La lenta agonía de nuestro campo

Ese es el título de un artículo de Luis Díez Tejón en El Comercio de hoy, que viene a ser una glosa a la noticia que reproducíamos en Voluntad anteayer. Merece leerse:

Es de esas noticias que se cuelan inadvertidas entre la agobiante frondosidad de la política, sin que apenas merezca más que una lectura efímera y rápidamente sobrepasada por la actualidad. Y sin embargo debería quitar más de un sueño a quienes rigen el devenir de esta tierra. Resulta que el campo asturiano ha perdido, en los últimos treinta años, ciento ocho mil empleos. Escrito así tiene la asepsia de un dato estadístico, con escasa capacidad de interpelación, pero conviene leerlo de nuevo para darnos una idea de lo que supone. Que en una región tan pequeña como la nuestra, un sector productivo haya sufrido la pérdida de más de cien mil trabajadores supone un desastre económico, un fracaso radical, una gran pregunta y una convulsión social. No una convulsión callejera y mediática, como sería si se tratara del sector industrial, sino callada y constante, en forma de migración continua, despoblamiento rural e incremento paulatino de la macrocefalia regional. Es que estamos hablando del sector primario, humilde y poco dado al ruido.

Expertos habrá que hagan análisis complejos de las causas últimas, pero uno se atreve a afirmar que en definitiva se reducen a muy pocas. Por un lado, una orografía ingrata, que no posibilita espacios amplios y cómodos para desarrollar los trabajos y que deriva en una estructura de bocage y policultivo y en una agricultura de autoconsumo que no pretende intercambios ni excedentes comerciales. Por otro, un abandono secular, una falta de iniciativa por parte de los poderes públicos, un permanente volver la cabeza hacia los sectores más espectaculares socialmente y a los espacios más agradecidos en votos. No ha habido interés. La carencia de centros de formación frustra las vocaciones agrarias de los jóvenes, que tendrán cien opciones de aprendizaje profesional, pero nadie les enseñará a ser un agricultor moderno y competitivo. La consideración social de lo urbano, junto con el tradicional complejo, nunca combatido, de quien trabaja pegado a la tierra, hacen que cualquier oportunidad en la ciudad aparezca mucho más atrayente que la vida diaria en el campo. Cincinatus ha muerto. Nadie vuelve al arado después de vivir la gloria de haber salvado a Roma, ni siquiera después de ser un mileurista en cualquier taller de un suburbio industrial.

Nuestros campos se están convirtiendo en sitios para visitas ocasionales y en imagen para poder seguir presumiendo de paraíso natural, pero la manzana nos viene de fuera, y las hortalizas y la fruta toda. Ciento ocho mil personas han renunciado a seguir cultivándolas, porque nadie logró dignificar su amor por la tierra. Quizá algunos hayan visto la solución en el turismo rural y se hayan convertido en improvisados hosteleros. Otros muchos se fueron sin volver la vista atrás en busca de lo que allí no tenían. Y luego, puede que muchos de ellos descubran que, como se ha dicho, el verdadero objeto de la ciudad es hacernos añorar el campo.

Debe releerse y meditarse la alusión a la creciente macrocefalia regional, ahora que aumentan las voces (¿iluminados, interesados, imbéciles?) en pro de un área metropolitana que absorba y unifique las poblaciones del centro de Asturias, y urbanice desde la costa hasta la cordillera o viceversa.

Y la carencia de centros de formación para jóvenes agricultores, puede ponerse en relación con el cajón de sastre de la Universidad Laboral de Gijón, la supuesta «Ciudad de la Cultura» (y de la Thyssen Krupp; oh la la, la culture). La Universidad Laboral había integrado la Granja de Lloreda (antañona granja modelo, fruto del espíritu emprendedor de Claudio de Vereterra y Polo), para suministrar alimentos a la ciudad ideal de Luis Moya y a manera de escuela de capacitación agraria. Mas en la presente era argentina/de socialismo y cocaína (Valle-Inclán), la Granja de Lloreda fue separada de la Laboral, le fue cambiado el nombre –ahora «La Llorea», según el manual llingüístico–, fue troceada y convertida en campo de golf (signo de estos tiempos de nuevos ricos y aspirantes a serlo), restaurante, y hotel (así que los hoteles en la antigua Laboral van a ser dos). Su capilla, secularizada y dedicada a otros usos (así que las secularizaciones de templos, contando la capilla de las Madres Clarisas –ahora plató de RTPA, Tele Tini–, la magnífica iglesia principal de la Universidad Laboral –ya usada hasta para cortometrajes sacrílegos subvencionados– y las desaparecidas capillas domésticas de los jesuitas, van a ser unas cuantas, para mayor ludibrio de la tropa de Osoro).

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4 comentarios

Archivado bajo 02.- Gijón, 03.- Comarca, 07.- Enseñanza, ¿Llingua?, Carreño, Medio ambiente, Política local, Villaviciosa

4 Respuestas a “La lenta agonía de nuestro campo

  1. Beltrán Escrivá de Romaní Vereterra

    He leído su artículo, que está francamente bien por sus acertados comentarios, tan reales como tristes.

    Me ha gustado también que se acuerde de mi abuelo, Claudio Vereterra Polo, y de Lloreda (ahora llamada de una manera tan cursi como pretenciosa La Llorea), ya que además, mi madre nació precisamente en Lloreda.

    Le agradecería me pudiera informar de todo lo que tenga respecto a mi abuelo, que fue Alcalde de Gijón, como de Lloreda.

    Gracias por anticipado.

    Reciba un cordial saludo.

    Fdo. Beltrán Escrivá de Romaní Vereterra.

  2. Gracias. Le contestamos por correo electrónico.

  3. Artículo hoy en La Nueva España:

    La juventud rural y las oportunidades

    JOSÉ DE ARANGO

    Programas de igualdad de oportunidades los hemos tenido, sobre el papel, desde hace varias décadas. Y con todos los gobiernos. Incluso antes de la llegada de la democracia. Todo eran oportunidades pero a la hora de que alguien joven del área rural solicitaba una beca, ésta no era aprovechable porque no contemplaba condicionamientos como los gastos de largos desplazamientos, las estancias en las ciudades donde se podían cursar los estudios y tampoco teníamos institutos de Enseñanza Media en las villas, con lo que muchas vocaciones estudiantiles se quedaban con lo que habían aprendido en la escuela del pueblo.

    Actualmente está en vigor la ley Orgánica de Educación, en cuyo articulado se contemplan -concretamente en el artículo 82- una serie de acciones para que de verdad la igualdad de oportunidades llegue a la población infantil y juvenil de nuestras áreas rurales. Pero todo esto se encuentra con serias dificultades para su puesta en práctica de una forma eficaz, principalmente en lo que se refiere al área de transportes. Y como para muestra puede venir bien un ejemplo clarificador, ahí tenemos el Instituto de Salas que cuenta con unas enseñanzas de formación profesional orientadas hacia el sector de la madera, que tiene muy buena aceptación entre la población estudiantil de varios concejos, pero las matrículas, cada nuevo curso, son muy escasas por la sencilla razón que desde Pravia, Tineo, Grado, Valdés, Cudillero y concejos limítrofes no hay una línea de autobús que esté configurada para acercar a los alumnos a su centro por la mañana y devolverlos a casa una vez finalizadas las clases.

    El Instituto de Salas está realizando una labor realmente encomiable en la formación profesional -además de otras materias- pero nuestros pueblos tienen el transporte escolar ya tradicional y subvencionado que no contempla servicios intercomarcales y mucho menos cuando se trata de atender a una población estudiantil muy concreta como son los alumnos de Formación Profesional porque surge uno aquí y otro diez pueblos más allá, incluso perteneciente a otro municipio. Y se pierden vocaciones simplemente porque no se ha encontrado la solución a este grave problema que obliga a emprender otros rumbos estudiantiles, alejando para siempre la posibilidad de que unos jóvenes puedan llegar a ser unos buenos carpinteros, o ebanistas o todo a la vez.

    Las instalaciones del Instituto de Salas en cuanto a formación de la rama de la madera se refiere son realmente magníficas. Con todos los adelantos. Con toda clase de maquinaria. Y un equipo de profesores bien preparado y entregado a la tarea de enseñar a los demás a ser unos buenos profesionales. Pero a la hora de planificar una matrícula el alumnado se retrae porque se encuentra con la insalvable dificultad del transporte diario. Y es que éste está bien atendido y cubierto para alumnos hasta de la Enseñanza Secundaria pero no para estimular las vocaciones que en materia de Formación Profesional surgen en pueblos de otros concejos cercanos en cuyos centros educativos no existe la rama de la madera.

    Esto que ocurre en la comarca de Salas sucede también en otros muchos municipios del Occidente. Cabe preguntarse si de verdad existe una igualdad de oportunidades para un estudiante del área rural que para el de la urbe. La respuesta viene dada con toda rotundidad por los hechos, que son incuestionables. No se puede establecer una línea, aunque sea de microbús, para unos pocos alumnos que viven lejos del centro de Formación Profesional de la zona, pero en esa igualdad de oportunidades se podía contemplar una subvención para, con la ayuda de los padres, que esos alumnos que quieren aprender un oficio, que por otra parte está demandando el mercado laboral en estos momentos, puedan pernoctar de lunes a viernes en el lugar donde se encuentran las aulas.

    Cuando se creó la concentración escolar y se cerraron las aulas de los pueblos, trasladando a diario al alumnado de nuestras aldeas hacia la capitalidad del concejo de turno, hubo una gran alarma porque se entendía que nuestra juventud podía quedar desarraigada de su medio natural. Sin embargo, la realidad ha venido a demostrar que todo han sido ventajas y ese precisamente ha sido el camino adecuado para que el alumnado de los pueblos con vocación y con interés pudiese acceder a estudios superiores. Pero mucho me temo que con la Formación Profesional no ocurre lo mismo por los problemas que acarrea el desplazamiento, en ocasiones puramente individual, de un alumno que viva en el área rural y por tanto alejada del centro donde podría de estudiar.

    La consecuencia resulta de todo punto necesario que se habiliten los canales de financiación adecuados para que aquel alumno que aspira a realizar estudios de Formación Profesional y que vive en la zona rural no dependa exclusivamente de que en su entorno familiar se aporte el apoyo económico necesario para el desplazamiento particular a diario o para la estancia en una pensión en el lugar donde se encuentre el centro. Si de verdad hablamos de igualdad de oportunidades, nadie se debería quedar en un pueblo sin optar a la Formación Profesional si su familia no tiene una situación económica que le permita pagar la estancia del alumno cinco días a la semana en la población donde se encuentre el centro elegido.

    El sistema de becas actual contempla las matrículas, los libros y otra clase de material, incluido el transporte en algunos casos, pero tal como están estructuradas no alcanzan a esta población joven del área rural que no dispone de medios económicos para pagar un pensionado de lunes a viernes. En algunos institutos hay esa formación preparatoria para desempeñar una profesión pero en otros no existe y los posibles alumnos de concejos alejados de los centros formativos se encuentran con que les gustaría aprender a ser buenos carpinteros, ebanistas, mecánicos o pintores pero tienen que resignarse a buscar un puesto de trabajo para el que no se exijan más que los conocimientos de la Enseñanza Primaria. Y llegamos fácilmente a la conclusión, visto lo visto, de que eso de la igualdad de oportunidades no siempre es una realidad. A veces se queda en un sueño. Sobre todo para los jóvenes cuyos padres aún no se han decidido a abandonar el pueblo. Que muchos lo hacen precisamente para que sus hijos puedan estudiar.

    Se trata de un artículo para lectura detenida y crítica, evidentemente. Acierta en muchas cosas; pero su alabanza de las nefastas concentraciones escolares, por ejemplo, es tan contraria a la realidad que raya en lo absurdo. Sáquese lo bueno y rechácese el resto.

  4. Comunicado de la Junta Regional de la Comunión Tradicionalista Carlista del Principado de Asturias:

    ¿LIQUIDAR LAS CÁMARAS AGRARIAS, O LIQUIDAR EL CAMPO?
    Lo que hay detrás de la política agraria del desgobierno autónomo

    Se ha vuelto a anunciar estos días que se está a punto de subastar los inmuebles pertenecientes a la Cámara Agraria provincial situados en las calles Río San Pedro y Comandante Vallespín. Esta medida, que supone la desaparición definitiva de la Cámara, cuenta con la aquiescencia de los sindicatos ASAJA, COAG y UCA, cada uno de los cuales obtendrá locales para sus sedes, adquiridos con el dinero que se obtenga de dicha subasta.

    No prejuzgamos las intenciones de los responsables de esos tres sindicatos, aunque no pueda evitarse la impresión de que se compra su silencio. Sí es necesario destacar que, de forma parecida a los sindicatos mal llamados mayoritarios en otros sectores, la representatividad de los mismos es escasa o nula. La mayoría de los agricultores no pertenecen a sindicato alguno.

    Los problemas del campo asturiano, que amenazan su misma supervivencia, son en primer lugar fruto de la aceptación de la política agraria europea, la cual es abiertamente hostil a la vida rural y promueve la industrialización de la producción, al tiempo que impone límites absurdos mientras introduce en nuestras fronteras productos de pésima calidad a precio reducido. Política anti agraria que ha sido seguida disciplinadamente por el Gobierno de Madrid. El Gobierno autónomo de Asturias no tiene política: improvisa, ayuda a los especuladores amigos, contamina, derrocha y huye hacia adelante. De esta acción anti rural forman parte otros aspectos, como el constante cierre de escuelas en los pueblos —denunciado desde hace tiempo por las Juventudes Tradicionalistas Asturianas— y la enajenación de sus edificios, ingresos que se aplican caprichosamente a los gastos suntuarios, a las subvenciones sectarias y a las inversiones injustificables para lucro de los empresarios amigos del régimen.

    Pero está también en la raíz de los problemas la falta de asociacionismo y de verdadero cooperativismo en el ámbito rural. En otro tiempo el cooperativismo y el asociacionismo en el campo lo promovió el clero diocesano, especialmente el tradicionalista. Hoy, alejado mayoritariamente de la Fe el cada vez más reducido número de sacerdotes de esta diócesis, o bien actúan como influencia anti tradicional en las parroquias que tienen asignadas, o bien las abandonan, sumándose así a quienes están desertizando el campo asturiano.

    La supresión de las cámaras agrarias locales e incautación de su patrimonio empezó ya la primera vez que el PSOE detentó el Gobierno nacional, con Felipe González Márquez a su frente. Hace dos años el Gobierno autónomo empezó también a enajenar los treinta y siete locales de las cámaras agrarias de toda Asturias, valoradas entonces en seis millones de euros. Un dinero que, naturalmente, no ha revertido al campo asturiano. Las cámaras agrarias jugaron un importante papel, y podían haber seguido haciéndolo. Pero no son compatibles con el disparatado modelo sindical que sufrimos. El patrimonio de las cámaras agrarias fue adquirido con la contribución y el esfuerzo de los agricultores. No es justo que termine en manos ni de la coalición frentepopulista que desgobierna Asturias, ni de unos sindicatos escasamente representativos.

    La supervivencia de la agricultura no sólo es imprescindible para la supervivencia de Asturias: es una de las pocas esperanzas que nos quedan contra el desempleo galopante y la tercermundización en ciernes.

    Oviedo, 9 de mayo de 2010
    Mes de la Santísima Virgen María

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