hace unos meses, el presidente de FAPI, la Federación de Asociaciones de Apicultores de Asturias, de la que forman parte, como asociados, alrededor de 800 apicultores de los 1.400 que hay en toda la región. La necesidad de unión entre los profesionales, la reclamación de más atención institucional para los apicultores y la necesidad de un control sanitario de las colmenas para evitar la propagación de enfermedades son algunas de las cuestiones que más le preocupan.

      -¿Qué característica tiene la apicultura en Asturias que la diferencia de otras partes del país?
      La apicultura que se hace en Asturias es diferente a la del resto de España. La nuestra es más de complemento a la renta agraria y autoconsumo. En Asturias no hacemos trashumancia con las abejas, los colmenares se tienen siempre en el mismo sitio. Un apicultor que tiene, por ejemplo, 140 colmenas, no puede vivir de esta producción. Para ello se necesitan por lo menos entre 400 y 500 colmenas, además de tener que vender colmenares y comercializar todo tipo de productos, no sólo miel, también y por ejemplo, el polen, el propoleo o la jalea real.

      -¿La abeja en Asturias es de una especie concreta?
      No, en absoluto. La abeja que tenemos es la «Apis mellifera» o abeja doméstica europea. Es común a toda España.

      -¿Cuántos apicultores hay registrados en Asturias?
      Entre 1.200 a 1.400. En el Occidente hay una menor concentración de asociados aún siendo zonas de mucha tradición apicultora como es el caso de Boal, Allande, Degaña o Ibias. Donde hay más registrados es en la zona centro. Donde más asociados profesionales hay es, por ejemplo, en Lena y Aller.

      -¿Entre los servicios de la Federación que preside, cuáles destacaría como primordiales?
      En la Federación recibimos una subvención para realizar tratamientos de lucha contra la varroa desde la colmena número uno. También existe un servicio técnico para atender los problemas de los asociados tanto sanitarios como de manejo de los animales. Hay dos veterinarios, uno de ellos soy yo, que visitamos las colmenas y si hay algún tipo de enfermedad no sólo asesoramos sobre el tratamiento a seguir sino que también hacemos a posteriori un seguimiento de los colmenares. La varroa es la principal enfermedad que afecta de forma grave a las abejas. No olvidemos que el Gobierno obliga a realizar un tratamiento al año y nosotros hemos conseguido que nos lo subvencionen. La sanidad es algo prioritario y todos los colmenares tendrían que tener derecho a estar saneados.

      -¿Cuáles son los principales problemas de los apicultores en Asturias?
      La apicultura en Asturias está infravalorada porque no contamos con ningún tipo de apoyo institucional. Por otro lado, como muchos apicultores no viven de las abejas, igual a nivel grupal nos falta un poco más de iniciativa. Está muy claro que tenemos necesidad de espacio, no tenemos sitios donde colocar nuestras colmenas; hay que ponerlas a cierta distancia de núcleos de población, donde no molesten. Sin embargo, hay un amplio territorio en Asturias que no tiene ningún uso. Es el caso, por ejemplo, de las grandes extensiones de montes públicos, por ejemplo, ahí tenemos Ibias o Degaña, donde los brezales han recuperado su espacio. Creemos que una forma de apoyar al apicultor es que se realicen convenios con los ayuntamientos para la instalación de colmenares en dichos montes. En Asturias, a largo plazo, la ganadería del futuro son las abejas que, además y al mismo tiempo, favorecen la polinización contribuyendo así a mantener los espacios protegidos.

      -¿Preocupa la lenta desaparición de las abejas obreras?
      Por supuesto. La desaparición de las abejas se conoce como el «síndrome de desabejamiento» o «trastorno del colapso de las colonias». Las abejas salen en busca de comida pero no regresan, dejando abandonada a su suerte a la abeja reina. Esto se deduce porque no aparecen abejas muertas en los colmenares pero sí se constata su desaparición. Hay todo tipo de hipótesis pero ninguna clara, desde una enfermedad que debilite la colmena hasta que se pueda deber a un componente de los pesticidas que las desorienta y ya no saben volver a la colmenar, muriendo por el camino.

  6. La Nueva España:

    La mampostería y el cultivo de la manzana
    Una modalidad de contrato que puede coadyuvar a reavivar el interés por las pomaradas
    IGNACIO ARIAS
    LETRADO DE LA JUNTA GENERAL DEL PRINCIPADO

    LA NUEVA ESPAÑA de ayer se hizo eco de los problemas que afectan a las pomaradas y que han determinado, entre otras consecuencias, que su superficie se haya reducido en la última década en más de un 50%.

    Los expertos del sector apuntan como causas fundamentales de esta drástica reducción la falta de relevo generacional, la escasa rentabilidad del cultivo de la manzana, las plagas de ratas y topillos y la fuerte competencia de los mercados externos de otras comunidades que ofrecen el fruto a bajo precio.

    El cultivo de la manzana ha tenido en Asturias una importancia notable, no sólo para su consumo en su forma natural, sino como materia prima para la elaboración de la sidra.

    Y precisamente por esa importancia se desarrollaron también formas tradicionales de explotación en torno al denominado contrato de mampostería.

    El término mampostería proviene del latín manum ponere, y significa acción de poder o autoridad para plantar en terreno ajeno.

    El contrato de mampostería constituye una variedad consuetudinaria de la aparcería agrícola sobre árboles frutales que, aunque también aplicable a las fincas con nogales y castaños, adquiere su auténtica carta de naturaleza referido al cultivo de la manzana, y consiste en que se concede a un tercero una tierra para que se roture y plante de este fruto, recibiendo el dueño, generalmente, la mitad del que produzca y el plantador la otra mitad del fruto del vuelo y los demás productos del suelo, extinguiéndose con la muerte del arbolado, plazo que tradicionalmente se fija en unos treinta años.

    Los vestigios de esta figura ya nos los puso de manifiesto Prieto Bances, para quien este contrato nació de la costumbre existente en Asturias por la que las partes dividían por mitad lo plantado de buena fe, y aun de mala fe si se obtenía el perdón, solucionando así de forma armónica la lucha entre el principio de la propiedad y el principio del trabajo o, lo que es lo mismo, entre el Derecho Romano clásico, que recogía el principio de la accesión en el dominio de los árboles, y el Derecho Germánico, en cuya concepción árboles y suelos son objetos diferentes y pueden pertenecer a distinta persona.

    Prueba de la generalización del contrato de mampostería, de la que se hace eco Tuero Bertrand, son los numerosos documentos de los siglos XIII y siguientes otorgados en los concejos de Infiesto, Villaviciosa y Colunga, donde el cultivo de la manzana se desarrolló fomentado por los monasterios para aumentar las pomaradas y con ellas la producción de sidra.

    La costumbre se extendió a las Asturias de Laredo y fue también frecuente en Galicia.

    En Cataluña este contrato se asemeja a las plantaciones denominadas a rabassa morta, en las que el cultivo era de vides y por plazo de cincuenta años.

    Como no podía ser de otra manera, la Compilación del Derecho Consuetudinario Asturiano se hace eco de este contrato en Asturias, del que se ofrece el concepto tradicional que vincula la duración del contrato a la vida del árbol, y el concepto evolucionado que se refiere exclusivamente al pago en especie de la recolección de la manzana.

    El contrato tradicional se define como aquel mediante el que el propietario de una finca la cede a otra persona para que la roture, en su caso, y plante árboles, por lo general manzanos, vides u otros frutales, a cambio de entregarle la mitad de la cosecha.

    En su concepto evolucionado y vigente en muchos lugares de Asturias, el contrato de mampostería es aquel por el cual el propietario de unas fincas dedicadas al cultivo de manzanos acuerda con otra persona la recogida de la cosecha pagándole su trabajo con la mitad de la misma, una vez descontados los costes de su porte hasta el lagar y de acuerdo con los precios fijados con el propietario del lagar por la compra total de las cosechas.

    La duración del contrato alcanza la vida productiva de los árboles y vides, extinguiéndose, en consecuencia, con la muerte de los mismos.

    El arrendatario, en la modalidad tradicional, puede aprovechar complementariamente las utilidades productivas de la finca, hierba y pasto, siempre que dicho aprovechamiento no dañe el cultivo principal, asumiendo la obligación de realizar las labores de plantío, cuidado y abonado de los árboles y corriendo con los gastos que de ello se deriven.

    Quizá la revitalización de estas modalidades del contrato de mampostería pudiera coadyuvar a reavivar el interés por el cultivo de la manzana y asegurar así que uno de nuestros productos más emblemáticos -la sidra- siga haciéndose con manzanas asturianas.

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