
No nos referimos a la paleta adaptación del inglés shoot, shot en la jerga balompédica. Tampoco a la heroína por vía intravenosa, tan ligada a los años de la transición, y que ahora está retornando al país con mayor proporción de drogodependientes del mundo. No. Hablamos de que ya han llegado a Gijón ciertas prácticas del Hospital Severo Ochoa de Leganés y del médico socialista Luis Montes Mieza. No es de extrañar, en este concejo de Doctores Mengele de la SIBI, en este paraíso abortista, en esta diócesis donde hasta algún capellán del Hospital Central de Asturias cantaba en la prensa las loas de la mal llamada eutanasia.
Por dos vías distintas nos llega una historia espeluznante: la de equipos de atención domiciliaria del Hospital de Cabueñes, ofreciendo a familias de enfermos lo que al parecer llaman «el chute», conocido también como sedación terminal: es decir, asesinar al paciente mediante dosis masivas de sedantes.
Gracias al progreso, el laicismo, la europeización, y a las transferencias autonómicas en sanidad: procuren mantenerse despiertos, no sea que les duerman para siempre.



Todavía peor. En un hospital ovetense ingresa hace un mes una anciana, cien años cumplidos hacía poco, vigorosa y en pleno uso de sus facultades. Se sentía mal.
Murió. El médico responsable (del asesinato, por lo que luego se verá), admirado de la fortaleza de la finada, le contó al hijo de ésta (un sujeto de esos que están dispuestos a creerse cualquier cosa) el comentario de que el corazón de la misma «había latido durante media hora después de su muerte». O sea: una más que sospechosa «muerte cerebral» se usa para dejar morir, o facilitar la muerte de la paciente. Así ahorra la sanidad del PPSOE: nos matan.