Buenas y malas Compañías

En La Nueva España de Gijón de hoy, Javier Morán dedica un artículo al septuagésimo quinto aniversario de la expulsión de la Compañía de Jesús por la Segunda República. Incluye testimonio y fotografía del Padre Gumersindo Treceño Llorente, profesor muchos años del Colegio de la Inmaculada y consiliario de su Asociación de Antiguos Alumnos. (El Padre Treceño, por cierto, es primo del gran misionero de Alaska, el también jesuita Padre Segundo Llorente Villa, de cuyo nacimiento se cumplieron cien años el pasado 18 de noviembre).

Aquel régimen sectario, la ahora mitificada II República, sólo trajo calamidades a España y a Gijón. Entre esas calamidades, y a la vez muestra de una voluntad totalitaria y anticristiana, estuvo la expulsión de los jesuitas y el expolio de su patrimonio. El daño que se hizo a la enseñanza y a la cultura (no a esa culture que la izquierda ha patrimonializado, sino al cultivo de las artes, las ciencias y las letras), además de a la vida espiritual, fue incalculable. Cuando ahora vemos cubierta de andamios, tras estar desatendida mucho tiempo, la ex jesuita iglesia del Sagrado Corazón, la Iglesiona, conviene recordar que el primer intento de golpe de Estado republicano, el de 1930, se «celebró» en esta villa con su quema, por parte de socialistas. Socialistas que ahora están empeñados en quitar las placas que recuerdan a los que en 1936 padecieron cautiverio en esa iglesia y fueron asesinados, por su condición de católicos (varios de ellos se habían educado con la Compañía de Jesús).

Hubo jesuitas que se quedaron, a la intemperie, para seguir atendiendo a los fieles. Muchos de estos fueron martirizados, en la Revolución de 1934 y durante el terror rojo que se desencadenó en febrero de 1936.

En el artículo, que a continuación reproducimos, se congratulan porque actualmente esa fobia a la Compañía de Jesús ha desaparecido, y el hábito de perseguirlos parece cosa del pasado. Pensamos que es fácil de explicar. La línea oficial y dominante Compañía, hoy en completo retroceso (el abandono de sus casas de Gijón, entre las que hay que contar el colegio, que no puede considerarse ya un colegio de jesuitas, es buena muestra de ello), entregada primero al modernismo (este año, por cierto, se cumple el centenario de la encíclica antimodernista por excelencia, Pascendi de San Pío X), por el que su línea oficial perdió la fe, y luego al progresismo más desnortado, se ha convertido en exactamente lo contrario de lo que fue siempre la congregación fundada San Ignacio de Loyola. Son, de hecho, colaboradores objetivos de los sostenedores del dogma de lo políticamente correcto, la doctrina del Nuevo Orden Mundial. Así que, en realidad, lo que queda de los jesuitas, en contra de sus antecesores, en contra de sus constituciones, en contra de la Fe que les justificaba y a la que tan bien defendieron, está ahora del lado de los epígonos de aquella triste II República. Que, seguramente sin calcularlo, contribuyó a ello. En 1932 la Provincia de España era la mayor, con diferencia, de la Compañía de Jesús. Se mantenía ortodoxa, mientras que el modernismo había penetrado otras provincias, especialmente en Estados Unidos, Francia y Bélgica. A Francia y a Bélgica precisamente fueron enviados muchos de los jesuitas en período de formación cuando su disolución en España. Al ir alcanzando puestos de importancia éstos (alrededor de la década de mil novecientos cincuenta), la Compañía empezó su curva descendente. Hoy la doctrina predominante entre sus restos es mezcla de criticismo bíblico alemán, superstición psicoanalítica, explicaciones sociológicas y deseo obsesivo de adaptarse al mundo. Es decir: entre el protestantismo y el ateísmo.

(Se entiende mal, por cierto, que en el artículo se entrecomillen las palabras destierro y desterrado, como para quitarles importancia).

1932: la última disolución de los jesuitas

El religioso salió «desterrado» fuera de España, a Bélgica, donde continuó sus estudios

Los colegios de la Compañía de Jesús en Oviedo y Gijón cerraron su puertas hace 75 años a raíz del decreto de la República que prescribía la disolución de la orden religiosa creada por San Ignacio de Loyola. Los jesuitas abandonaron sus edificios en toda España, que fueron objeto de incautación, y dejaron de vivir en comunidad. Los jóvenes de la orden abandonaron el país para continuar con sus estudios en países como Bélgica. Fue el caso de Gumersindo Treceño, de 93 años, uno de los pocos que aún viven para contar su periplo europeo. Treceño reside desde hace más de 50 años en el Colegio de la Inmaculada de Gijón. Ayer atendió a LA NUEVA ESPAÑA y mostró el pasaporte que aún conserva, vestigio de aquel momento republicano.

Gijón, J. MORÁN

Gumersindo Treceño, jesuita de 93 años, afincado en el Colegio de la Inmaculada de Gijón desde hace medio siglo, aún conserva el pasaporte con el que cruzó la frontera de Francia, por Hendaya, el 1 de febrero de 1932. Su viaje y «destierro», junto a otras decenas de jóvenes jesuitas, era consecuencia del decreto promulgado por el Gobierno de la República el 23 de enero de 1932 -hoy se cumplen 75 años- sobre la disolución de la Compañía de Jesús y la incautación de sus bienes.

En ese momento había en España 2.987 jesuitas que atendían 40 residencias, ocho universidades y centros superiores, 21 colegios de Segunda Enseñanza, tres colegios máximos -para la formación de sus miembros-, seis noviciados, dos observatorios astronómicos, cinco casas de ejercicios espirituales y 163 escuelas de Enseñanza Primaria o Profesional. Unos 6.800 alumnos en todo el país recibían la educación de la Compañía.

El citado decreto afectó en Asturias a sendos colegios en Oviedo y Gijón, a la residencia del Sagrado Corazón -la Iglesiona-, y a la Fundación Revillagigedo, ambas en la villa de Jovellanos.

El periplo del padre Treceño refleja lo que sucedió entonces con los jesuitas jóvenes en formación, mientras que los formados y los veteranos disolvían sus comunidades, aunque por lo general permanecían acogidos en domicilios de familias amigas y en lo posible mantenían otras actividades que no fueran las educativas.

Treceño contaba 19 años en enero de 1932. Leonés de origen -de Mansilla la Mayor-, estudiaba en Salamanca, según relató ayer a LA NUEVA ESPAÑA. «En la casa de formación del paseo de San Antonio éramos unos 300 jesuitas. Yo había hecho los votos cuatro meses antes y estudiaba Humanidades, lo que los jesuitas llamamos “juniorado”».

Llegado el día de la partida, «nos subimos a unos vagones reservados y al pasar por el barrio salmantino de Los Pizarrales unos muchachos apedrearon el tren». Junto a Treceño viajaban aquel día hacia Bélgica jesuitas asturianos como «el padre José María Patac, José Monasterio o los hermanos Scola».

Al llegar el tren a Hendaya «nos recibió el padre Carvajal, provincial de la Compañía y comisario para toda España en casos especiales como aquél. Me impresionó ver vestido de paisano a un hombre como él, jesuita de los pies a la cabeza. Nos despidió y partimos para Arlón, capital de la provincia de Luxemburgo, en Bélgica».

«Allí residimos unos días en una casa de ejercicios, hasta que pasamos a un “chateau” en Meerbeke, al sur de Bruselas. El día que llegamos salió la parroquia entera a recibirnos con una cruz en alto, como si recibieran a mártires. Entramos a la Iglesia y el párroco nos dijo: “Por favor, recen ahora el Padrenuestro en castellano, que es la lengua de Santa Teresa”».

Dos meses después «nos trasladaron a Marquain, también en Bélgica, junto a la frontera francesa y cerca de Lille, o Lila, según su nombre castellano». Treceño estudió «mucho griego y latín, y humanidades en general, y después Filosofía en Marneffe, Lieja. Allí vivíamos en un “chateau” enorme, dentro de un bosque. Pese a todo, aquello era maravilloso».

El decreto de disolución de la Compañía era fiel cumplimiento del célebre artículo 26 de la Constitución republicana aprobada el 9 de diciembre de 1931. En dicho artículo, entre otras medidas, se establecía: «Quedan disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes».

Era una forma indirecta de prescribir la supresión de la Compañía, cuyos miembros, aunque no todos, profesan el cuarto voto, de obediencia al Papa.

El argumento del cuarto voto no era del todo nuevo. Estaba en el argumentario habitual contra la Compañía desde hacía 150 años. El jesuita Manuel Revuelta, profesor de la Universidad de Comillas e historiador de la Compañía en sus etapas moderna y contemporánea, explicó ayer a este diario las circunstancias de la disolución de 1932.

«La verdad es que en la Compañía ni nos hemos acordado de este aniversario. Aquello no se ha repetido y se ha roto el hechizo de que los jesuitas fueran expulsados de España con cada gobierno liberal, democrático, progresista o republicano». Revuelta señala que «el catálogo de disoluciones contiene las de 1820, 1835 -tras la matanza de frailes-, 1868 y 1931. De haber seguido ese péndulo histórico, durante la transición de 1975 tendrían que habernos disuelto».

El historiador precisa que «todas la crisis españolas con la Iglesia se dirigieron en primer lugar contra la Compañía, y ya desde Carlos III se manejaron diversos argumentos que aquel rey guardó en su pecho, pero que fueron recogidos en el informe del asturiano Campomanes».

En 1773, el Papa Clemente XIV recibió presiones de los reyes de Francia, España, Portugal y las dos Sicilias, y suprimió la Compañía en todo el mundo. «Los motivos de Campomanes se hicieron moneda corriente en la publicística posterior sobre los agravios de los jesuitas», agrega Revuelta.

«La proximidad al Papa era una causa cuando la República puso a la Iglesia en el banquillo. Su influencia social era importante, cosa que no sucedía, por ejemplo, con las monjas de clausura, a las que se les dejó en paz», señala el historiador, que añade: «Sobre todo se pretendía prohibir la enseñanza religiosa, según aquella frase de Azaña de que “frailes sí, pero que no enseñen”».

Sin embargo, «a la Compañía se la disolvía por todo, ya que no contaba con tantos colegios -veintiuno- y sus alumnos no llegaban a siete mil. Pero la República temía la mentalización general que los jesuitas trasmitían en sus residencias, congregaciones marianas o círculos obreros».

En este marco general, la suerte de las casas de jesuitas en Asturias sería escasa. La iglesia del Sagrado Corazón de Gijón, hoy basílica, había ardido en diciembre de 1930 -tras el levantamiento de Jaca- y permanecía cerrada. El Colegio de la Inmaculada había cerrado en mayo de 1931, al mes de la proclamación de la República. Los jesuitas intentaron volver a la actividad a finales de ese año, pero en enero de 1932, tras el decreto, abandonaron la comunidad y el Gobierno Civil de Oviedo se incautó del edificio.

En cambio, la Fundación Revillagigedo, en el barrio gijonés de El Natahoyo, mantuvo la docencia por tratarse de una entidad benéfica docente, con escuelas populares muy pujantes, cuya dependencia legal de la Compañía no era plena.

En Oviedo, el colegio emplazado en la finca del doctor Roel -hoy solar del Instituto Alfonso II-, cerró en enero de 1932. En esas fechas los jesuitas reciben la visita del general Francisco Franco: «Tengan confianza en Dios, que no tardarán en volver».

El cardenal asturiano Francisco Álvarez lo dijo en cierta ocasión: «La Compañía de Jesús es como el Ave Fénix; siempre resurge de sus cenizas».

El padre Gumersindo Treceño volvió con sus compañeros jesuitas a España el 10 de octubre del 36. El 3 de mayo de 1938 Franco manda promulgar un decreto por el que derogaba el del 23 de enero de 1932. Setenta y cinco años después, Treceño comenta: «Todo aquello está olvidado; no hay rencor ninguno, pero la persecución religiosa de aquellos años fue muy fuerte».

Nótese, por cierto, a pesar de lo comentado más arriba, qué extraordinaria enseñanza recibían –y transmitían– los jesuitas antes de su desastre definitivo al albur del Vaticano II. Nótese también la sorpresa que producía ver a un jesuita vestido de paisano…

La anécdota de la visita del General Franco al desaparecido colegio de Oviedo en 1932 parece pertenecer a la leyenda piadosa posterior: por aquel entonces Francisco Franco era de notoria indiferencia religiosa. El patrimonio de la Compañía no le fue devuelto con el Decreto de 1938, sino que fue recuperado poco a poco y con dificultades. Para recuperar el colegio de Gijón, varios años después, hizo falta la intervención del Ministro de la Guerra, el General Varela, a instancias del que sería su primer rector de postguerra, el Padre Juan Lamamié de Clairac, para vencer la oposición de otros miembros del Consejo de Ministros.

Hoy Gijón está necesitado de un colegio al estilo de los antiguos de la Compañía, fiel a la Ratio Studiorum ignaciana, que forme verdaderas élites. Pero no lo hay.

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Archivado bajo 02.- Gijón, 07.- Enseñanza

3 Respuestas a “Buenas y malas Compañías

  1. Continúa hoy en La Nueva España contando Javier Morán la trágica historia de la expulsión y el expolio de la Compañía de Jesús por la II República. Una salvedad: la histeria antijesuita no fue de «la villa de Jovellanos», sino de un Ayuntamiento revolucionario que días antes se había posesionado de la casa consistorial, defendida por el alcalde Claudio de Vereterra y Polo y por el concejal carlista Rufino Menéndez González hasta que el Gobierno alfonsino, en su cobarde abandono, ordenó al Alcalde «entregársela a las turbas». El incendiario Tuero, muerto en la Iglesiona el año anterior, era, por cierto, socialista.

    Gijón, a la cabeza de la expulsión jesuítica

    Sólo tres días después de proclamarse la República, la villa de Jovellanos pidió ya a todas las capitales de España y al Gobierno que liquidaran la Compañía

    Gijón, J. MORÁN

    El párrafo lo dice todo: «Que este ilustre Ayuntamiento de Gijón se dirija a los de las capitales de provincia solicitando se adhieran a la proposición que en su día se envió al Gobierno provisional de la gloriosa República en demanda de expulsión de esa banda de aprovechados comisionistas espirituales que responde al nombre de Compañía de Jesús».

    El texto lo firmaba el concejal gijonés José Suárez, y hace referencia al telegrama que el Consistorio de la villa de Jovellanos remitió el 17 de abril de 1931 -tan sólo tres días después de la proclamación de la República- al presidente provisional, Niceto Alcalá Zamora, para que los jesuitas fueran disueltos y así «evitar alteraciones de orden público, pues ya ha tenido esta Alcaldía que intervenir para apaciguar excitados ánimos contra la citada comunidad religiosa».

    Con estas misivas, Gijón tomaba la iniciativa nacional de reclamar la liquidación de la Compañía, aun antes de que lo estipulase la Constitución republicana aprobada el 9 de diciembre de 1931, y de que lo ejecutara el decreto del 23 de enero de 1932, fecha de la que ayer se cumplió el 75.º aniversario.

    A los escritos de Gijón, dirigidos tan tempranamente a otros ayuntamientos, responden varios consistorios, como se recoge en un expediente conservado en el archivo municipal. Ceuta felicita a la Corporación gijonesa «por haber sido la iniciadora del acuerdo de solicitar la expulsión inmediata de los jesuitas». Se adhieren Pamplona y Barcelona, entre otros. También lo hace Málaga, pero muestra cierto pique: «Este Ayuntamiento había adoptado con anterioridad al de Gijón el acuerdo de pedir la disolución de las órdenes religiosas y la expulsión de la Compañía».

    Pese a ello, la ciudad de Gijón se colocaba en primera línea antijesuítica, aunque ya lo había hecho antes, cuando ardió la Iglesia del Sagrado Corazón -la Iglesiona, hoy basílica- el 15 de diciembre de 1930. Era el primer templo que se quemaba en la España prerrepublicana, con el Gobierno Berenguer. Sucedió durante la jornada de huelga general tras los fusilamientos de Galán y García Hernández, que se habían sublevado en Jaca y habían proclamado la República.

    Aquel día, los manifestantes entraron en la Iglesiona y montaron una pira bajo el primer arco del templo. Antes o después de ello -según versiones- un hombre apellidado Tuero murió de un disparo que se atribuyó, sin investigación o confirmación oficial, a un padre o a un hermano de la Compañía. La Iglesiona se convertía así en la primera casa clausurada de los jesuitas, y la muerte de Tuero permaneció durante meses en el recuerdo de los gijoneses. Hasta el punto de que el citado concejal Suárez solicitó el 6 de mayo de 1931 que el Gobernador Civil de Oviedo, «en vista de los insistentes rumores que circulan, se sirva ordenar una inspección de la residencia y colegio de los jesuitas a fin de comprobar si en dichos locales se ocultan armas, cosa muy posible pues en el primero de dichos lugares se ha ocasionado recientemente una muerte en la cual para nada han intervenido los dioses y sí las mortíferas armas de fuego».

    Quema de conventos

    Cinco días después de esta petición se producía en toda España la tristemente célebre «quema de conventos». Entre el 11 y el 13 de mayo de 1931, casi un centenar de templos y casas religiosas resulta incendiado o saqueado en Málaga -41 iglesias-, Madrid -11 edificios, entre ellos el ICAI y la casa profesa de los jesuitas-, Sevilla -cuatro-, Cádiz -cuatro-, Jerez -cinco-, Valencia -21 edificios-, etcétera.

    Esos mismos días en Gijón también se producen desórdenes, aunque no se llega a las llamas. Los jesuitas habían reforzado las defensas del Colegio de la Inmaculada en marzo de 1931, a la vista de lo sucedido meses atrás con la Iglesiona. Habían levantado la tapia de la huerta de dos a tres metros, además de colocar alambradas en las vidrieras de la iglesia y blindar las puertas exteriores.

    Así llegó la noche del 13 al 14 de mayo, durante la cual se produjeron varios conatos de asalto al colegio y al convento de las Reparadoras, en Begoña. Los miembros de la comunidad de jesuitas se arremangaron, prepararon calderos de agua y echaron arena junto a las puertas, para absorber e inutilizar la gasolina que los asaltantes derramaban, según narran algunas publicaciones posteriores de la Compañía.

    Al día siguiente, 14 de mayo, el rector, Valerio Agüero, decide cerrar el colegio y los jesuitas de la comunidad abandonan el edificio por la tarde, vestidos de paisano y entre insultos de manifestantes. Los religiosos son acogidos en domicilios de familias gijonesas amigas. Se adelantaba de este modo, también en Gijón, el cierre de casas jesuíticas que al año siguiente impondría el decreto del Gobierno republicano.

    Calmados los ánimos, los jesuitas volvieron a la Inmaculada en septiembre e iniciaron el curso con 230 alumnos, pero sin régimen de internado y en modalidad de escuela gratuita. No obstante, al llegar enero de 1932 se produciría la disolución de la Compañía en todo el país. El decreto expulsor era del día 23, y el 31, domingo, se celebró en la iglesia de la Inmaculada la despedida de los jesuitas, con unos 3.500 fieles asistentes. Los días 2 y 3 de febrero, los hijos de San Ignacio abandonan el centro.

    Antonio Pérez, ex profesor de la Universidad de Comillas y hoy bibliotecario del colegio, vivía entonces en Gijón y tenía 5 años, pero «me quedó grabado que un día de aquellos vi a mi madre salir de casa para ir a misa. “Hoy no es domingo”, le dije, y ella respondió: “Sí, pero voy a la última misa que van a decir los jesuitas, porque hoy se van”».

    El veterano periodista gijonés Juan Ramón Pérez Las Clotas, también niño entonces, recuerda que su padre, Víctor Manuel Pérez Las Clotas, presenció aquella salida de los jesuitas y se la contó después: «Había conmoción en los ambientes católicos gijoneses; los religiosos llevaban paquetes bajo el brazo, ni siquiera maletas, y les recogieron algunos coches privados y taxis». La vida en comunidad quedaba proscrita por el decreto y los jesuitas, como el año anterior, pasaron a vivir a domicilios de familias amigas o de párrocos de la ciudad.

    La misma conmoción se produjo esos días en Oviedo. Un folleto editado en 1943 por la Compañía narra que tras la disolución, «la población entera desfila por nuestra casa». Entre ellos acuden Carmen Polo y su marido, Francisco Franco, que dan ánimos a los religiosos. Un decreto de Franco iba a restaurar en España la Compañía en 1938.

    En Oviedo era rector del colegio el padre Desiderio Sánchez y Alfredo Martín, el prefecto. El centro educativo ovetense estaba en la finca del Doctor Roel, hoy calle de Calvo Sotelo, esquina con la de Santa Susana. Los jesuitas ovetenses también se dispersan y son acogidos por familias particulares. Las clases a los alumnos se mantienen hasta terminar ese curso. Se imparten en la academia La Mutua, hasta que el gobernador manda cerrarla.

    En Gijón, «parte de los alumnos son llevados al norte de Portugal, para continuar las clases en un hotel, en Curía; otros asisten a clase en la academia Jareño, creada por militares depurados por la ley Azaña», relata Las Clotas.

    Al abandonar el Colegio de la Inmaculada, a las nueve y media de la mañana del día 3 de febrero, el rector Agüero le entrega las llaves a Manuel Antonio González del Valle, que había sido el primer alumno ingresado en el centro, en 1890. A las ocho y media de la tarde de ese día, el gobernador, Alonso Mallol, se incauta del edificio en presencia del notario Santiago Urías. A mediodía, se había incautado del de Oviedo.

  2. El Comercio, 1 de febrero de 2007

    Viejo Gijón

    Hace 75 años (1932)

    Una comisión de obreras acudió a la Alcaldía para entregar al señor Fernández Barcia una carta dirigida al presidente de la República, suscrita por numerosas madres, cuyos hijos reciben asistencia gratuita en el Colegio de Padres Jesuitas. Ruegan que no se lleve a cabo la marcha de la Compañía de Jesús. Dicen que como obreras van a las fábricas y los hijos son recogidos en el colegio, donde reciben completa instrucción gratuita, que sus padres están agradecidísimos y que de marcharse sus hijos quedarán abandonados.

  3. Ah, aquellos tiempos de tolerancia, libertad y primavera republicana… El Comercio de hoy. Está mal redactado, pero se entiende. (Las negritas son nuestras).

    Viejo Gijón

    HACE 100 AÑOS (1908)

    Fiesta del Corazón de Jesús y otras historias

    La comunidad de Madres Agustinas y el primer centro del apostolado de la Oración establecido canónicamente en esta villa celebrará mañana su fiesta tradicional consagrada a Jesús en el Santísimo Sacramento (Corazón de Jesús).

    HACE 75 AÑOS (1933)

    Los apedreadores

    En esta festividad, Gijón aparecía engalanado con colgaduras blancas, en el centro de ellas, alegorías al corazón. Así, el vecindario dio una vez más testimonio cristiano y amor divino. Esta manifestación religiosa provocó en algunas se quitaran estas colgaduras. Pero, como no fue seguido ese mandato infiel, comenzaron los escarnios de palabras y hechos como es apedrear los balcones engalanados. Al darse cuenta que todo ello era un oprobio para la ciudad, los agentes municipales procuraron la calma.

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